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Relatos Ardientes

La abogada que aprendió a obedecer esa noche

La luz anaranjada de las farolas se colaba por las rendijas de la persiana en el despacho del sargento Beltrán. A esa hora, la comisaría —apenas una delegación de barrio, de esas que nadie elige— estaba casi desierta. El destino de Beltrán hacía juego con el lugar: barriga floja, calva avanzada, unas gafas de pasta gruesa que le corregían una miopía severa y un expediente sin un solo mérito que mereciera mención. A su lado, el agente Cuevas, otro funcionario desaliñado y sin ambiciones, asentía a todo lo que su superior decía.

Cuevas acababa de comprobar la única celda. El detenido seguía allí, encogido, y ya no se le oía sollozar. Más que un detenido, un trofeo, pensó Beltrán sin disimular la satisfacción en la cara. Y Cuevas sabía perfectamente por qué.

Adrián, el hijo único de la letrada Solana, había sido cazado tras estrellar un coche robado contra el escaparate de una joyería. Su cómplice, más experimentado, había escapado. El chico no. Lo habían pillado con las manos en la masa, temblando entre los cristales rotos.

Beltrán iba a contarle a Cuevas lo que tenía en mente cuando la puerta se abrió de golpe. Renata Solana entró con la misma altivez de siempre, esa que arrastraba como una bandera. Penalista brillante, había desmontado más condenas firmes de las que cualquiera podía recordar, muchas contra delincuentes confesos. Su manejo de la palabra y de los recovecos de la ley no tenían rival. En toda la comisaría no había nadie más odiado que ella; ni los peores reincidentes despertaban tanto rencor.

Sin un saludo, sin una pausa, le ladró al sargento:

—¿Dónde está mi hijo? Voy a encargarme personalmente de que pierdas la placa. Y reza para que no consiga sentarte a ti en el banquillo. ¡Que dónde está, te he preguntado!

—Buenas noches también, abogada —respondió Beltrán sin inmutarse—. Ahora le traemos al chico. Pero antes permítame enseñarle una cosa. Siéntese.

Ella dudó un instante y se sentó frente al escritorio. El sargento giró el portátil para encararlo hacia ella. En la pantalla, la cámara de seguridad de la joyería mostraba con nitidez a Adrián al volante, el coche entrando en el cristal, el chico intentando huir entre el polvo. Beltrán notó cómo la palidez le subía a las mejillas. Pero Renata se había curtido en mil batallas; se recompuso enseguida.

—Esto no prueba nada. Solo que mi hijo tuvo un accidente y que ha sido detenido de forma injusta.

—Tal vez podría sostener eso ante el tribunal —dijo él, despacio— si no fuera por la confesión que ha firmado. No solo admite el intento de robo. Reconoce haber participado en otros dos. Dice, palabras textuales, que lo hicieron «por diversión».

—Una confesión tomada a un crío sin abogado presente no vale absolutamente nada.

—Un crío de diecinueve años, plenamente imputable, que aceptó declarar por voluntad propia. —Beltrán reparó, con cierto placer, en que la respiración de ella se aceleraba, en cómo la blusa de seda blanca subía y bajaba con cada inspiración—. Vaya usted al juez de guardia, si quiere.

—Eso haré. Pago la fianza y nos vemos en el juicio.

—No va a ser tan sencillo, letrada. Pienso imputarle también el asalto a la joyería de la avenida. El de hace dos semanas. El que se cobró la vida de la mujer del joyero.

—¡Eso es ridículo! —estalló ella—. ¡No tiene una sola prueba!

—Tengo indicios. El mismo modo de operar. Y he verificado en el interrogatorio que su hijo no tiene coartada para esa noche. Quizá salga absuelto, no lo niego. Pero hasta entonces no habrá fianza que valga. Se queda dentro. —Hizo una pausa calculada—. Un chaval así, en esa cárcel. Ya sabe lo que pasa con los chicos guapos, ¿verdad? A lo mejor hablo con algún interno de confianza, para que reciba el trato que merece el hijo de la abogada que tanto nos ha jodido.

Beltrán sabía que acababa de cruzar una línea. Pero esa noche no pensaba cruzar solo esa. Se excitaba viendo cómo se derrumbaban una a una las defensas de Renata. La mujer se veía francamente desesperada, y lo intentó de nuevo.

—¿Qué es lo que quiere? —preguntó al fin. No iba a permitir que su hijo pasara por ese infierno. Eso jamás—. ¿Que delate a algún cliente para que usted gane un caso?

