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Relatos Ardientes

La mañana en que dominé a mi profesora en Sevilla

El sol de Sevilla entraba por las rendijas de la persiana y cortaba la habitación en franjas largas, pero no fue la luz lo que me despertó, sino el olor a noche compartida. La cama olía a sudor seco y a saliva, a coño mojado y a semen ajeno, a ese aroma metálico y dulce que solo deja el sexo cuando ha sido largo, terco, sin tregua. Un olor a hembra reventada.

Nora dormía dándome la espalda. La sábana se le había escurrido hasta la cadera y dejaba al descubierto esa espalda dorada que tantas veces había imaginado morder. Cerca del omóplato izquierdo brillaba la marca rojiza de mis dientes, un mordisco profundo que le había dejado horas antes contra la pared del pasillo, mientras le hundía tres dedos en el coño y ella me suplicaba que le follara más adentro. Sonreí. Esa señal era mía. Una firma en la piel de la profesora.

Me incorporé sobre el codo y la observé un rato. Parecía vulnerable con el pelo oscuro revuelto sobre la almohada, respirando hondo y lento. Me gustaba verla así, inconsciente, sabiendo que en cuanto abriera los ojos esa paz se rompería bajo mi mano. Aún tenía restos brillantes de mi saliva secos en la cara interna del muslo, ahí donde le había estado comiendo el coño hasta que se corrió por tercera vez llorando y pidiéndome que parara.

Bajé los dedos por su columna, despacio, sin presión, solo con las uñas. Se estremeció en sueños y soltó un suspiro largo. Metí la mano bajo la sábana y le rocé el surco entre las nalgas con la yema del dedo corazón. Estaba caliente y algo pegajosa todavía. Sonreí de nuevo.

—Vamos, Nora —susurré junto a su oreja—. No te he dado permiso para dormir toda la mañana.

Le mordí el lóbulo con suavidad. Se removió aturdida y giró la cara despacio. Sus ojos marrones tardaron en enfocarme, nublados todavía. Pero cuando reconocieron los míos, vi el chispazo. El recuerdo de la noche entera la golpeó de lleno: mi lengua entre sus tetas, mis dedos hundidos hasta el nudillo en su coño, mi rodilla abriéndole las piernas contra la pared.

—Madre mía… Alba —murmuró—. ¿Qué hora es? Siento que me ha pasado un camión por encima.

—No ha sido un camión. He sido yo. Y todavía tengo tu sabor en la boca.

Se frotó los ojos intentando recuperar esa fachada de mujer adulta y sensata. No estaba dispuesta a dejársela poner. Le aparté la muñeca con firmeza y la sujeté contra la almohada para que me mirara sin barreras.

—Sigues aquí. Por un segundo, al abrir los ojos, pensé que lo había soñado.

—Soy muy real. Y estás en mi cama. Bueno, en tu cama. Pero las reglas las pongo yo. ¿O ya se te ha olvidado lo que me dijiste anoche cuando te corrías con mis dedos dentro?

La vi tragar saliva. Su mirada bajó a mi boca, después a mi pecho desnudo, y un rubor le subió por el cuello. Vi sus pezones marcarse contra la sábana fina.

—No se me ha olvidado nada. Que era tuya. Que mi coño era tuyo. Y me duele todo por dentro, pero me gusta.

—Me alegra oírlo. Porque apenas hemos empezado a follarte.

Me senté a horcajadas sobre sus caderas. Su piel firme y caliente contrastaba con mi peso. Sentía su vello púbico oscuro rozarme el interior de los muslos. Llevó las manos a mi cintura por instinto y se las aparté para clavárselas a los lados de la cabeza.

—Eres insaciable —susurró—. Acabamos de despertar.

—Anoche te dejé descansar porque te portaste bien, porque abriste bien las piernas cuando te lo pedí y te tragaste mis dedos como una buena puta. Ahora quiero comprobar una cosa. Mírame. ¿De quién eres?

Aguantó la mirada un segundo, desafiante. Esa chispa rebelde que tanto me ponía. Luego se le humedecieron los ojos y cedió.

—Tuya. Soy tuya. Mi coño es tuyo.

—Exacto. Y como eres mía, no vas a levantarte a preparar clases, ni a mirar el móvil. Lo primero que vas a hacer es dejar que te quite este olor a sueño y a follada de anoche. A la ducha. Y no te vas a lavar tú sola.

