Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El secreto que me convirtió en esclavo de Carolina

Me llamo Mateo, tengo veinticuatro años, y voy a contarles cómo terminé siendo el esclavo privado de mi amiga Carolina. No es algo de lo que presuma en voz alta, pero negarlo sería mentir, y a estas alturas mentir ya no tiene sentido.

Primero necesito hablar de ella. Caro es menuda, apenas pasa el metro y medio, morena, de ojos castaños y una boca pequeña que parece dibujada para sonreír con malicia. No es la típica chica que provoca a gritos. Habla en voz baja, casi tímida, y los desprevenidos la confunden con alguien inofensivo. Yo aprendí, a mi costa, lo equivocados que estaban.

A sus pies les debo un párrafo aparte. Calzaba un treinta y cuatro, pies pequeños, de piel canela, las plantas pálidas y suaves de una manera que no había visto en nadie. No solía pintarse las uñas, solo una base transparente, y las llevaba siempre cortas, casi cuadradas. La primera vez que se los miré de verdad sentí algo difícil de explicar: una mezcla de ternura y un deseo oscuro que me daba vergüenza reconocer.

Desde que la conocí, Carolina tenía novio. Bruno, un compañero de la facultad, más alto y más guapo que yo. Los tres íbamos juntos a clase y compartíamos apuntes. Esa fue la geografía de mi vida durante meses: ellos dos de la mano y yo al lado, callado, fingiendo que no me importaba.

***

Fue durante las vacaciones de verano. Un grupo nos habíamos quedado en la ciudad universitaria haciendo prácticas, así que la residencia de estudiantes donde yo vivía organizó una fiesta pequeña, de las de juntarse a beber sin más pretensión. Bruno estaba fuera, en su pueblo, y Carolina no quería volver sola a su piso de madrugada.

—¿Te quedas? —le ofrecí, intentando que sonara casual—. Duermes en mi habitación y yo me tiro en el sofá.

Aceptó sin darle vueltas. Dejó su bolso sobre mi escritorio y se metió en la ducha, en el baño que estaba justo al lado de mi cuarto.

Al pasar a buscar una almohada vi sus sandalias junto a la cama. Unas hawaianas de tira fina, azules, con flores estampadas y unos hilos dorados. Diminutas. Me quedé mirándolas como un idiota, sabiendo que no debía, que era una estupidez y un riesgo absurdo. Pero algo en mí ya había decidido.

Comprobé que ella seguía bajo el agua y que los demás estaban encerrados en sus habitaciones. Entré, cerré la puerta a medias y me arrodillé junto a la cama. Cogí una de las sandalias con las dos manos, como si fuera de cristal.

Solo un segundo. Solo para saber qué se siente.

Empecé a besarla. Recorrí con los labios toda la superficie donde se apoyaba su planta, despacio, sin prisa, como si cada beso tuviera que merecer estar ahí. No era suficiente. Acerqué la nariz a la zona central, justo debajo de donde las tiras se hundían en la goma, y respiré. Ahí estaba: un rastro tibio, apenas perceptible, de su piel. No había mal olor, no había suciedad, solo ella.

Nunca había sentido algo tan humillante y tan excitante a la vez. Arrodillado en el suelo, con la cara enterrada en la chancla de mi amiga, respirando hondo, noté que se me endurecía hasta doler. Estaba tan perdido en aquello que no escuché la puerta del baño.

Detrás de mí, un ruido. Me giré de golpe. Carolina estaba de pie en el umbral, envuelta en una toalla, mirándome con una seriedad que me heló la sangre.

—He… olido algo raro —balbuceé, levantándome a trompicones—. Pensé que eran tus sandalias, estaba comprobando si…

Entonces bajó la vista hacia mis pantalones cortos. Y recordé. Estaba duro como una piedra, tensando la tela de forma evidente, y peor aún, una mancha húmeda me delataba sin posibilidad de defensa. Aquel mínimo rastro de su piel había bastado para dejarme en ese estado, atrapado en pleno acto.

