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Relatos Ardientes

Nos exhibieron atadas en el jardín del sultán

Ilustración del relato erótico: Nos exhibieron atadas en el jardín del sultán

La mañana entró sin permiso por los postigos de la alcoba y despertó a Mei. La luz nueva alcanzó el segundo lecho, y la pequeña asiática descubrió con alegría que Brenna había vuelto. Se abalanzó sobre ella y la despertó lamiéndole la oreja, una costumbre que la pelirroja detestaba fingir que detestaba.

—Para ya, diablilla —gruñó Brenna sin abrir los ojos.

—Estás guapísima —observó Mei, incorporándose—. Se diría que has rejuvenecido diez años. ¿Y tus pecas? No te veo casi ninguna.

—Pasé la noche entera reponiendo reservas. Creo que me he tragado más de un litro.

—Por eso estás hecha un postre. Dicen que el semen de la guardia hace milagros.

—Vacié a medio cuartel, te lo juro. Vaya cosecha. No pienso dejar que esos cerdos me toquen en un mes, por lo menos.

—¿Y yo? —Mei ladeó la cabeza con falsa inocencia—. ¿Vas a dejar que yo te toque?

—Pues claro, tonta. Ven, vamos a desayunarnos la una a la otra.

Brenna se desperezó y dejó al descubierto los pequeños aros dorados que le atravesaban los pezones oscuros. Mei los miró con una mezcla de pena y deseo.

—Tengo que contarte lo que me hicieron Zahra y aquel hombre suyo. Son unos sádicos.

—¿Te dolió mucho, mi amor?

—Un poco. Pero después me corrí muchas veces.

—Ya me imagino, conociéndote. —Brenna tiró de ella—. Ahora ponte encima. No, al revés, tontita. Trae aquí esa almeja tan mojada.

—Es que ahí abajo también estoy temblando.

—Qué delicia. Así, empapada. Siéntate en mi cara, que voy a estirarte los aros y a ver cuánto sale.

—Va a salir mucho, Brenna. Cada vez me mojo más. Ah… ay… que me voy a correr ya.

Brenna no podía hablar con la boca ocupada, pero condujo con las manos la cabeza de Mei hacia su propio sexo, que también derramaba su humedad caliente. La pequeña se esmeró en recorrer con la lengua cada pliegue, despacio primero y luego con un hambre que no medía el tiempo.

El sexo de Brenna era amplio, enmarcado por una mata rojiza y rizada. El de Mei, en cambio, era diminuto, y ahora, completamente depilado, parecía más grande de lo que era.

—El sabor de tus líquidos ha cambiado, Mei. Ahora es dulce, como almíbar.

—Será por los aros. Para, que me corro cada vez que tiras… ay, ya viene, ya viene.

***

De pronto resonaron pasos sobre la piedra. Zahra entró en la alcoba acompañada de dos guardias. Las amantes se incorporaron de golpe. Los dos hombres llevaban vendas que les cubrían los ojos y avanzaban con una mano sobre el hombro de la favorita, que los guiaba como a perros mansos.

—Ya ha vuelto esa zorra pelirroja —dijo Zahra—. A por ella. Yo me ocupo de la pequeña.

—¿Qué queréis de nosotras? —chilló Mei, cubriéndose con la sábana.

A tientas, pero con una destreza ensayada, los guardias cayeron sobre Brenna. La maniataron, le sujetaron los pies y le colocaron una mordaza y una capucha sin un solo orificio para los ojos. La pelirroja quedó ciega, muda y a su merced en cuestión de segundos.

—Así estás indefensa, bruja —anunció Zahra, triunfal, mientras derribaba a Mei sobre el lecho y le amarraba las muñecas con fuerza—. Y tú vienes conmigo.

—¿Qué vais a hacer con nosotras? —preguntó Mei, ya sin fuerzas para resistirse.

—Castigaros por daros placer sin permiso.

—No es verdad. Tú venías a buscarnos antes de que empezáramos.

—Eres perspicaz. —Zahra sonrió de medio lado—. Pues sí. Pero con más razón aún os voy a preparar para la fiesta.

—¿Estamos invitadas a un banquete?

—En cierto modo. Vosotras dos sois parte del banquete, de hecho.