Me aparté y me puse de pie, dejándola libre con la orden flotando entre nosotras. Se mordió el labio, echó las sábanas atrás y se levantó desnuda detrás de mí. Le miré el coño de reojo cuando pasó a mi lado: el vello oscuro pegado por la humedad, los labios hinchados y algo violáceos de la noche anterior. Se veía usada. Perfecta.

***

El cuarto de baño era ordenado, funcional, con ese toque impersonal de quien pasa poco tiempo allí. En cuanto cerré la puerta y eché el pestillo, el aire se hizo más denso. El espejo del lavabo nos devolvió la imagen de los dos cuerpos: yo, pálida y angulosa, con el pelo liso sobre los hombros y los pezones rosados endurecidos; ella, más baja, curvilínea, con la piel dorada marcada por la noche anterior, las tetas pesadas balanceándose al andar y una franja de mordiscos violeta descendiendo por el interior del muslo hasta la rodilla.

Abrí el grifo y giré la manivela hasta el límite del calor. El vapor empezó a subir y empañó el cristal.

—Cuidado, el calentador a veces se vuelve loco —avisó.

—Mejor. Así te despiertas del todo. Dentro. Ahora.

Entró con cautela y se encogió cuando el agua le golpeó los hombros. La cabina era estrecha y nos obligaba a estar pegadas. Su piel mojada contra la mía hizo un roce eléctrico. Sentí sus pezones duros rasparme las costillas. Se llevó la mano al pelo para apartárselo de la cara y la detuve.

—Deja las manos quietas. Los brazos a los lados.

Obedeció, aunque le vi tensar la mandíbula. Le costaba ceder el control en gestos tan cotidianos como ducharse, y eso era exactamente lo que hacía tan placentero rompérselo.

Agarré el bote de gel —olía a almendras— y eché una cantidad generosa en la palma. Nada de esponja. Quería sentir cada centímetro suyo bajo mis dedos. Empecé por el cuello, en círculos lentos. Bajé a los hombros, presioné los puntos de tensión y ella inclinó la cabeza hacia atrás, ofreciéndome la garganta. Un gesto de sumisión instintiva que me hizo sonreír entre el vapor.

Mis manos cubiertas de espuma blanca contrastaban con su piel bronceada. Parecía que la estaba marcando, reclamando cada zona por la que pasaba. Bajé al pecho, rodeé los senos con firmeza, los levanté por debajo sopesándolos como fruta madura. Pasé los pulgares por los pezones endurecidos, los pellizqué entre índice y pulgar y los retorcí un cuarto de vuelta. Ella jadeó, arqueó la espalda y buscó mi boca instintivamente.

—Eso se siente demasiado bien —murmuró.

—No lo hago para que disfrutes. Lo hago porque hueles a coño de anoche. Ahora quiero que huelas a lo que yo decida.

Le pellizqué los pezones con más fuerza, tirando de ellos hacia fuera hasta que se le escapó un gemido agudo y le flaquearon las rodillas. Se los solté de golpe y los pobres pezones rebotaron rojos y palpitando.

—Mírate. Con solo tocarte las tetas ya se te caen las piernas. Menuda puta estás hecha por la mañana.

—Alba, joder…

La giré de golpe para que quedara de espaldas a mí. Apoyó las manos en los azulejos y arqueó la espalda con esa naturalidad que tenía, como si su cuerpo supiera cuál era su posición por defecto conmigo. El culo dorado se le abrió un poco al arquearse, ofrecido. Le mordí el hombro mojado y le pasé la lengua por la nuca mientras la mano enjabonada le bajaba por el vientre hasta el vello oscuro del pubis. Froté con fuerza, limpiando, invadiendo, hundiendo los dedos entre los labios hinchados. Estaba pegajosa, resbaladiza no solo por el agua. Podía sentir los restos de la noche anterior mezclándose con la humedad nueva que ya empezaba a rezumar.

—Mira cómo estás, Nora. Te estoy lavando el coño y tú ya estás chorreando otra vez. ¿No te da vergüenza?

—Sí… sí, me da vergüenza.

—Pues no pares.

Le colé el dedo corazón entre los labios y lo deslicé arriba y abajo por la raja, sin entrar todavía, jugando con la humedad, apenas rozando el clítoris con el nudillo cada vez que subía. Ella empezó a mover las caderas hacia atrás buscando presión.

—He dicho quieta. No te he dado permiso para moverte.

