La confesión que encontré en el chat de mi esposo
Hola, Selene. Te escribo porque necesito sacar esto de adentro y no se me ocurre nadie mejor que vos para escucharlo sin juzgarme.
Como ya te conté otras veces, con mi marido tenemos una relación bastante abierta de cabeza. Nos gusta salir de la rutina, escaparnos a algún hotel por horas, de esos con jacuzzi y luces de colores. Si la habitación tiene caño, me animo a hacerle un baile, a jugar a la stripper privada que se desnuda solo para él. La verdad es que la pasamos bien. Yo creía que con eso, sumado a los juegos en los que me exhibo para otros a través de la pantalla, a él le alcanzaba. Lo creí hasta hace unos días, cuando me topé con algo que me revolvió por dentro.
Tenemos una cuenta compartida, una que usamos para chatear con otras parejas y con desconocidos, a veces juntos, a veces cada uno por su lado. Es parte del juego: leerle a un extraño lo que vamos a hacer, mandar una foto, dejar que la imaginación haga el resto. Nunca pasó de ahí. O eso pensaba yo.
El asunto es que la otra noche andaba buscando una conversación vieja en el historial, una en la que habíamos quedado en mandarle unas fotos a una chica de Rosario. Y entre todos esos chats apareció uno que no reconocí. Tres hombres, ninguno de ellos con nombre que me sonara. Lo abrí por curiosidad. Y leí algo que todavía no sé cómo procesar. Te lo copio tal cual, para que me digas qué pensás.
***
Lo que mi marido les escribió empezaba así:
«Mi mujer es muy lanzada para algunas cosas. Me encanta cuando le pido que se vista bien provocativa y se deje mirar en un lugar público; eso me prende como pocas cosas. Pero hace un tiempo me agarró la fantasía de verla con otro hombre. El problema es que ella, para eso, es de madera. Le gustan los juegos, la idea, la situación, todo lo que sea fantasía. Pero la cosa concreta, estar con alguien más de verdad, ni en pedo. Se lo planteé mil veces y siempre que no.»
«Así que me terminé jugando una carta. La llevé a un hotel, le serví un par de tragos de esos que la sueltan, le pedí que se pusiera un portaligas que me vuelve loco y armé la cama para hacerle un bondage, algo que ya habíamos probado antes y que la enciende. Cuando ya estábamos en clima, ella con sus medias hasta el muslo y sus tacos de plataforma, la até a la cama, le puse un antifaz para taparle los ojos y la acomodé como a ella le gusta: bien expuesta, a disposición de quien quisiera tomarla. Aunque ella creía que ese quien iba a ser siempre yo.»
Hasta ahí, Selene, yo leía sonriendo. Reconocía la escena, reconocía el portaligas, reconocía hasta el sabor del tequila esa noche. Pero seguí leyendo, y la sonrisa se me fue borrando de a poco.
«Empecé a tocarla por encima de la tanga y enseguida la sentí mojada. Le pasé un látigo suave por todo el cuerpo, despacito, que es algo que la pone a mil. Aproveché para acercarle la boca y que me hiciera un oral con los ojos vendados, sin ver nada, guiándose solo por el tacto. Mientras ella estaba en eso, perdida en su mundo, le hice una seña a alguien que esperaba callado en un rincón de la habitación.»
Tuve que dejar de leer un segundo. Releí esa última línea tres veces. Alguien que esperaba callado en un rincón. Sentí un frío que me bajó por la nuca.
«Era el pibe de enfrente, el hijo de los vecinos, veintidós años recién cumplidos. Lo había metido al hotel escondido en la parte de atrás de la camioneta y lo hice entrar sin un ruido apenas la dejé con los ojos tapados. Le hablé bajito, casi pegado a su oído para que ella no me escuchara, y le dije: ahí la tenés, es toda tuya. El pibe estaba tan nervioso que no sabía ni por dónde empezar. Era su primera vez, nunca había estado con una mujer. Así que con señas le fui marcando todo: cómo tocarla, cómo seguir con la boca, cómo usar las manos.»
«Cuando lo vi listo, le hice una seña para que se le acercara a la cara, igual que había hecho yo un rato antes. Ella, vendada y atada, convencida de que era yo, le dio una mamada de campeonato, lo dejó al borde. El chico tenía un preservativo preparado para ponerse, pero yo quería verlo entregarle su primera vez a mi mujer sin nada en el medio, así que le hice un gesto de que lo guardara.»
Para ese punto yo ya tenía el teléfono temblando en la mano. No podía parar de leer.
«Entonces el pibe se acomodó para entrar. Ella, calentísima, pidiendo, le dijo "metémela de una vez". Él fue entrando despacio, como si quisiera grabarse cada segundo en la memoria. Ella lo sintió firme, distinto, y empezó a retorcerse. Movía las caderas disfrutando sin saber que era otro, uno nuevo, uno que la miraba como quien no puede creer la suerte que tiene. Al rato ella se arqueó entera y se vino con un grito, mojando todo. Le hice una seña al vecino para que aguantara un poco más, que tomara aire.»
