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Relatos Ardientes

La mañana en que dominé a mi profesora en Sevilla

El sol de Sevilla entraba por las rendijas de la persiana y cortaba la habitación en franjas largas, pero no fue la luz lo que me despertó, sino el olor a noche compartida. La cama olía a sudor seco y a saliva, a ese aroma metálico y dulce que solo deja el sexo cuando ha sido largo, terco, sin tregua.

Nora dormía dándome la espalda. La sábana se le había escurrido hasta la cadera y dejaba al descubierto esa espalda dorada que tantas veces había imaginado morder. Cerca del omóplato izquierdo brillaba la marca rojiza de mis dientes, un mordisco profundo que le había dejado horas antes contra la pared del pasillo. Sonreí. Esa señal era mía. Una firma en la piel de la profesora.

Me incorporé sobre el codo y la observé un rato. Parecía vulnerable con el pelo oscuro revuelto sobre la almohada, respirando hondo y lento. Me gustaba verla así, inconsciente, sabiendo que en cuanto abriera los ojos esa paz se rompería bajo mi mano.

Bajé los dedos por su columna, despacio, sin presión, solo con las uñas. Se estremeció en sueños y soltó un suspiro largo.

—Vamos, Nora —susurré junto a su oreja—. No te he dado permiso para dormir toda la mañana.

Le mordí el lóbulo con suavidad. Se removió aturdida y giró la cara despacio. Sus ojos marrones tardaron en enfocarme, nublados todavía. Pero cuando reconocieron los míos, vi el chispazo. El recuerdo de la noche entera la golpeó de lleno.

—Madre mía… Alba —murmuró—. ¿Qué hora es? Siento que me ha pasado un camión por encima.

—No ha sido un camión. He sido yo.

Se frotó los ojos intentando recuperar esa fachada de mujer adulta y sensata. No estaba dispuesta a dejársela poner. Le aparté la muñeca con firmeza y la sujeté contra la almohada para que me mirara sin barreras.

—Sigues aquí. Por un segundo, al abrir los ojos, pensé que lo había soñado.

—Soy muy real. Y estás en mi cama. Bueno, en tu cama. Pero las reglas las pongo yo. ¿O ya se te ha olvidado lo que me dijiste anoche?

La vi tragar saliva. Su mirada bajó a mi boca, después a mi pecho desnudo, y un rubor le subió por el cuello.

—No se me ha olvidado nada. Que era tuya. Y me duele todo, pero me gusta.

—Me alegra oírlo. Porque apenas hemos empezado.

Me senté a horcajadas sobre sus caderas. Su piel firme y caliente contrastaba con mi peso. Llevó las manos a mi cintura por instinto y se las aparté para clavárselas a los lados de la cabeza.

—Eres insaciable —susurró—. Acabamos de despertar.

—Anoche te dejé descansar porque te portaste bien. Ahora quiero comprobar una cosa. Mírame. ¿De quién eres?

Aguantó la mirada un segundo, desafiante. Esa chispa rebelde que tanto me ponía. Luego se le humedecieron los ojos y cedió.

—Tuya. Soy tuya.

—Exacto. Y como eres mía, no vas a levantarte a preparar clases, ni a mirar el móvil. Lo primero que vas a hacer es dejar que te quite este olor a sueño. A la ducha. Y no te vas a lavar tú sola.

Me aparté y me puse de pie, dejándola libre con la orden flotando entre nosotras. Se mordió el labio, echó las sábanas atrás y se levantó desnuda detrás de mí, como si fuera lo único que pudiera hacer.

***

El cuarto de baño era ordenado, funcional, con ese toque impersonal de quien pasa poco tiempo allí. En cuanto cerré la puerta y eché el pestillo, el aire se hizo más denso. El espejo del lavabo nos devolvió la imagen de los dos cuerpos: yo, pálida y angulosa, con el pelo liso sobre los hombros; ella, más baja, curvilínea, con la piel dorada marcada por la noche anterior.

Abrí el grifo y giré la manivela hasta el límite del calor. El vapor empezó a subir y empañó el cristal.

—Cuidado, el calentador a veces se vuelve loco —avisó.

—Mejor. Así te despiertas del todo. Dentro. Ahora.

Entró con cautela y se encogió cuando el agua le golpeó los hombros. La cabina era estrecha y nos obligaba a estar pegadas. Su piel mojada contra la mía hizo un roce eléctrico. Se llevó la mano al pelo para apartárselo de la cara y la detuve.

