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Relatos Ardientes

Crucé una puerta y aparecí en un mundo de sumisas

Bruno aceleró el paso con el móvil en alto, grabando las grietas que serpenteaban por el techo de aquel edificio en ruinas. Material perfecto para su canal. Quizá, con un poco de suerte, saltara de diecisiete a cien suscriptores. Un conocido de la facultad le había soplado la ubicación de lo que parecía un viejo sanatorio abandonado, y para alguien obsesionado con la exploración urbana cualquier sitio olvidado valía oro.

No era un hombre ágil. Cargaba con bastantes kilos de más y a veces no cabía entre las rejas o los huecos, pero siempre encontraba la manera. Estudiaba ingeniería y se le daba bien; mejor, desde luego, que tratar con la gente. Sobre todo con las mujeres, que para él eran un territorio tan cerrado como aquellos pasillos a oscuras.

Años de foros resentidos lo habían convencido de que el mundo le debía algo, de que merecía un cariño y un deseo que nunca había recibido. Caminaba rumiando esas ideas cuando, al doblar una esquina, un puñetazo le rozó la mandíbula.

Ahogó un grito. Apuntó la linterna del teléfono, que seguía grabando, y una lámpara moribunda chisporroteó lo justo para que esquivara una patada. Su atacante era corpulento, silencioso, decidido. Bruno no malgastó aire en suplicar: se limitó a respirar. No hizo falta más. El hombre tropezó en la penumbra y se golpeó la frente contra el pomo oxidado de una puerta. Cayó como un saco y no se movió.

Bruno se quedó paralizado, convencido de haberlo visto morir en alguna película. Le tomó la muñeca para buscarle el pulso y se topó con un reloj que no era un reloj cualquiera: una pieza suiza que, él lo sabía bien, costaba más que un coche. Se encogió de hombros. Un inconsciente no necesitaba saber la hora.

Entonces oyó un ruido al fondo del pasillo y el miedo le subió por la espalda. No le convenía que lo encontraran junto a un cuerpo, y menos con aquel reloj en el bolsillo. Corrió. Empujó una puerta entreabierta —mientras, al otro lado, descubría que el ruido lo había hecho un gato volcando unas cajas— y se dio de bruces con una sala imposible: ordenadores, cables por todas partes y un cubículo metálico en el centro. Junto a él, un hombre de pelo canoso le sonreía.

—Me dijeron que eras grande —comentó el desconocido, quitándose unos auriculares diminutos—, pero no tanto. Cierra y métete ahí dentro.

Bruno se quedó de piedra. Aquel tipo había estado escuchando música; quizá no había oído la pelea. Decidió seguirle la corriente con tal de que no preguntara por el hombre del pasillo ni por el reloj.

—Supongo que ya te dieron mi nombre —siguió el otro—. Soy el doctor Salvador Vidal y tengo en mi poder la tercera máquina del tiempo que ha construido la Corporación.

Bruno carraspeó e intentó disimular su desconcierto. Aquello parecía un laboratorio carísimo escondido en un edificio que se caía a pedazos.

—La máquina solo tiene energía para un viaje de ida y vuelta —explicó Vidal—. Hoy harás la ida; dentro de tres meses, el regreso, al mismo punto y a la misma hora. Funciona por intercambio: no transporta una cosa, sino que cambia la materia de dos escenarios a la vez. Tu misión es sencilla: reunir pruebas, testificar, volver. Coge la bolsa de cuero que hay dentro; ahí tienes la identidad que vas a interpretar.

—De acuerdo —murmuró Bruno, tratando de respirar con normalidad—. Es mi primera vez. ¿Cómo se activa?

—Aparecerá un círculo violeta en el suelo, de metro y medio. Te colocas dentro y listo. Tienes veinte segundos hasta que se encienda y otros cinco antes de desaparecer. Mantenerlo abierto cuesta una fortuna, así que entra de una vez.

Bruno se agachó para cruzar la portezuela, demasiado baja para su corpulencia. No notó que, al ponerse en cuclillas, el móvil resbalaba de su bolsillo y quedaba olvidado en el suelo del laboratorio. Cuando se incorporó y recogió la bolsa, el círculo violeta ya brillaba bajo sus pies. Sonó un pitido. Cerró los ojos.

***

Los abrió y una brisa tibia le golpeó la cara. No había laboratorio, ni penumbra, ni sanatorio. Estaba de pie en mitad de una avenida ancha, bajo un cielo de atardecer surcado de luces que no reconocía. El círculo violeta se apagó bajo sus zapatos. Definitivamente no era el pasado: los edificios eran demasiado limpios, demasiado nuevos, con un brillo casi de maqueta.

