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Relatos Ardientes

Desperté atado a una cruz y no recordaba nada

Mateo despertó atontado, sin la menor idea de dónde estaba. Miró a su alrededor y no reconoció nada: paredes de cemento desnudo, un olor a humedad y a metal frío, y una sola lámpara colgando del techo que le hacía daño en los ojos. Tenía la vista nublada, como si mirara el mundo a través de un cristal sucio. Intentó moverse y no pudo.

Tardó unos segundos en entender por qué. Estaba de pie, con los brazos abiertos y las muñecas y los tobillos sujetos a dos maderos cruzados en forma de equis, una estructura clavada a la pared. Tiró de las correas con el poco vigor que le quedaba. No cedieron ni un milímetro.

La mancha negra que tenía delante fue cobrando forma a medida que recuperaba la visión. No era una sombra. Era una cámara montada sobre un trípode, con un punto rojo encendido en un costado. Lo estaban grabando. Y, cuando bajó la mirada hacia su propio cuerpo, confirmó lo que ya sospechaba: estaba completamente desnudo.

Intentó reconstruir la noche. Recordaba haber salido con los amigos a celebrar un ascenso que no era suyo. Recordaba que, uno a uno, todos se habían ido marchando, y que él se había quedado solo en la barra con la última copa. Y recordaba a una mujer. Rubia, de risa fácil, con un vestido que parecía pintado sobre la piel. Habían hablado durante un buen rato y él había creído, ingenuo, que la suerte por fin se ponía de su lado.

¿Cómo se llamaba? ¿Daniela? ¿Adriana? Daba igual. Todo apuntaba a que esa mujer lo había drogado y lo había traído hasta aquí. Lo que no entendía era el motivo. No tenía enemigos. No era rico. No era nadie especial, solo un tipo cualquiera a punto de cumplir cuarenta. Se ha equivocado de hombre, pensó. En cuanto se dé cuenta, me soltará.

Esa idea le duró exactamente hasta que ella entró por la puerta.

***

Era la misma mujer de la barra, no le cupo duda, pero ahora vestía de otra manera. O, mejor dicho, casi no vestía. Llevaba únicamente unas botas negras de tacón alto y una máscara de cuero que le cubría toda la cara y el pelo, dejando libre solo la boca, unos labios pintados de un rojo intenso, casi negro bajo aquella luz.

A pesar del miedo, a pesar de lo humillante de su situación, Mateo no pudo evitar mirarla. Era una belleza imposible de ignorar: una cintura estrecha, caderas marcadas, una piel que parecía absorber la luz. Se movía despacio, con una calma felina, como alguien que sabe perfectamente que tiene todo el tiempo del mundo. Y esa calma fue lo que más lo asustó.

—Oye, perdona… ¿puedes ayudarme? —dijo con un hilo de voz que apenas reconoció como suyo—. Creo que te has confundido de persona. No soy más que un tipo normal, te lo juro.

Ella no contestó. Se acercó sin prisa y deslizó dos dedos por sus labios, despacio, como quien comprueba la calidad de algo antes de comprarlo. Luego bajó la mano por su cuello, por su pecho, dibujando una línea de piel de gallina a su paso. Mateo enmudeció. Tener a esa mujer tan cerca le provocaba algo que no sabía nombrar, una mezcla de pánico y de una excitación que lo avergonzaba.

La mano de ella siguió bajando hasta cerrarse alrededor de sus testículos y sopesarlos, sin brusquedad, casi con curiosidad. Se notaba que lo había hecho otras veces, con otros hombres. Mateo creyó escuchar una risa breve escapándose entre aquellos labios rojos. Ella miraba a la cámara mientras lo tocaba, como si actuara para alguien que no estaba en la habitación.

—De verdad, escúchame —insistió él, intentando que la voz no le temblara—. Dime a quién buscas. Seguro que no soy yo. Suéltame y me iré, no diré nada a nadie, te lo prometo.

La respuesta fue un apretón seco que le arrancó un grito. A la vez, ella acercó la boca a su oído y susurró un largo «shhhh», suave, casi cariñoso, como se calla a un niño. En ese gesto Mateo entendió por fin que no había ningún error. Que estaba exactamente donde ella quería que estuviera.

***

La mujer se arrodilló frente a él. Y entonces, con una habilidad que lo desarmó por completo, empezó a chupársela.

Fue lo último que Mateo esperaba. El cuerpo, traidor, respondió antes de que su cabeza pudiera procesarlo. A pesar del dolor que aún latía entre sus piernas, a pesar del terror, sintió cómo se endurecía dentro de aquella boca que parecía conocer cada nervio de su cuerpo. Ella se esmeraba, se tomaba su tiempo, alternaba la lengua y la presión con una precisión casi cruel. No era placer ofrecido; era placer administrado, dosificado como una herramienta.