—Deja las manos quietas. Los brazos a los lados.

Obedeció, aunque le vi tensar la mandíbula. Le costaba ceder el control en gestos tan cotidianos como ducharse, y eso era exactamente lo que hacía tan placentero rompérselo.

Agarré el bote de gel —olía a almendras— y eché una cantidad generosa en la palma. Nada de esponja. Quería sentir cada centímetro suyo bajo mis dedos. Empecé por el cuello, en círculos lentos. Bajé a los hombros, presioné los puntos de tensión y ella inclinó la cabeza hacia atrás, ofreciéndome la garganta. Un gesto de sumisión instintiva que me hizo sonreír entre el vapor.

Mis manos cubiertas de espuma blanca contrastaban con su piel bronceada. Parecía que la estaba marcando, reclamando cada zona por la que pasaba. Bajé al pecho, rodeé los senos con firmeza, pasé los pulgares por los pezones endurecidos por el cambio de temperatura. Ella jadeó y buscó mi boca instintivamente.

—Eso se siente demasiado bien —murmuró.

—No lo hago para que disfrutes. Lo hago porque hueles a anoche. Ahora quiero que huelas a lo que yo decida.

La giré de golpe para que quedara de espaldas a mí. Apoyó las manos en los azulejos y arqueó la espalda con esa naturalidad que tenía, como si su cuerpo supiera cuál era su posición por defecto conmigo. Le mordí el hombro mojado mientras la mano enjabonada le bajaba por el vientre hasta el vello oscuro del pubis. Froté con fuerza, limpiando, invadiendo, pero sin detenerme donde ella suplicaba con un movimiento mudo de caderas.

—He dicho quieta. No te he dado permiso para moverte.

—Es que… tus dedos. No puedo evitarlo.

—Pues aprende. Porque si te mueves, paro.

Aclaré la espuma con la alcachofa, dirigiendo el chorro a su pecho, a su vientre, a sus muslos. Cuando el agua le golpeó el sexo, le flaquearon las rodillas. Mantuve el chorro ahí los segundos justos para torturarla, para recordarle lo sensible que estaba, y después cerré el grifo de golpe. El silencio del baño solo quedó roto por nuestra respiración y el goteo.

—Sal. Sécate.

Le tendí la toalla sin mirarla demasiado, como si la intimidad acabara por decreto. Le di una palmada sonora en la nalga al pasar a su lado, dejándole una marca instantánea sobre la piel húmeda.

—Venga, vístete. Tengo hambre.

***

La cocina era luminosa, de baldosa blanca y madera clara. Ella se había puesto unos vaqueros ajustados y una camiseta de tirantes básica, intentando recuperar la fachada de eficiencia que debía usar en sus clases. La veía moverse de la cafetera a la tostadora, sacando tazas, llenando el silencio con el ruido de los cubiertos.

Yo estaba sentada a la mesa con una camisa mía amplia y unos pantalones cortos. Mi postura no tenía nada de relajada. Estaba en modo depredador, contando cada gesto nervioso de sus manos. El aroma a café recién hecho llenó la cocina.

—¿Cómo lo tomas? ¿Con leche, solo…?

Se giró con la cafetera y una sonrisa tensa. Erguida, con la barbilla un poco levantada. Ahí estaba la profesora otra vez.

—Solo. Sin azúcar. No necesito endulzar nada ahora mismo.

Sirvió el café en una taza azul. Le tembló el pulso un milímetro, pero lo vi. Se sentó enfrente, protegiéndose detrás de la taza y un plato de tostadas.

—Había pensado que podíamos subir al barrio de Santa Cruz —dijo deprisa—. Las vistas desde la plaza de Doña Elvira son preciosas a esta hora, antes de que lleguen los turistas. Después bajamos al centro a comer.

Construía un escudo de actividades para evitar hablar de nosotras. Le di un sorbo al café sin parpadear.

—Suena a un plan muy organizado, Nora.

—Soy metódica. Te lo dije.

—¿Sí? Pues anoche no parecías muy metódica cuando gemías pidiendo que no parara. Parecías bastante caótica.

Se atragantó con el café. Se limpió la comisura con una servilleta y me lanzó una mirada de reproche.

—Por favor… estamos desayunando. ¿No podemos tener una conversación normal cinco minutos?

—Lo normal es aburrido. Y tú no eres aburrida, aunque te esfuerces en parecerlo con esa ropa y esa agenda turística.

