Desperté marcada en un piso que no era el mío
Estaba soñando que unas manos recorrían mis pechos y unos dedos se abrían paso dentro de mí. Movía las caderas hacia arriba, buscando que el intruso llegara más hondo, todavía atrapada entre el sueño y la vigilia. Cuando por fin abrí los ojos, entendí que no había ningún sueño.
Desorientada, vi a dos hombres jóvenes sentados al borde de la cama, mirándome con una mezcla de deseo y torpeza, las manos aún tibias sobre mi piel. Solté un grito que los hizo apartarse de golpe y ponerse de pie.
—¿Dónde estoy? ¿Qué pasa? —pregunté, tapándome con la sábana.
Enseguida apareció mi amo Tato y los regañó. Los dos parecían más asustados que yo.
—Fuera de aquí, par de inútiles. Os dije que no la despertarais ni la tocarais. ¿No sabéis que esta mujer es mía? Ni siquiera os habéis presentado. Son mis compañeros de piso, Leo y Marco. Como yo, trabajan de noche en hostelería.
—Hola, Marina, perdona si te asustamos —dijo el más alto—. Pero estabas ahí, desnuda, con esas marcas en la espalda, y no somos de piedra.
El otro asintió, igual de incómodo. Yo apenas los escuchaba, porque acababa de descubrir algo que me inquietó más que ellos.
***
Sobre mis pechos había trazos rojos y negros que se unían en el vientre y bajaban hasta el pubis, como si cuatro dedos manchados hubieran recorrido todo mi cuerpo mientras dormía. Me asusté pensando que era sangre, pero Tato me tranquilizó.
—No es nada malo. Es pintura. Un hombre hizo un rito sobre ti anoche, mientras dormías profundamente. Cuando te duches, desaparece. Luego te lo explico.
La habitación olía a incienso, ese aroma denso que se usa en las ceremonias. Estaba en una casa que no conocía, con tres hombres, y alguien había pintado mi cuerpo durante la noche sin que yo me enterara. Por más que pregunté, Tato no soltó prenda. Insistió en que esa tarde su jefe, Esteban, y él me lo contarían todo.
—Has dormido hasta tarde, ya es la una. Ahora dame los buenos días como tú sabes —dijo, acercándome la cara a su entrepierna y levantándome la cabeza por la nuca.
No preguntó. Ya daba por hecho que ese era mi saludo. Empecé a chupársela, sujetándola con una mano mientras él me hundía los dedos de la otra y me rozaba el clítoris. Por la puerta abierta volvían a asomarse Leo y Marco. Tato, de espaldas, no podía verlos. A mí me excitaba sostenerles la mirada mientras se sacaban la polla y se masturbaban observándome.
Al caribeño le pareció que yo no ponía suficiente interés —arrastraba todavía la resaca de la noche anterior— y, sacando los dedos de mi sexo, me agarró por la cabeza y me folló la boca con fuerza, sin retirarse hasta que tragué todo. Me dejó a medias, con las ganas intactas. Mi cuerpo dolorido seguía resentido del trato de la noche en el club.
Los dos mirones, que ya habían visto mi cintura marcada y los azotes, se miraron entre ellos como confirmando que tenían delante a una esclava que disfrutaba de ser dominada. Me mojaba cada vez que alguien reconocía esa parte de mí. Antes de que Tato los pillara, se retiraron a aliviarse a otro lado.
—Voy a la farmacia a por una pomada. Con un buen masaje espero que se vayan esas marcas. Ducha, deja el culo a punto con el tapón puesto, y después comemos.
Salió de la habitación. Lo oí advertir a los otros desde el pasillo:
—Voy a por crema para mi putita. Hacéis la comida y ni se os ocurra tocarla.
***
No le hicieron ningún caso. En cuanto la puerta del piso se cerró, los dos volvieron a la habitación y se lanzaron sobre mí sin dejarme levantar. Uno se sentó a horcajadas sobre mi pecho y me llenó la boca; el otro se arrodilló entre mis piernas, las apoyó sobre sus hombros y me penetró sin contemplaciones. Me sacudían como a una muñeca de goma y se corrieron uno tras otro, tan rápido que de nuevo me dejaron con las ganas. Para ellos, una mujer así solo servía para dar placer; el mío no contaba.