Su cara fue pasando del desconcierto a otra cosa. Por un instante pareció casi asustada, como si ya no me reconociera. Yo me puse rojo hasta las orejas, intentando aparentar una calma que no tenía. Y fue justo entonces cuando algo cambió en su mirada. Una decisión.

***

Cerró la puerta del todo. Pasó a mi lado sin decir palabra, todavía seria, arrastró la silla de mi escritorio y se sentó frente a mí, cruzando las piernas. Luego estiró la derecha, levantó el pie y dobló el tobillo formando una punta, moviendo los dedos en pequeños círculos. Todo lo demás dejó de existir. El mundo entero se redujo a esa imagen.

Una lujuria que no sabía controlar me empujó hacia ella. Olvidé la vergüenza, la situación, todo. Solo quería caer sobre ese pie, besarlo, lamerlo. Avancé con las manos por delante, listo para agarrarlo.

Carolina no me dejó. Con una rapidez asombrosa retiró la pierna y la lanzó de vuelta, golpeándome con el empeine en un lado de la barbilla. No fue con toda su fuerza, pero me castañetearon los dientes y caí hacia atrás.

—¿Qué te crees? —dijo, y su voz baja sonaba más fría que nunca—. ¿Que seguimos siendo amigos, que ahora puedes tocarme? Después de lo que acabo de ver, ya no eres nada para mí. Solo un felpudo. Vas a hacer lo que yo diga, y vas a pagar muy caro haberte metido con mis cosas. A partir de ahora existes para satisfacer mis caprichos, y te vas a humillar sabiendo que no tienes derecho a nada.

Intenté disculparme, hablarle de lo que me pasaba con los pies, explicar lo inexplicable. No me dejó.

—Ve al baño. Mi ropa está en una bolsa sobre el bidé. Tráela.

Había algo en su tono que me robó cualquier voluntad de discutir. Pensé que era mejor obedecer que arriesgarme a que saliera de esa habitación contando lo que había visto. Fui, encontré la bolsa con sus pantalones doblados y volví.

—No solo eso —dijo cuando le tendí la bolsa—. Mis bragas están ahí dentro. Dámelas.

Eran rosas, sencillas, de tela fina, con un estampado de florecitas. Las cogió, las giró hasta dejar a la vista la parte que había estado en contacto con su cuerpo y me ordenó:

—De rodillas. Saca la lengua.

—Caro, lo siento, fui un imbécil, no pude evitarlo —probé una última vez.

—Calla. Si no lo haces ahora mismo, salgo y se lo cuento a todos.

Con el miedo apretándome la garganta, obedecí. Me arrodillé frente a la silla, casi pegado a sus piernas, saqué la lengua, y ella frotó la tela contra ella, despacio, mirándome a los ojos con una calma terrible. Cuando terminó, dobló las bragas y me las tendió.

—Ahora póntelas.

Dudé. Empecé a protestar, la rabia ganándole por un momento a la vergüenza. Pero apenas hice el ademán de levantarme, su pie subió de golpe entre mis piernas y me derrumbé del dolor.

—Vas a hacer lo que yo diga —repitió, sin alzar la voz—. No puedes hacer nada. No puedes hablar con nadie, no puedes ponerme una mano encima, porque te denuncio. Solo puedes obedecer. Es mejor ser mi felpudo que el hazmerreír de toda la facultad.

Con los ojos llorosos, entre el dolor y la humillación, me desnudé. Y entonces los dos lo vimos: seguía medio erecto. Pensé que era una reacción al golpe, pero ya no estaba tan seguro. Las bragas eran pequeñas, no me entraban, pero tiré de ellas con todas mis fuerzas hasta meterlas, deformándolas, apretándome de un modo que dolía. Carolina sacó el móvil y me hizo una foto.

—Qué patético eres —dijo, y por primera vez sonrió—. Eres un sumiso, ¿lo sabías? Un esclavo de nacimiento. Tu cuerpo no miente. Te excita recibir órdenes, te excita que se rían de ti. No naciste para nada más que para oler pies, para servir, para limpiar con la boca lo que una mujer te ponga delante.

