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Relatos Ardientes

La sesión de dominación que mi cliente no olvidará

Mientras conduzco hacia las afueras, no dejo de pensar en lo mucho que me gusta mi trabajo. Es sencillo, no me roba demasiadas horas y está más que bien pagado. Pero lo que de verdad importa, lo que me hace sonreír al volante, es que disfruto cada minuto de lo que hago.

Llego al descampado acordado al filo de un pinar, donde la ciudad ya no es más que un rumor lejano. Aparco y miro alrededor. Solo hay otro coche, un sedán impecable que debe ser el de mi cliente. Echo a andar por el sendero apenas marcado entre la maleza. Mis tacones color vino no son el calzado ideal para este terreno, pero son uno de los pequeños gajes de mi oficio, y no pienso renunciar a ellos.

Al llegar al pequeño claro lo encuentro ya esperando. Le calculo unos cuarenta y cinco años, aunque los lleva bien. Se nota el gimnasio en los hombros, la ropa cara, la postura de alguien acostumbrado a mandar en una oficina. Esta tarde, sin embargo, no manda nada. Me mira de arriba abajo y reconozco enseguida la mezcla de nervios y deseo en sus ojos. He acertado con el vestido ajustado de tirantes, a juego con los zapatos. Lo único que rompe el tono granate es mi bolso negro de cadena dorada.

Le dedico una sonrisa lenta y le tiendo la mano. Marcelo —porque así dijo llamarse al concertar la cita— entiende perfectamente el gesto y me entrega un sobre cerrado. Lo abro sin prisa y cuento los billetes para confirmar que está la cifra pactada. Satisfecha, lo guardo y saco mis herramientas: un pañuelo de seda, una cuerda fina y unas esposas.

Me acerco hasta que apenas nos separa el aire y le susurro al oído.

—Desnúdate y ponte de espaldas contra ese árbol.

Lo observo divertida mientras se quita la ropa con movimientos torpes, casi adolescentes a pesar de su edad. Cuando queda completamente desnudo, se coloca contra el tronco que le he señalado sin decir palabra. Me pongo detrás de él, le cierro las esposas atándole las manos al otro lado del árbol y luego, con la cuerda, le sujeto los tobillos. Tiro de cada nudo para asegurarme de que no irá a ninguna parte.

Rodeo el tronco y me planto frente a él. Aun con mis tacones de infarto me saca media cabeza, pero la altura aquí no significa nada. Vuelvo a hablarle con una voz dulce, casi maternal.

—Abre la boca, cielo.

En cuanto obedece, le introduzco el pañuelo hasta llenársela. Me mira sorprendido, pero no le explico nada. Me separo un paso y bajo la vista hacia su sexo, ya medio erecto. No es enorme ni pequeño, de un grosor más que correcto. Sonrío pensando que va a ser una tarde entretenida.

Paso las yemas de los dedos por su miembro, que se endurece a medida que recorro cada vena. Al principio me observa asustado, pero poco a poco se relaja al comprobar que solo lo acaricio. Bajo hasta sus testículos, los sopeso, juego con su peso y su forma. Son justo como me gustan. Esto va a ser fácil, pienso.

***

Me aparto y empiezo a quitarme el vestido despacio, dejando resbalar los tirantes por mis hombros con toda la calma del mundo. Él abre los ojos como platos. Desnudarme no estaba en el acuerdo, pero quiero que disfrute un rato antes de que cambie el guion. La tela cae lentamente, revelando mi piel bronceada centímetro a centímetro, hasta quedar en el suelo. Solo conservo los tacones, que estilizan la línea de mis piernas.

Dejo que me recorra con la mirada y veo cómo su erección se afirma del todo y me apunta. Esa sensación de tener el control absoluto, de excitar a un hombre que se cree poderoso, me enloquece. Me acaricio el cuerpo frente a sus ojos hambrientos. Intenta decirme algo, pero con la mordaza no es más que un murmullo ininteligible.

Me acerco y le clavo las uñas con suavidad en el pecho, recorriéndolo hacia abajo sin llegar a hacerle daño. Aprieto mis pechos contra su cuerpo y voy descendiendo, dibujando eses con la piel, hasta atrapar su miembro entre ellos. Me arrodillo y empiezo a moverme arriba y abajo, haciendo aparecer y desaparecer su punta entre mi escote. Su respiración se acelera. Espero al instante preciso y me detengo en seco.

—No tengas tanta prisa —le digo, separándome—. Nos queda mucho tiempo para disfrutar.

Sigo acariciándome los pechos mientras él tiembla de impaciencia, deseando correrse. Lo leo en su mirada. Y entonces, sin previo aviso, levanto la pierna derecha y le estampo una patada limpia entre las piernas. Intenta gritar, pero el alarido queda ahogado por el pañuelo. Las lágrimas le brotan de golpe y el cuerpo se le afloja. Le suelto otra patada para dejarle claro que no tiene permiso para desplomarse.

Observo cómo sus testículos empiezan a enrojecer. Su erección, en cambio, sigue intacta. Esa es una de las cosas que más me fascinan de los hombres: cómo el dolor y el deseo conviven en ellos sin estorbarse.

—¿Te ha dolido, cariño? —pregunto con un tono empalagoso.

Vuelvo a arrodillarme, pero esta vez uso la lengua para recorrer la zona dolorida y su sexo todavía firme. El contacto húmedo parece aliviarlo un instante. Murmura algo que no entiendo ni me interesa entender. Repaso cada vena con deleite, me detengo en sus testículos, juego con ellos en mi boca uno por uno. Cuando lo noto otra vez al borde, me aparto y le encajo un rodillazo seco. Antes de que se recupere de la sorpresa, repito con la otra rodilla. En sus ojos, en las maldiciones que intenta proferir, leo cuánto le ha dolido.

