El hombre que me prohibió tener un orgasmo
Lo conocí por una voz. Solo eso al principio: una voz grave y pausada al otro lado del teléfono, sin rostro, sin nombre real, sin nada que yo pudiera tocar. Me había anunciado en un foro casi por aburrimiento, una madrugada de insomnio, y de las treinta respuestas que recibí solo la suya no me dio asco. No prometía nada. Hacía preguntas. Y cada pregunta parecía conocer la respuesta antes de que yo abriera la boca.
Lo llamé Adrián, aunque dudo que se llamara así. Daba igual. A las pocas semanas, ese nombre falso me ponía la piel de gallina cada vez que aparecía en la pantalla.
—Quítate la ropa y siéntate en el borde de la cama —me dijo la primera noche que de verdad jugamos—. No te toques todavía. Solo escúchame.
Y lo hice. Hice todo lo que pidió, asombrada de mí misma, de la facilidad con que una orden suya doblegaba a la mujer terca y mandona que era durante el resto del día. En la oficina nadie me daba órdenes sin discutir. En mi casa, con él en el oído, yo no era más que una alumna esperando el siguiente compás.
Porque eso parecía: una clase de música. Adrián marcaba el ritmo con la voz, subía, bajaba, me dejaba acelerar y luego me frenaba en seco.
—Acaríciate la cara interna del muslo. Solo ahí. Si rozas algo más, lo sabré.
No podía saberlo, claro. No me veía. Pero yo obedecía como si una cámara invisible vigilara cada centímetro de mi piel, y esa certeza imposible me calentaba más que cualquier caricia.
¿Cómo puede alguien que ni siquiera he visto tenerme así?
Las reglas eran sencillas y crueles. Tenía permiso para tocar la piel cercana —el vientre bajo, el pliegue de la ingle, el interior de los muslos—, pero nunca los labios, nunca el clítoris. No hasta que él lo ordenara. No hasta que estuviera tan al límite que la voz me temblara al contestarle. «Solo así estarás del todo a mi merced», decía. Y tenía razón.
La primera vez que me llevó al borde y me dijo «para», creí que me moría. Me quedé tendida en la oscuridad, el corazón golpeándome las costillas, las manos quietas a los lados porque me lo había prohibido. No dormí. Quería terminar, lo necesitaba con una urgencia casi física, pero la sola idea de desobedecerle me parecía peor que la frustración. Esa noche entendí que ya no se trataba del placer. Se trataba de quién decidía cuándo llegaba.
***
Pasó un mes. Un mes entero sin permiso para terminar.
Podía haberlo ignorado. Podía haber dejado de contestar sus mensajes, haberme dado el orgasmo que mi cuerpo reclamaba a gritos y olvidar todo aquello como un capricho de madrugada. Lo pensé muchas veces, casi siempre a las tres de la mañana, despierta y húmeda y furiosa. Pero la idea de rendirme me frustraba más que la propia abstinencia. Quería demostrarle —demostrarme— que de verdad podía aguantar. Que era capaz.
Así que cuando me escribió «el sábado, a las cinco, en la cafetería de la plaza vieja», no dudé ni un segundo. Respondí que sí antes de pensarlo.
Llegué quince minutos antes. Pedí un té que no toqué y elegí una mesa del fondo, de espaldas a la pared, para verlo entrar. Llevaba un vestido fino, sin nada debajo, porque esa había sido la única instrucción previa y la cumplí con las manos temblándome al vestirme.
Lo reconocí en cuanto cruzó la puerta. No por su cara, que nunca había visto, sino por la calma. Caminaba como si el local entero le perteneciera. Más mayor de lo que imaginé, con canas en las sienes y unos ojos que recorrieron la sala una sola vez antes de posarse en mí, sin sorpresa, como si supiera exactamente dónde iba a encontrarme.
Se sentó enfrente. No me dio la mano. Pidió un café al camarero con un gesto mínimo y, solo cuando el chico se alejó, me miró de verdad.
—¿Cuándo vamos a empezar? —pregunté.
Lo solté de golpe, con los nervios a flor de piel, pero sin miedo. Llevaba un mes esperando ese momento y no pensaba fingir indiferencia.
—La paciencia es una virtud, corazón —dijo, y le dio un sorbo al café que acababan de servirle—. Antes de hacer nada, quiero comprobar si esos límites que me describiste son reales o solo palabras bonitas para impresionarme.
¿Me vas a probar aquí, en público?
El pensamiento me recorrió como una corriente, un hormigueo que nació en el ombligo y bajó por el vientre hasta instalarse entre mis piernas, muy cerca de donde tenía prohibido tocarme. Conocía esa sensación. La había sentido decenas de noches con su voz en el oído. Pero ahora la tenía delante, de carne y hueso, sosteniendo una taza con dos dedos, y eso lo cambiaba todo.
