La noche que mi novio me entregó tras una máscara
¿Cómo había llegado hasta aquí? ¿En qué momento dejé que otra persona tomara las riendas de mi vida, de mi cuerpo, de mi propio deseo? Esas preguntas me golpeaban una y otra vez mientras permanecía de pie en el centro de aquella sala, ciega tras una máscara, expuesta a unas miradas que no podía ver pero que sentía clavarse en mi piel.
Todo era culpa suya. De Adrián y de nadie más. Supo exactamente cómo trabajarme, cómo deslizarse en mis pensamientos noche tras noche hasta convencerme de que esto era apenas un juego entre dos. Primero las palabras. Después las fotos. Por último aquella primera vez en la que dije que sí.
Y, sin embargo, allí estaba otra vez.
Me sentía sucia. Enfadada conmigo misma. Yo, una mujer de casi treinta años con una carrera por delante y la cabeza, supuestamente, bien puesta, me había dejado arrastrar a este mundo perverso y silencioso del que nadie habla en voz alta.
Un mundo donde nada es lo que parece, donde la oscuridad y el anonimato son la única regla. Donde hombres y mujeres con cargos importantes y vidas impecables vienen a saciar deseos que jamás admitirían a la luz del día. Tras una máscara, todo sale a flote.
No importaba mi nombre. No importaba quién era yo fuera de esas paredes. Solo era el recipiente de sus perversiones, el cuerpo que usar y olvidar. Al menos me quedaba mi propio anonimato: la máscara que cubría mi rostro, la única prenda que me permitían llevar.
***
Las esposas eran de cuero forrado, suaves al tacto, pero se clavaban en mis muñecas cuando tiraba sin querer. Los azotes en mis nalgas no eran fuertes, y aun así dejaban un mapa tibio de huellas sobre mi piel.
Una mano se deslizó por mi espalda hasta detenerse en mis glúteos. Los acarició despacio, como quien evalúa una propiedad recién comprada, antes de soltar una palmada seca que me arrancó un alarido. Esa era la única expresión que me estaba permitida. Ni una palabra. El silencio impuesto, bajo amenaza de un castigo mucho peor.
La misma mano volvió a calmar la zona dolorida con caricias breves. Luego subió hasta mis pechos y apretó mis pezones con una rudeza que me partió en dos. Otro grito. Un dolor afilado que me atravesó las sienes.
—Quieta —murmuró una voz grave, casi divertida.
Sentí el frío metálico de unas pinzas cerrarse sobre mis pezones, ajustadas en el punto exacto donde el dolor se vuelve constante y se instala en el cerebro. Después, el chorro tibio de una copa de champán resbalando entre mis pechos, bajando por mi vientre. Una boca recorrió ese rastro brillante hasta detenerse en mi pubis, y todo mi cuerpo se contrajo, nervioso, deseando una caricia más dulce que nunca llegó.
En su lugar, un golpe seco. Un relámpago blanco me estalló en la cabeza y mis piernas dejaron de sostenerme. Un alarido se escapó de mi garganta antes de que pudiera contenerlo.
¿Por qué estoy aquí? ¿Por qué hago esto?
***
Dos brazos me sostuvieron antes de que cayera al suelo. Unos pechos pequeños y calientes rozaron mi hombro. No sabía quién era ella, nunca lo supe, pero reconocía perfectamente ese cuerpo: la había sentido otras noches. Me quitó las esposas con una delicadeza que contrastaba con todo lo demás.
A una orden seca, me puse a cuatro patas. Sentí entonces el peso de un cuerpo acomodarse sobre mi espalda, montándome como a un animal. Una palmada en el costado y empecé a avanzar, sosteniendo aquella carga, notando la humedad de un sexo resbalar entre mis omóplatos.
Di unos pasos antes de un nuevo pinchazo en las nalgas que me ordenaba detenerme. Reconocí, por el tacto de la madera contra mi mejilla, la mesa baja donde servían las bebidas. Algo frío salpicó mi piel. Escuché el tintineo de un cristal al caer y romperse en alguna parte.
Entonces noté algo duro abrirse paso entre mis nalgas. Un tapón se coló en mi ano y sentí el cosquilleo de una cola de pelo colgando contra mis muslos. Apreté los dientes y lo acepté sin abrir la boca, como me habían enseñado.
