La noche que mi dómina me exhibió en el club
Hacía meses que no sabía nada de la dómina Nadia. Su número desapareció de mi vida igual que había aparecido, sin aviso, y yo había aprendido a no preguntar. Por eso, cuando su nombre iluminó la pantalla del teléfono una noche de jueves, sentí que el estómago se me cerraba de golpe.
—Te quiero el sábado a las once —dijo, sin saludar—. Vamos a un sitio nuevo. Un club. Y esta vez vas a entender lo que significa pertenecerme delante de gente.
Colgó antes de que yo pudiera responder. No hacía falta. Ella sabía que iría.
Confieso que la orden me sorprendió y me excitó a partes iguales. Nunca había pisado un local de ambiente, uno de esos sitios discretos donde la dominación deja de ser un secreto entre dos paredes y se convierte en algo que otros miran. Pasé los días siguientes pensando en poco más que en eso, con la polla dura cada vez que imaginaba las manos de Nadia sobre mí delante de desconocidos.
El sábado llegué puntual al pub que me había indicado, un bar de luz baja y música lenta en una calle apartada. La vi de espaldas, sentada en la barra. Llevaba un vestido negro con una abertura larga que le dejaba la pierna al aire, y unas sandalias de tacón tan altas que me costó imaginar cómo caminaba con ellas. Las uñas de los pies, pintadas de un rojo intenso, asomaban entre las tiras de cuero.
Me acerqué y bajé la mirada.
—Buenas noches, gusano —dijo, sin girarse del todo.
—A sus pies y a su disposición, Ama.
—Claro que sí. Es tu lugar. —Dio un sorbo a su copa—. A partir de ahora solo hablarás si yo te lo ordeno. ¿Queda claro?
Asentí. Aprendí esa noche que asentir también era una forma de hablar permitida.
Dejó caer un manojo de llaves al suelo, como por descuido. Me agaché de inmediato, pero antes de que mis dedos las rozaran, ella apoyó la suela de la sandalia sobre el llavero.
—Quédate ahí un momento.
Obedecí, agachado a la altura de sus pies, mirando el rojo perfecto de sus uñas y el cuero tensado sobre su empeine. Pasaron unos segundos largos. Después levantó el pie y por fin pude recoger las llaves y entregárselas con las dos manos.
Siguió bebiendo sin prisa mientras yo permanecía a su lado, sin probar nada, porque no me había dado permiso. De vez en cuando dejaba caer una servilleta, una moneda, un posavasos, y yo me agachaba a recogerlo. No quiere que se me olvide cuál es mi sitio. Lo entendí perfectamente.
Cuando terminó su copa, pagué la cuenta y ella salió a la calle.
—Dos metros detrás de mí —murmuró sin mirarme—. Y no levantes la vista de mis talones.
Caminamos así cinco minutos, ella delante con su paso firme y yo detrás, hipnotizado por el balanceo de sus tobillos. Nos detuvimos frente a una puerta sin cartel, custodiada por un hombre enorme que la saludó con un gesto y nos dejó pasar.
***
El interior olía a cuero y a incienso. Tras cruzar el primer pasillo, Nadia se detuvo en un vestíbulo en penumbra.
—Desnúdate. Quédate solo con lo que te mandé ponerte.
Me quité la ropa con manos torpes y la dejé doblada donde ella señaló. Bajo el traje llevaba la ropa interior ajustada que me había ordenado comprar, ridícula y mínima, un tanga que apenas contenía mi polla ya medio dura. Ella, en cambio, se abrió el abrigo y dejó ver un top que apenas le cubría los pechos, con los pezones marcándose bajo la tela fina.
—Ni se te ocurra mirarlos —dijo, divertida, al ver que mis ojos subían un instante.
Bajé la cabeza enseguida.
—Ahora vamos a entrar a la sala, y todo el mundo va a saber que eres mío. —Sacó de su bolso un collar de cuero negro y me lo cerró en el cuello con un clic seco—. A cuatro patas. Los perros no caminan erguidos.
Me puse en el suelo. Ella enganchó una correa al collar y empezó a caminar. Yo la seguía con la mirada clavada en sus talones, sintiendo el frío del piso bajo las palmas de las manos y el calor de las miradas cuando entramos.
La sala era amplia y estaba poblada. Había amas con sus esclavos a los pies, algún amo paseando a su esclava de la correa, parejas que jugaban con dinámicas que no terminé de descifrar. Nadie nos prestó demasiada atención y, al mismo tiempo, todos parecían registrar nuestra entrada. Llegamos al fondo, donde un sofá de terciopelo esperaba contra la pared, y ella se sentó con las piernas cruzadas, dejando que la abertura del vestido subiera hasta insinuar que no llevaba nada debajo.
—Tengo los pies cansados, gusano. ¿Se te ocurre algo?
