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Relatos Ardientes

Aprendí a obedecer a los pies de Lorena

Me llamo Damián y durante años creí que lo mío era un secreto que me llevaría a la tumba. Tenía treinta y cuatro, un trabajo normal y una vida ordenada de puertas afuera. Lo que nadie sabía era que, desde mucho antes, había una cosa que me desarmaba por completo: unos pies de mujer dentro de unas sandalias gastadas, las uñas pintadas, el cuero marcado por el uso. No sabía por qué. Solo sabía que cada vez que veía algo así, el mundo se reducía a ese detalle y yo dejaba de pensar.

Lo había manejado solo durante demasiado tiempo. Compraba sandalias que después escondía, me las probaba a oscuras, me pintaba las uñas un domingo y me las quitaba con acetona antes del lunes. Vivía esa parte de mí como una vergüenza. Hasta que apareció Lorena.

La conocí en un curso de fotografía al que me anoté por aburrimiento. Tenía algo de autoridad natural, una forma de mirar que te dejaba quieto. No era la más llamativa del grupo, pero era la única a la que no podía dejar de mirar. Llevaba unas sandalias de tiras finas, planas, con las uñas de un rojo oscuro, y yo perdí media clase observándole los pies sin que ella se diera cuenta.

O eso creí.

—Llevas veinte minutos mirándome los pies y no la cámara —me dijo al final, mientras los demás recogían sus cosas. Lo dijo sin enojo, casi divertida—. ¿Te gustan?

Sentí que la sangre se me iba a la cara. Quise inventar una excusa y no me salió nada. Ella esperó, con los brazos cruzados, disfrutando de mi silencio.

—No hace falta que contestes —siguió—. Ya lo dijiste con la cara.

Trágame, tierra.

Pero no me fui. Esa misma noche terminamos en un bar, y entre cerveza y cerveza le conté lo que no le había contado a nadie. No sé qué me empujó a hacerlo. Tal vez que ella no se rio, no puso cara rara, no se apartó. Me escuchó como quien recibe una confesión que ya esperaba.

—Así que te gusta esto —dijo, y bajó la mano para soltarse una sandalia bajo la mesa. La levantó apenas, lo justo para que yo la viera, y la dejó colgando de la punta del pie—. ¿Y qué más te gusta, Damián? Dilo. Acá nadie te conoce.

Se lo dije todo. Lo de pintarme las uñas a escondidas, lo de las sandalias guardadas, las ganas que nunca me había animado a admitir en voz alta. Mientras hablaba, ella sonreía cada vez más, y yo me daba cuenta de que no me estaba juzgando: me estaba estudiando.

—Mañana vienes a mi casa —dijo cuando terminé. No fue una invitación. Fue una orden, y las dos cosas que hizo en mí fueron contradictorias: me dio terror y me puso duro al mismo tiempo.

***

El departamento de Lorena olía a café y a algo floral. Me hizo pasar, me señaló una silla y se sentó frente a mí con una caja de zapatos en el regazo. La abrió despacio. Adentro había sandalias de todos los tipos: de plataforma, planas, de tiras, algunas casi nuevas y otras con la suela vencida de tanto uso.

—Las guardo todas —dijo—. Las viejas son las mejores. Tienen la forma del pie, ¿entiendes? Llevan mi marca.

Asentí sin poder hablar. Sacó un par de cuero rojo, gastadas en el talón, las uñas pintadas del mismo color que tenían sus pies esa noche. Las puso sobre la mesa, entre los dos, como quien deja una carta sobre el tapete.

—Arrodíllate —dijo.

Lo hice sin pensar. Me bajé de la silla y me arrodillé en la alfombra, y en cuanto mis rodillas tocaron el piso sentí algo que no había sentido nunca: alivio. Como si llevara toda la vida cargando algo y por fin alguien me hubiera dado permiso para soltarlo.

Ella levantó un pie y lo apoyó en la sandalia, despacio, deslizando el talón hasta que encajó. Después apoyó la planta sobre mi muslo, sin presión, solo para que yo sintiera el peso.

—No vas a tocar nada hasta que yo te diga —murmuró—. Vas a mirar. Vas a aprender a pedir permiso. Eso es lo primero.

El roce del cuero contra mi pierna me tenía al borde de algo. Lorena lo notó y se rio bajito.

—Tan rápido —dijo—. Esto va a ser divertido.

***

Volví muchas veces. Lo que al principio fue curiosidad se convirtió en una rutina que yo esperaba toda la semana. Lorena tenía reglas, y las reglas eran la mitad del juego. Yo entraba, me arrodillaba, y no me levantaba hasta que ella lo permitía.

Una tarde sacó un frasco de esmalte rojo y me lo puso en la mano.

—Las uñas —dijo, y estiró un pie—. Quiero ver si sirves para algo.

Me temblaban las manos, pero no de miedo. Era el deseo, las ganas de hacerlo bien, de que ella estuviera conforme. Le pinté cada uña con un cuidado que nunca había puesto en nada. Ella me corregía, me hacía repetir, me obligaba a esperar a que secara antes de pasar a la siguiente.

—Mejor de lo que pensaba —dijo al final, examinando el trabajo—. ¿Sabes por qué te gusta tanto esto, Damián?

Negué con la cabeza.