—Es que… tus dedos. No puedo evitarlo. Métemelos. Por favor. Métemelos.

—Pues aprende. Porque si te mueves, paro. Y si me lo pides así, mendigando, paro también. A las putas hay que enseñarles a esperar.

Se mordió el labio inferior y se obligó a quedarse quieta, aunque le temblaban los muslos. La recompensé metiéndole el dedo corazón hasta el fondo de una sola embestida. Ella soltó un grito ronco que rebotó en los azulejos. Estaba tan mojada por dentro que el dedo entró sin resistencia, encontrándose paredes hinchadas y pulsantes.

—Sí, sí, así…

—Cállate. Escucha cómo suena tu coño cuando entro y salgo.

Añadí el índice y empecé a follarla con dos dedos, lentos y profundos, curvándolos dentro para tocar ese punto rugoso que la ponía a temblar. El sonido húmedo y obsceno del agua chapoteando contra su vulva y de mis dedos entrando y saliendo de ella llenó la cabina. Le mordí el trapecio con fuerza suficiente para dejarle otra marca mientras le apretaba una teta con la mano libre.

—¿Notas cómo aprietas mis dedos? Tu coño no quiere que salga. Se agarra como si tuviera vida propia.

—No pares, no pares…

—Voy a parar cuando yo quiera.

Aceleré el ritmo, follándola con los dos dedos mientras el pulgar le rozaba en círculos el clítoris hinchado. Sentí sus paredes empezar a temblar, a cerrarse a mi alrededor en oleadas cortas. Se estaba corriendo. Y entonces saqué la mano de golpe.

—¡No! —soltó, y giró la cara desesperada por encima del hombro.

—Ni un permiso te he dado. Ni siquiera te has ganado correrte todavía. ¿Te crees que te vas a correr en la ducha después de un dedito? No, guapa.

Se quedó jadeando con la frente pegada a los azulejos, el culo en pompa y los muslos brillantes de agua y de sus propios jugos. Le pasé los dedos manchados por los labios y ella los abrió obediente y me los chupó, gimiendo por su propio sabor.

—Buena chica. Trágatelo. Ese es tu sabor. Recuérdalo bien. Es a lo que hueles ahora mismo.

Aclaré la espuma con la alcachofa, dirigiendo el chorro a su pecho, a su vientre, a sus muslos. Cuando el agua le golpeó el sexo abierto, le flaquearon las rodillas otra vez. Mantuve el chorro ahí los segundos justos para torturarla, para recordarle lo sensible que estaba, apuntando directo al clítoris hinchado, y después cerré el grifo de golpe. El silencio del baño solo quedó roto por nuestra respiración jadeante y el goteo.

—Sal. Sécate.

Le tendí la toalla sin mirarla demasiado, como si la intimidad acabara por decreto. Le di una palmada sonora en la nalga al pasar a su lado, dejándole una marca instantánea roja sobre la piel húmeda.

—Venga, vístete. Tengo hambre. Y tú te aguantas las ganas de correrte hasta que yo lo diga.

***

La cocina era luminosa, de baldosa blanca y madera clara. Ella se había puesto unos vaqueros ajustados y una camiseta de tirantes básica, intentando recuperar la fachada de eficiencia que debía usar en sus clases. Debajo la sentía todavía frustrada, los pezones marcándose contra la tela fina cada vez que se movía. La veía ir de la cafetera a la tostadora, sacando tazas, llenando el silencio con el ruido de los cubiertos. Andaba con las piernas ligeramente separadas, incómoda por la humedad que seguramente le empapaba las bragas.

Yo estaba sentada a la mesa con una camisa mía amplia y unos pantalones cortos. Mi postura no tenía nada de relajada. Estaba en modo depredador, contando cada gesto nervioso de sus manos. El aroma a café recién hecho llenó la cocina.

—¿Cómo lo tomas? ¿Con leche, solo…?

Se giró con la cafetera y una sonrisa tensa. Erguida, con la barbilla un poco levantada. Ahí estaba la profesora otra vez.

—Solo. Sin azúcar. No necesito endulzar nada ahora mismo.

Sirvió el café en una taza azul. Le tembló el pulso un milímetro, pero lo vi. Se sentó enfrente, protegiéndose detrás de la taza y un plato de tostadas.

—Había pensado que podíamos subir al barrio de Santa Cruz —dijo deprisa—. Las vistas desde la plaza de Doña Elvira son preciosas a esta hora, antes de que lleguen los turistas. Después bajamos al centro a comer.

