Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La madura que me suplicó ser su amo esa Nochevieja

En septiembre, un grupo de amigos decidió organizar la fiesta de fin de año. Los dos que llevaban la voz cantante eligieron a los invitados sin consultar a nadie, basándose en quiénes les parecían menos remilgados, es decir, los más atrevidos y desinhibidos del grupo. Con ninguna de las parejas había tenido nunca nada serio, aunque sí algún roce casual. Acepté la invitación nada más volver de mi viaje por el sureste asiático, sobre todo porque el destino elegido era Gran Canaria, una zona del sur que conocía bien. Aproveché para adelantar mi llegada, con ganas de relajarme y reencontrarme con los demás.

Al aterrizar, alquilé un coche y subí hacia el norte de la isla con la intención de sorprender a un matrimonio amigo de mis padres. La sorpresa, sin embargo, fue para mí: él atravesaba una crisis que yo desconocía y apenas reconocía a nadie. Compartí un rato con su esposa y, viendo la situación, decidí no alargar la visita.

No era todavía mediodía. Desgastado por lo que acababa de ver, opté por bajar de nuevo a la costa y darme un baño en el océano. Me dirigí a una playa nudista conocida por sus acantilados y su tranquilidad, una de esas que nunca se llenan. Al llegar había muy poca gente y ese silencio me sentó bien. Saqué del maletero la bolsa que siempre llevo para estas ocasiones.

Entonces mis ojos se posaron en una pareja: él, un hombre delgado y un poco ajado, de más de cincuenta años; ella, una rubia con coleta alta y un trasero que, de espaldas, quitaba el sentido. Un regalo para la vista que me levantó el ánimo. Me coloqué a una distancia prudente y me desnudé. Mientras el hombre le hablaba, ella se giró despacio, como quien no quiere llamar la atención. Cuando su mirada cruzó la mía, supe que era Marina. La sorpresa fue mutua; tardó en reconocerme, y al hacerlo su cara reflejó la misma conmoción que sentí yo. Supuse que el hombre era su marido.

Marina trabajaba conmigo y siempre había sido un enigma. Su presencia jamás pasaba desapercibida: rubia, melena media, ojos azules intensos, un aire que recordaba a esas estrellas rubias de Hollywood, algo que ella acentuaba con peinados, gafas y una forma de vestir muy estudiada. Profesionalmente era impecable, dominaba su terreno con autoridad, y aunque algunos la temían o la envidiaban, su talento era innegable.

Marina no se andaba con rodeos ni dejaba que nadie la intimidara. Vestía a la última y su colección de bolsos y zapatos debía de ser legendaria. No era mujer que se sometiera a nadie, y su actitud desafiante tenía una explicación que descubrí con el tiempo: una posición económica que le permitiría no trabajar y un matrimonio sólido con un hombre acomodado.

A pesar de la química que siempre sentí, nunca crucé la línea. Mantenía la distancia, por prudencia o por respeto. Pero aquel encuentro despertó viejas tentaciones y la pregunta de qué habría pasado de haberlo intentado.

Ella se acercó sin dudar, con esa decisión y ese aire de superioridad que la definían, y me presentó a su marido. Verla desnuda, con esa figura imponente y la piel bronceada, despertó en mí una excitación que luché por contener. No sabía bien cómo actuar hasta que su marido me invitó a unirme a ellos, pues tenían una nevera, todo un lujo en aquella playa sin servicios. Acepté y dejé mis cosas junto a sus toallas.

Marina llevaba el control mientras su marido intervenía con discreción, mostrando un temperamento mucho más suave que la firmeza de ella. Me metí en el agua fría para bajar la calentura que arrastraba por dentro. Ella se unió a mí, y fue entonces cuando aprecié de cerca sus pechos, coronados por pezones oscuros y dos pequeños aros negros que apenas se distinguían. Mientras hablaba, mi mente estaba en otra parte, atrapada por la intensidad de su mirada. La tensión era palpable. Salí del agua y aparté la vista. Más tarde me invitaron a su casa, cercana, para quitarme la arena, pero me excusé. Quedamos en vernos para comer o cenar, una invitación que yo dejé abierta sin intención real de cumplirla.

***

Llegó la noche del 31 de diciembre y todos nos vestimos de gala para la cena y el cotillón en el hotel. Las mujeres estaban espectaculares, y una de ellas llevaba tonteando conmigo desde que pisé la isla. Antes de sentarnos hubo una recepción donde coincidimos con otros invitados, algunos conocidos y otros no. Y aquellas últimas horas del año me tenían reservada otra sorpresa.

