La reina del club me enseñó a obedecer
El Santuario hervía esa noche. El aire pesaba a cuero recién estrenado, a sudor limpio y a perfume caro que no terminaba de tapar el olor a sexo. En el escenario central, una pareja ataba cuerdas en vivo bajo un foco rojo, y el público murmuraba con esa mezcla de respeto y deseo que solo provoca lo prohibido. Pero la verdadera función no era esa. La sala reservada esperaba a Roxana, y Roxana salía a medianoche.
Mientras tanto, en el camerino número cuatro, ella se preparaba sin prisa.
La luz ámbar caía oblicua sobre su cuerpo. Llevaba un corsé negro de cuero y encaje que apenas contenía el peso de sus pechos, generosos y firmes para sus años, con los pezones marcados contra la tela tensa. Debajo, un tanga fino que desaparecía entre las nalgas. Medias de rejilla hasta medio muslo y tacones de aguja que le añadían quince centímetros a su metro sesenta.
Se observó en el espejo de tres cuerpos, giró sobre los talones y se dio una palmada en el muslo que sonó seca.
—A mis sesenta y siete sigo poniendo más nerviosos a los hombres que cualquiera de estas crías de veinte —dijo en voz baja, con esa voz grave que parecía salir directamente del estómago.
Se inclinó hacia el espejo, separó un poco las piernas y se deslizó una mano por debajo de la tela. Cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, su reflejo le devolvía la mirada de alguien que sabe exactamente lo que quiere.
—Y todavía ni he salido al escenario.
Lo que no esperaba era a Damián.
El chico tenía veintiocho años, piel morena y un cuerpo de gimnasio que contrastaba con la timidez con la que caminaba. Un amigo del equipo de seguridad le había prometido que, si se portaba bien, podía «echar un vistazo» al pasillo de artistas. Damián se perdió entre puertas idénticas, empujó una mal cerrada y se quedó clavado en el umbral.
La escena lo golpeó de lleno: Roxana de espaldas, inclinada hacia el espejo, una mano trabajando entre sus piernas y la respiración entrecortada. El reflejo se la mostraba completa, sin que ella pareciera darse cuenta.
Salvo que sí se había dado cuenta.
Lo vio en el espejo. No se sobresaltó, no se cubrió, no gritó. Al contrario: una sonrisa lenta se le dibujó en la cara, la sonrisa de quien acaba de oler algo que le gusta. Se giró muy despacio, dejando que él asimilara cada detalle, y avanzó hacia la puerta con pasos medidos.
—¿Te gusta el espectáculo privado? —ronroneó, deteniéndose a un palmo de él—. ¿O es que nunca habías visto de cerca a una mujer que sabe lo que hace?
Damián tragó saliva. Intentó decir algo y solo le salió un balbuceo torpe.
Roxana levantó un dedo —el que acababa de tener entre las piernas— y se lo apoyó en los labios.
—Calla. No vas a hablar. Vas a mirar, y vas a aprender.
El dedo sabía a ella, a sal y a calor, y Damián no se atrevió a apartarse. Sintió el roce de las uñas largas contra su labio inferior, una presión mínima que era a la vez caricia y amenaza. Toda la seguridad que el chico cargaba en los hombros del gimnasio se le escurrió en ese instante. Allí, en ese camerino diminuto, el cuerpo grande no servía de nada: mandaba la mujer que apenas le llegaba al pecho.
Lo agarró del cuello de la camiseta y tiró de él hacia dentro. La puerta se cerró de una patada con el tacón. Lo empujó contra la pared acolchada y se quedó mirándolo de arriba abajo, como quien evalúa una compra.
—Desnúdate. Despacio. Quiero verte dudar.
Él obedeció con manos temblorosas. La camiseta cayó al suelo, después el pantalón, después la ropa interior. Estaba completamente excitado y completamente avergonzado de estarlo, lo cual a ella pareció divertirle todavía más.
—Mírate —dijo, rodeándolo lento—. Todo ese cuerpo desperdiciado en alguien que no se atreve ni a mirarme a los ojos. Eso lo vamos a arreglar esta noche.
Con un movimiento experto se soltó el corsé. La prenda cayó y sus pechos quedaron libres, pesados, con los pezones oscuros y endurecidos. Se pellizcó uno sin apartar la vista de él y dejó escapar un suspiro ronco que era, en partes iguales, placer y advertencia.
—De rodillas.
Damián cayó al suelo como si la orden hubiera cortado los hilos que lo sostenían. Roxana se sentó en el borde de la mesa de maquillaje, abrió las piernas y apartó la tela hacia un lado.
—Despacio al principio. Quiero sentir cómo aprendes. Si lo haces mal, lo notarás.
Él acercó la cara. El olor lo mareó, intenso y cálido. Sacó la lengua y la pasó con cuidado, de abajo arriba, tanteando el terreno. Roxana echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un sonido grave.
—Así. Otra vez. Más arriba… ahí.
Le hundió los dedos en el pelo y empezó a marcarle el ritmo, sin violencia pero sin permitirle separarse. Damián entendió el juego: no mandaba él, no decidía él, solo obedecía y leía las señales del cuerpo que tenía delante.