«Después la dimos vuelta, la dejamos bien abierta, y el chico volvió a entrar de un solo movimiento. Ella gimió como nunca la había escuchado gemir. Él la agarró de una pierna y empujó con más fuerza, ya sin nervios, soltándose. Le sacó los tacos, le besó los pies, los olió, se los llevó a la boca. Menos de tres minutos después se quedó quieto, bien adentro, y le entregó a mi mujer su primera vez. Cuando salió, ella se estremeció otra vez de pies a cabeza.»
«Le hice una seña al pibe para que se fuera en silencio. Esperé un rato largo y recién ahí le solté las muñecas y le saqué el antifaz. Estaba agotada, derretida, y me agradeció lo rico que la había hecho gozar. Me dio un beso y se durmió abrazada a mí.»
***
Esa era la parte donde mi marido contaba la noche. Pero lo que me terminó de partir al medio vino después, en un mensaje más corto, casi como un comentario al pasar entre risas con los otros tipos.
«Hasta el día de hoy ella no tiene idea de que el que la hizo acabar así esa noche no fui yo. Ni se imagina que, de paso, le sacó la virginidad al pibe de enfrente.»
Me quedé sentada en el borde de la cama con el teléfono en la falda y la garganta cerrada. No sabía si llorar, si gritar, si tirarle el celular por la cabeza. Andrés dormía al lado mío, tranquilo, ajeno a que yo acababa de leer la cosa más íntima y más turbia que me ocultó en seis años de casados.
Lo peor, Selene, lo que me cuesta hasta escribir, es que mientras leía no sentí solo bronca. Hubo un momento, uno solo, en el que el cuerpo me respondió antes que la cabeza. Y me odié por eso.
***
Estuve dos días dándole vueltas. Saqué el portaligas del cajón, el de las medias al muslo, y me quedé mirándolo un rato largo como si fuera a contarme algo. Junto al chat, mi marido había adjuntado unas fotos de cómo me había vestido esa noche. Al verlas me acordé perfecto de cuándo había sido: la época en que él me insistía día por medio con que estuviera con otro, y yo le decía que no, que no, que mil veces no.
Reconocí el portaligas. Reconocí la habitación, las luces tenues, el ventilador de techo girando despacio. Me acordé del antifaz apretándome las sienes, del látigo recorriéndome la espalda, de los tragos que me había servido para soltarme. Recordé el juego entero. Y recordé, sobre todo, una cosa que esa noche atribuí a la oscuridad y al alcohol y que ahora me pesa distinto.
Hubo un cambio. Un momento en que las manos sobre mi piel se sintieron de otra manera. Más torpes al principio, más dudosas, como aprendiendo. Después más firmes. Y cuando entró, me acuerdo de haber pensado, vendada y atada, que mi marido nunca se había sentido así. Lo achaqué a la posición, al alcohol, a las ganas que tenía. Me dije que era él más prendido que de costumbre.
No puedo confirmarte que la versión del chat sea verdad. Capaz que mi marido inventó todo para fanfarronear delante de esos hombres, para parecer más osado de lo que es. Los tipos hacen esas cosas. Pero tampoco puedo asegurarte que no haya pasado. Porque esas diferencias que sentí aquella noche, esas que durante meses guardé como un secreto rico y sin importancia, hoy tienen un nombre y una cara: el chico de enfrente, el que todavía me saluda con timidez cada vez que nos cruzamos en el ascensor y no me sostiene la mirada.
Y ahora entiendo por qué.
***
Mi marido sigue creyendo que no sé nada. Que esa conversación quedó enterrada en un historial que nadie iba a abrir. Me mira a la mañana, me prepara el café, me pregunta si dormí bien, y no tiene idea de que yo cargo con su confesión adentro como una piedra.
Lo miro y no sé qué siento. Hay rabia, claro. Me usó, me mintió, me entregó a un desconocido sin mi permiso, jugando con mi confianza y con mi cuerpo. Eso no tiene vuelta. Pero también hay algo que no me animo a decir en voz alta ni siquiera frente al espejo: una curiosidad oscura, una pregunta que vuelve cada vez que apago la luz. ¿Y si lo enfrento y le digo que lo sé? ¿Y si, en vez de gritarle, le pido que me cuente todo, con los ojos abiertos esta vez?
No lo sé. Por ahora lo único que hago es escribirte a vos.
Quizás él se entere recién si llega a leer esta confesión en tu página, entre las tantas que publicás. Si eso pasa, si reconoce el portaligas, las medias y su propia letra en estas líneas, entonces ya no va a haber nada que esconder. Ahí sí vamos a tener que sentarnos, mirarnos a la cara y hablar de la otra versión de aquella noche. La de él. Y, por primera vez, también la mía.
Gracias por leerme, Selene. Decime qué harías vos en mi lugar.