Yo debería haberme sentido destrozado. Y una parte de mí lo estaba. Pero otra, una que jamás había dejado salir, empezaba a hervir de algo parecido a la euforia. La idea de no ser nada más que su felpudo, de existir solo para servirla, me importaba más que cualquier orgullo. Sin que me lo pidiera, volví a arrodillarme y me agaché hasta quedar a la altura de sus pies, que apenas rozaban el suelo con la punta.

Carolina se reía, divertida con lo que veía.

—Esclavo, quiero que me beses el pie. Pero con cariño. Quiero que te declares a mis pies, como un buen novio.

No los levantó, no movió un músculo para acercármelos. Me incliné yo hasta casi tocar con la cara su pie izquierdo y empecé a besarlo con la misma delicadeza que la sandalia, sosteniéndolo entre las manos como algo precioso. Después de unos cuantos besos froté mi mejilla contra su empeine, despacio. Notaba pequeños temblores: ella aguantaba la risa mientras me apuntaba con el móvil.

—Qué amante tan callado —se burló—. Quiero piropos. Quiero que le hables.

No sabía qué decir, pero lo intenté.

—Desde ahora vivo solo para ti —murmuré contra su piel—. Quiero despertar oliéndote. No tengo otra razón que adorarte, besarte, sentir tu aroma. Eres lo más hermoso que he visto, y no hay nada que quiera mirar más.

Estaba a cuatro patas, en bragas rosas, con la cara hundida en su pie, soltando la declaración más ridícula de mi vida. Era plenamente consciente de lo patético de la escena, y precisamente por eso me ponía más. Carolina lo grababa todo, y supo cómo empeorarlo.

—El otro pie está celoso —dijo—. Ponte un poco más derecho, así llego mejor a tu cara. ¿No es lo que quieres? ¿Que esté cómoda para patearte?

Me incorporé sobre las rodillas, las manos a la espalda. Me dio una patada, otra, sin mucha fuerza pero suficiente para hacerme perder el equilibrio. Cada vez volvía a mi sitio sin una queja, y cada vez ella me hacía besar el pie que me había golpeado, en señal de agradecimiento.

***

Así estuve un buen rato, usado, humillado, adorando sus pies mientras la noche avanzaba al otro lado de la puerta. Cuando se cansó, me dio una última instrucción, ya con un tono casi cariñoso, como quien le habla a una mascota.

—Guti —ese sería mi nombre de esclavo, me lo había puesto entre patada y patada—, busca un rincón donde dormir. Pero no te quites esas bragas hasta que me consigas unas nuevas para reemplazar las que destrozaste. Eso te va a obligar a espabilar, ¿no crees?

Asentí. No dije nada más. Salí de mi propia habitación en silencio, todavía vestido con su ropa interior bajo el pantalón, y me acomodé en el sofá del salón sin pegar ojo.

Esa noche, mientras escuchaba su respiración tranquila al otro lado de la pared, entendí que algo se había roto para siempre y que algo nuevo acababa de empezar. Que la amiga discreta y de voz baja conocía ahora el lado más sucio de mí, y que yo, lejos de querer huir de él, no veía la hora de volver a arrodillarme.

Lo demás —los días que siguieron, las nuevas reglas, lo que aprendí a hacer sin que nadie me lo pidiera— forma parte de otra historia. Pero todo, absolutamente todo, empezó esa madrugada de verano, con una sandalia entre las manos y una mujer que descubrió, antes que yo mismo, lo que de verdad había nacido para ser.

Ver todos los relatos de BDSM

Valora este relato

Comentarios (5)

SombrasBA

Increible, quede enganchado desde las primeras lineas. Muy bien contado todo.

AlexBaires24

Por favor una segunda parte, quede con ganas de mas. Se hizo cortisimo

Curiosa_1987

Me gusto mucho como fue desarrollando la situacion entre ellos, se siente autentico y con tension real. Sigue escribiendo

DanteRios77

jajaj el principio no me lo esperaba para nada, que momento mas intenso

Leti_Mza

Me recordo a algo que me paso, esas dinamicas que se instalan solas sin que te das cuenta... tremendo relato

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.