En cuanto terminaron, casi me cargaron en volandas hasta el baño para que no manchara la cama. Me metieron en la ducha a toda prisa, con una toalla y el champú. Marco, tirando de los aros de mis pezones, me advirtió:
—Ni se te ocurra decirle a Tato que te hemos follado.
Le tenían miedo y respeto. Me duché pasándome las manos por los verdugones, esa mezcla rara de dolor y placer. Cuando me vi en el espejo, el cuerpo cruzado de marcas por todas partes, algo se encendió. Me froté el clítoris hasta estallar en el orgasmo que tenía pendiente, cuidando que mis gemidos no se oyeran. Me quedé un rato contemplándome desde todos los ángulos.
***
Cuando Tato volvió, los otros dos estaban en la cocina preparando la comida como si nada. Salí de la ducha envuelta en la toalla, pero él me la quitó y la dejó sobre una silla. Antes me hizo inclinarme con las manos sobre la mesa para comprobar que el plug seguía dentro, y lo empujó hasta el fondo, arrancándome un suspiro.
—Buena chica. Lo vas a necesitar, porque luego uso este culo y lo quiero preparado. Mientras estés aquí, vas desnuda y solo con los tacones, para que se te vea mover el culo al andar. Siéntate. Tú eres la invitada, no quiero que gastes energía si no es para darnos placer.
Me senté desnuda mientras ellos ponían la mesa, lanzándome miradas cada vez que pasaban, con esa sonrisita de complicidad por su travesura. Mi cabeza, en cambio, ya estaba en otra cosa: en aquella verga descomunal de mi amo que más tarde estaría a mi disposición.
Comimos unos macarrones que me supieron a gloria del hambre que tenía. Después del segundo, el postre y los cafés, recogieron la mesa, extendieron mi toalla encima con un cojín y Tato me hizo tumbarme boca arriba, estirada del todo.
—Ahora un buen masaje, hasta que desaparezcan estas malditas rayas. No quiero problemas con el jefe.
***
Los tres se desnudaron. Las pollas de Leo y Marco, al lado de la del caribeño, parecían de juguete. Se colocaron a los costados, untaron los dedos con la crema y los pasaron por los verdugones. Tenía seis manos encima, masajeándome sin parar. Empecé a relajarme; era un placer hondo y lento.
Insistían en mis pechos, que subían y bajaban con la respiración agitada, y también en el pubis, abriéndome los labios, con algún dedo colándose dentro. Como era de esperar, tanto contacto acabó con tres erecciones que, por turnos, terminaban en mi boca. La que no estaba entre mis labios estaba en mis manos. Estallé en varios orgasmos, sobre todo cuando le tocaba el turno a Tato y me llenaba la boca de verdad.
Me acariciaban los pechos tirando de las anillas y tiraban del colgante que atravesaba el capuchón de mi clítoris, todavía inflamado y sensible por el castigo de la noche anterior. Pero ni con el masaje de frente y de espaldas las marcas se borraban. Al ver que era inútil, me bajaron de la mesa.
—Venga, ponte a trabajar —ordenó Tato—. Quítate el tapón, siéntate de espaldas sobre mi polla y te la vas metiendo entera.
Encajarme aquello en el culo no era tarea fácil, pero con la abertura ya trabajada por el plug y la crema del masaje, dejándome caer poco a poco y soltando algún aullido, entró del todo. Leo y Marco me miraban extasiados, sentados a cada lado del sofá, sin dejar de tocarme mientras yo cabalgaba ensartada. Así pasó parte de la tarde, follada por los tres.
***
Hacia las cinco o las seis —ya había perdido la noción del tiempo— Tato me dijo que me duchara y me vistiera, que volvíamos al hotel. Me puse la poca ropa con la que había llegado: una minifalda tejana cortísima y una camiseta recortada justo bajo los pechos. Apenas me tapaba; las marcas de los muslos, el vientre y la espalda quedaban a la vista.
Bajar a la calle con esa pinta, marcada y con un hombre al lado, no pasó desapercibido. Peor fue cruzar el vestíbulo del hotel. Los recepcionistas y algunos clientes me comían con la mirada. Para los empleados yo ya era «la del hotel»: me habían visto subir y bajar con varios hombres distintos a lo largo de esos días.
En la habitación me desnudé, como tenía ordenado siempre que esperaba a Esteban. Entró sin llamar, con la tarjeta que le había dado mi novio Raúl, y me pilló con la verga de Tato en la boca. Al verme las marcas, se quedó parado.
—¿Quién te ha azotado de esta manera?