Pasados unos minutos, mi ama anónima se levantó de mi espalda. Sentí un alivio breve, y enseguida el frío en el lugar donde su cuerpo había estado apoyado.
***
Una mano tiró de mi pelo y me obligó a ponerme en pie. Me guiaron hasta un sofá donde dos mujeres atendían con la boca a un hombre repantingado entre cojines. Allí me devolvieron a cuatro patas y me hicieron retroceder hasta que mi cadera chocó contra algo enorme y caliente. Sentí un miedo repentino.
Unas manos apartaron la cola que salía de mí y guiaron un glande hasta la entrada de mi sexo. Empujó, y sentí que me dividía en dos. Era demasiado, pero solo podía quejarme en silencio. Otras manos separaban mis glúteos y jugaban con el tapón, sacándolo casi del todo para volver a hundirlo.
El miembro me llenó por completo mientras una mano tiraba de mi cadera hacia atrás para clavarlo más hondo. Yo gemía sin voz, tratando de amoldarme a aquel ritmo que no había pedido.
Frente a mí se sentó una de las mujeres, con las piernas bien abiertas, su sexo a la altura de mi boca. Me agarró del pelo y hundió mi lengua en ella. Estaba caliente, húmeda, su clítoris duro frotándose contra mi boca. Yo lamía y aguantaba, partida entre dos extremos.
Sentí la descarga del hombre dentro de mí, una inundación tibia a la que no importaba si yo llegaba o no. Se vació en mis entrañas con un gruñido ronco y se retiró sin más ceremonia.
La mujer que tenía delante empezó a temblar. Frotó mi cara contra su sexo hasta dejarla empapada y, cuando me lo exigió, la lamí obediente hasta el final.
***
Me dieron la vuelta de un tirón en los hombros. Otro miembro buscó mi boca. La abrí y traté de recibirlo, pero el esfuerzo casi me desencajó la mandíbula. Lo lamí como pude, medio asfixiada, conteniendo las arcadas a cada embestida que me rozaba la garganta, hasta que perdió rigidez y su dueño decidió que ya era suficiente.
Me dejaron allí, de rodillas, esperando el siguiente acto. No tardé en sentir unas manos en mis pechos, tirando de las finas cadenas que terminaban en las pinzas. Volví a gritar. Una risa burlona llegó hasta mis oídos, aflojaron la presión y el dolor cedió.
¿Cuándo acabaría todo esto?
Me condujeron a un sofá circular donde otra mujer era penetrada por detrás, agitándose como si hubiera perdido la razón. Me empujaron hasta dejar mi cara frente a la suya, tan cerca que respirábamos el mismo aire. Entonces me arrancaron la cola del cuerpo casi de un golpe, y gemí.
No tardé en notar su reemplazo: algo de gel frío y un glande presionando en su lugar. Duro, apabullante. Se deslizó con menos resistencia de la que esperaba, hasta que sentí unos muslos chocar contra mis nalgas. Yo gemía en silencio. No puedo decir que disfrutara, pero tampoco me sentía del todo mal.
Unas manos marcaban el ritmo en mis caderas. A mi boca se acercó otro sexo y supe lo que tenía que hacer: aspiré aire y lo tomé entre los labios. Una mano se sumó al juego. No veía bien de quién se trataba, solo unas piernas, unos pechos pequeños. Imaginé que era ella otra vez.
Lo masturbó dentro de mi boca con prisa, hundiéndolo en mi garganta mientras me rompían por detrás. Un apretón en mis nalgas y sentí la inundación caliente en mi interior, convulsiones, dedos clavándose en mi carne, un jadeo ronco contra mi nuca.
***
—Ve a ducharte y vuelve rápido —ordenó una voz en mi oído.
Con un asentimiento de cabeza me dirigí hacia el fondo, donde unas duchas de mármol no dejaban de derramar agua tibia. Bajo los chorros, algunos cuerpos se acariciaban o se enredaban en posturas imposibles. Entré sin quitarme la máscara y me metí bajo el agua caliente.