Construía un escudo de actividades para evitar hablar de nosotras. Le di un sorbo al café sin parpadear.

—Suena a un plan muy organizado, Nora.

—Soy metódica. Te lo dije.

—¿Sí? Pues anoche no parecías muy metódica cuando gemías pidiendo que no sacara la lengua de tu coño. Parecías bastante caótica.

Se atragantó con el café. Se limpió la comisura con una servilleta y me lanzó una mirada de reproche.

—Por favor… estamos desayunando. ¿No podemos tener una conversación normal cinco minutos?

—Lo normal es aburrido. Y tú no eres aburrida, aunque te esfuerces en parecerlo con esa ropa y esa agenda turística.

Dejé la taza sobre la mesa con un golpe seco y deslicé la mano izquierda por debajo. Era una mesa pequeña, lo que jugaba a mi favor. Avancé hasta su rodilla, cubierta por la tela vaquera. Se tensó al instante, pero no se apartó.

—Estamos en la cocina —murmuró—. Los vecinos tienen las ventanas abiertas.

—Nadie puede ver lo que pasa debajo de la mesa.

Subí por el muslo. La fricción contra la tela hacía un sonido sordo que parecía resonar en toda la cocina. Ella cogió una tostada y la untó con movimientos mecánicos, fingiendo que no sentía mi mano. Cuando llegué a la parte alta del muslo, justo donde la costura se le clavaba en la ingle, le ordené:

—Come. No dejes que se enfríe.

—No tengo hambre ahora.

—He dicho que comas. Necesitas fuerzas para lo que te queda por delante.

Mi tono no admitía réplica. Mordió la tostada con los ojos fijos en el frutero, evitando los míos. Mi pulgar hizo presión en la costura central del vaquero, justo sobre su coño. Cerró las piernas instintivamente y atrapó mi mano entre los muslos. Error suyo. Ahora mi mano estaba prisionera contra su calor, sintiendo la humedad que la tela gruesa empezaba a no poder esconder. Podía notar cómo palpitaba debajo del pulgar.

—Estás caliente y empapada. Te acabo de dejar sin correrte hace veinte minutos y ya te está chorreando el coño otra vez a través del vaquero. ¿Te pone nerviosa que te toque mientras intentas hablar de turismo?

—Joder, Alba… para. No puedo concentrarme. Me estás volviendo loca.

—Ese es el punto. No quiero que te concentres en el paisaje. Quiero que te concentres en mi mano.

Sus ojos, oscuros y brillantes, se clavaron en los míos. Ya no había súplica para que parara. Presioné el pulgar contra la costura y empecé a moverlo arriba y abajo en un vaivén corto, fricción directa sobre el clítoris a través de la tela. Ella se mordió el labio hasta hacerse una marca blanca. La tostada le tembló en la mano.

—Si te corres en ese vaquero sin permiso, te lo voy a hacer pagar toda la tarde. ¿Me oyes?

—Sí. Sí. Para. Por favor.

Apreté una vez más, fuerte, y arranqué un gemido que ella intentó disimular bebiendo café. Retiré la mano despacio, arrastrándola por el muslo hasta la rodilla, y le acerqué el pulgar húmedo a la nariz.

—Huélelo. Ese olor lo has hecho tú a través del pantalón. Eres una guarra.

Ella cerró los ojos y aspiró temblando. Después me chupó el pulgar, obediente, sin que se lo pidiera.

—Buena chica. Termina el desayuno. Vamos a salir. Pero ten claro una cosa: aunque estemos rodeadas de gente, mi mano seguirá estando sobre ti. Aunque no te toque.

Asintió, derrotada y excitada a partes iguales, y volvió a morder la tostada con una obediencia que me hizo sonreír.

***

El calor de Sevilla en la calle era un golpe físico, seco, muy distinto del vapor del baño. Salimos del portal y la ciudad nos engulló. Caminaba a mi lado intentando guardar un paso firme, llevándome hacia Santa Cruz. Llevaba gafas de sol, una barrera oscura sobre los ojos, pero yo sabía hacia dónde miraba. Cada vez que mi brazo le rozaba el suyo, daba un pequeño respingo. Sabía que a cada paso las bragas mojadas le rozaban el coño hinchado.

—Vas muy rápido.

Mi voz fue tranquila, casi un comentario casual para cualquiera que pasara cerca. Para ella fue una orden. Frenó en seco y ajustó el ritmo al mío.