Sin pedir permiso para hablar, porque entendí que la pregunta ya era el permiso, llevé las manos a su pie derecho y empecé a descalzarla con cuidado.
—A ver. Un perro trabaja con la boca, ¿no es así? —Su voz se endureció—. Te voy a atar las manos para que no vuelvas a equivocarte. Que te sirva de lección.
Me cruzó la cara con un bofetón que sonó por encima de la música. Un par de cabezas se giraron. Yo bajé la vista, ardiendo de humillación y, a la vez, completamente entregado. Me ató las muñecas a la espalda con una cuerda fina, volvió a meter el pie en la sandalia y esperó.
Entendí. Atrapé la tira de cuero con los dientes y fui aflojando la sandalia milímetro a milímetro hasta liberar su pie. Repetí la operación con el otro, despacio, sintiendo cómo me observaba.
—Ahora túmbate. Vas a ser mi alfombra mientras descanso. Porque eso eres.
Me tendí en el suelo y ella apoyó los dos pies sobre mi pecho.
—Saca la lengua. No dejes ni un milímetro sin lamer. Entre los dedos también.
Me entregué a la tarea con una devoción que me sorprendió a mí mismo. Empecé por las plantas, recorriéndolas de talón a puntera con la lengua bien plana, tragando el sabor salado de su sudor mezclado con el cuero. Cuando llegué a los dedos, los separé con la punta de la lengua uno a uno, hundiéndome en cada hueco, chupándoselos como si fueran pollas pequeñas. Ella soltó un gemido bajo, casi imperceptible, y yo sentí mi verga endurecerse dentro del tanga hasta rozar el suelo. El sabor del cuero, el roce de sus uñas contra mi lengua, el peso de su desprecio. Llevaba así varios minutos cuando una sombra se detuvo junto al sofá.
***
—Hola, ¿qué tal? —La voz era femenina, cálida—. Me llamo Selene. Este de aquí es mi esclavo, Bruno.
Giré apenas los ojos. Era una mujer rubia, de pies pequeños calzados con sandalias plateadas, vestida de morado con un escote generoso que dejaba ver el nacimiento de unas tetas grandes y firmes. A su lado, sujeto de una correa, un hombre desnudo de mirada baja, con la polla colgando fláccida entre los muslos.
—Yo soy Nadia —respondió mi Ama—. Y este gusano lamepiés no tiene nombre. Es como un perro callejero. Estoy explorando hasta dónde puedo llevarlo.
—¿Te importa si me siento y pruebo esa boca? —Nadia hizo un gesto de permiso—. Tengo los pies cansados y me parece que no lo hace mal. —Selene se sentó a su lado y ató la correa de Bruno a la pata de la mesa—. Este, en cambio, todavía tiene que mejorar.
—Adelante. Es buen comepiés —dijo Nadia.
En segundos tenía los pies de Selene en la boca, su piel más suave, su perfume distinto, un aroma dulce que se le concentraba entre los dedos. Los lamí con la misma hambre, chupándole el empeine, mordisqueándole el tobillo cuando ella lo permitió. Bruno, atado a la mesa, miraba cada movimiento con una mezcla de atención y envidia, y noté cómo su polla empezaba a levantarse de a poco, hinchándose contra su propio muslo. Mientras tanto, Nadia había empezado a juguetear con la punta del pie contra mi entrepierna, presionando la bola de mis huevos, midiéndome, sintiendo lo empapado que estaba el tanga por la punta de mi verga.
—Mira lo empalmado que está el guarro —se rió Nadia, apretando más—. Le va a estallar la polla solo de que le pisen los cojones.
—Aprende, Bruno —se rió también Selene.
—¿Qué te parece si pasamos a un reservado y vemos hasta dónde llega tu esclavo? —propuso después, girándose hacia Nadia—. El mío hace todo lo que le ordeno. Está bien educado.
Mi Ama no lo pensó dos veces.
***
El reservado tenía luz tenue y estaba decorado con cierto gusto: una cruz de aspas a cada lado, una mesa con instrumental ordenado, un sofá bajo. Entramos los dos esclavos a cuatro patas, desnudos, guiados por nuestras correas. A Bruno le habían quitado ya lo poco que llevaba encima y su polla se balanceaba entre las piernas, dura y curvada, apuntando hacia arriba.
Estaba expectante. No sabía qué iba a pasar y esa incertidumbre era parte del vértigo.