El calor revivió mi conciencia. Lavó mucho más que los restos pegajosos sobre mi piel. Mientras pasaba las manos enjabonadas por mi cuerpo dolorido, volví a hacerme la misma pregunta de siempre.
¿Qué hago yo aquí?
Salí renovada al cabo de unos minutos. Sumisa, regresé a la sala donde seguían reunidos políticos, empresarios, abogados, mujeres de mucho poder. La flor y nata de la ciudad, todos ocultos tras máscaras burlonas. Aunque yo, por la voz o por un gesto, reconocía a más de uno.
Una dama se acercó, olió mi cuello y mi pecho para asegurarse de que olía a limpia, y me llevó de la mano hasta la barra, donde tres hombres discutían acalorados.
—Cálmalos —me dijo al oído, empujando mis hombros hasta ponerme de rodillas.
De nuevo conocía mi obligación. Liberé sus sexos y empecé a atenderlos por turnos, pasando de uno a otro según me lo pedían. Parecieron calmarse, al menos dejaron de levantar la voz. Pasé allí un buen rato, hasta que una voz me ordenó alejarme y devolví aquellos miembros aún erectos a sus pantalones.
Me puse en pie y esperé. Unas manos recorrieron mis pechos, otras mis nalgas, como por curiosidad, mientras sus dueños seguían a lo suyo. Permanecí quieta, como una muñeca, aguardando la siguiente orden.
***
De allí me llevaron a una habitación donde tres mujeres se afanaban entre las piernas de otras. Sentí un cinturón cerrarse alrededor de mi cintura, dos tiras de cuero pasar por mis muslos, y al bajar la mirada descubrí un grueso falo de látex naciendo de mi entrepierna.
Una de las mujeres se puso a cuatro patas, ofreciéndose. Otra me empujó por detrás hasta colocarme tras ella y guió el juguete a su entrada. La penetré, y sentí mis muslos chocar contra su carne a cada empellón. Ella se retorcía de placer bajo mis caderas.
La que me empujaba pasó entonces detrás de mí. De reojo vi que llevaba un arnés idéntico al mío. Un dedo con gel frío, y aquel falo de goma se coló por mi ano arrancándome un quejido. Quedé atrapada en medio, penetrando y penetrada a la vez, mis manos aferradas a las caderas de la mujer que tenía delante.
No sé cuánto tiempo estuve así. Todo se calmó cuando sentí a la de delante temblar contra mí, electrizada, corriéndose al mismo tiempo que yo, empujada por aquel juguete que me llenaba por detrás. Al menos esa vez sentí algo de placer. No muy intenso, pero suficiente para calmar mis propias ganas.
***
Pasaron muchas horas. Justo cuando creía que ya no me quedaban fuerzas, una voz susurró en mi oído:
—Ya puedes retirarte.
Sentí el roce de un sobre deslizarse entre mis nalgas: la paga después de tanto esfuerzo. Lo tomé con la mano y me dirigí a la parte de atrás, a las habitaciones donde dejábamos la ropa antes de entrar. Me duché otra vez, me vestí y salí hasta un coche negro que aguardaba en las cocheras para acercarme a la ciudad. Una venda sobre los ojos me impediría saber dónde había estado.
Los semáforos me deslumbraron cuando bajé. Reconocí mi ciudad, las calles familiares. El coche se alejó mientras yo paraba un taxi y me dejaba caer en el asiento de atrás, dando una dirección con voz cansada.
No, esto no me gusta. Me siento engañada, usada, sucia. Y, sin embargo, el grosor del fajo de billetes en mi bolso ahuyenta un poco esa sensación. Sí, Adrián supo manipularme con sus juegos hasta llevarme exactamente donde quería.
Él me esperaba en la cama, desnudo, ansioso de que le contara cada detalle de la noche antes de hacerme el amor hasta casi el amanecer.
Odio aquello en lo que me he metido. Pero admito que el dinero y el sexo de después lo alivian todo. Saberme una muñeca usada me calienta hasta correrme una y otra vez bajo el cuerpo de mi novio.
El próximo fin de semana habrá otra máscara, otro sobre, otra sala sin nombres. Mañana me despertaré tarde, y volveré a fingir que esta no soy yo.