—No, no es eso lo que quiero —respondió él con sarcasmo—. ¿Verdad que no, Cuevas? ¿Cómo vamos a pedirle algo así a una abogada? No sería ético ni insinuarlo, señora.

Al oír su nombre, Cuevas se acercó. Beltrán miraba a Renata sin ningún disimulo. Era una mujer espléndida. A sus cuarenta y siete años se mantenía en mejor forma que cualquier veinteañera. Cabello rubio recogido en una coleta tirante, ojos verdes penetrantes, labios carnosos, unos pechos que se adivinaban firmes bajo la blusa y unas piernas largas y torneadas bajo la falda del traje azul. El conjunto, los tacones, todo indicaba que se había vestido con esmero para presentarse en comisaría. La voz de ella interrumpió sus pensamientos. Ya no quedaba rastro de su arrogancia.

—Por favor, sargento. Tiene que haber algo que pueda hacer para arreglar esto.

—¿Qué es lo que me ofrece, letrada? —Beltrán dejó caer las palabras como anzuelos—. Podríamos soltar a Adrián. De su pequeña «travesura» no quedaría más que una ficha que es fácil traspapelar, junto con la grabación que acaba de ver. Cada día se pierden pruebas. ¿No es cierto, Cuevas?

—¿Harían eso por mí? —Renata atisbó una salida—. Se lo prometo, lo tendré en cuenta. Les estaré agradecida para siempre.

—Claro que sí. Nosotros haremos eso por ti. —Ella notó, de pronto, que había dejado de tratarla de usted—. Y tú, ¿qué vas a hacer por nosotros?

***

Renata los miró. Cuevas se había colocado detrás del sargento y la observaba con la misma desfachatez. La situación había virado hacia un terreno extraño, y ella supo, con un escalofrío, que había perdido el control.

—Te he visto muchas veces en el estrado, Renata —dijo Beltrán, casi en un susurro—. Poniendo de rodillas a la policía delante del juez. ¿Sabes qué pensaba cada vez? Que me encantaría verte arrodillada a ti.

—¿Cómo? No estará pensando que yo…

El sargento no la dejó terminar.

—Está bien. Como quieras. Baja a la celda, despídete de tu hijo. Vas a tardar mucho en volver a verlo.

Si las miradas mataran, los dos policías ya estarían bajo tierra. Pero Renata, tragándose la dignidad, se levantó en todo su esplendor y empezó a doblar las rodillas.

—Espera. —Esta vez fue Cuevas quien dio la orden—. Antes suéltate el pelo.

Ajustándose la falda, la letrada Solana deshizo la coleta y se sentó sobre sus talones, mientras Beltrán acercaba una silla para situarse frente a ella.

—Ahora vas a portarte bien, ¿verdad? —Le pareció notar un leve temblor recorriéndola—. Ya sabes lo que pasa si rechistas. Abre la boca.

—¡¿Qué?! —protestó ella. El sargento masticó la respuesta despacio, en voz muy baja.

—Que abras la boca.

Y Renata la abrió, tanto por la orden como por el desprecio con que la había pronunciado. Casi le dolió más eso que la humillación de sentir el dedo de Beltrán entre sus labios, jugando con su lengua, mientras ella intentaba apartarse sin lograrlo. Sin retirarle el dedo, él continuó:

—Lo que me pides es mucho, Renata. Destruir la ficha, borrar la grabación… Quiero que entiendas qué esperamos a cambio. ¿Estás dispuesta a todo para sacar de aquí a tu hijo?

Fue en ese instante cuando ella decidió rendirse. Imaginaba ya alguna vejación, quizá acostarse con el sargento. Todo le parecía soportable a cambio de la libertad de Adrián. Con un hilo de voz, murmuró:

—Sí.

—Bien. Entonces no te muevas. Se la vas a chupar a Cuevas. —Le encantó verla estremecerse. No supo distinguir cuánto era rabia y cuánto vergüenza.

Cuevas ya se había desabrochado el pantalón del uniforme y lo dejaba caer junto con la ropa interior. La estampa de Renata Solana, impecablemente arreglada, de rodillas frente a él, encendió a Beltrán. Más todavía cuando ella tomó el miembro con una mano y empezó a moverla, sin mirarlo, mecánica. Cuevas resopló de satisfacción.

—¿No me la chupas?

