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Relatos Ardientes

Lo que el guardia descubrió bajo mi bikini rojo

Noelia se había marchado al bar del complejo a encontrarse con Bryan, y yo me quedé sola en la villa con una idea fija dándome vueltas desde el mediodía. El guardia de la entrada me había mirado toda la tarde de esa forma que no admite confusión, y yo había decidido devolverle la mirada. Eran las siete pasadas, el sol ya se había hundido en el mar de Cayo Esmeralda y el cielo estaba encendido de estrellas.

Me cambié frente al espejo sin prisa. Elegí un bikini rojo que apenas cubría nada, dejando que la luz tibia de la lámpara resaltara las curvas que las hormonas me habían regalado en los últimos años. Me até con cuidado el lazo rojo que mantenía mi secreto recogido, oculto bajo la tela. Me miré una última vez, respiré hondo y salí descalza hacia la entrada.

Él estaba ahí, de turno, apoyado en el marco de la garita. Alto, de piel oscura, los hombros anchos rellenando el uniforme. Me había dicho que se llamaba Dorian.

—Mira nada más quién aparece —dijo con una sonrisa lenta, recorriéndome con los ojos—. Llevo pensando en ti toda la santa tarde.

Su acento caribeño arrastraba las palabras como si tuviera todo el tiempo del mundo. Le sonreí, jugué con un mechón de pelo, dejé que la distancia entre los dos se acortara sola. La brisa del mar movía las palmeras detrás de la garita y traía el olor a sal y a flores nocturnas. Él no me quitaba los ojos de encima.

—¿Y qué pensabas, exactamente? —pregunté.

—Cosas que no se dicen en voz alta en mitad de un pasillo —respondió, cruzándose de brazos para que se le marcaran todavía más.

—Qué casualidad. Yo también pensé en ti —dije—. Y no precisamente en pedirte que me abrieras una puerta.

Soltó una risa grave, de las que nacen en el pecho. Comprobó con un gesto rápido que el pasillo estaba desierto, que ninguna otra cámara nos miraba más que la suya.

—Entonces busquemos un lugar más privado —dijo, adelantándose a mi propia frase.

***

Me llevó hasta una de las habitaciones vacías del ala que daba al jardín, con la excusa floja de «conversar un rato». Apenas cerró la puerta, la excusa se evaporó. Me empujó contra la pared con una mano abierta sobre mi vientre y me besó con una urgencia que no dejaba lugar a dudas. Su boca sabía a sal y a cerveza, y su lengua me abrió los labios sin pedir permiso, invadiéndome hasta el fondo de la garganta mientras sus manos empezaban a bajar por mis costados, recorriéndome entera. Me apretó las tetas por encima del bikini, pellizcó los pezones a través de la tela hasta ponerlos duros, y bajó una mano abierta hasta el pubis, palpándome con la palma como quien tantea a un animal antes de decidir qué hacer con él.

Cuando sus dedos se colaron bajo la tela del bikini y encontraron lo que el lazo escondía, se detuvo en seco. Lo sentí tensarse, apartarse unos centímetros, su expresión convirtiéndose en sorpresa primero y en algo más áspero después.

—Pero qué carajo —masculló, retrocediendo un paso—. Yo pensé que eras una mujer.

—Soy mucho más de lo que viste a primera vista —dije, sin moverme de la pared, sosteniéndole la mirada—. Y puedo darte algo que ninguna otra te ha dado.

Levanté las manos despacio, no para defenderme, sino para calmarlo, para que el desconcierto no se transformara en otra cosa. Di un paso hacia él, después otro.

—Déjame mostrarte —susurré—. Si después no te gusta, me voy y no me vuelves a ver. Pero no creo que quieras eso.

Dorian me miraba con los músculos de la mandíbula apretados, debatiéndose entre el orgullo y el deseo. Vi el momento exacto en que el deseo ganó. Me quité el bikini despacio, tiré del lazo rojo y dejé que mi polla saltara libre, ya medio dura, apuntándolo. Los ojos se le fueron ahí sin poder evitarlo, y esa mirada me dijo todo lo que necesitaba saber. Me arrodillé frente a él mirándolo desde abajo, la tela roja hecha un montón a mis pies.

—Está bien —dijo al fin, con la voz más ronca—. Pero aquí mando yo.

—No esperaba menos —contesté.