Yo seguía con mi tonteo particular con Nuria, una mujer casada a la que conocía desde hacía años, igual que a su marido, Gonzalo. La sorpresa inesperada fue la aparición de Marina y su marido, Hugo. Un par de amigos se acercaron a saludarlos; los conocían de antes y se extrañaron al ver que nosotros también nos saludábamos, porque jamás nos habían relacionado.

Marina lucía un vestido corto azul, a juego con sus ojos, con un escote todo lo contrario a discreto y sin sujetador. Al fijarme en él, mi mente dio una sacudida. Llevaba una cadena de oro muy fina que se cerraba en un pequeño círculo, y de ese círculo nacía otra cadena igual de fina con un corazón diminuto y negro en el extremo. Un símbolo que conocía bien, el que suelen llevar muchas sumisas. Solo cabían dos posibilidades: que lo hubiera comprado por capricho, sin saber su significado, o que fuera precisamente lo que parecía. Un misterio que despertó mi curiosidad.

Me parecía improbable que Marina fuera sumisa; no tenía ni un solo rasgo de serlo, más bien lo contrario. Pero aquella noche era como si todo me sugiriera que nada era lo que parecía. Nos sentaron en la misma mesa, uno frente al otro, y a mi lado quedó Nuria, con un vestido largo y una abertura lateral que le trepaba casi hasta la cadera.

A medida que avanzaba la cena, entre Marina y Nuria se cargó una rivalidad discreta que producía una electricidad sutil. Marina, con su seguridad y su magnetismo, disfrutaba del juego silencioso de miradas conmigo, y claramente iba ganando. Su escote dejaba entrever el pecho que había visto en la playa, y mi imaginación volvía a hacer de las suyas bajo el mantel.

Al principio pensé que los roces de pierna de Nuria eran casualidad. Dejaron de serlo cuando, como sin querer, posó la mano sobre mi entrepierna y me notó completamente erizado. Tardó en reaccionar y retirarla; antes de hacerlo, apretó bien, y sus mejillas se pusieron rojas.

Durante la cena, los ojos de Marina se cruzaban con los míos con una intensidad que me hacía pesar cada palabra. El pequeño corazón negro colgaba como un secreto compartido solo entre nosotros, y la pregunta sobre su significado giraba sin descanso, mezclada con la intriga. Su marido irradiaba una calma firme, pero era evidente que ella llevaba la batuta. No era una pareja común: había capas que apenas empezaba a intuir, y la prudencia me decía que no volara demasiado.

***

Al terminar la cena, el ambiente se distendió. Sonó música movida, algunos se levantaron a bailar y otros salieron a fumar, entre ellos Hugo y Gonzalo. Marina se acercó a Nuria y a mí con una sonrisa cargada de promesas y me susurró algo que me erizó la piel: «Esta noche estás especialmente irresistible». No eran palabras para los demás, aunque Nuria alcanzó a oírlas. Me lo quité de la cabeza, convencido de que era solo un piropo, hasta que Nuria, cuando Marina se fue a por una copa, me dijo entre risas: «Menudo elemento la moza».

Me sonó el móvil. Era Elena, desde la península, donde ya había entrado el año nuevo. Como siempre, era la primera en llamar.

—¿A que no sabes con quién estoy celebrando el fin de año? —le dije.

—No empieces con adivinanzas. Si quieres me lo dices, y si no, ya sabes.

—Con Marina y su marido.

—¿Qué Marina?

—Marina, la del trabajo.

—Aléjate de ella, que te conozco y la puedes liar. Seguro que hay muchas otras dispuestas y que no te darán complicaciones.

—Mujer, tampoco será para tanto. No te alteres.

—Escúchame bien. No tengo nada contra ella, es inteligente y sabe llevar a su equipo. Pero es rara, y no es tan perfecta como todos creen. Mi olfato me dice que oculta algo. Hazme caso por una vez: no cruces la mirada con ella.

—Está bien, te haré caso.

Al principio le hice caso y me centré en Nuria. Volví del aseo y me la encontré con dos copas, ofreciéndome una. La acepté, y lo siguiente fue el beso que me dio. Luego me dijo al oído: «No te preocupes por tu amiguito de abajo, que más tarde lo voy a atender como se merece», y me mordió el lóbulo de la oreja.

