La noche que mi amiga y yo intercambiamos sumisos
Bianca y yo somos como dos gotas de agua. Nos gustan las mismas películas, los mismos libros y, hasta hace poco, descubrimos que también compartíamos algo mucho más íntimo: a las dos nos encanta dominar a los hombres.
Estábamos teniendo una charla cualquiera, un viernes por la tarde, en la cafetería de siempre.
—¿Qué tal el chico nuevo con el que sales? —le pregunté.
—Me encanta. Marcos es guapo, detallista y tenemos muy buena química.
—Mmmmm. —Hice un gesto de incredulidad.
—¿Qué?
—¿Qué es lo que no te convence de ese chico?
—¿De qué hablas? Te estoy diciendo que es genial.
—Hace años que te conozco. Puedo ver en tu cara que algo no te termina de cerrar. Suéltalo.
—Jajaja, me conoces demasiado bien. Está bien, te lo diré: es maravilloso en todo, excepto en una cosa.
—¿Qué cosa?
—Tiene el pene muy pequeño. —Su respuesta me hizo soltar una carcajada.
—No te rías, maldita, es un problema serio. —Yo no podía contener la risa.
—No puedo evitarlo. El tipo se veía durísimo y rudo cuando lo vi, quizá lo hace para compensar su cosita —dije, levantando el meñique.
—Ya cállate, Lucía. Ni se te ocurra hacer un chiste así cuando estemos los cuatro. Además, no es tan rudo de verdad, es solo una fachada. En la intimidad es muy diferente.
—¿Diferente cómo?
—Pues, creo que nunca habíamos hablado de esto antes, pero te voy a confiar algo si me guardas el secreto.
—Sí, sí, ya dime.
—Me gusta que el sexo sea algo… violento.
—Eso no es tan raro. ¿Te gusta que te aprieten el cuello, que te agarren con fuerza?
—Más bien me gusta tratarlo a él con dureza. Me van las ondas BDSM.
—No me jodas. —Me quedé mirándola con la boca abierta.
—Ya sé que suena medio raro, pero le agarré el gusto y ahora el sexo normal me aburre.
—No, no lo digo por eso. ¡A mí también me gusta!
—¿En serio, Lucía?
—Mi chico es mi perra. Hace todo lo que le ordeno y, si no obedece, le doy una buena patada en los huevos.
—Nunca lo habría imaginado. ¿El tuyo también la tiene chica?
—Sí, jajaja. A cada rato me burlo de él por eso.
—Deberíamos juntarnos un día los cuatro. Podríamos hacer algo divertido. —De solo imaginarlo empecé a excitarme.
—Mmmm, suena interesante. Podríamos inventar algunos juegos, empezando por ver cuál de los dos la tiene más pequeña.
—Jajaja, eso suena buenísimo. Al perdedor le damos un buen castigo.
Seguimos charlando un buen rato, bromeando sobre cómo castigábamos a nuestros novios y cómo nos burlábamos de ellos por su tamaño.
***
Finalmente llegó el día acordado. No le dije nada a Diego, mi novio, sobre el plan de esa noche; sería mucho más divertido sorprenderlo. Le ordené que se pusiera unos shorts sin ropa interior y que viniera al salón a ver una película conmigo. Llevábamos media hora frente al televisor cuando sonó el timbre. Eran Bianca y su novio.
Bianca es morena, con unas piernas espectaculares. Venía con una falda ajustada que le marcaba muy bien el trasero. Su chico, Marcos, era más joven que ella, de rasgos fuertes y cabello castaño; parecía un hombre muy serio. Traía un pantalón deportivo y una camiseta sin mangas.
—Chicos, les tenemos una sorpresa. Esperen aquí, ya volvemos. Y no se les ocurra quitarse esto —les dije, mientras entre las dos les vendábamos los ojos.
Obedecieron sin rechistar y nos fuimos a mi habitación a cambiarnos. Habíamos comprado unos trajes de cuero muy sexis. El mío era una falda y un corsé ajustadísimo que me costó un poco abrochar. Me encantaba cómo me quedaba: tengo los pechos grandes y con ese corsé se levantaban aún más, y combinaba perfecto con mi piel pálida. Parecía una vampira sensual. Bianca llevaba algo parecido, pero de una sola pieza, con los costados de los muslos descubiertos. Las dos teníamos cuerpos bonitos, así que solo vernos así ya era excitante. Ni siquiera habíamos salido y yo ya estaba caliente.