Nos ataron a cada uno a una cruz, brazos y piernas abiertos. Empezaron a recorrernos el cuerpo con las manos, a pellizcarnos los pezones hasta hacernos gruñir, a rozarse contra nosotros sin permitirnos nada. Nadia me pasó las uñas por el pecho, bajó por el vientre y me agarró la polla con la mano cerrada, apretándola con fuerza sin moverla, solo apretando hasta que me dolió. Después me soltó, se rió, y me dio dos cachetes secos en los huevos que me hicieron doblar las rodillas contra las cuerdas. Al otro lado, Selene se había puesto de rodillas frente a Bruno y le lamía la punta de la verga con la lengua muy suelta, sin llegar a metérsela en la boca, hasta que él empezó a gemir suplicando algo que ella no le concedió. Cuando los dos respirábamos entrecortado, con las pollas duras como piedras y goteando, salieron de la habitación.
—Vamos a tomarnos una copa y pensamos qué hacemos con vosotros —dijo Nadia desde la puerta.
Nos dejaron solos, atados, en silencio. Bruno y yo cruzamos una mirada que lo decía todo: ninguno de los dos tenía idea de hasta dónde estaban dispuestas a llegar.
Volvieron al rato. Las dos venían cambiadas: cada una llevaba ahora un arnés ceñido a las caderas del que asomaba una polla gruesa de silicona negra, larga, brillante, que se les balanceaba entre las piernas como si fuera propia. Nos desataron y caímos de rodillas casi por instinto. Antes de que pudiera pensarlo, tenía el arnés de Selene frente a la boca.
—Abre. Y demuéstrame que tu Ama no exagera.
Obedecí. Abrí la boca todo lo que pude y ella empujó de una, sin piedad, hasta el fondo de la garganta. Me atraganté, me lloraron los ojos, un hilo de saliva me cayó por la barbilla hasta el pecho. Ella no aflojó: me agarró de la nuca y empezó a follarme la boca con un ritmo firme, sacando y metiendo la polla de silicona hasta las pelotas, obligándome a tragar cada empuje. A mi lado, Bruno hacía lo mismo con Nadia, la garganta llena de verga, jadeando por la nariz. De vez en cuando se intercambiaban, y yo pasaba de una a otra sin descanso, chupándole el látex a Selene cubierto de mi saliva y probando después el de Nadia, con ese sabor mezclado del culo profundo de mi propia garganta.
—Este gusano mama mejor con la polla al fondo —dijo Nadia, agarrándome del pelo y empujándome contra su vientre hasta que la nariz me chocó con el arnés—. Le encanta ahogarse. Mira cómo se le cae la baba.
—El mío ya está entrenado —respondió Selene, tirando de la mordaza que le puso a Bruno en un pezón—. Pero el tuyo tiene mucho potencial. Mira qué garganta.
Hablaban por encima de nuestras cabezas como si fuéramos objetos que se evalúan, mientras nos seguían empujando las vergas de goma hasta las tripas. Cuando por fin las sacaron, tenía la cara empapada de saliva y las mejillas ardiendo.
—Esclavo sin nombre —dijo Selene de pronto, y supe lo que venía—. Date la vuelta. Si tu Ama está de acuerdo, voy a usar ese culo.
—Adelante —se rió Nadia—. Ábrelo bien, que esta noche va a tener trabajo. —Y me cerró la boca con una mordaza de bola, atándola en la nuca para que no pudiera ni quejarme.
Selene me preparó con calma, hablándome al oído. Me obligó a ponerme de rodillas en el suelo con el pecho contra la alfombra y el culo levantado. Me abrió las nalgas con las dos manos, escupió sobre mi agujero y untó la saliva con dos dedos que empezó a meterme muy despacio, uno primero, después dos, girándolos, abriéndome. Yo gemí contra la mordaza, con los ojos apretados.
—Te voy a usar, perro. A ver si sirves para algo. ¿Sabes que no tienes voluntad aquí, que estás a merced de lo que nosotras decidamos? Pues mi voluntad ahora es esta.
Sentí la punta del arnés apoyarse contra mi ano ya abierto y después el empuje, lento pero constante, hasta que la polla de silicona me entró entera. Grité contra la bola de goma, la saliva escapándoseme por las comisuras. Selene me agarró las caderas y empezó a moverse: primero embestidas cortas, hasta que noté que me acostumbraba, y después estocadas largas, sacándola casi entera para volver a clavármela hasta el fondo del arnés. Cada golpe me arrancaba un quejido ahogado y sentía cómo mi propia polla, dura y colgando, se bamboleaba entre mis piernas goteando sobre el suelo. Al mismo tiempo, mi cabeza terminó contra el suelo, sujeta bajo el pie izquierdo de Nadia, que tenía a Bruno lamiéndole el otro pie con la misma devoción que yo le había dedicado antes, mientras se acariciaba un pezón por dentro del top.
—Es un culo agradecido —dijo Selene, follándome más fuerte, haciendo sonar sus caderas contra mis nalgas—. Está claro que lo necesitaba. Se abre solo. Mira cómo lo aprieta cuando entro hasta el fondo.