—Porque acá no tienes que decidir nada —dijo—. Solo obedecer. Y eso, para alguien como tú, es lo más parecido a descansar.

Tenía razón. En esa alfombra, a sus pies, yo dejaba de ser el hombre serio y controlado de siempre. Me convertía en otra cosa, en algo más simple y más honesto.

***

Fue ella la que sacó el tema de la feminización, una noche de invierno. Yo se lo había insinuado entre líneas, pero no me animaba a decirlo directo. Lorena no tenía esos problemas.

—Te quiero ver con las uñas pintadas —dijo—. Las de las manos también. Y con esto.

Dejó sobre la cama una falda corta y una blusa, doblada con un cuidado que la hacía parecer un regalo. Me miró esperando, midiendo mi reacción.

—Si no quieres, te vas —agregó—. Pero si te quedas, te quedas como yo digo.

Me quedé.

Me vestí con torpeza, sintiéndome ridículo y excitado a partes iguales. Cuando salí, ella me hizo girar despacio, evaluándome, y después me señaló un par de sandalias de plataforma que había dejado junto al espejo.

—Pónte esas —dijo—. Camina.

Caminé. Los primeros pasos fueron un desastre, los tobillos inseguros, pero ella me corregía la postura con la voz, sin tocarme.

—La espalda derecha. Los pasos cortos. No te apures.

Me miré en el espejo y no me reconocí. Y sin embargo, por primera vez, lo que veía no me daba vergüenza. Lorena se acercó por detrás, me puso una mano en el hombro y habló muy cerca de mi oído.

—Esto eres cuando nadie te obliga a fingir —dijo—. Y a mí me gusta. ¿A ti?

Asentí. Me ardía la cara, pero no dije que no.

***

Con el tiempo aprendí a leerla. Sabía cuándo quería que me arrodillara apenas entraba y cuándo quería hacerme esperar de pie, sin tocar nada, hasta que me temblaban las piernas de las ganas. Esa anticipación era casi mejor que el final. Lorena lo sabía y la estiraba todo lo que podía.

—La paciencia es lo que separa a un buen sumiso de uno que solo quiere acabar rápido —me decía, mientras yo esperaba de rodillas con las manos cruzadas en la espalda.

Una de esas tardes me hizo lavarle las sandalias a mano. Me dio un balde, un cepillo suave y la instrucción de hacerlo despacio, frotando cada tira, secando el cuero con un paño. Yo, que en mi trabajo daba órdenes a media oficina, estaba ahí, sentado en el piso de su baño, dedicándole una atención absurda a un par de zapatos. Y lo disfrutaba. Cada tanto ella se asomaba, revisaba mi trabajo y volvía a salir sin decir nada, dejándome esa duda deliciosa de si lo estaría haciendo bien.

Cuando terminé, me hizo presentárselas en las manos, como una ofrenda. Ella las inspeccionó con calma, las olió, asintió.

—Aprendes rápido —dijo—. Hay hombres que vienen meses y nunca entienden que esto no se trata de ellos.

Esa frase me quedó dando vueltas durante días. Nunca se había tratado de mí. Se trataba de servir, de prestar atención, de esperar. Y en esa renuncia, paradójicamente, yo encontraba más placer que en cualquier cosa que hubiera hecho por mi cuenta.

Me hacía oler el cuero de sus sandalias gastadas, me hacía describir en voz alta lo que sentía, me obligaba a pedir permiso para todo. Y cuando por fin me dejaba tocarme, lo hacía mirándola los pies, con sus reglas, a su ritmo, deteniéndome cada vez que ella levantaba un dedo.

—Espera —decía—. Todavía no.

Y yo esperaba. Esperaba porque obedecerle era el placer, no el obstáculo. La humillación que tanto me había avergonzado en privado, con ella se volvía un juego en el que los dos sabíamos las reglas y los dos disfrutábamos.

***

Una de las últimas veces que estuve en su casa, Lorena se sentó en el borde de la cama y me hizo arrodillar entre sus piernas. Llevaba las sandalias rojas, las primeras, las que me había mostrado el día que todo empezó.

—¿Te acuerdas de cómo llegaste acá? —preguntó—. Muerto de miedo, sin animarte a decir lo que querías.

—Me acuerdo —dije.

—Mírate ahora.

Me miré. Las uñas de los pies pintadas de rojo, las suyas también, los dos reflejados en el espejo del armario. Ya no había vergüenza. Había algo parecido a la gratitud.

—No te enseñé nada que no tuvieras adentro —dijo, y me levantó la cara con un pie para que la mirara—. Solo te di permiso. El resto siempre fue tuyo.

Apoyó la planta del pie contra mi pecho, despacio, y me empujó hasta dejarme sentado en el piso. Después se inclinó, con esa sonrisa que me había desarmado la primera tarde, y me dijo al oído lo único que yo necesitaba escuchar:

—Buen chico.

Y por una vez en mi vida, arrodillado a los pies de una mujer que me había enseñado a obedecer, me sentí completamente libre.

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Comentarios (4)

DiegoNacho

impresionante, lo lei dos veces seguidas jaja

Susy_Cba

Por favor seguí escribiendo sobre este tema!! quede con mil ganas de saber como siguio todo

Mariu_99

Me recordo a algo que vivi hace tiempo... la dinamica de poder narrada asi te engancha desde la primera oracion. muy bueno

SantiRV

Excelente!!!

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