—Perdona. Siempre voy con prisas.

—Hoy no. Hoy vas a mi ritmo. Ni un paso por delante, ni un paso por detrás.

Me detuve frente al escaparate de una tienda de recuerdos —abanicos, platos de cerámica, camisetas baratas— y la obligué a parar agarrándola del codo. A los ojos de la gente éramos dos amigas mirando curiosidades. Pero mis dedos presionaban un punto exacto, lo suficiente para causar una molestia si intentaba moverse.

—¿Ves a toda esta gente, Nora? Turistas, familias, estudiantes. Nadie sabe lo que eres.

Me incliné hacia ella, fingiendo señalar un abanico rojo. Mi boca quedó tan cerca de su oreja que mi aliento le movió el pelo.

—Nadie sabe que debajo de esos vaqueros llevas mi marca. Que tu coño está hinchado de anoche y chorreando de esta mañana. Solo ven a una profesora respetable.

—Baja la voz —murmuró—. Hay gente al lado.

Una pareja de ancianos pasó comiéndose un helado.

—¿Te da vergüenza? Debería darte orgullo. Eres propiedad privada en un espacio público. Tienes mis mordiscos en las tetas debajo de esa camiseta y ni te has puesto sujetador. Se te transparentan los pezones al sol.

Le solté el codo y le deslicé la mano hacia la parte baja de la espalda. Parecía un gesto cariñoso. Bajé un poco más, hasta la curva donde la espalda se vuelve nalga, y la dejé apoyada, reclamándola. Se puso rígida, pero no se apartó.

—Si te tensas, parece que te molesto. Y se supone que te gusta que te toque.

—Me gusta. Pero me pones nerviosa.

—Nadie nos mira. Solo yo sé cómo se te contraen los labios del coño cuando te toco aquí.

Acaricié la tela con el pulgar, un movimiento circular y obsceno en su sutileza.

—Vamos. Quiero llegar a una terraza.

***

Encontramos una mesa en una plaza pequeña, a la sombra de un toldo raído. El murmullo de los cubiertos, las risas y la música lejana creaban un caos en el que era fácil perderse. No tenía intención de perder nada.

—Siéntate ahí —le indiqué—. De espaldas a la pared.

Obedeció al instante, deslizándose en la silla de metal. Quería limitarle el campo de visión para que solo pudiera mirarme a mí, sin que nadie la sorprendiera por detrás. Me senté enfrente, bloqueándole la salida, con las gafas puestas para poder observarla sin que supiera dónde fijaba la vista.

Un camarero joven, con la camisa arremangada y una sonrisa fácil, se acercó.

—Buenas. ¿Qué les pongo?

Nora abrió la boca, con el instinto social en marcha.

—Una cerveza sin alcohol y…

La interrumpí con un gesto, sin mirar al chico.

—Para ella una copa de vino tinto. Y para mí una caña, bien fría.

El camarero apuntó y se marchó. Ella frunció el ceño, molesta por haber sido anulada delante de un extraño.

—No me apetece vino con este calor.

—Precisamente. Estás demasiado tensa. Necesito que te relajes. Y además, el vino te pone los labios rojos. Me gusta cómo te queda. Me vas a recordar a otros labios tuyos, los de abajo, que también los tienes rojos e hinchados por mi culpa.

Se recostó en la silla cruzando los brazos. Pero le vi cruzar también las piernas bajo la mesa. Un gesto defensivo. O de necesidad.

—Descruza las piernas —le dije en un tono bajo, casi conversacional.

—Por favor. Estamos rodeadas de gente.

—Exacto. Y nadie va a saber por qué las descruzas. Solo tú y yo. Hazlo.

Suspiró y separó las piernas, apoyando los dos pies en el suelo. Su postura cambió. Se volvió más accesible, más expuesta, aunque la mesa la cubría.

—Más. Ábrelas más. Como si fueras a recibir a alguien entre ellas.

Obedeció. Vi cómo las rodillas se le separaban bajo el mantel corto, cómo la costura del vaquero se le tensaba en la ingle.

El camarero volvió con las bebidas y una tapa de aceitunas, le guiñó un ojo y se fue. Noté cómo ella le devolvía una sonrisa tímida, educada. En cuanto se dio la vuelta, me incliné hasta tener mi cara a centímetros de la suya.

—¿Te gusta coquetear con el camarero mientras tienes el coño empapado por mí?