Dejé la taza sobre la mesa con un golpe seco y deslicé la mano izquierda por debajo. Era una mesa pequeña, lo que jugaba a mi favor. Avancé hasta su rodilla, cubierta por la tela vaquera. Se tensó al instante, pero no se apartó.

—Estamos en la cocina —murmuró—. Los vecinos tienen las ventanas abiertas.

—Nadie puede ver lo que pasa debajo de la mesa.

Subí por el muslo. La fricción contra la tela hacía un sonido sordo que parecía resonar en toda la cocina. Ella cogió una tostada y la untó con movimientos mecánicos, fingiendo que no sentía mi mano. Cuando llegué a la parte alta del muslo, justo donde la costura se le clavaba en la ingle, le ordené:

—Come. No dejes que se enfríe.

—No tengo hambre ahora.

—He dicho que comas. Necesitas fuerzas.

Mi tono no admitía réplica. Mordió la tostada con los ojos fijos en el frutero, evitando los míos. Mi pulgar hizo presión en la costura central del vaquero, justo sobre su sexo. Cerró las piernas instintivamente y atrapó mi mano entre los muslos. Error suyo. Ahora mi mano estaba prisionera contra su calor, sintiendo la humedad que la tela gruesa empezaba a no poder esconder.

—Estás caliente y húmeda. ¿Te pone nerviosa que te toque mientras intentas hablar de turismo?

—Joder, Alba… para. No puedo concentrarme.

—Ese es el punto. No quiero que te concentres en el paisaje. Quiero que te concentres en mi mano.

Sus ojos, oscuros y brillantes, se clavaron en los míos. Ya no había súplica para que parara. Apreté una vez más, fuerte, y arranqué un gemido que ella intentó disimular bebiendo café. Retiré la mano despacio, arrastrándola por el muslo hasta la rodilla, y la dejé con la sensación de vacío.

—Termina el desayuno. Vamos a salir. Pero ten claro una cosa: aunque estemos rodeadas de gente, mi mano seguirá estando sobre ti. Aunque no te toque.

Asintió, derrotada y excitada a partes iguales, y volvió a morder la tostada con una obediencia que me hizo sonreír.

***

El calor de Sevilla en la calle era un golpe físico, seco, muy distinto del vapor del baño. Salimos del portal y la ciudad nos engulló. Caminaba a mi lado intentando guardar un paso firme, llevándome hacia Santa Cruz. Llevaba gafas de sol, una barrera oscura sobre los ojos, pero yo sabía hacia dónde miraba. Cada vez que mi brazo le rozaba el suyo, daba un pequeño respingo.

—Vas muy rápido.

Mi voz fue tranquila, casi un comentario casual para cualquiera que pasara cerca. Para ella fue una orden. Frenó en seco y ajustó el ritmo al mío.

—Perdona. Siempre voy con prisas.

—Hoy no. Hoy vas a mi ritmo. Ni un paso por delante, ni un paso por detrás.

Me detuve frente al escaparate de una tienda de recuerdos —abanicos, platos de cerámica, camisetas baratas— y la obligué a parar agarrándola del codo. A los ojos de la gente éramos dos amigas mirando curiosidades. Pero mis dedos presionaban un punto exacto, lo suficiente para causar una molestia si intentaba moverse.

—¿Ves a toda esta gente, Nora? Turistas, familias, estudiantes. Nadie sabe lo que eres.

Me incliné hacia ella, fingiendo señalar un abanico rojo. Mi boca quedó tan cerca de su oreja que mi aliento le movió el pelo.

—Nadie sabe que debajo de esos vaqueros llevas mi marca. Solo ven a una profesora respetable.

—Baja la voz —murmuró—. Hay gente al lado.

Una pareja de ancianos pasó comiéndose un helado.

—¿Te da vergüenza? Debería darte orgullo. Eres propiedad privada en un espacio público.

Le solté el codo y le deslicé la mano hacia la parte baja de la espalda. Parecía un gesto cariñoso. Bajé un poco más, hasta la curva donde la espalda se vuelve nalga, y la dejé apoyada, reclamándola. Se puso rígida, pero no se apartó.

—Si te tensas, parece que te molesto. Y se supone que te gusta que te toque.

—Me gusta. Pero me pones nerviosa.

—Nadie nos mira. Solo yo sé cómo te estremeces cuando te toco aquí.

Acaricié la tela con el pulgar, un movimiento circular y obsceno en su sutileza.

—Vamos. Quiero llegar a una terraza.

