La pelirroja del vestuario me dio una lección
Con cuarenta grados a la sombra y una piscina municipal a cinco minutos andando, ¿quién se resiste a bajar a refrescarse? Estaba solo en casa, más aburrido que una piedra, así que cogí lo justo: una toalla al hombro, una camiseta de tirantes, el bañador y las llaves. Nada más.
Llegué sudando como un animal y pagué la entrada sin mirar a nadie. La piscina es pequeña y bastante cutre, por eso casi siempre está vacía. La gente prefiere la del pueblo de al lado, que es más grande y hasta tiene tobogán. Esa tarde solo había una socorrista aburrida en su silla alta y dos mujeres de mi edad, unos cuarenta, tumbadas al sol.
Me quité la camiseta y me zambullí. El agua no estaba tan fría como esperaba, pero se agradecía. Di unos largos, me apoyé en una esquina donde caía la sombra y me quedé ahí, relajado, dentro del agua, observando de reojo a las dos vecinas tumbadas e imaginando cosas que sí pienso escribir: la del bikini rojo tenía unas tetas grandes que se le desparramaban hacia los lados y un coño abultado que se le marcaba bajo la tela mojada, y yo ya me imaginaba abriéndole las piernas y clavándole la lengua ahí mismo, hasta hacerla gritar.
Reconozco lo que soy. Me gusta mirar. Llevo años bajando a esa piscina precisamente porque está vacía y porque, cuando hay alguien, puedo hacerme una paja mental tranquilo desde mi rincón sin que se note. O eso creía.
De repente, un coro de voces femeninas me sacó de mis fantasías. Me giré y vi entrar a un grupo de cuatro mujeres jóvenes, todas veinteañeras largas o treintañeras, riéndose entre ellas. Venían de trabajar, supongo, porque hablaban de un turno que se les había hecho eterno.
Madre mía. Seré un sinvergüenza, pero qué bien plantadas estaban todas. En especial una pelirroja de piel muy blanca que, cuando se quitó el vestido, me dejó la boca seca. El bikini verde pistacho que llevaba marcaba cada curva sin pudor, ajustado como una segunda piel: las tetas apretadas contra el triángulo de tela, los pezones adivinándose duros por dentro, y el braguero clavándosele en el coño con una raya perfecta que se le marcaba a la vista.
Me quedé mirándole las tetas y el bulto de entre las piernas más de la cuenta. Tanto, que ella levantó la vista y me clavó dos ojos verdes que parecían dos cuchillas. Disimulé metiéndome bajo el agua, buceando de un lado a otro, intentando pensar en otra cosa. Tranquilízate, no seas idiota, que se te va a poner dura.
Las cuatro saltaron al agua entre carcajadas y empezaron a juguetear como si yo no existiera. La pelirroja nadaba y se sumergía justo delante de mis narices, y cada vez que sacaba el culo del agua el bikini se le metía entre las nalgas, y cada vez que se ponía de espaldas y flotaba, las tetas se le levantaban con los pezones asomando por la tela mojada. La polla se me puso dura como una piedra dentro del bañador.
Decidí salir del agua antes de que la cosa fuera a más. Pero al ponerme de pie noté el desastre: una erección de campeonato levantando el bañador como una tienda de campaña, la punta del glande marcándose contra la tela. Me giré rápido para ver si alguien se había dado cuenta y me topé de frente con la mirada de la pelirroja. Esta vez no apartó la vista. Se la clavó al bulto y sonrió de medio lado, relamiéndose el labio.
Mierda. Busqué una salida. El vestuario quedaba cerca, así que fui a esconderme ahí dentro a ver si conseguía bajar la polla antes de recoger mis cosas y largarme a casa con el rabo entre las piernas, nunca mejor dicho.
Me encerré en uno de los aseos, apoyé las manos en la pared azulejada y miré hacia abajo con desesperación. La polla asomaba por encima del elástico, roja y con la punta brillando de líquido. ¿Y ahora qué hago? Esto no baja ni a tiros. Me la agarré con la mano derecha y empecé a machacármela pensando en la pelirroja de rodillas chupándomela, cuando escuché un portazo en el vestuario. Voces. Risas contenidas. Me la solté a medio camino, sin haber terminado, y decidí salir lo más rápido posible, coger mis cosas y desaparecer antes de que nadie atara cabos.
Abrí la puerta y ahí estaba ella. La pelirroja, con los brazos en jarras, el bikini verde aún goteando, plantada en medio del pasillo como si fuera la dueña del lugar.