***

Le desabroché el cinturón del uniforme, le bajé la cremallera y tiré de los pantalones hasta los muslos. La verga se le salió disparada, oscura, gruesa, ya hinchada, con una vena marcada recorriéndola de la base al glande. Se me hizo agua la boca solo de verla. La agarré con la mano, la sostuve un momento en el aire calculando el tamaño, y le pasé la lengua desde los huevos hasta la punta en un lametón largo, lento, dejándole un rastro de saliva brillante bajo la luz amarilla de la habitación.

—Dios —jadeó, apoyando una mano en la pared.

La tomé con la boca sin ceremonias, despacio al principio, cerrando los labios alrededor del glande y chupando con las mejillas hundidas. Bajé un poco más, otro poco, sintiendo cómo se me llenaba la boca hasta rozarme el paladar. Cada vez que me retiraba, le dejaba la polla brillante de saliva, y cada vez que volvía a hundirme la tragaba un centímetro más. Con la mano libre le agarré los cojones, se los sopesé, se los apreté con cuidado mientras seguía mamándosela, y él fue dejando de dudar a cada segundo. Una de sus manos se enredó en mi pelo y empezó a marcarme el ritmo, empujándome más de lo que yo habría ido sola, hasta que la punta me golpeó el fondo de la garganta y una arcada me hizo llorar los ojos.

—Eso es —gruñó—. Sabía que servías para algo. Trágala entera, puta, hasta abajo.

Sus palabras eran duras, casi insultos, pero las dijo con un temblor en la voz que las desmentía. Yo sabía leer a un hombre que pretende mandar mientras se rinde. Cuanto más sucio hablaba, más se entregaba, y eso me daba un poder que él no terminaba de entender. Le clavé las dos manos en los muslos y me la metí sola hasta la raíz, la nariz aplastada contra su pubis, la garganta cediendo alrededor de esa verga negra. Cuando me aparté a tomar aire, un hilo de saliva y baba me colgaba del labio hasta el glande. Se la escupí encima, la agarré con las dos manos y se la sacudí a la vez que le lamía la punta con la lengua plana.

—Fóllame la cara —le pedí, con la boca abierta a un dedo de su polla—. Como quieras. Sin frenar.

Me agarró de la nuca con las dos manos y empezó a bombearme la boca a su ritmo, entrando y saliendo, los cojones golpeándome la barbilla en cada estocada. Yo lloraba, se me caía la saliva por el pecho, pero abría la garganta y lo dejaba usarme hasta que sentí que iba a acabar. Entonces me apartó de un tirón del pelo, jadeando, la verga latiéndole hinchada frente a mis labios.

—Ahí no —dijo—. Ahí no acabo yo. Levántate.

Me levantó de un tirón del brazo y me giró contra la pared. Sin paciencia, sin pedir permiso, me escupió en el culo, se pasó la saliva por el glande y separó mis nalgas con las dos manos. Empujó. El dolor fue agudo, una línea de fuego que me hizo apretar los dientes y arquearme contra la pared fría. Sentí cómo la cabeza se me abría paso, cómo el anillo cedía centímetro a centímetro, cómo esa polla enorme se me metía dentro sin darme tregua.

—Despacio —jadeé—. Despacio, así.

—¿Ahora quieres mandar tú? —se burló, pero aflojó un instante, lo justo para que mi cuerpo se abriera para él.

Y entonces el ardor empezó a derretirse en otra cosa. Lo sentí entrar entero, hasta que sus huevos me golpearon el perineo y sus caderas chocaron contra las mías. Se quedó ahí unos segundos, hundido hasta la raíz, y después empezó a moverse. Salidas largas, casi hasta la punta, y estocadas secas que me clavaban la mejilla contra la pared. Sus manos clavadas en mi cintura, los dedos marcándome la piel. Cada embestida me arrancaba un sonido que ya no podía controlar, y mi propia polla, atrapada entre mi vientre y la pared, se hinchaba y goteaba sola con cada golpe.

—Más —pedí, sorprendiéndome a mí misma—. No pares. Rómpeme.

—Ahora sí hablas mi idioma —dijo él, acelerando—. Mírate, abriéndote para mí como una perra. Esto es lo que querías, ¿no? Que un hombre de verdad te follara el culo.

—Sí —jadeé—. Sí, eso quería. Fóllame más fuerte.