***

Encontramos una mesa en una plaza pequeña, a la sombra de un toldo raído. El murmullo de los cubiertos, las risas y la música lejana creaban un caos en el que era fácil perderse. No tenía intención de perder nada.

—Siéntate ahí —le indiqué—. De espaldas a la pared.

Obedeció al instante, deslizándose en la silla de metal. Quería limitarle el campo de visión para que solo pudiera mirarme a mí, sin que nadie la sorprendiera por detrás. Me senté enfrente, bloqueándole la salida, con las gafas puestas para poder observarla sin que supiera dónde fijaba la vista.

Un camarero joven, con la camisa arremangada y una sonrisa fácil, se acercó.

—Buenas. ¿Qué les pongo?

Nora abrió la boca, con el instinto social en marcha.

—Una cerveza sin alcohol y…

La interrumpí con un gesto, sin mirar al chico.

—Para ella una copa de vino tinto. Y para mí una caña, bien fría.

El camarero apuntó y se marchó. Ella frunció el ceño, molesta por haber sido anulada delante de un extraño.

—No me apetece vino con este calor.

—Precisamente. Estás demasiado tensa. Necesito que te relajes. Y además, el vino te pone los labios rojos. Me gusta cómo te queda.

Se recostó en la silla cruzando los brazos. Pero le vi cruzar también las piernas bajo la mesa. Un gesto defensivo. O de necesidad.

—Descruza las piernas —le dije en un tono bajo, casi conversacional.

—Por favor. Estamos rodeadas de gente.

—Exacto. Y nadie va a saber por qué las descruzas. Solo tú y yo. Hazlo.

Suspiró y separó las piernas, apoyando los dos pies en el suelo. Su postura cambió. Se volvió más accesible, más expuesta, aunque la mesa la cubría.

El camarero volvió con las bebidas y una tapa de aceitunas, le guiñó un ojo y se fue. Noté cómo ella le devolvía una sonrisa tímida, educada. En cuanto se dio la vuelta, me incliné hasta tener mi cara a centímetros de la suya.

—¿Te gusta coquetear con el camarero mientras tienes el coño húmedo por mí?

—No estaba coqueteando. Solo he sido amable.

—Tú no eres gente normal ahora mismo. Eres mía. Y no me gusta que le sonrías así a nadie cuando todavía puedes sentir el fantasma de mis dedos dentro de ti.

Cogí una aceituna y la mastiqué despacio sin dejar de mirarla. Bebió un trago largo de vino, tal como había predicho. Necesitaba el alcohol.

—Mira a tu alrededor —le dije—. Esa pareja parece aburrida. Hablan de hipotecas. Y mira a ese grupo de turistas, tan inocentes. Si supieran que la profesora elegante que tienen al lado está sentada aquí sin bragas…

—Llevo bragas. Te lo dije.

—¿Y si te ordenara ir al baño de este bar, te las quitaras y me las trajeras en el bolso? ¿Lo harías?

Se quedó paralizada con la copa a medio camino. El ruido del bar pareció desvanecerse alrededor.

—Eso es humillante.

—¿Y no es lo que te excita?

Acerqué el pie por debajo de la mesa y busqué el suyo. Empecé a subir por la pantorrilla con la suela de la zapatilla rozando el vaquero. Miró a los lados, aterrada de que alguien viera lo que pasaba bajo el mantel invisible.

—Si alguien nos ve…

—Nadie mira debajo de las mesas. Sigue bebiendo.

Subí el pie hasta su rodilla y me deslicé por la cara interna del muslo. Tuvo que hacer un esfuerzo visible para no atraparme cerrando las piernas. Apretó las manos contra el borde de la mesa, los nudillos blancos.

—Cuéntame, Nora. ¿Cómo se siente? ¿Estás palpitando?

—Sí —susurró.

—Más alto. Quiero que me digas qué sientes mientras tienes mi pie rozándote la entrepierna en medio de una plaza llena de gente.

Sus ojos, oscuros y dilatados, se clavaron en los míos. No quedaba rastro de la profesora.

—Siento que me estoy mojando tanto que va a traspasar el vaquero. Quiero que quites el pie y metas la mano. Aquí. Ahora. Me da igual quién mire.

Esa era la confesión que buscaba. La había roto en público sin que nadie más se diera cuenta.

—Buena chica. Pero te aguantas. Bebe tu vino. Nos vamos a casa.

***

El taxi de vuelta fue un ejercicio de contención. Iba mirando por la ventana con las piernas apretadas y las manos aferradas al bolso. Yo iba a su lado, en silencio, disfrutando de cómo su respiración se alteraba cada vez que el coche tomaba una curva y nuestros muslos se rozaban.