—Así que te la ibas a cascar, ¿no? —dijo mirando el bulto de mi bañador con una calma que daba más miedo que cualquier grito—. Enséñame la polla, mirón.
Negué con la cabeza, incapaz de articular palabra, e hice amago de pasar de largo. Entonces ella chasqueó los dedos y dos de sus amigas salieron de detrás de las taquillas y me agarraron cada una de un brazo.
—¿Qué hacéis? Soltadme —dije mirando a un lado y a otro a las dos mujeres que me sujetaban con una fuerza que no esperaba.
Notaba sus tetas mojadas apretadas contra mis brazos y, por absurdo que parezca en aquella situación, la polla me dio otro tirón y no me atreví a moverme. La pelirroja se acercó despacio, sin dejar de mirar el bulto que la tela seguía delatando.
—Si no me la enseñas por las buenas, será por las malas —dijo.
Y antes de que pudiera responder, levantó la rodilla y me asestó un golpe seco, exacto, en los huevos. El dolor me subió desde el estómago hasta la garganta. Se me doblaron las piernas hacia dentro y caí al suelo de baldosas frías mientras las risas de las tres se distorsionaban en mis oídos.
—Tranquilo, mirón —dijo agachándose a mi altura—. Tú querías espectáculo. Pues vas a tener espectáculo.
Aprovechando que apenas me tenía en pie, entre las tres me levantaron y me sentaron a horcajadas sobre uno de los bancos del vestuario, una pierna a cada lado, de modo que mi propio peso apretaba los huevos contra la madera. Me arrancaron el bañador de un tirón y la polla saltó al aire, aún medio dura, palpitando a la vista de todas. La que me había llevado al banco era una morena de hombros anchos que se movía como quien ha hecho esto antes.
—Mira la polla que se traía el pobre —dijo la rubia bajita de sonrisa cruel, y me la agarró con dos dedos, como quien coge algo asqueroso, y me la sacudió arriba y abajo entre carcajadas—. Y encima se le levanta con dos meneos. Menudo salido.
Una de ellas se sentó detrás de mí y me tapó la boca con la mano. A pesar del dolor, sentí sus tetas duras apretadas contra mi espalda, los pezones clavándoseme entre los omóplatos por encima de la tela mojada del bikini. No tenía fuerzas para nada. Solo quería que aquello terminara. Y a la vez, la polla no me bajaba.
La pelirroja, mientras tanto, se había quitado la parte de arriba del bikini —dejando dos tetas blancas, redondas, con los pezones rosados apuntando al frente— y la usó para atarme las muñecas a la madera del banco con una destreza que me dejó sin aliento. Pasó la tira entre las barras y apretó hasta dejarme inmovilizado contra el asiento, sin posibilidad de levantarme, con la polla tiesa apuntando al techo y los huevos aplastados contra el filo del banco.
—Estate quietecito —me susurró al oído, y me lamió el lóbulo con la punta de la lengua—. Si te portas bien, igual te dejo ir entero.
La rubia se sacó una chancla y empezó a azotarme las piernas, el bajo vientre y los cojones con la suela, golpes rápidos y secos que de no ser por la mano que me tapaba la boca habrían sonado en toda la piscina. Cada impacto era una descarga que me arqueaba la espalda, y aun así la polla no bajaba: rebotaba con cada azote, dando latigazos contra mi propio ombligo.
—Mírala, mírala cómo la mueve —se reía la morena, señalándome la polla que bailaba con cada golpe—. Le pega y se le pone más dura. Es un guarro.
Cuando la rubia se cansó, se apartó con una sonrisa de satisfacción en los labios. Me ardía la piel, las marcas rojas empezaban a dibujarse, y yo respiraba entrecortado contra la palma que me silenciaba, con la polla más dura que en mi vida y una gota gruesa de líquido preseminal resbalándome por el glande hasta el tronco.
Le tocó el turno a la pelirroja. Se colocó de espaldas a mí, una pierna a cada lado del banco, ofreciéndome una vista de su culo blanco y firme, con las nalgas partidas por el tanga verde clavado en la raya, que en cualquier otra circunstancia habría celebrado. Se bajó las bragas por debajo de las nalgas lo justo para dejar el coño al aire —un coño pelirrojo, con unos labios gordos y brillantes de humedad— y se dejó caer sobre mi regazo, aplastándome la polla contra la barriga con el peso de su culo caliente. Empezó a moverse de adelante hacia atrás, restregándome la raya del culo por el tronco, aplastando mis huevos contra la madera con cada vaivén de sus caderas.