Pero mis ojos volvían una y otra vez hacia Marina. Más allá de su porte dominante, empezaban a aflorar detalles sutiles. En un momento se separó del grupo y fue en busca de Hugo, que la miraba desde la distancia. Hablaban apartados de los demás, y aunque yo me hacía el desentendido, tenía la certeza de que hablaban de mí. Algo se cocía, algo tenían pensado. Esa intuición, lejos de restarle magnetismo, lo multiplicaba.

Campanadas, uvas, brindis. Marina llegó a felicitarme con dos besos cortos y nerviosos mientras su marido saludaba a otros.

—Vaya felicitación, por llamarla de alguna manera —le dije—. Espero que la mejores durante la noche.

Se quedó cortada, y de nuevo mis sensaciones me decían que estaba tan nerviosa que no supo qué responder.

***

Poco después la música se volvió más lenta. Nuria se deslizó hacia mí con un balanceo de caderas que era una promesa, pero justo cuando empezábamos a bailar, una amiga vino a avisarla de que su cuñada se había puesto mala. Y allí me quedé yo, solo y descompuesto.

Marina se acercó y, por primera vez, noté que bajaba un poco la mirada al hablarme, casi inclinando la cabeza, con un gesto reverencial impropio de ella.

—Perdón por cómo te he felicitado el año —susurró con una voz suave, muy distinta a su tono firme habitual—. Ha sido algo fuera de lugar.

Aquel susurro quebrado no era una rendición: era una invitación. La cogí para bailar; mejor dicho, la reclamé. Mi brazo rodeó su cintura con posesión, apretando su cuerpo contra el mío hasta que no quedó un milímetro de duda. Ella no cedió: se fundió. Con dos dedos atrapé el corazón que descansaba entre sus pechos.

—Bonito colgante. Desde que lo vi me llamó la atención. ¿Significa algo?

—Significa algo —respondió—. Y es para que lo descubras.

Mientras bailábamos fui girando, apartándola de la vista de su marido y del resto, hasta dejar una pared a mi espalda. Quien mirase solo la vería a ella de espaldas. Era mi momento: todo o nada. Subí la mano hasta su pecho derecho, la yema del índice trazó un círculo lento sobre la tela y encontró el pequeño bulto duro del aro. No lo pellizqué: lo poseí. Apreté con una presión calculada hasta sentir el pezón erguirse, duro como una perla, entre mis dedos.

Marina, la mujer que todos veíamos imponente, mostraba debajo una dualidad inesperada. Se mordió el labio, entreabrió la boca y susurró:

—Sabía que tenías que ser tú. Siempre lo he sabido. Quiero que seas mi amo.

Lo siguiente fue un jadeo ahogado, un sonido gutural que controló para que nadie lo oyera. Sus ojos, antes bajos, se clavaron en los míos sin sorpresa: era una mirada de autorización. Tiré del aro con suavidad, luego lo retorcí con un movimiento brusco que arqueó su espalda contra mí.

Cuando acabó la canción quiso marcharse, pero no la solté.

—Así que dices que lo sabías —le murmuré al oído, en un tono más serio—. Entonces también sabrás que esto no es un juego de salón. Que cuando digas «sí», será para todo. Para el control. Para el límite. Para el placer que duele y la calma que viene después.

Mi otra mano abandonó su cintura y descendió por la curva de su cadera hasta el borde del vestido. Mis dedos se colaron bajo la tela y encontraron, no la barrera de unas braguitas, sino la piel desnuda y empapada. Un gruñido casi inaudible escapó de su garganta.

—Esto no era un perdón —susurró—. Era un permiso. Y una forma de decirte lo que necesito.

Entonces hice algo que no dejaba lugar a la duda: retiré la mano. La separación fue brutal para ella; lo leí en su mirada desconcertada. La tomé del brazo con una firmeza que era una orden.

—El baile ha terminado. Tú quieres un amo. Si es eso lo que quieres, serás mi sumisa, a mi gusto y a mis órdenes. Pero esto no se negocia en una pista de baile, rodeados de miradas ajenas. Vienes conmigo. Ahora. Sin preguntas. O esto termina aquí y mañana volveremos a ser lo que éramos.