Subimos las escaleras sin hablar. El sonido de mis llaves girando en la cerradura sonó como un disparo en el rellano. La dejé pasar primero. En cuanto la puerta se cerró a mis espaldas se giró hacia mí y se lanzó a mi boca con un beso desesperado, hambriento, intentando borrar la frustración del bar.

La detuve. La agarré por los hombros y la aparté con la firmeza justa para abrir medio metro entre nosotras.

—¿Qué haces? Llevo una hora aguantándome las ganas. No me rechaces ahora.

—No te estoy rechazando. Te estoy educando. Si te follo contra la puerta, será un polvo rápido para calmarte. Y yo no quiero calmarte. Quiero poseerte.

Caminé hacia el salón y me senté en el sofá, cruzando las piernas con calma. Señalé el suelo, justo delante de mí, sobre la alfombra.

—Ven. De rodillas.

Parpadeó, sorprendida por el cambio de tono. Miró el suelo, después a mí. Su orgullo de mujer adulta e independiente tuvo un último espasmo.

—No voy a ponerme de rodillas así, en frío.

—¿En frío? Estás ardiendo. Te huelo desde aquí. Si quieres que te toque, si quieres que te quite esa ansiedad que te está comiendo por dentro, vienes aquí y te arrodillas.

Le sostuve la mirada. Un duelo de voluntades que duró cinco segundos. Vi cómo bajaban los hombros, cómo soltaba el aire contenido. Caminó hacia mí despacio y se dejó caer sobre la alfombra, a la altura de mis piernas.

—¿Contenta?

—No se trata de que yo esté contenta. Se trata de que tú sepas cuál es tu lugar ahora mismo.

Me incliné, apoyé los codos en las rodillas y le acaricié la mejilla con el dorso de la mano, un gesto casi tierno que contrastaba con la posición.

—Lo del bar no ha sido un juego. Lo de anoche tampoco. Me dijiste que eras mía y yo me lo he tomado al pie de la letra. Pero si vamos a seguir, necesito reglas. Un contrato verbal, aquí y ahora.

—Suena muy serio.

—Lo es. Porque voy a empujar tus límites. Y necesito saber que te entregas voluntariamente.

—Te escucho.

—Regla número uno: honestidad brutal. No quiero que finjas. Si te duele, me lo dices. Si te gusta, gimes. Si te asustas, me miras. No quiero a la profesora compuesta. Quiero a la mujer que hay debajo.

—Entendido. Nada de máscaras.

—Regla número dos: obediencia. Si te digo quieta, no te mueves ni un milímetro, aunque te estés muriendo por tocarte. Si te digo que abras la boca, la abres. El control lo tengo yo. Tú solo tienes que sentir. Te estoy quitando la carga de decidir. Es un regalo.

Y lo era. Lo veía en su cara.

—Me gusta no tener que pensar.

—Regla número tres: seguridad. Vamos a establecer una palabra. Si la dices, todo se para al instante. Sin preguntas. Tu palabra es «rojo». Si dices «rojo», yo paro y te cuido. ¿De acuerdo?

—De acuerdo. Rojo.

Le metí la mano en el pelo y agarré un puñado de ondas oscuras, tirando suavemente hacia atrás para obligarla a exponer la garganta y a mirarme desde abajo.

—¿Estás dispuesta a ser mi sumisa durante las próximas horas? ¿Me das permiso para usarte, para atarte si quiero, para negarte el placer hasta que yo decida?

Su respiración era errática. El pulso le latía desbocado en el cuello.

—Sí, Ama. Haz lo que quieras conmigo. Soy tuya.

La confesión quedó flotando en el aire denso de la tarde de Sevilla. Sonreí, le solté el pelo y me recosté en el sofá. Tenía toda la tarde por delante, y ella, de rodillas sobre la alfombra, lo sabía mejor que nadie.

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Comentarios (5)

LunaEscarlata

increible relato, de los mejores que he leido por aqui!!

Tania_Vz

Por favor que haya segunda parte, quede con muchas ganas de saber como continua esto

NuriaMG

Me encantó el ambiente sevillano, le da un toque muy especial a la historia. Bien escrito, natural y sensual sin pasarse. Sigue publicando!

SofiNoche21

buenisimo!!! me quede pegada leyendo hasta el final

ValentinaSur

Me recordo a algo que viví hace tiempo jajaja, estos relatos me matan

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