Buscó el teléfono y maldijo al no encontrarlo. Echó a andar. Pronto reparó en algo extraño: casi todas las personas que se cruzaba eran hombres, y más de uno paseaba, con toda naturalidad, llevando del brazo a una mujer que vestía apenas nada y caminaba con una sonrisa tranquila, como quien luce un privilegio. Nadie se escandalizaba. Nadie miraba dos veces.

A Bruno se le secó la boca. Había leído sobre mundos así en cómics y novelas que devoraba a escondidas, fantasías de dominación donde el deseo masculino era ley y las mujeres se entregaban sin reservas. Siempre las había tomado por puro delirio adolescente. Ahora caminaba por una de sus calles.

Se detuvo en una esquina para asimilarlo. Había mujeres charlando en la terraza de un café, otras esperando en una parada, todas vestidas con la misma ligereza desinhibida y ninguna incómoda por ello. Un hombre pasó a su lado y le hizo un gesto cómplice con la cabeza, como dándole la bienvenida a un club en el que Bruno, sin proponérselo, acababa de ingresar. En su mundo era invisible. Aquí, por el simple hecho de ser quien era, parecía formar parte de una élite.

Vio un cartel luminoso: «Oficina de bienvenida». Empujó la puerta. Le abrió una mujer de unos treinta y tantos, de melena oscura y mirada despierta, vestida con una gasa que dejaba poco a la imaginación: se le transparentaban los pezones oscuros y la sombra depilada del pubis. No se cubrió ni se apartó; al contrario, lo recibió con una reverencia lenta que le abrió el escote hasta el ombligo.

—Bienvenido, señor —dijo—. Acabamos de abrir. Soy Nadia y mi compañera es Vera. Las dos servimos en esta oficina. Puede disponer de nosotras como guste, siempre que después nos permita orientarlo hacia donde necesite ir. Es nuestro trabajo, y lo hacemos con gusto.

Detrás de ella apareció Vera, más menuda, de piel clara y ojos verdes, que lo midió de arriba abajo sin disimular el interés, deteniéndose un instante en el bulto del pantalón. No había miedo en ninguna de las dos. Había, si acaso, una expectación que a Bruno le aceleró el pulso y le empezó a hinchar la polla dentro del calzoncillo.

—Entonces estoy en el sitio correcto —dijo él, y su voz sonó más firme de lo que esperaba.

Cerró la puerta a su espalda con pestillo. Por primera vez en su vida nadie lo miraba con lástima ni con desprecio. Lo miraban a la espera de una orden, y descubrió que el poder se le subía a la sangre como el alcohol.

—De rodillas las dos —dijo, y apenas le tembló la voz—. Vera, ocúpate de mi polla. Nadia, quítate esa gasa, quiero verte las tetas.

Las dos obedecieron sin un instante de duda, y esa prontitud lo encendió más que cualquier desnudez. Nadia se sacó la gasa por la cabeza con un movimiento fluido y quedó desnuda ante él: pechos medianos y firmes, pezones grandes y oscuros ya endurecidos, la barriga plana, un coño depilado que dejaba a la vista una raja rosada y brillante. Vera se arrodilló frente a él y le bajó el pantalón y los calzoncillos con dedos diestros, sin prisa, mirándolo hacia arriba mientras lo hacía. La verga de Bruno saltó fuera medio dura, más gorda que larga, y Vera sonrió como si le hubieran regalado algo.

—Menuda polla, señor —susurró, tomándola en la mano y masajeándola con la palma abierta hasta ponerla completamente tiesa—. Me encanta cuando la tienen así de gruesa. Va a llenarme la boca entera.

La besó primero en la punta, un beso húmedo que arrancó a Bruno un jadeo entrecortado. Después le pasó la lengua a lo largo, desde los huevos hasta el glande, lentamente, sin dejar de mirarlo. Cuando por fin se la metió entera en la boca, Bruno tuvo que apoyar una mano en la pared para no derrumbarse. Era cálido, húmedo, apretado. Ella lo tragó hasta la base, ahogándose un poco a propósito, y luego la sacó con un chasquido obsceno de saliva. Sus labios brillaban.

—Tranquilo, señor —murmuró Nadia desde un lado, arrodillándose también y acariciándole los huevos con las yemas—. Tenemos todo el tiempo del mundo. Aquí nadie tiene prisa por correrse.

Nadia le agarró la verga por la base mientras Vera seguía chupándosela con hambre, y empezó a mamarle los testículos uno por uno, metiéndoselos enteros en la boca, tirando suavemente con los labios. Bruno soltó un gruñido animal. Nunca en su vida se había imaginado dos bocas trabajándole la polla al mismo tiempo, y menos con esa dedicación de expertas. Vera lo tenía hasta el fondo de la garganta y no paraba; Nadia le lamía las bolas y de vez en cuando subía a compartir la verga con Vera, las dos lenguas encontrándose alrededor del glande como si se estuvieran besando sobre él, hilos de saliva colgando entre sus barbillas.