Cuando estuvimos listas, Bianca les gritó desde el pasillo que más les valía no haberse quitado las vendas. Salimos y, en efecto, ahí seguían los dos, sentados muy tranquilos.
—Ni se les ocurra mirar —repitió Bianca—. El que se quite la venda se larga y se pierde toda la diversión.
Pusimos a los chicos de pie y los guiamos hasta el centro del salón. Una vez ahí, Bianca y yo intercambiamos novios y les bajamos los pantalones, dejando sus penes pequeños y sus testículos al aire. Los dos se veían incomodísimos, pero seguimos con el plan. Cuando estuvieron completamente desnudos, contamos en silencio.
—Uno… dos… tres.
Al llegar a tres le solté una patada tremenda en los huevos al novio de Bianca, que cayó al suelo casi de inmediato. Al voltear hacia mi chico, lo vi en el piso también: Bianca le había dado una igual de fuerte.
—¡Perra, ya castraste a mi novio! —dije bromeando.
—¿De qué hablas? Vi cómo se los reventabas al mío. El tuyo lo va a pagar en un rato.
—Ya pueden quitarse las vendas, chicos —ordené.
Los dos despegaron una mano de sus testículos adoloridos para descubrirse los ojos. Seguían tirados en el suelo, miserables, y al levantar la vista se dieron cuenta de que no había sido su propia novia quien les pateó los huevos. Nos miraron asombrados de lo bien que nos veíamos, como si fuéramos un par de diosas. Fue Diego quien rompió el silencio.
—Bianca… ¿por qué me pateaste tú? —preguntó mi novio, confundido.
—Yo le di permiso, amor —contesté.
—¿Por qué?
—Porque nos dimos cuenta de que sería mucho más divertido intercambiar parejas para poder golpearlos sin piedad. Sabiendo que no son los huevos de mi chico los que pateo, puedo pegarte sin medirme. Hasta me motiva darte más fuerte, para vengar a Diego.
—Sabíamos que podrían salir lastimados, pero decidimos que sus huevos son un pequeño precio a pagar por tanta diversión —añadió Bianca, riendo.
Los dos se quedaron petrificados, sin saber qué decir.
—Antes que nada, Lucía y yo tenemos algo que resolver —siguió Bianca—. No estamos seguras de cuál de los dos la tiene más pequeña, y necesitamos saberlo para castigar como corresponde al ganador del título.
Fui a buscar una cinta métrica. Cuando volví, ambos ya tenían algo de erección. Los pusimos de pie y empezamos a masturbarlos para que estuvieran completamente duros. Yo seguía con el novio de Bianca, y ella con el mío. Era rarísimo estar tocando el pene de un chico que no era el mío, con Diego al lado y mi mejor amiga sosteniéndolo. Cuando los dos estuvieron del todo erectos, medí a Marcos primero. Respiraba hondo, excitado e incómodo a la vez, como en un examen médico. Se veía tan vulnerable, tan a mi merced, que solo esperaba el veredicto. Le pasé la cinta a Bianca para que hiciera lo mismo con Diego.
—Diez centímetros el tuyo, Bianca. Y se supone que ya la tiene parada. No sé si a esto se le puede llamar pene… —Al oírlo, mi novio se puso pálido; sabía que el suyo no era mucho más grande y ahora le tocaba a él.
—Veamos qué tal el otro. El de Diego mide… ¡nueve centímetros! ¡Gané!
Cuando escuché que había perdido, caminé hacia mi novio enfurecida y le encajé un rodillazo durísimo en los testículos.
—Este es tu castigo por hacerme perder, pito chico —le dije, mientras se desplomaba de dolor.
—El tuyo es más grande, pero tampoco como para que te sientas orgulloso. Diez centímetros… Debería darte vergüenza —dijo Bianca, soltándole un puñetazo en los huevos a Marcos, que cayó al suelo igual que el mío.