Sus movimientos eran descaradamente sensuales y, sin embargo, era el peor castigo de la tarde. Sentía cómo se le abría el coño mojado contra mi polla, cómo los labios calientes me resbalaban de arriba abajo por el tronco sin dejarme entrar nunca, y a la vez cómo el peso me machacaba los huevos contra el banco. Empecé a sudar a mares. El dolor y las ganas de correrme se me mezclaban en un nudo insoportable en la boca del estómago. Tras unos cuantos balanceos más, se levantó y se giró sonriendo, con el coño brillando y un hilo de humedad colgándole entre los muslos.
—¿Habéis visto, chicas? —dijo señalándome la polla, que seguía tiesa y ahora empapada de sus jugos—. Mírale la cara. Yo creo que todavía le gusta. La tiene chorreando.
—Pues prueba a ver —comentó la que me sujetaba por detrás, sin destaparme la boca—. Sácasela a mano hasta que se corra, a ver si así aprende.
La pelirroja volvió a sentarse, esta vez de frente, con las piernas abiertas y el coño rojizo a un palmo de mi polla, y me agarró la verga con la mano derecha entera. Empezó a subir y bajar la mano por el tronco con una lentitud calculada, apretando el glande cada vez que llegaba arriba, dándole una vuelta con la palma como quien exprime una fruta. Poco a poco, contra toda lógica, mi cuerpo respondió a fondo: la polla se me hinchó todavía más, los huevos se me subieron pegados al cuerpo, y noté ese cosquilleo en la base que anuncia que ya no hay marcha atrás. Ella lo notó y aceleró el movimiento de su mano en aquella tortura a medio camino entre el placer y la agonía.
—Pero mira tú —dijo divertida, sin dejar de meneármela—. Al final resulta que el mirón disfruta. Anda, dime que quieres correrte, guarro. Dilo con la boca tapada y todo.
Yo gemía contra la mano de la otra, incapaz de decir nada, sacudiendo las caderas para meterle más polla en el puño. La pelirroja se agachó y me escupió un lapo espeso justo en la punta del glande, y la saliva le sirvió para deslizar la mano más rápido, haciendo un ruido húmedo y obsceno que retumbaba entre los azulejos.
—Escúchate, mirón. Escúchate cómo suena la polla al chapotear —susurró—. Esto lo van a oír tus vecinas.
Me llevó la cabeza contra sus tetas y aplastó mi cara contra sus pezones duros mientras seguía sacudiéndomela con la otra mano cada vez más deprisa, con la muñeca girando en la punta a cada bombeo. Yo jadeaba sin poder evitarlo, la boca abierta contra su piel salada, la lengua asomando sin pretenderlo para chuparle el pezón rosado que se le movía delante. El cuerpo me temblaba entero. Ya no sabía si lo que sentía era dolor, placer o las dos cosas a la vez fundidas en una sola.
—Que se corre, que se corre —dijo la morena con la voz cargada—. Mírale los huevos, se le han subido del todo.
Noté que estaba a punto de llegar al límite, retenido únicamente por la atadura que me apretaba contra la madera y por las ganas de aguantar un segundo más. La pelirroja lo percibió y apretó los dedos justo debajo del glande, formando un anillo, y con la otra mano empezó a sacudirme el tronco a toda velocidad, hasta que deshizo el nudo de su bikini de las muñecas en el momento exacto y la corrida me subió por dentro sin piedad. Solté un gruñido ahogado contra sus tetas y me corrí a chorros: el primer disparo salió lejos y le manchó el vientre y una teta; el segundo le cayó en la mano y le resbaló entre los dedos; el tercero y el cuarto se me quedaron colgando del glande en hilos blancos que ella recogió con dos dedos y me embadurnó por toda la polla y los huevos, ya vacíos, palpitando aún con las últimas sacudidas del orgasmo.
—Bien hecho, mirón —dijo limpiándose la mano llena de semen en mi pecho con una sonrisa, extendiéndomelo por encima de los pezones—. Espero que hayas aprendido algo. La próxima paja te la haces mirándote al espejo.
Se ató de nuevo la parte de arriba del bikini con una calma exasperante y, sin más, las tres salieron a toda prisa del vestuario dejándome ahí, atado, jadeando, con la polla aún goteando semen sobre la madera y las piernas manchadas de mi propia corrida.