Él enredó los dedos en el pelo de Vera y marcó el ritmo. Ella lo siguió encantada, ronroneando contra él, dejándose guiar. Bruno la agarró por la nuca y empezó a follarle la boca con embestidas cortas, viendo cómo se le saltaban las lágrimas y cómo la baba le caía por la barbilla hasta las tetas pequeñas. Vera no se apartaba: al contrario, apretaba los labios más fuerte contra su polla cada vez que él empujaba, y hacía gorgoritos de gozo cuando el glande le tocaba el fondo de la garganta.

—Así, señor —jadeó ella cuando la dejó respirar un instante, con un hilo de saliva colgándole entre los labios y la punta de la verga—. Úsame la boca como quiera. Para eso estoy.

Nadia se incorporó y le buscó la boca, y Bruno la besó con una torpeza ávida que ella corrigió con paciencia, mordiéndole el labio, susurrándole al oído lo bien que lo estaba haciendo, guiándole las manos hasta sus tetas para que se las apretara. Él las estrujó con más fuerza de la que se hubiera imaginado atreverse, le pellizcó los pezones hasta arrancarle un gemido, y ella arqueó la espalda contra su mano como si le encantara. Nadie en su vida le había dicho algo así, nadie le había ofrecido el cuerpo con esa naturalidad. Bajó una mano por el vientre de Nadia hasta el coño y la encontró empapada; los dedos le entraron sin resistencia, y ella se los cabalgó allí mismo, restregándose contra su palma.

—Más despacio —pidió él a Vera, no porque quisiera frenar, sino porque quería que durara. Vera levantó la vista, sonrió alrededor de su polla y obedeció, ralentizando cada movimiento hasta volverlo insoportable, chupando solo la punta con un vacío tan lento que Bruno sentía cada mililitro de succión.

—Ponte a cuatro patas —le dijo entonces a Nadia, y se sorprendió a sí mismo del tono. Nadia obedeció al instante, se puso a cuatro sobre la alfombra del recibidor, arqueando la espalda para levantarle el culo. Tenía las nalgas redondas y blancas, con dos hoyuelos en la parte baja de la espalda, y entre ellas se le veía el coño rosado y ya empapado brillando bajo la luz de la lámpara, y más arriba el ojete apretado y limpio, tentador.

Bruno se separó a regañadientes de la boca de Vera, se acercó a Nadia por detrás y le pasó la verga, todavía llena de la saliva de Vera, entre los labios del coño. Ella jadeó y empujó las caderas hacia atrás, buscándolo con impaciencia. Se la metió de una sola embestida, hasta los huevos, y Nadia soltó un gemido largo, gutural, que le puso los pelos de punta. Estaba apretada, estaba caliente, y estaba tan mojada que el ruido de la penetración fue obsceno, un chapoteo que llenó la sala.

—Fólleme, señor —le pidió Nadia, mirándolo por encima del hombro—. Fólleme como si fuera suya, que es lo que soy mientras esté aquí. Rómpame el coño.

Bruno la agarró de las caderas y empezó a embestirla sin miramientos, con la torpeza acumulada de años de fantasear sin tocar a nadie. No hizo falta técnica: Nadia se movía sola, empujando el culo contra él a cada estocada, sincronizándose con su ritmo, apretándole la polla con los músculos del coño como si supiera exactamente dónde hacer presión. Vera se acercó gateando, se metió por debajo y empezó a lamerle los huevos a Bruno mientras él seguía follándose a Nadia; sentía la lengua de Vera subiéndole por el perineo cada vez que él se retiraba, y la sensación era demasiada para procesarla.

—Joder —jadeó Bruno—, no voy a aguantar mucho.

—Aguante lo que pueda —murmuró Vera desde abajo, con la voz ahogada—. Y cuando ya no pueda, córrase donde quiera. En el coño, en la boca, en las tetas, en la cara. Aquí no hay reglas.

Bruno agarró a Nadia del pelo, tiró hacia atrás y le dobló la espalda mientras la embestía más fuerte, con las nalgas de ella chocando contra sus muslos con un sonido rítmico de carne contra carne que llenaba la sala. Nadia gemía sin freno, un canto ronco de sí, señor, así, más fuerte, rómpame, más, que se mezclaba con las palmadas de la piel y con los chasquidos húmedos de la lengua de Vera trabajándole las bolas. Le pasó el pulgar por el ojete a Nadia, apretándolo sin llegar a meterlo, y ella gimió más alto todavía, como si aquello fuera exactamente lo que quería.

Cuando sintió que ya no podía más, sacó la polla del coño de Nadia con un pop húmedo y Vera estaba lista debajo: abrió la boca inmediatamente y lo recibió entero, chupándolo con hambre, saboreando el sabor del coño de su compañera en él sin el menor asco. Nadia se giró rápido, se sentó en el suelo junto a Vera y le mostró las tetas a Bruno, apretándoselas con las dos manos, ofreciéndoselas.