Renata acercó la cara a su entrepierna. La cercanía le provocó una repugnancia que la hizo vacilar. Giró la cabeza hacia Beltrán y le suplicó con los ojos que no la obligara. La sonrisa sardónica del sargento la desarmó. Venciendo el asco, se introdujo el miembro en la boca. No era grande, pero tenía un grosor incómodo. El silencio se adueñó del despacho, roto solo por el sonido húmedo de su boca. Ella esperaba que aquel calvario fuera breve. Sintió el sexo creciendo entre sus labios y, con la esperanza de acabar cuanto antes, lo envolvió con la lengua. Cada tanto miraba de reojo al sargento, que no ocultaba su excitación. Cuando notó que Cuevas estaba a punto, intentó apartarse en el último momento, pero el hombre no la dejó, y terminó sobre su mejilla y sobre la solapa de la chaqueta. Renata gritó, pasado ya su límite de aguante.

—Ya está. He terminado. —Su voz quiso sonar firme y le salió quebrada—. Ahora quiero llevarme a mi hijo.

—No, guapa. Todavía no. Acabamos de empezar.

Renata se derrumbó. Empezó a sollozar de un modo lastimoso.

—Levántate. Quítate la ropa.

Como un autómata, la letrada se sacó la chaqueta. Sus gemidos contenidos hacían temblar la blusa de seda. Lentamente, como si esperara un milagro que la salvara, desabrochó botón a botón. Apareció un sujetador blanco, sencillo, que apenas la contenía. Sin levantar la vista, soltó el cierre de la falda, que cayó al suelo. Nunca, al salir de casa esa noche, había imaginado que terminaría ante esos dos en ropa interior, con las medias negras y los tacones, ofrecida como una pieza de exposición.

—Sigue.

Se desabrochó el sostén y descubrió unos pechos firmes, fruto evidente del gimnasio y de algún quirófano.

—Vaya —exclamaron los dos casi a la vez.

A Renata le pareció que ya no podía caber más humillación y, sin pensarlo, se quitó las medias y deslizó las bragas por las piernas, sacándolas primero de un pie y luego del otro. Sin poder evitarlo, intentó cubrirse con las manos. Beltrán se levantó y la condujo con cuidado hasta el borde del escritorio, indicándole con un gesto que apoyara el pecho sobre la mesa, mientras Cuevas, al otro lado, le sujetaba las muñecas para dejarla completamente expuesta. Con la punta de la bota, el sargento le separó los tobillos.

Sabiendo lo que venía, Renata volvió a lloriquear. Sintió el sexo del sargento intentando abrirse paso sin conseguirlo. Frustrado, él se escupió en la mano y empezó a frotarla, lubricándola con saliva, hasta que se notó listo. Entonces la penetró de golpe y empezó a embestir. Por favor, que acabe pronto, pensaba ella. Y de pronto cayó en la cuenta: no tomaba nada y el hombre no se había puesto nada. Alarmada, intentó zafarse moviendo las caderas, pero Cuevas la mantenía firmemente sujeta. El forcejeo solo excitó más a Beltrán, que redobló el ritmo hasta terminar con un gruñido.

Aún jadeando, el sargento se dirigió a su compañero.

—¿Qué te parece? ¿Llamamos ya al chico, para que hable con su madre?

—No, no, por favor —suplicó Renata entre lágrimas.

—No, claro que no. Nosotros no somos así. —Sonrió—. Anda, vístete. Cuevas te lleva a buscar a Adrián.

Cuando regresó abrazada a su hijo, de toda la altivez de la letrada Solana no quedaba nada. Los dos policías la vieron salir, encogida, meterse en el coche y alejarse en la madrugada.

—Mira, Cuevas —dijo Beltrán, levantando un pequeño objeto entre los dedos—. Con las prisas, al final no se ha llevado la grabación.

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Comentarios (6)

CarlosM_85

Uno de los mejores que lei en este sitio. Tremendo!!

MandoMx77

Por favor que haya una segunda parte, me quede con ganas de mas

curiosa87

Me enganche desde el principio y no pude parar. Muy bien escrito, se nota que el autor sabe construir tension

DiegoRba

corto pero intenso, justo como me gustan

PatriLectora

Que relato tan bien armado! La tension que va construyendo es increible, te lleva de la mano sin que te des cuenta. Espero que sigan subiendo cosas asi porque hay talento de verdad aca

lectora_silenciosa

jajaja el titulo me atrapo y el relato no me defraudo para nada

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