La solté. Di un paso atrás, rompiendo el contacto. Vi el conflicto en sus ojos: el miedo, la prudencia, el peso de su vida entera colgando de esa decisión. Pero debajo, más feroz, ardía el mismo fuego que había sentido bajo mis dedos. Una sonrisa lenta, de complicidad salvaje, asomó en sus labios. No dijo nada. Asintió con un movimiento casi imperceptible y dio un paso firme hacia mí, el paso de quien cruza un umbral dispuesto a todo.

***

Le tomé la mano y la conduje hacia un pasillo lateral, una zona de servicio apenas iluminada. Empujé la puerta de un cuarto de almacén lleno de cajas, con una mesa y una lámpara de luz amarillenta. Olía a lejía, un contraste brutal con su perfume. Era el escenario perfecto: sórdido, real, sin florituras. Al cerrar, el ruido de la fiesta se redujo a un murmullo lejano. Solo se oían nuestras respiraciones.

—Esto no va de caricias lentas —le dije mientras me quitaba la chaqueta y ella retrocedía hasta que su espalda rozó la pared fría—. Va de verdad. De posesión. Y te quiero follar, que llevo demasiado tiempo deseándote. Aquí. Ahora. Contra esta pared. Pero primero…

Con un movimiento rápido y controlado solté su vestido y lo dejé caer al suelo. Quedó completamente desnuda, subida a sus tacones. Esta vez el gruñido se me escapó a mí.

—Primero necesito marcar mi dominio. Necesito ver esa piel temblar bajo mi mano.

Giré su cuerpo con firmeza, sin espacio para la resistencia, y la coloqué de cara a la pared, con las palmas apoyadas en la superficie áspera.

—No vas a contar. Vas a aguantar. Y vas a quedarte quieta. Si te mueves, empezamos de nuevo. ¿Está claro?

No esperé respuesta. Mi mano derecha se alzó y descendió con una fuerza controlada pero implacable. El sonido fue seco, nítido, y resonó en la habitación. Un temblor recorrió su cuerpo y un jadeo a medias de sorpresa y excitación brotó de ella. Una marca roja empezó a florecer en su piel. No le di tregua. Llegaron los siguientes, secos y rotundos. Sus nalgas se estremecían y sus nudillos se ponían blancos contra la pared.

Me detuve, no por compasión, sino para saborear el momento. Con la punta de los dedos tracé el contorno de las marcas, sintiendo el calor que irradiaban. Ella se estremeció.

—¿Duele?

—Sí —jadeó.

—Me gusta que te duela. A partir de ahora me obedecerás en todo y harás lo que yo quiera.

—Te obedeceré en todo, mi amo. Qué ganas tenía de poder decirlo.

Le di un par de azotes más concentrados, justo donde la curva de la nalga se encuentra con el muslo. El sonido fue más profundo y le arrancó un grito corto. Su cuerpo se sacudió hacia delante, pero sus manos no se movieron. Obedecía. Después de aquel grito gutural llegaron los gemidos.

Me arrodillé detrás de ella, separé sus nalgas con firmeza y la encontré completamente empapada; no me habría hecho falta ni tocarla. No había tiempo para más preliminares. Me levanté, me solté el cinturón y bajé la cremallera. Liberé mi erección, que golpeó la carne enrojecida y caliente de sus nalgas. Marina lo notó arder y un temblor profundo, casi convulsivo, la recorrió. Con las manos aferré su cadera, la coloqué en la posición exacta y, con un solo empuje, me hundí en ella hasta el fondo.

Gritó. Un sonido nada fingido llenó la habitación.

— Qué me has metido… cómo me arde —chilló conteniéndose para no levantar la voz.

Su interior era fuego y terciopelo, tan ajustado que en algunos momentos el placer me dejaba sin aliento. Empecé a moverme con embestidas largas, profundas y deliberadas, saliendo casi del todo antes de volver a hundirme con la misma fuerza. Cada empuje la estrellaba contra la pared. Era un ritmo primitivo, la descarga de un deseo que había hervido durante demasiado tiempo.

—Esto es lo que querías —gruñí en su oído—. Pues esto es lo que te mereces.

Mis manos pasaron de su cadera a sus pechos, a los aros. Cada embestida le arrancaba palabras rotas.

—¡Más…! ¡Más fuerte! ¡No pares! ¡Siempre seré tuya!

Sus palabras avivaron el fuego. Cambié el ángulo y redoblé la fuerza, haciendo temblar los estantes metálicos.

—¿Y qué eres? ¡Dilo!

—¡Tu puta! ¡Siempre tu puta! ¡En la oficina, en la calle, en todas partes! ¡Solo tuya!