—Buen chico —murmuró ella, y la frase lo recorrió entero como una corriente—. Aprendes rápido cuando alguien te enseña con mano firme.
Cuando notó que el placer empezaba a desbordarla, lo apartó de golpe, tirándole del pelo hacia atrás.
—No tan rápido. Lo fácil no se merece. Levántate.
Damián se incorporó con las piernas flojas. Ella lo empujó hacia una butaca amplia de terciopelo y se sentó encima, a horcajadas, sin prisa, dejando que él sintiera el peso entero de su cuerpo. Le sostuvo la cara con una mano para obligarlo a mirarla.
—Tú no te mueves. Yo decido cómo y cuándo. ¿Entendido?
—Sí —consiguió decir él, con la voz quebrada.
—Sí, ¿qué?
Damián dudó un instante.
—Sí… señora.
La palabra pareció encajar en algún sitio dentro de él, un cerrojo que no sabía que tenía y que ahora alguien había abierto. Roxana lo notó. Lo notaba todo: la respiración acelerada, las pupilas dilatadas, la manera en que el chico buscaba sus órdenes como quien busca aire. Llevaba demasiados años leyendo hombres como para que se le escapara uno tan transparente.
Roxana sonrió, satisfecha, y empezó a moverse. Lento, midiendo, dejándolo al borde y retirándose, una y otra vez, hasta que él tuvo que clavar las uñas en el terciopelo para no terminar antes de tiempo. Cada vez que lo veía contenerse, ella aceleraba un poco más solo para volver a frenar.
—No te corras. Ni se te ocurra hasta que yo lo diga.
—No sé si voy a poder —jadeó él.
—Vas a poder. Porque si no, no te dejaré tocarme nunca más. Y créeme, después de esta noche, vas a querer volver.
Le acercó un pecho a la boca.
—Ahora sí. Cuida lo que muerdes. Si me haces daño del que no me gusta, esto se acaba.
Damián cerró los labios sobre el pezón con cuidado, atento a cada reacción de ella, aprendiendo a medir la fuerza por el sonido de su respiración. Roxana arqueó la espalda y aceleró el ritmo de las caderas.
—Eso es… justo así.
Se levantó de pronto, lo dejó jadeando, y se apoyó de espaldas contra la mesa de maquillaje, las manos en el cristal frío.
—Ahora te toca trabajar a ti. Pero recuerda quién manda, aunque sea yo la que esté de espaldas.
Damián se colocó tras ella. Por primera vez en toda la noche tuvo una pizca de iniciativa, y ella se lo permitió, curiosa por ver qué hacía con esa libertad prestada. La sujetó por las caderas y empezó a moverse, primero inseguro, después con más decisión a medida que la oía responder.
—Más firme. No tengas miedo de mí. Aunque deberías.
Él le hizo caso. El sonido en la habitación se volvió obsceno: piel contra piel, respiraciones rotas, alguna palabra suelta que ninguno de los dos terminaba. Roxana se sostenía con una mano y con la otra se acariciaba a sí misma, marcando su propio ritmo dentro del de él.
—Voy a llegar —avisó ella, con la voz tensa—. Y cuando yo lo haga, recién entonces tienes permiso. Ni un segundo antes.
El orgasmo la atravesó en una tensión que le recorrió toda la espalda. Cerró los ojos, apretó los dientes y dejó escapar un grito grave que seguramente se oyó en el pasillo. Solo entonces giró la cabeza y lo miró por encima del hombro.
—Ahora. Termina.
Damián obedeció la última orden con un gemido ahogado, hundido contra ella, vaciándose con un alivio que tenía tanto de placer como de rendición. Se quedó así unos segundos, sin fuerzas, apoyado en su espalda.
Roxana se separó sin prisa, se giró y le sujetó la barbilla con dos dedos.
—Nada mal para ser la primera vez que alguien te enseña de verdad.
Recogió el corsé del suelo, se lo ajustó con la misma calma con la que se había desnudado y se miró al espejo por última vez. Se recolocó un mechón, se humedeció los labios y se ajustó la tela sin molestarse en limpiarse del todo.
—Vístete. Ve al bar, pide algo y espera sentado donde pueda verte. Salgo al escenario en media hora.
Damián seguía intentando recuperar el aliento.
—¿Y después?
Roxana se detuvo en la puerta y lo miró por encima del hombro con esa sonrisa que ya empezaba a reconocer.
—Después, si te has portado bien, te llevo a la suite nueve. Y allí vamos a ver de verdad cuánto aguantas. Esta noche solo ha sido el examen de entrada, pequeño.
Le guiñó un ojo, abrió la puerta y salió contoneándose, dejando tras de sí un rastro de perfume caro y la certeza, en el cuerpo de Damián, de que acababa de cruzar una puerta por la que ya no querría volver.
Se quedó sentado en la butaca, con el corazón disparado, mirando la puerta cerrada. Por primera vez en su vida no se sentía avergonzado de lo que deseaba. Se sentía elegido. Y supo, mientras se vestía con manos todavía torpes, que iba a obedecer cada una de las órdenes que aquella mujer quisiera darle.