—Le gusta sentir la superioridad de una mujer —respondió Nadia, casi con orgullo, hundiéndome más la suela en la mejilla—. Estar a merced, buscar el placer de quien manda. Es un puto perro necesitado, no vive si no tiene una polla dentro. —Y, volviéndose hacia el otro esclavo, añadió—: Abre tú también, Bruno, que me ha entrado envidia.
Nadia se acomodó detrás de Bruno y le metió el arnés sin muchos preámbulos. Escuché el jadeo ronco de él y después el ritmo de las dos amas follándonos a la vez, coordinando embestidas, riéndose por encima de nuestros gemidos. Selene me follaba tan hondo que sentía que se me acomodaban las tripas alrededor de la silicona; cada vez que entraba entera, un espasmo me subía por la columna y la punta de mi verga escupía un chorro de líquido preseminal. Cuando pensé que no podía más, Selene me agarró de la correa, me tiró de la cabeza hacia arriba y me embistió más rápido todavía, con las manos apretándome los pezones desde atrás. Yo no podía correrme sin permiso, y esa orden nunca llegó: apreté los dientes contra la bola y aguanté.
***
Cuando se cansaron, se quitaron los arneses, se dejaron caer en el sofá y nos llamaron con un gesto del dedo. Nos arrastramos hasta sus pies, con los culos ardiendo y las pollas duras y sin descargar. Nadia me quitó la mordaza y me dejó jadear a los pies del sofá.
—Oye, Nadia, ¿qué tal come tu perro? ¿Sabe dar placer de verdad?
—Tiene una lengua útil. Aprovechable. ¿El tuyo?
—Bien entrenado —dijo Selene—. Sabe lo que hace, aunque con los pies todavía falla. —Se quedó pensando un instante y sonrió—. Se me ocurre algo. Que nos coman el coño hasta hacernos terminar en su boca. Pero tienen que hacerlo agarrados el uno al otro. Agarrándose las pollas mutuamente. ¿Te parece?
A Nadia le pareció divertidísimo y aceptó entre risas. Se subió el vestido hasta la cintura y abrió las piernas; el coño se le veía depilado, brillante, con los labios hinchados y goteando de excitación. Selene, a su lado, se levantó la falda y dejó ver el suyo, también desnudo, con un piercing plateado en el clítoris.
Así que empecé a saborear a Selene mientras mi mano sujetaba la polla dura de Bruno, y él hacía lo mismo con Nadia mientras me agarraba a mí. La verga de Bruno pesaba caliente en mi puño, con la piel tirante y la punta empapada, y yo se la masturbaba despacio mientras hundía la cara entre los muslos de Selene. Le lamí toda la raja de abajo arriba, saboreando su humedad ácida, y cuando llegué al clítoris atrapado por el piercing me quedé ahí, chupándoselo con la punta de la lengua, girando en círculos como ella me indicaba con la mano en mi nuca. Selene gemía y me tiraba del pelo cada vez que acertaba con el movimiento. Al lado, escuchaba a Nadia respirar más hondo, con Bruno enterrado entre sus muslos, y sentía cómo mi propia polla, en la mano de él, se retorcía sin poder correrse.
—Métele dos dedos, gusano —me ordenó Selene con la voz ronca—. Al coño mientras me sigues chupando. Muévelos hacia arriba, donde te digo.
Obedecí. Metí dos dedos en su coño empapado, curvándolos hacia el techo, apretando ese punto blando que ella me marcaba con su cadera, y no aflojé la lengua sobre el clítoris. La sentí temblar, apretar los muslos contra mis orejas, y de pronto se corrió sobre mi cara, empapándome la barbilla de flujo, con un gemido largo que hizo eco en la habitación. Casi al mismo tiempo escuché el orgasmo de Nadia contra la boca de Bruno, un gruñido rabioso, seguido de una serie de sacudidas que le hicieron cerrar las piernas alrededor de la cabeza del otro esclavo.
Era una escena absurda y a la vez perfecta: dos hombres anulados, con la cara empapada del coño de sus amas, sirviendo a dos mujeres que se reían por encima de nosotros, con nuestras pollas en las manos del otro sin permiso para descargar.
No tardaron mucho más en aflojar. Se miraron, satisfechas, y después nos miraron a nosotros con esa malicia que ya empezaba a reconocer, con las pollas todavía tiesas entre las manos ajenas.
—Todavía es pronto —dijo Nadia, estirándose—. ¿Vamos a otro sitio y seguimos la velada? Estos dos aún no se han corrido y no pienso dejarles hacerlo tan fácil.
Selene asintió, riéndose. Y yo, con la cabeza baja, la cara todavía brillante y el collar apretado al cuello, entendí que la noche apenas empezaba. Todavía quedaba mucho camino.