Me encendía muchísimo ver a Bianca tan cruel con su novio. Lo castigaba incluso habiendo ganado. Mientras los dos seguían en el piso, quise felicitarla.
—Felicidades, perra, ganaste —le dije, abriendo los brazos.
—Gracias, Lucía, aunque no me siento muy orgullosa. Los dos son diminutos; por eso castigué al mío igual —respondió, abrazándome.
Al abrazarla sentí el cuero ajustado contra mi cuerpo. Se veía hermosísima, y verla derribar a su propio novio me había prendido. Ahora que la tenía tan cerca, la tensión entre nosotras era tan fuerte que bastó una mirada para saber lo que iba a pasar.
Nos fuimos acercando despacio, hasta que nuestros labios se rozaron. Empezamos a besarnos con suavidad, con cariño; sus labios eran increíblemente blandos. Ella me sostenía por la espalda y yo fui deslizando las manos hasta su trasero. Cuando lo apreté, ella se quedó sin aliento y empezó a besarme con más violencia. Pronto sentí sus manos en mis nalgas, apretándolas con fuerza, lo que me prendió todavía más. Estuvimos así un par de minutos, hasta que separamos los labios y volteamos hacia nuestros chicos: los cerdos se estaban tocando mientras nos miraban.
—Mira eso, Bianca. Estos cerdos se están masturbando sin nuestro permiso.
—Merecen un castigo por eso.
—Todavía no quiero destrozarles las bolas, los necesito enteros para el próximo juego. Vengan a besar nuestros pies, ¡ahora! —les ordené.
Obedecieron de inmediato. Se acercaron de rodillas y empezaron a besarnos los pies, subiendo poco a poco por nuestras piernas. Bianca y yo seguimos besándonos un rato, y era aún más rico tenerlos arrodillados a nuestros pies.
***
—Bien, sigamos con el siguiente juego —anuncié—. Esta vez más te vale no defraudarme, Diego. Si vuelves a perder, te juro que te corto ese pito inservible.
Él tragó saliva, sabiendo que las consecuencias serían reales.
Bianca trajo dos sillas de oficina con ruedas. Ató una cuerda a los huevos de mi novio y la otra punta a una de las sillas; yo hice lo mismo con el suyo. Mientras caminaba hacia la silla de Diego, Bianca me miró con picardía.
—Buena suerte, chica —dijo, dándome una nalgada que me encendió.
—Escuchen bien cómo va esto —expliqué—. Nos vamos a sentar en las sillas y ustedes tienen que arrastrarnos hasta la habitación de al lado tirando con los huevos. Van a ir a cuatro patas, como los perros que son. Allá habrá dos fustas en el suelo; las recogen con la boca y nos las traen. Después nos arrastran de vuelta hasta aquí. El primero que devuelva a su ama a este punto, gana. Que dios se apiade del perdedor, porque nosotras no lo haremos.
Les cubrimos la boca para no oír sus quejidos y nos sentamos. Yo había movido algunos muebles para dejar más espacio, pero la habitación seguía siendo enorme. Pensé que el juego podía fracasar, que ni siquiera lograrían movernos.
Volteé hacia Bianca. Se veía despampanante en su silla, con el traje de cuero pegado al cuerpo, como una diosa a punto de poner a prueba a su esclavo.
—En sus marcas… listos… ¡fuera! —gritó.
Los dos empezaron a gatear. Cuando la cuerda se tensó, ambos chillaron, pero no nos movieron ni un centímetro. De pronto mi silla cedió. Se notaba que a Diego le costaba un mundo; podía ver cómo se le estiraban los testículos al máximo. Marcos también logró arrancar con Bianca. Iban quejándose por todo el camino, aunque sus gritos quedaban ahogados por la mordaza.
No aguanté más y empecé a tocarme mientras Diego me arrastraba. Su avance era lento, agónico, y no lo culpaba: se veía durísimo. «Supongo que este es el precio de tener testículos», pensé, riéndome por dentro.
Lo estaba pasando genial. Pasaron unos diez minutos hasta que Diego me dejó al fondo de la habitación, exhausto y sudado. Llegó hasta la fusta y se quedó confundido, mirándome: con la boca tapada no podía recogerla.