***

Sonrío traviesa y me giro, colocando el trasero a la altura de su erección. Mis nalgas la rozan, la empujan a un lado y a otro, juguetonas. Él tira hacia mí con desesperación, intentando penetrarme, pero las esposas lo retienen contra el tronco.

—Vaya, ¿querías usar tu cosita? —me burlo, moviéndome a escasos centímetros—. Qué lástima. ¿Y para qué sirve, entonces? ¿Solo para hacer pis?

Camino hasta mi bolso y saco un pequeño objeto metálico que destella entre mis dedos: una hoja fina, de bisturí. Se la muestro con calma estudiada.

—Lo que no sirve hay que retirarlo —digo en voz baja, como quien comenta el tiempo.

Sus ojos se llenan de un pánico que jamás había visto en nadie. Niega con la cabeza, solloza, intenta suplicar palabras que el pañuelo convierte en nada. Apoyo el filo frío en su mejilla y lo deslizo despacio hacia abajo, presionando apenas, sin cortar. La hoja viaja por el cuello, por el pecho, por el vientre, y se demora sobre su erección, que sube y palpita como nunca, traicionando el terror de su rostro. Su cara es un poema entero. Está claro que cuando me contrató no imaginaba esto.

Subo de nuevo el filo hasta sus pezones, endurecidos casi tanto como los míos. Me aprieto contra él para sentir los latidos disparados de su corazón, su pecho agitado, y para que él note hasta qué punto me excita esta escena. Me aseguro de que perciba la humedad que me corre por dentro mientras la hoja sigue paseando. Empiezo a tocarme despacio, luego cada vez más rápido, hasta que mi clítoris late al mismo ritmo que su miedo. No tardo en correrme, intensamente, frente a su mirada aterrada y su sexo más firme que nunca. Esa contradicción me lleva al límite.

***

Decido que ya es momento de cerrar la sesión, ahora que yo he alcanzado lo que buscaba. Me coloco delante de él y, con una mano, sostengo la hoja; con la otra, señalo mi boca sonriente.

—¿Cómo prefieres terminar? —pregunto, riendo con malicia—. ¿Con esto, o con mi boca?

El pobre intenta hablar, rogar, pero no se le entiende una sílaba. Al fin, con un movimiento desesperado de la cabeza, indica la mano que apunta a mis labios.

—No sé si es la mejor decisión —digo, picarona, guardando el bisturí.

Me arrodillo de nuevo, asegurándome de que mis pechos rozan su miembro tieso y descarado. Abro la boca sin dejar de mirarlo a los ojos y empiezo a tragarlo despacio, dejando que se hunda más y más adentro. Mi lengua lo recorre, juguetona, hasta que su punta alcanza mi garganta. Veo cómo su expresión pasa del miedo al placer en cuestión de segundos. Siempre me he considerado buena en esto, pero las gargantas profundas son mi especialidad.

Con las manos en sus glúteos lo empujo hacia mí hasta tragarlo por completo, soportando las arcadas. Los ojos se me llenan de lágrimas mientras mi cabeza se acerca y se aleja, dejando que folle mi boca a su antojo. Cada vez que entra hasta el fondo, la punta de mi lengua acaricia sus testículos todavía enrojecidos. El ritmo crece y los gemidos del pobre desdichado escapan, ahogados, por encima del pañuelo.

Noto que está a punto de descargar. En el último instante retiro un poco la boca, lo justo para sujetar su punta entre los dientes mientras se corre. Esta vez su grito sí se oye con claridad, mezcla de placer y de un dolor inesperado, a la vez que me llena con su orgasmo. Aparto la cara y siento las últimas gotas resbalar por mi mejilla. Cuando vuelvo a mirarlo, ha cerrado los ojos, agotado, colgando de las esposas con la respiración hecha jirones.

***

Le suelto las esposas, la cuerda y, por último, el pañuelo de la boca. Marcelo se desliza hasta sentarse en la hierba, temblando, incapaz de articular palabra, observándome entre el desconcierto y una extraña gratitud. No es la primera vez que veo esa cara: la de alguien que descubre que pagó por perder el control y volvió a encontrarse del otro lado.

No me molesto en limpiarme. Recojo el vestido, me lo deslizo de nuevo sobre la piel y vuelvo caminando sobre mis tacones hacia el coche, dejándolo allí, recuperándose entre los árboles. La marca húmeda en mi mejilla es un buen recuerdo de la tarde.

Mientras conduzco de regreso, tranquila, con la ventanilla baja y el pinar perdiéndose en el espejo, vuelvo a pensar exactamente lo mismo que al llegar: amo mi trabajo.

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Comentarios(7)

Romi_86

Increible!! se me hizo corto, quede con ganas de mas

GaboR_lector

De los mejores que lei ultimamente. Tiene algo diferente, se siente autentico. Seguí así!

LuciaT_Bsas

Uf que arranque, me atrapó desde la primera línea. Por favor que haya continuación

ZaraCdx_lect

jajaja no me lo esperaba así, tremendo final

NocheLectora22

Leí algunos párrafos varias veces porque estaban muy bien escritos. La tensión que genera es perfecta, te deja con el aliento cortado. Espero ver mas de estos, de verdad que vale la pena.

TomyK92

Buenisimo, me recordo a una situacion que viví hace un tiempo aunque mucho mas simple jajaja. Gran relato

Flavio_bsas

corto pero intenso!! bravo

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