—Pon las manos sobre la mesa —dijo en voz baja—. Las dos. Quietas.
Las puse. La cafetería seguía su rumbo ajeno a nosotros: una pareja discutía cerca de la ventana, el camarero limpiaba la barra, alguien reía al fondo. Y en la mesa del rincón, un hombre que parecía mi tío me estaba dando órdenes con una voz que solo yo podía oír.
—Separa un poco las rodillas. —Hizo una pausa, observándome—. Más. Así.
Obedecí bajo el mantel, con el corazón en la garganta. Nadie podía vernos. Y sin embargo me sentía expuesta, como si todo el local supiera lo que ese desconocido me estaba haciendo sin tocarme siquiera.
—Ahora vas a llevar la mano derecha a tu rodilla, por debajo de la mesa, y vas a subir despacio por la cara interna del muslo. —Bebió otro sorbo, sin prisa, como quien comenta el tiempo—. Te detienes donde sabes. Ni un dedo más.
La mesa nos tapaba de cintura para abajo, pero el simple hecho de moverme me erizó la piel entera. Subí la mano. La tela del vestido se me arrugó contra el muslo. Llegué al punto exacto donde el deseo se volvía insoportable y allí me quedé, con las yemas a un centímetro de donde más lo necesitaba, sin permiso para cruzar esa frontera.
—Bien —murmuró. Lo dijo como una recompensa y yo me la bebí entera—. ¿Lo sientes?
—Sí —contesté, y la voz me salió rota.
—¿Quieres más?
—Sí.
—No.
Apartó la mano, no la mía sino la suya, la de la taza, y la apoyó sobre la mesa, cerca de mis dedos pero sin rozarlos. Esa distancia mínima me resultó más erótica que cualquier contacto. Saqué la mano de debajo del mantel porque me lo ordenó con un gesto, y la dejé temblando junto a la otra.
—Llevas un mes obedeciéndome sin tenerme delante —dijo—. Cualquiera puede portarse bien por teléfono, cuando nadie mira y puede mentir. Lo difícil es esto. Tener las manos a diez centímetros de lo que quieres, con permiso de tocarte casi todo, y aun así detenerte porque yo lo digo.
Tragué saliva. Tenía la boca seca y el resto del cuerpo no.
—Y te has detenido —continuó—. Me gusta.
Nunca un cumplido me había hecho apretar tanto los muslos.
***
Estuvimos casi una hora así. Él bebiendo café, yo con un té que se enfrió intacto, y entre los dos un juego que nadie a nuestro alrededor habría sabido nombrar. Me hacía describir en susurros lo que sentía, me daba una orden mínima —cruza las piernas, descrúzalas, muerde el borde de la servilleta—, y cada pequeña obediencia tensaba un poco más el hilo que llevábamos semanas estirando.
En ningún momento me tocó. Esa era la parte más perversa. Podría haberme rozado la mano, el brazo, la rodilla bajo la mesa, y no lo hizo ni una vez. Toda la electricidad de esa tarde la generó con palabras y silencios, midiéndome, comprobando que la mujer que le obedecía en la oscuridad era la misma a plena luz, rodeada de extraños.
—Vas a irte a casa ahora —dijo por fin, dejando unos billetes junto a la taza—. Sola. No te vas a tocar en el coche, ni en el ascensor, ni al entrar.
—¿Y luego? —pregunté.
Se levantó. Por un instante quedó de pie frente a mí, tan cerca que pude oler su colonia, y bajó la voz hasta que fue solo para mí.
—Luego, cuando estés en tu cama, voy a llamarte. Y por primera vez en un mes, te voy a dar permiso. —Hizo una pausa que me dejó sin aire—. Te lo has ganado.
No esperó respuesta. Se dio la vuelta y salió de la cafetería con la misma calma con la que había entrado, sin mirar atrás, dejándome temblando en la mesa del rincón con un permiso pendiente quemándome entre las piernas.
Conduje a casa con las manos clavadas al volante y la respiración entrecortada, contando los semáforos, contando los pisos del ascensor, obedeciendo incluso ahora que nadie me veía. Me tumbé en la cama vestida, sin atreverme a más, mirando el techo.
El teléfono sonó a los veinte minutos. En la pantalla, ese nombre falso que me ponía la piel de gallina.
—Hola, corazón —dijo la voz—. ¿Estás lista?
Cerré los ojos.
—Sí —contesté—. Llevo un mes lista.
Y entonces, por primera vez, me dejó terminar.