—No estaba coqueteando. Solo he sido amable.

—Tú no eres gente normal ahora mismo. Eres mía. Y no me gusta que le sonrías así a nadie cuando todavía puedes sentir el fantasma de mis dedos dentro de ti, cuando todavía tienes mi saliva seca entre los muslos.

Cogí una aceituna y la mastiqué despacio sin dejar de mirarla. Bebió un trago largo de vino, tal como había predicho. Necesitaba el alcohol.

—Mira a tu alrededor —le dije—. Esa pareja parece aburrida. Hablan de hipotecas. Y mira a ese grupo de turistas, tan inocentes. Si supieran que la profesora elegante que tienen al lado está sentada aquí sin bragas…

—Llevo bragas. Te lo dije.

—¿Y si te ordenara ir al baño de este bar, te las quitaras y me las trajeras en el bolso? Empapadas, para poder olerlas después mientras te follo. ¿Lo harías?

Se quedó paralizada con la copa a medio camino. El ruido del bar pareció desvanecerse alrededor.

—Eso es humillante.

—¿Y no es lo que te excita?

Acerqué el pie por debajo de la mesa y busqué el suyo. Empecé a subir por la pantorrilla con la suela de la zapatilla rozando el vaquero. Miró a los lados, aterrada de que alguien viera lo que pasaba bajo el mantel invisible.

—Si alguien nos ve…

—Nadie mira debajo de las mesas. Sigue bebiendo.

Subí el pie hasta su rodilla y me deslicé por la cara interna del muslo. Tuvo que hacer un esfuerzo visible para no atraparme cerrando las piernas. Apretó las manos contra el borde de la mesa, los nudillos blancos. Llegué hasta la unión de los muslos y apoyé la suela plana justo sobre su pubis, empujando la tela contra el coño.

—Cuéntame, Nora. ¿Cómo se siente? ¿Estás palpitando?

—Sí —susurró.

—Más alto. Quiero que me digas qué sientes mientras tengo mi pie apoyado en tu coño en medio de una plaza llena de gente.

Presioné y empecé a mover el pie en pequeños círculos, aplastando el clítoris a través del vaquero. Ella dio un espasmo. Le tembló la copa.

—Que me estoy corriendo un poco cada vez que mueves el pie —soltó de un tirón, con la voz rota—. Que tengo el vaquero pegado al coño de lo mojada que estoy. Que si sigues así me voy a correr aquí, delante de todos, sin bajarme los pantalones. Y no voy a poder disimular.

Sus ojos, oscuros y dilatados, se clavaron en los míos. No quedaba rastro de la profesora.

—Siento que quiero que quites el pie y metas la mano. Aquí. Ahora. Que me metas los dedos hasta el fondo delante del camarero si hace falta. Me da igual quién mire.

Esa era la confesión que buscaba. La había roto en público sin que nadie más se diera cuenta. Retiré el pie despacio, dejándole el coño palpitando en la ausencia. Ella cerró los ojos y respiró hondo, humillada y ardiendo.

—Buena chica. Pero te aguantas. Bebe tu vino. Nos vamos a casa.

***

El taxi de vuelta fue un ejercicio de contención. Iba mirando por la ventana con las piernas apretadas y las manos aferradas al bolso. Yo iba a su lado, en silencio, disfrutando de cómo su respiración se alteraba cada vez que el coche tomaba una curva y nuestros muslos se rozaban. En un semáforo le puse la mano en el muslo y le clavé las uñas a través del vaquero. Se le escapó un jadeo que disimuló con una tos.

Subimos las escaleras sin hablar. El sonido de mis llaves girando en la cerradura sonó como un disparo en el rellano. La dejé pasar primero. En cuanto la puerta se cerró a mis espaldas se giró hacia mí y se lanzó a mi boca con un beso desesperado, hambriento, intentando borrar la frustración del bar. Me metió la lengua hasta el fondo, me agarró de las tetas por encima de la camisa, gimió contra mis labios como una perra en celo.

La detuve. La agarré por los hombros y la aparté con la firmeza justa para abrir medio metro entre nosotras.

—¿Qué haces? Llevo una hora aguantándome las ganas. Necesito correrme. Por favor. Necesito que me folles.

—No te estoy rechazando. Te estoy educando. Si te follo contra la puerta, será un polvo rápido para calmarte. Y yo no quiero calmarte. Quiero poseerte. Quiero que me supliques y que llores antes de dejarte correr.