Sus piernas empezaron a flaquear. Le agarré el pelo, tiré de su cabeza hacia atrás y mordí su hombro, una marca de posesión. Bajé la mano derecha por su vientre hasta encontrar el centro empapado de su placer y lo presioné en círculos, sincronizado con mis embestidas más profundas. El efecto fue instantáneo. Su interior se convulsionó a mi alrededor en espasmos apretados que me arrastraron.

—Cuando salgamos, le dirás a tu marido que eres mía. Que yo soy tu dueño. Que esto… ¡me pertenece!

—¡Sí…! ¡Se lo diré! ¡Se lo gritaré! —respondió entre temblores, los ojos perdidos en el éxtasis.

El orgasmo nos alcanzó a la vez. Un rugido desgarró mi garganta mientras me vaciaba en lo más hondo de ella, mis convulsiones mezclándose con los últimos espasmos de su placer. Nos desplomamos contra la pared, jadeando, empapados en sudor.

***

Pasamos a un silencio pesado, roto solo por nuestras respiraciones. Sin una palabra, nos arreglamos la ropa como pudimos. Ella se estremeció cuando la tela rozó sus nalgas marcadas. Regresamos al bullicio y, por lo que pude ver, nadie sospechaba nada, salvo quien se fijara en el brillo furtivo de sus ojos y en cómo se aferraba a mi brazo, no como una compañera, sino como una pertenencia.

Fuimos a la barra. Marina me hablaba con la misma corrección de toda la noche, guardando incluso las distancias. Es difícil sorprenderme, pero lo que pasó a continuación lo consiguió, porque pensaba que lo dicho en el fragor de la follada se quedaría allí.

Vi asomar en ella una pequeña sonrisa perversa. Creí que iba dirigida a mí, pero me equivoqué: era para Hugo, que llegaba por mi espalda. Marina hizo que se acercara y, una vez que estuvimos los tres solos, le dijo sin más:

—Hugo, Adrián me acaba de dar la mejor follada de mi vida. Así que ya lo sabes. Este cuerpo ya no es tuyo. Es de Adrián, para que lo use cuando quiera. Y tú… tú solo vas a mirar.

Esperé la reacción de su marido. No hubo ira ni sorpresa, solo una resignación profunda y, extrañamente, algo parecido al alivio. Tragó saliva y sus labios formaron unas palabras que solo ella y yo oímos con claridad.

—Está bien, ama —murmuró, apenas un hilo de voz—. Lo que tú digas. Lo que él diga.

Aquella rendición instantánea lo selló todo. No era un marido enfadado; era un espectador consciente de su papel. Marina giró sobre sus tacones con una sonrisa de triunfo y volvió a enlazar su brazo con el mío.

—¿Ves? No pinta nada. Solo somos tú y yo —dijo, muy convencida.

Cuando se acercó la hora de cerrar, se levantó con una elegancia recuperada. Su marido la imitó como un reflejo automático. Ella se acercó a mí y, esta vez, en lugar de un beso, me ofreció un roce de mejillas y un susurro al oído.

—Hasta que nos veamos en la oficina, jefe.

El título ya no era una formalidad, sino una promesa.

—Allí seré quien tú quieras que sea —añadió—. La secretaria eficiente, la nueva torpe que necesita ayuda con el archivo… o la que se esconde bajo el escritorio a la hora del almuerzo. Tú dime el papel, y yo lo interpreto.

Me separé lo justo para verle los ojos. Brillaban con una lealtad perversa y una excitación apenas contenida. Asentí una vez, con la certeza de quien sabe que todo acaba de empezar.

Lo pensaré, me dije. Y se lo dije también a ella, en voz baja y cargada de intención.

Ver todos los relatos de Maduras

Valora este relato

Comentarios(6)

Fercho_GBA

Increible, me tuvo enganchado de principio a fin. Sigue subiendo por favor!!!

NocheVieja22

Qué mejor escenario que nochevieja para una historia asi jajaja. Tremendo

ClaudioPaz

muy bueno, gracias

ValePardo

Lo que mas me gusto es que el personaje de ella esta muy bien construido, no parece un estereotipo. Se siente real. Bravo

Dariela88

Me quede con ganas de mas... hay segunda parte?

PedroNK

Me recordo a una situacion parecida en un viaje de empresa, aunque en mi caso no paso nada jajaja. Excelente relato

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.