***

En los jardines imperiales se preparaba un aperitivo para los invitados de Murad. Brenna no podía ver ni hablar; la máscara apretada y un pequeño tope colocado entre los dientes la mantenían en silencio. Mei, en cambio, no se perdía detalle. Los guardias conducían a una decena de esclavas, más o menos a la fuerza, hacia el mismo destino. Detrás caminaban cuatro masajistas de palacio, mujeres altísimas de piel oscura, que avanzaban orgullosas con el pecho erguido y las caderas balanceándose como un desafío.

Los soldados seguían las instrucciones de Zahra. Algunas muchachas fueron encerradas en jaulas pensadas para pájaros, de apenas un metro de alto, que las obligaban a permanecer de rodillas. Una abertura lateral permitía introducir lo que se quisiera, y dos juncos depositados junto a cada jaula servían de recordatorio para que la prisionera atendiera con manos y boca a quien se acercara.

A Brenna la llevaron a una tarima baja junto a otras tres mujeres que no iban enmascaradas, pero sí atadas de pies y manos. Los guardias las dispusieron en forma de cruz, juntando las cabezas en el centro y dejando las cuatro grupas expuestas hacia afuera, en direcciones opuestas.

Zahra lanzó una arenga en la lengua del lugar, acogida con súplicas y lamentos por las tres esclavas que aún podían hablar.

—¿Qué les has dicho? —preguntó Mei, todavía de pie, sujeta por los guardias.

—Que estas cuatro han roto las reglas: huir del harén o buscarse placeres entre ellas. Los invitados tendrán licencia para usarlas como les plazca.

Mei ya iba a pedir un sitio sobre aquel catafalco junto a su amante, cuando Zahra ordenó llevarla al centro de un parterre. Allí habían dispuesto una mesa, varios sillones y un armazón de cañas de bambú que colgaba de la rama de un enorme algarrobo, junto a la mesa.

Las manos poderosas de los guerreros la izaron hasta el dispositivo. Le elevaron los brazos sobre la cabeza, casi rozando la rama, y le ataron las muñecas en esa postura que dejaba sus senos anillados completamente a la vista. La sentaron sobre un cuadro de cañas que dejaba su sexo accesible en el centro, y luego le levantaron los pies hasta la altura de la cara, fijándole las piernas bien abiertas con una pértiga de metro y medio que tenía un grillete en cada extremo.

—Tu coño es ahora un azucarero —se burló Zahra.

—Me llamo Mei, niñata.

—¿Te crees muy lista? —rugió la favorita, y descargó cuatro golpes secos con una varita de mimbre sobre las nalgas de la indefensa.

—¡Ay, ay, ay! Eres una hija de la gran…

—¿Cuántos varazos quieres? Después seguiré por las tetas, las plantas de los pies, el coño pelado…

Mientras lo decía, Zahra rozaba con la punta de la vara cada parte que nombraba. Mei entendió por la lección del mimbre que era mejor callar.

***

Los invitados empezaron a aparecer, circunspectos pero curiosos, con sus uniformes diplomáticos, sus túnicas doradas y sus levitas extranjeras. Como una plaga, se extendieron entre las camelias y los gladiolos, los nenúfares y los rododendros, examinando con aprobación las otras especies que se les ofrecían: mujeres convertidas en adornos vivos para recreo de aquella legión de hombres bien comidos.

Más de veinte muchachas, suspendidas de las ramas a la altura conveniente, enjauladas o expuestas a cuatro patas, decoraban los parterres para deleite del cuerpo diplomático. Algunas afortunadas se limitaban a pasear desnudas por las callejas, ofreciendo bebidas y bocados exquisitos. En cualquier momento, un dignatario señalaba a una camarera y esta dejaba la bandeja para seguirlo hasta un banco apartado, donde debía someterse a cada uno de sus caprichos.

Zahra vigilaba todo con la vara en la mano, lista para corregir dolorosamente a la que se mostrara díscola.

Pronto llegó Murad, muy satisfecho de sí mismo y de su jardín de las delicias. Con otros tres hombres tomó asiento alrededor de Mei. Una camarera se apresuró a servirles fruta troceada, ensartada en palillos largos sobre bandejas de plata.