Caminé hacia el salón y me senté en el sofá, cruzando las piernas con calma. Señalé el suelo, justo delante de mí, sobre la alfombra.

—Ven. De rodillas.

Parpadeó, sorprendida por el cambio de tono. Miró el suelo, después a mí. Su orgullo de mujer adulta e independiente tuvo un último espasmo.

—No voy a ponerme de rodillas así, en frío.

—¿En frío? Estás ardiendo. Te huelo desde aquí. Se te ve la mancha en el vaquero, guapa. Si quieres que te toque, si quieres que te quite esa ansiedad que te está comiendo por dentro, vienes aquí y te arrodillas como la buena puta que sabes ser cuando quieres.

Le sostuve la mirada. Un duelo de voluntades que duró cinco segundos. Vi cómo bajaban los hombros, cómo soltaba el aire contenido. Caminó hacia mí despacio y se dejó caer sobre la alfombra, a la altura de mis piernas.

—¿Contenta?

—No se trata de que yo esté contenta. Se trata de que tú sepas cuál es tu lugar ahora mismo. Y ese lugar es a mis pies.

Me incliné, apoyé los codos en las rodillas y le acaricié la mejilla con el dorso de la mano, un gesto casi tierno que contrastaba con la posición.

—Lo del bar no ha sido un juego. Lo de anoche tampoco. Me dijiste que eras mía y yo me lo he tomado al pie de la letra. Pero si vamos a seguir, necesito reglas. Un contrato verbal, aquí y ahora.

—Suena muy serio.

—Lo es. Porque voy a empujar tus límites. Voy a follarte de maneras que no has imaginado. Y necesito saber que te entregas voluntariamente.

—Te escucho.

—Regla número uno: honestidad brutal. No quiero que finjas. Si te duele, me lo dices. Si te gusta, gimes. Si te asustas, me miras. No quiero a la profesora compuesta. Quiero a la mujer que hay debajo. A la puta que hay debajo.

—Entendido. Nada de máscaras.

—Regla número dos: obediencia. Si te digo quieta, no te mueves ni un milímetro, aunque te estés muriendo por tocarte el coño. Si te digo que abras la boca, la abres para que te la llene con lo que quiera, dedos, lengua, lo que sea. El control lo tengo yo. Tú solo tienes que sentir. Te estoy quitando la carga de decidir. Es un regalo.

Y lo era. Lo veía en su cara.

—Me gusta no tener que pensar.

—Regla número tres: seguridad. Vamos a establecer una palabra. Si la dices, todo se para al instante. Sin preguntas. Tu palabra es «rojo». Si dices «rojo», yo paro y te cuido. ¿De acuerdo?

—De acuerdo. Rojo.

Le metí la mano en el pelo y agarré un puñado de ondas oscuras, tirando suavemente hacia atrás para obligarla a exponer la garganta y a mirarme desde abajo.

—¿Estás dispuesta a ser mi sumisa durante las próximas horas? ¿Me das permiso para usarte, para atarte si quiero, para follarte hasta que no puedas caminar, para negarte el placer hasta que yo decida?

Su respiración era errática. El pulso le latía desbocado en el cuello.

—Sí, Ama. Haz lo que quieras conmigo. Soy tuya. Mi boca, mis tetas, mi coño, mi culo, todo es tuyo.

La confesión quedó flotando en el aire denso de la tarde de Sevilla. Sonreí, le solté el pelo y me recosté en el sofá. Tenía toda la tarde por delante, y ella, de rodillas sobre la alfombra con el vaquero manchado y los labios entreabiertos, lo sabía mejor que nadie.

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Comentarios(8)

LunaEscarlata

increible relato, de los mejores que he leido por aqui!!

Tania_Vz

Por favor que haya segunda parte, quede con muchas ganas de saber como continua esto

NuriaMG

Me encantó el ambiente sevillano, le da un toque muy especial a la historia. Bien escrito, natural y sensual sin pasarse. Sigue publicando!

SofiNoche21

buenisimo!!! me quede pegada leyendo hasta el final

ValentinaSur

Me recordo a algo que viví hace tiempo jajaja, estos relatos me matan

Mirona_77

La dinámica esta muy bien lograda, se nota que saben como escribir esto. Gracias por compartirlo

RominaViajes

Sevilla es el escenario perfecto para una historia así, que buena eleccion de ciudad

Karla_BA

Se hizo cortísimo... quería mas!

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