***
Intenté levantarme, pero las piernas no me respondían. Conseguí deshacer la atadura y, haciendo un esfuerzo enorme, me puse en pie con un zumbido en la cabeza y un dolor de huevos que no me dejaba pensar.
De pronto la puerta del vestuario se abrió de golpe y entró la socorrista hecha una furia. Me miró de arriba abajo, se detuvo un instante en la polla colgante y pringosa, y torció la boca con una mezcla de asco y rabia.
—¡Las chicas tenían razón! —bramó—. ¡Cerdo asqueroso, mira cómo estás, todo lleno de leche! —y sin decir nada más me agarró del brazo y me arrastró hacia la salida sin la menor resistencia por mi parte.
Me sacó a la luz del sol, en pelotas, con la polla aún roja y brillando de humedad, a la vista de las cuatro mujeres y de las dos vecinas tumbadas, que se habían acercado al oír el alboroto. Ahí quedé, expuesto y humillado, sin saber dónde meterme.
Una de las vecinas, la menos amable de las dos, se acercó y me empujó al suelo entre insultos, llamándome pervertido, salido de mierda y un par de cosas peores. Las jóvenes se reían y se señalaban la polla como si fuera un espectáculo de circo. La socorrista me observaba con los brazos cruzados, satisfecha.
Y entonces la otra vecina, la del bikini rojo, la que me había parecido más sensata, se agachó a mi lado con un gesto suave, las tetas asomando por el escote del bañador a un palmo de mi cara.
—¿Estás bien? —preguntó con voz dulce.
La miré pensando que por fin había alguien cuerdo en aquella locura. Asentí levemente, sin poder evitar fijarme en el escote y en cómo se le marcaban los pezones bajo la tela mojada.
—Pues qué pena —dijo de golpe, cambiando la dulzura por hielo, y su mano voló a mis huevos y apretó con fuerza, retorciéndolos entre los dedos—. Te debería dar vergüenza mirarme las tetas después de lo que acabas de hacer, guarro.
—Eso, Carla, dale lo que se merece —la animó su amiga—. Aprietale ahí, al mirón. A ver si así se le quitan las ganas de sacarse la polla en público.
La tal Carla no me soltó los huevos. Tiró de ellos hacia arriba para obligarme a seguirla, y cada vez que amenazaba con caer, apretaba más fuerte, haciéndome dar un paso más de puntillas. Me llevó así, agarrado por los cojones, por todo el borde de la piscina hasta la puerta de la calle, mientras las otras aplaudían y silbaban.
—Si te vuelvo a ver por aquí, te las pongo de corbata —dijo dándome un último apretón que me dobló en dos y un empujón que me dejó de rodillas en plena acera, desnudo, con la polla colgando y la dignidad por los suelos.
Cuando por fin pude medio incorporarme, vi a la pelirroja salir un momento. Me lanzó la toalla y la mochila, pero se quedó el bañador en la mano y se lo llevó a la nariz, oliéndolo con los ojos cerrados y sonriendo.
—Esto me lo quedo de recuerdo, huele a semen —dijo. Luego se metió dos dedos en la boca, se los chupó despacio, se mordió el labio inferior y me lanzó un beso burlón antes de darse la vuelta y volver a meterse en la piscina, contoneando las caderas y con el culo respingón bailándole bajo el bikini, dejándome ahí tirado con los huevos más doloridos que había sentido en mi vida.
Me cubrí como pude con la toalla y me arrastré de vuelta a casa por las calles ardientes, encogido, mirando al suelo, con la polla dolorida rozándome contra la tela húmeda de la toalla a cada paso. Jamás vuelvo a esa piscina.
Y, sin embargo, mientras subía las escaleras de mi edificio con cada paso doliéndome los cojones, ya se me estaba poniendo dura otra vez pensando en la pelirroja, en su mano llena de mi corrida, en su boca sonriendo. Nada más entrar en casa me tiré en la cama y me hice la paja más brutal de mi vida, imaginándome que la próxima vez sería yo el que la ataba a ella y le metía la polla hasta el fondo del coño pelirrojo, hasta hacerla suplicar. Lo sé. Soy un caso perdido. Pero esa tarde aprendí algo que no pienso olvidar: a veces, el que mira termina siendo el espectáculo, y descubre que le gusta.