Las preguntas de Mateo se fueron apagando. Dejó de suplicar y se limitó a respirar, a cerrar los ojos, a rendirse a la mejor felación de su vida. Una parte de él, lejana y avergonzada, intentaba recordarle que esa mujer lo había secuestrado. Pero esa voz cada vez sonaba más débil.

Justo cuando estaba al borde, cuando sentía que un segundo más lo derribaría, ella se detuvo en seco. Se incorporó despacio y lo miró con una sonrisa burlona que la máscara hacía aún más inquietante.

—No, no pares ahora… por favor —jadeó él—. Por favor.

Ella no le dio el gusto. Se apartó unos pasos y empezó a acariciarse a sí misma, sin dejar de mirarlo. Sus dedos recorrían su cuerpo, su pecho, su vientre, bajando con una lentitud calculada. Disfrutaba de verdad, o lo fingía tan bien que daba igual. Mateo, atado e impotente, sintió cómo su erección se tensaba aún más, dolorosa, mientras ella se giraba para mostrarle cada centímetro de su espalda, de sus caderas, de todo lo que él no podía tocar.

De repente, ella miró un reloj colgado en la pared, como si recordara una cita. La diversión terminó de golpe. Caminó hasta un armario metálico, lo abrió y rebuscó dentro.

***

Cuando volvió, traía algo que Mateo no supo interpretar al principio. Parecía el plato de una vieja balanza de cocina, sostenido por tres cuerdas finas que se unían en un nudo, y una bolsa de tela cerrada. Sin una palabra, como hacía todo, se arrodilló de nuevo frente a él. Sus manos, hábiles y frías, ataron las cuerdas a la base de sus testículos y dejaron el plato colgando en horizontal, un palmo por debajo, perfectamente nivelado.

—¿Qué vas a hacer? —La voz le salió rota—. ¿Para qué es eso? Háblame, por favor. Dime qué quieres y lo hablamos. Yo nunca le he hecho daño a nadie, te lo juro.

Ella siguió sin contestar. Lo masturbó de nuevo, despacio, hasta devolverle la erección que el miedo había empezado a robarle. Luego abrió la bolsa y sacó una pesa de metal pequeña, una de esas con forma de campana, y la depositó sobre el plato. El plato bajó apenas un dedo, y con él tiraron hacia abajo sus testículos. El dolor era intenso, pero soportable. Un aviso de lo que vendría.

Se colocó a su lado y, mientras una mano seguía trabajando su erección, apretó su cuerpo contra el costado de Mateo. Sentía los pezones de ella clavándose en su piel, la lengua húmeda recorriéndole el cuello, el calor de su aliento. La combinación era enloquecedora: placer y dolor mezclados en un mismo nervio, sin que él pudiera separar uno del otro.

Poco después, ella añadió una segunda pesa. El plato cayó otro dedo más y los testículos, ya amoratados, tiraron hacia abajo con una presión que le nubló la vista. Mateo gritó, esta vez de rabia y de auténtico terror, y sin embargo seguía duro, traicionado por las manos que no dejaban de acariciarlo.

—Por favor —sollozó—. Por favor, basta. Lo que sea. Lo que tú quieras.

La tercera pesa quedó suspendida en el aire, entre los dedos de ella. La sostuvo unos segundos delante de los ojos de Mateo, para que la viera bien, para que entendiera. Y al mismo tiempo aceleró el movimiento de su otra mano, llevándolo otra vez al borde, empujándolo hacia un final que él ya no sabía si temer o desear.

El placer y el dolor se fundieron en una sola descarga imposible de resistir. Mateo dejó de pensar, dejó de suplicar, dejó de ser otra cosa que un cuerpo a punto de romperse. Se corrió con una violencia que le sacudió de pies a cabeza, un orgasmo tan brutal que por un instante borró todo lo demás.

En ese mismo instante, ella soltó la última pesa sobre el plato.

Mateo sintió el tirón final, el peso entero cayendo de golpe. Sintió un dolor que ya no tenía nombre, blanco, total, que le subió por la columna hasta el cráneo. La vista se le apagó como una televisión a la que le cortan la corriente. Lo último que registró su mente, antes de que todo se volviera oscuridad, fue el punto rojo de la cámara parpadeando en silencio, grabándolo hasta el final.

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Comentarios(6)

AndreaNight

Increible!! me dejó sin palabras desde el primer párrafo, eso no pasa seguido

Mateo_lec

Por favor que haya segunda parte, me quedé con demasiadas ganas de saber qué pasó despues

Vero_MdP

La cámara grabando fue lo que mas me impactó. Ahí ya sabias que la cosa iba en serio jaja

PatricioRdz

El arranque es de lo mejor que lei en esta categoría, muy bien logrado

FedeRioja

Jajaja yo que me quejo de mis resacas normales... tremendo relato, no lo esperaba así

RominaC_lec

Me recordó a una pelicula que vi hace tiempo. Esa mezcla de suspenso y morbo es adictiva, no podía dejar de leer

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