—Jajaja, lo olvidé. Acércate, te destapo un momento para que la traigas.
Se arrastró hasta mí. Era adorable verlo con los ojitos tan preocupados por ganar, como un cachorro. Le destapé la boca, recogió la fusta y me la entregó como un perrito bien portado. Volví a taparlo. Bianca se dio cuenta del mismo detalle e hizo lo propio con Marcos.
Con la fusta ya en mi mano, Diego giró la silla e intentó llevarme al otro lado, pero de nuevo no se movía.
—¡Tira con fuerza! —le grité, dejándole una marca en las nalgas.
No conseguía moverla. Yo seguía pegándole, pero no servía de mucho; sus huevos se estiraban con la cuerda. Sabía que era contraproducente, pero no me contuve y le di con la fusta justo en los testículos estirados. Me eché a reír. Él cayó al suelo, se retorció un rato y me miró con sus ojos de cachorro.
—Tómate un minuto para recuperarte. Llevamos ventaja, pero no olvides lo que te pasará si pierdes —le dije, haciendo gesto de tijeras con los dedos.
Se quedó tirado boca arriba. Yo estaba tranquila, porque ellos apenas llegaban a su fusta, así que empecé a acariciar a Diego con los pies. Alcancé su pene y jugué con él; se sentía tan suave. De vez en cuando le daba una patadita en los huevos, y él volvió a ponerse duro.
—Te daré un premio que te va a encantar si ganamos —le dije, guiñándole un ojo mientras le masajeaba los testículos con los pies.
—Mmmmmm. —Soltó un gemido de placer.
De pronto vi que Marcos estaba a punto de alcanzar su fusta.
—Ya casi nos alcanzan. ¡Levántate! —ordené, dándole una patada más fuerte que lo puso de pie.
Diego forcejeó con la silla hasta que volvió a moverla. Yo le azotaba la espalda y las nalgas para que fuera más rápido. El pobre Marcos no tuvo ni un segundo de descanso: Bianca lo azotaba sin parar, y parecía que iba a desplomarse en cualquier momento. Aun así, se acercaban.
—Ya falta poco, apúrate —dije, azotando a Diego con fuerza.
Justo cuando estábamos por llegar a la meta, mi silla se atascó; algo se trabó en una rueda. Al frenar de golpe, los huevos de Diego se estiraron hacia atrás con tal violencia que cayó al suelo. Hasta a mí me dolió verlo. Seguí animándolo. A pesar del dolor, se puso de nuevo a cuatro patas e intentó tirar, pero la silla no cedía. Bianca estaba a punto de alcanzarnos, sin cambiar de estrategia, llenando de azotes a Marcos.
—A la cuenta de tres, tira con todo —le dije, mientras me preparaba para jalar la cuerda con el pie. Sabía que le dolería como el demonio, pero quizá así se destrabara.
—Mmmhhh, mmjj. —Supongo que estuvo de acuerdo.
—Uno… dos… ¡ahora!
Tiré con el pie al mismo tiempo que él, di un pequeño brinco en la silla y por fin se puso en marcha. Debió ser brutalmente doloroso, porque yo jalé la cuerda justo cuando él tiraba. Podrán cuestionar mis métodos, pero no mis resultados: ganamos la carrera.
—Perdimos por tu culpa, inútil —dijo Bianca, pateando a Marcos en los testículos antes de llegar a la meta. El chico se desplomó, y ella se levantó de la silla. Hasta yo sentí algo de lástima por él.
—Lo hiciste muy bien, amor —le dije con ternura a Diego, acariciándole la espalda.
—Felicidades, Lucía —masculló Bianca, con algo de amargura.
—Gracias. ¿Vas a cumplir tu parte del trato?
—Sí. Yo nunca me echo para atrás.
—Tu chico no se ve muy bien.
—Quizá fui demasiado dura con él. Igual se esforzó muchísimo.
Bianca volvió junto a Marcos y se sentó a su lado. Él seguía dolorido en el suelo y parecía triste por haber perdido.