—Córrase donde quiera, señor —repitió, y ese «córrase» fue lo que lo tumbó.

Bruno se estremeció, se agarró la polla con la mano y se corrió a chorros. El primero le cayó a Vera en la mejilla, el segundo le entró directo en la boca abierta, y los últimos los descargó sobre las tetas de Nadia, dejándoselas empapadas de semen espeso que le resbalaba por los pezones oscuros hasta el vientre. Ninguna de las dos giró la cara: recibieron toda la corrida con una sonrisa de satisfacción, como si lo estuvieran premiando por su generosidad. Nadia se pasó los dedos por las tetas, recogió parte del semen y se lo llevó a la boca; después se inclinó y le lamió a Vera la mejilla, y las dos se besaron delante de él, compartiéndoselo entre las lenguas. A Bruno le pareció que se iba a correr otra vez solo con ver aquello.

Cuando terminó de estremecerse contra la pared, jadeando, con la verga aún goteando los últimos restos, las dos se irguieron, satisfechas, con los ojos brillantes y los labios embadurnados.

—Gracias, señor —dijo Vera, limpiándose la comisura con el dorso de la mano y chupándose después el dedo—. Hacía días que no nos tocaba un visitante tan… entusiasta.

Bruno se dejó caer en un banco acolchado del recibidor, sin aliento, mientras las dos mujeres se acomodaban a sus pies como si aquel fuera el orden natural de las cosas. Le costaba creer que nadie fuera a echarlo, a reírse, a recordarle quién era en su mundo.

—¿Y ahora qué? —preguntó, todavía agitado.

—Ahora, si nos lo permite, lo orientamos —respondió Nadia, divertida, sin molestarse en limpiarse el semen que aún le brillaba en el escote—. Le recomendamos el mercado central, a diez minutos a pie. Encontrará de todo: tecnología, ropa, casas de cambio. —Le tendió una tarjeta lustrosa con un mapa grabado—. Si necesita vender algo de valor, allí pagan bien y sin preguntas.

Bruno pensó en el reloj que llevaba en el bolsillo. Una casa de cambio sin preguntas era justo lo que necesitaba: dinero, un teléfono nuevo y, quizá, una identidad nueva en un mundo que parecía hecho a medida de sus fantasías.

—¿Puede valorarnos antes de irse? —pidió Vera, señalando una tablilla en el mostrador con cinco caras dibujadas—. Nos ayuda a saber si lo hemos atendido bien.

Él miró las opciones y, por primera vez en mucho tiempo, sintió ganas de ser generoso. Pulsó la máxima puntuación.

—Os lo habéis ganado —dijo, y le sorprendió cuánto disfrutaba al decirlo en serio.

Las dos sonrieron, y esta vez la sonrisa no parecía de oficio. Bruno se subió el pantalón, recogió el mapa del estante junto a la salida y se encaminó hacia el centro. A su espalda oyó cerrarse la puerta y, por una vez, no se sintió un intruso en ninguna parte.

***

Mientras tanto, en el universo de origen, un hombre corpulento llamado Casimiro Robles se incorporaba a duras penas, apretándose la herida palpitante de la frente. Con la otra mano revisaba los archivos del móvil que aquel presuntuoso había dejado caer al suelo antes de esfumarse. Soltó un resoplido de rabia: el intruso le había robado el reloj suizo de treinta y cinco mil euros que había conseguido como pago de un encargo muy delicado para la Corporación.

Solo le quedaba una cosa por hacer: ir tras él. El doctor Vidal había errado dos cifras de las coordenadas, pero había alcanzado a descargar un informe sobre el extraño mundo al que había enviado por accidente al ladrón. Con suerte, en tres meses Casimiro podría aparecer en el mismo punto exacto. Y aquel pobre iluso seguiría allí, paseándose como un rey, sin sospechar la clase de peligro que caminaba ya tras sus pasos.

Fin del primer capítulo.

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Comentarios(6)

Santi_MZA

Tremendo!! me engancho desde el primer parrafo, no lo pude soltar

Laura_C

Que imaginacion... por favor seguila, quede con ganas de saber como termina

PortalFan23

La premisa es muy original, nunca habia leido algo asi en esta categoria. Me gusto mucho!

Cielito_BA

La descripcion inicial te mete de lleno en la historia, increible. Buenisimo!

lector_nocturno99

jajaja yo tambien quiero cruzar esa puerta... excelente relato

Nubeluz

Me sorprendio para bien. Esperaba algo mas convencional dentro del genero y termino siendo mucho mas elaborado. La atmosfera que lograste es lo mejor del relato. Espero segunda parte!

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