Me follaba con rabia y con hambre, una mano subiendo a mi hombro para tener más impulso, la otra dándome una palmada seca en la nalga que me dejó la piel caliente y latiendo. Otra palmada. Otra. Cada golpe venía con una palabra cruda, y cada palabra cruda me empujaba más cerca del borde. Bajó una mano y me agarró la polla, empezó a sacudírmela al mismo ritmo con el que me embestía por atrás, y yo me deshice entre sus dos manos como un títere. Me corrí antes que él, un chorro largo y espeso contra la pared, apretándome entera alrededor de su verga, y esa contracción lo terminó de sacar de sí. Con tres estocadas más terminó, con un rugido contra mi nuca, vaciándose dentro de mí, la corrida caliente inundándome el culo mientras me abrazaba desde atrás, temblando.

***

No me dio tregua. Salió de mí de un tirón, y sentí cómo un hilo de semen me resbalaba muslo abajo. Me dejó caer al suelo y me puso a cuatro patas sobre la alfombra, la respiración todavía agitada. Se quitó el cinturón del todo, lo dobló en la mano y me lo mostró.

—¿Esto también te gusta? —preguntó.

—Pruébame —respondí, mirándolo por encima del hombro, arqueando el culo en el aire.

El primer golpe cayó sobre mi piel con un chasquido. Me mordí el labio para no gritar, pero el segundo me arrancó un gemido que no tenía nada de queja. Cada azote llegaba acompañado de un insulto murmurado —puta, guarra, maricón caliente— y yo había aprendido hacía mucho que en boca de un hombre así los insultos no son desprecio: son la única forma que conoce de decir que no puede parar.

Entre golpe y golpe, sus dedos me recorrían la espalda con una suavidad que no encajaba con sus palabras, como si una parte de él pidiera perdón por la otra. Se agachó detrás de mí, me separó las nalgas con los pulgares y me pasó la lengua por el culo abierto, aún caliente y resbaladizo de su corrida. Grité contra la alfombra. Me lamió despacio, se metió dentro con la punta de la lengua, chupó el semen que él mismo había dejado ahí, y después subió por la raja hasta morderme una nalga.

—Estás hecho un desastre —dijo, pasando la palma por la marca del cinturón—. Mírate, disfrutándolo como una zorra.

—Sí —admití sin vergüenza—. Lo disfruto. ¿Y tú?

No respondió con palabras. Me clavó dos dedos en el culo hasta los nudillos, los movió dentro de mí en tijera hasta hacerme aullar, y los sacó brillantes. Me levantó de nuevo, me tumbó de espaldas sobre la cama, me agarró los tobillos y me abrió las piernas hasta ponerme las rodillas contra los hombros. Ya estaba dura otra vez, hinchada, apuntándome. Se escupió en la mano, se la pasó por la verga y se hundió otra vez entre mis piernas, ahora cara a cara, entrando de una sola estocada larga que me sacó el aire.

—Joder —gimió—. Estás abierto entero para mí.

Quería verme, comprobar en mi expresión cada cosa que me hacía. Me embestía despacio y hondo, mirándome a los ojos, viendo cómo se me abría la boca en cada estocada. Mi propia polla, aplastada contra mi vientre entre los dos, rebotaba dura con cada movimiento, y él bajó la vista para mirarla, la agarró con la mano y empezó a masturbarme al mismo tiempo que me follaba. Le sostuve la mirada todo el rato, sin apartar los ojos, y fue eso, más que ninguna otra cosa, lo que terminó de quebrarlo. Aceleró. La cama crujía. El sonido de sus huevos golpeándome el culo llenaba la habitación.

—No te creas que esto cambia nada —jadeó, apenas convencido de sus propias palabras.

—Claro que no —dije, clavándole las uñas en la espalda—. Tú sigues mandando. Sigue rompiéndome, mi amor, no pares.

Se rió, entre dientes, y la risa se le deshizo en un gruñido cuando volvió a terminar, esta vez con el cuerpo entero estremecido, vaciándose dentro de mí por segunda vez. La mano que me sacudía la polla apretó de golpe, y yo me corrí con él, un chorro caliente que me manchó el pecho, el cuello, la barbilla. Se derrumbó sobre mí con todo su peso, la verga todavía latiendo dentro, y bajó la cabeza para lamerme mi propia corrida del cuello sin decir palabra.