—Tranquilo, no estoy enojada contigo. Te exigí demasiado. Te voy a dar un premio por esforzarte tanto —le dijo, mientras él acercaba la cara a sus piernas y ella le acariciaba el pelo.
—¿Y si les damos un premio a los dos, Bianca?
—Me parece bien, pero démosles un momento para recuperarse —contestó, empezando a desatar la cuerda de los huevos de Marcos. Yo hice lo mismo con Diego.
***
Tras unos minutos acariciándolos por la proeza, nos fuimos al sofá. A ellos los sentamos en el suelo, recostados contra el sillón, y Bianca y yo nos acomodamos arriba, pasando las piernas sobre sus hombros. Empezamos a jugar con los penes de nuestros respectivos novios, y ellos lo gozaban muchísimo; la verdad es que yo también lo disfrutaba. De vez en cuando les daba una patadita en los huevos, juntaba los dos pies para tomar el pene de Diego y subía y bajaba. Él echaba la cabeza hacia atrás y soltaba algún gemido.
Al voltear hacia Bianca, vi lo excitada que estaba. Ella me miró también y de nuevo nos acercamos hasta besarnos. Era una lluvia de emociones: besar a mi mejor amiga, sentir en los pies el pene de mi novio mientras él me llenaba las piernas de besos. Cuando creí que no podía mejorar, sentí la mano de Bianca en mi entrepierna, rozando la cabeza de Diego. Tantas sensaciones me hicieron arquear la espalda y tomar aire de golpe. Hice lo mismo que ella y empecé a masturbarla; sus gemidos me prendían cada vez más.
Mientras más lo disfrutaba, más fuerte masturbaba yo a Diego. Estaba a punto de venirme. Bianca dio un gemido muy fuerte y puso su mano sobre la mía, pidiéndome que parara un poco. Escuché un quejido de Marcos: al mirar hacia abajo vi que ella le había aplastado los huevos con el pie al correrse, lo que me hizo mucha gracia. Yo seguía encendida, ella me besaba y me masturbaba con más energía. Usé todas mis fuerzas y, cuando por fin llegué al orgasmo, sentí que Diego me sujetaba los pies para detenerme. Se había venido al mismo tiempo; sentí algo de su semen salpicarme. Nunca había experimentado algo tan delicioso.
—Uff, fue genial. Me vine riquísimo, aunque sigo caliente —le dije a Bianca.
—Parece que Marcos también, pero no ha acabado. Quizá ya ni le funciona, jajaja —bromeó.
—¿Te molesta si me encargo de él?
—Adelante, amiga. Yo quiero descansar.
Me levanté y me senté frente a Marcos. Tomé su pene y empecé a masturbarlo, lento y firme. Él lo gozaba, y Bianca de vez en cuando le ponía la pierna en la cara para que la besara. Aceleré poco a poco hasta que sentí que estaba por acabar; entonces fui a la máxima velocidad y vi salir su semen disparado. Algo me cayó en la mano. Bajé el ritmo al mínimo para sacarle hasta la última gota. Después fui a lavarme la mano y el pie y volví al sofá. Estuvimos en silencio un rato, hasta que Bianca habló.
—Espero que lo hayan pasado genial, chicos. Creo que hablo por Lucía y por mí si digo que fue divertidísimo. No se los dijimos, pero nosotras apostamos algo: la ganadora de la carrera será la que dé las órdenes en la próxima reunión. Así que ahora me toca obedecer a Lucía. Pensamos que eso lo haría todo aún más interesante la próxima vez.
—Así es, chicos. Vayan preparando sus huevos y sus pititos para la siguiente, que estaremos planeando cosas más locas.
—Fue una noche memorable. Saquémonos una foto de recuerdo —sugirió Bianca.
Puso el celular con temporizador. Se colocó junto a Marcos, yo junto a Diego, y apoyó el pie entre las piernas de su chico, aplastándole los huevos con el talón. Yo imité su gesto.
—Denles un besito para la foto —ordenó Bianca.
Ellos tomaron nuestras piernas y las besaron mientras les pisábamos los testículos.
Guardaré esa foto para siempre, porque me transporta a este recuerdo tan excitante y divertido con mi mejor amiga y nuestras dos mascotas.