Mei chorreaba, arrebolada de vergüenza, de humillación y de un deseo que llevaba años aprendiendo a confundir con las tres cosas a la vez. Murad tomó un trozo de melón con el palillo, lo introdujo en el sexo depilado y brillante, lo frotó unos segundos y luego se lo llevó a la boca, paladeando a la vez la dulzura de la fruta y el temblor del orgasmo que recorría a la prisionera. El invitado del norte reía, y chupaba después su trozo endulzado. El del este hizo lo mismo con un higo entero, de tamaño mediano, que entró y salió con un sonido húmedo entre las risas de la mesa.

El cuarto comensal se entretenía mientras tanto retorciendo con saña los aros de los pezones, lo que aumentaba el sonrojo y la humedad de Mei. Era el representante de su propia tierra quien la atormentaba, interrogándola en su lengua materna, lo que la humillaba doblemente.

A unos pasos, varios embajadores se divertían sin recato con los agujeros de Brenna y sus tres compañeras de infortunio, dispuestas en cruz. Las mujeres lanzaban lamentos agudos cuando el invitado de turno era grueso, y ellos competían por vencer la resistencia de sus cuerpos, palmeando las nalgas para obligarlas a relajarse. Brenna era la más solicitada de las cuatro: cinco hombres habían dejado ya su marca en su piel y su semen en su carne.

***

Entre un orgasmo y otro, Mei reparó en un caballero de aspecto latino y largas patillas que la estudiaba con insistencia. En un momento en que la mesa quedó libre, el hombre se acercó y le preguntó en voz muy baja:

—¿Eres tú Mei?

Ella se quedó atónita, pero acertó a contestar:

—Sí.

Sin duda era el embajador de algún país lejano, uno de los del oeste.

—¿Está Brenna aquí? —continuó él.

—Sí. Es aquella de la capucha, la que mueve las caderas como una lagartija.

—¿La que está con ese hombre gordo?

—La misma.

—Pero no le veo las pecas por ninguna parte. Me estás engañando.

—Las pecas se le borraron anoche. Cuando Brenna bebe mucho, rejuvenece y se le borran. Es así.

—Es ella, entonces. Escucha bien: me llamo Tomás Belmonte, soy de la policía de Valencia y he venido a sacaros a las dos de aquí.

—Don Tomás —susurró Mei, sin perder la sonrisa de fachada—, hágame el favor de comer un poco de fruta con mis jugos. Esa arpía de Zahra está mirando hacia aquí.

—¿Aquella es la favorita?

—Sí, y se pone de muy mal humor cuando sospecha. Así que coma, venga.

—Que conste que lo hago por disimular. Todo esto me parece repugnante.

—Pruebe un trozo de plátano. Todos han repetido cuando lo han probado.

—Caramba. —Tomás lo paladeó a su pesar—. Tienes el sexo más dulce que la miel.

—Gracias por el cumplido, pero no lo saque tan pronto. Hay que frotarlo un rato para que coja todo el gusto.

—El gusto te lo estás dando tú. Ya me han advertido tus amigas de que eres una pervertida de campeonato.

—¿Mis amigas?

—Clara y Pilar han venido conmigo. Y también tu novio, que está loco de desesperación desde que te marchaste con el traficante Kemal.

—¡Darío! Y mis compañeras… —A Mei se le quebró la voz—. Por favor, señor Belmonte, sáquennos de aquí. Ya he tenido bastante banquete por estos cuatro días.

—Esperad instrucciones. Mañana procederemos al rescate. Oye, voy a probar las ciruelas, que estás buenísima. Quiero decir, tú estás muy bien, pero tu sexo está aún mejor.

—Sí, sí, siga comiendo —murmuró ella, mirando de reojo a Zahra—, pero deje sitio a esos otros señores, que también tienen derecho a su parte del banquete.

Tomás se retiró con una inclinación de cabeza y la fruta a medio comer, y Mei volvió a quedarse sola sobre su armazón de cañas, colgada entre el dolor y la esperanza, contando en silencio las horas que faltaban para la mañana siguiente.

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Comentarios (3)

NadiaCba

increible!!! de los mejores que lei aca en mucho tiempo, gracias

MiguelDelValle

El jardin del sultan como escenario es una idea genial. Nunca habia leido algo con esa ambientacion y funciona perfecto

LuisaH_MX

segunda parte por favor, quede con muchisimas ganas de saber que paso despues

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