***

La noche se estiró en una sucesión de pausas y arranques. Hablábamos poco. En algún momento encontró una cuerda fina en un cajón y me ató las muñecas con un nudo torpe que yo podría haber soltado con un tirón, pero no lo solté. Había algo en dejarme atar por aquel hombre enorme que pretendía dominarme cuando los dos sabíamos quién había entrado por esa puerta a buscar exactamente esto.

—Quédate quieta —ordenó.

—No pensaba moverme —contesté.

Me tomó otra vez, ahora de lado, entrando por atrás con la cuchara mientras me mordía el hombro. Iba más lento, casi agotado, sus embestidas perdiendo la rabia y ganando una especie de necesidad torpe. Yo seguía respondiendo, apretándome alrededor de él en cada estocada, empujando el culo contra sus caderas, susurrándole al oído cosas que lo hacían apretar la mandíbula y acelerar de nuevo —métemela toda, lléname otra vez, no salgas hasta que se te caiga—. Me metió una mano por delante y me volvió a agarrar la polla, la sacudió despacio, sin prisa, hasta que me hizo correr por tercera vez sobre las sábanas mientras él seguía moviéndose dentro de mí. Cuando ya no le quedaba nada, se descargó por última vez en gruñidos cortos, se quedó dentro un rato largo, los dos sin aliento, su frente apoyada en mi hombro, sintiendo cómo su propia corrida se le escurría por los huevos.

—No esperaba esto cuando salí de mi casa esta mañana —murmuró, casi para sí mismo.

—Nadie espera lo bueno —respondí—. Por eso se llama suerte.

Sentí cómo se reía, una vibración suave contra mi espalda. Por un momento, sin la coraza de los insultos ni el peso del uniforme, fue solo un hombre cansado y satisfecho, y yo dejé que se quedara así el tiempo que quiso, sin presionarlo, sin recordarle lo que un rato antes le había costado tanto aceptar.

Pasadas las dos de la mañana, se levantó. Salió de mí despacio, y sentí el hueco tibio que dejaba, la corrida escapándose entre mis nalgas. Recogió su uniforme del suelo, se lo puso despacio, evitando mirarme mientras se abrochaba el cinturón con el que un rato antes me había marcado la piel.

—Esto no se lo cuentas a nadie —dijo por fin, ya con la mano en el picaporte.

—Tranquilo —respondí, desatándome las muñecas sin esfuerzo, dejando que la cuerda cayera al suelo—. Tu secreto está a salvo conmigo. ¿El mío también?

Se quedó un segundo en el umbral, sin saber qué cara poner. Después soltó una media sonrisa, esa que llevaba puesta cuando lo encontré en la garita, y salió cerrando la puerta con cuidado.

***

Me quedé tendida en la cama, dolorida, las marcas latiéndome en la piel como un mapa de las últimas horas, el culo abierto y goteando su semen sobre la sábana. No me sentía usada. Me sentía, por raro que suene, victoriosa. Había entrado a buscar a un hombre que creyó que mandaba y me iba de allí sabiendo perfectamente quién había decidido cada paso de la noche.

Pensé en Noelia, que estaría volviendo del bar con sus propias historias entre los dientes. Nos pasábamos las noches así, cada una por su lado, para después juntarnos en la cama a contarnos todo en susurros, riéndonos de los hombres que creían habernos conquistado. Lo que el orgullo de Dorian jamás entendería es que el verdadero placer no estaba en lo que él me había hecho, sino en lo fácil que había sido convertir su desprecio en deseo.

Me levanté, me di una ducha larga —el agua caliente arrastrándome la corrida seca de los muslos y del culo— y me puse de nuevo el bikini rojo, ya sin el lazo. Apagué la luz y caminé descalza de vuelta a nuestra villa, con la noche tibia pegada a la piel y una sonrisa que no pensaba borrarme en un buen rato. Tenía una historia que contar, y sabía que la de Noelia no le iría a la zaga.

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Comentarios(6)

Marito_Cba

que buenos relatos escribis, siempre tan intensos!!

SombradeLuna22

Me encantó el misterio del comienzo y toda esa tensión acumulada. Tenés pensado darle continuación? sería buenísimo ver cómo sigue la noche.

LuciaVB

por favor seguí con este!! me quede con ganas de saber como reaccionó el guardia despues

nacho_bsas

jaja me recordo a algo que me paso en un viaje, tremendo relato

ElLector_ok

increible, de los mejores que lei en mucho tiempo aca

Natasha_RdN

Me gustó mucho el punto de vista de la protagonista, se siente muy autentico. Seguí asi!!

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