Tato se adelantó.
—Jefe, ayer la llevé al local de Omar y, sin que yo me enterara, unos clientes la marcaron con un látigo.
—Eres un inútil. Te dije que podías disponer de ella, pero ¿a quién se le ocurre llevarla a un sitio así? Esta mujer tiene más categoría.
—Tienes razón, jefe. Pero seguro que te da más morbo follarte a una puta marcada.
—¿Y cómo se la devuelvo mañana a Raúl en este estado?
—No te preocupes. Él también la azota, no le va a extrañar.
—Más vale, porque me interesa tenerlo de mi lado.
***
Con esos dos todo eran incógnitas. Primero un rito desconocido, ahora unos planes en los que yo era la moneda. Lo olvidé en cuanto Esteban sacó un fajo de billetes.
—Aquí tienes los tres mil euros que acordamos con Raúl, y quinientos más de propina por los servicios. Eres una máquina de producir dinero. Lástima que te vayas.
Le agradecí el detalle con un beso. Con eso y lo que había ganado esos días, me volvía a casa con más de cinco mil euros, aunque apenas hubiera pisado las playas de la isla.
Se sentó en la cama y me hizo ponerme de pie frente a él. Manipulando entre mis piernas, desenganchó el colgante metálico con forma de dragón que pendía del aro de mi clítoris.
—Ya te dije que en la mitología china el dragón es signo de riqueza, y no me equivoqué. Tu coño me lo ha demostrado. Ahora toca devolverte a tu amo tal como viniste, aunque más follada y más zorra.
—Y que lo digas. No he parado desde que llegué. Ya perdí la cuenta de cuántas pollas atendí.
En su lugar enganchó la medallita de propiedad que siempre llevo, con las iniciales de mi amo. Por un lado lo agradecí, porque la figura del dragón me molestaba con cada movimiento; por otro la echaría de menos, porque ese mismo peso me rozaba sin parar el clítoris.
—Ahora siéntate y escucha por qué amanecías pintada. Sabes que soy aficionado a la mitología, y Tato, como caribeño, es devoto de los ritos. Anoche vino un hombre a poner tu cuerpo y tu espíritu bajo protección, invocando a Pomba Gira para retenerte y que trabajes para nosotros.
—Me hablas en chino. No entiendo nada.
Entonces me mostró en el móvil lo que significaba aquel galimatías. Pomba Gira, leí, es un espíritu rebelde de origen afrobrasileño, venerado para que las mujeres no abandonen los burdeles, pero también para protegerlas. La mitología la describe como una mujer adelantada a su tiempo, bella e inteligente, que se enfrentó a la vida con valentía y un enorme poder de seducción.
Una inquietud me recorrió al leerlo, pero al mismo tiempo me vi reflejada en esa definición. Esa diosa consideraba a las mujeres como yo unas elegidas.
—¿Entonces yo soy una Pomba Gira?
—Exacto. Una mujer excepcional.
El halago me gustó y me infló el ego, ya de por sí grande. Esteban siguió, mientras Tato lo escuchaba atento.
—Queremos que te quedes aquí y trabajes para nosotros. Tendrías una casa, y si quieres, Tato viviría contigo, cuidándote y controlando a los clientes. De lunes a viernes trabajarías en una habitación acondicionada; viernes y sábado, en la discoteca, de gogó y atendiendo a quien te solicite. Ya lo probaste: ni trabajo ni dinero te faltarían. Iríamos al cincuenta por ciento, con los gastos pagados. ¿Qué te parece?
Me gustaba lo que oía, pero suponía un cambio radical. Nada me retenía, salvo mi novio y amo, Raúl.
—No está mal, pero tengo que pensarlo. Habría que dejar a mi amo, y ahora mismo tengo asuntos pendientes que dependen de él. En unas semanas os doy la respuesta.
—Si es que sí, te aseguro que no te arrepentirás.
***
La idea de tener aquella verga que tanto veneraba siempre a mi disposición no me disgustaba en absoluto. Y menos aún la de someterme como esclava sexual a aquel hombre. Mi lado sumiso necesitaba a alguien que dispusiera de mí sin pedir opinión, que me tratara con dureza; hasta la dependencia de entregarle parte de mi dinero me seducía.
Todo eso lo había vivido esos días, y me había producido un morbo enorme. Estaba dispuesta a servir y obedecer sin condiciones. Sentía que ese era el camino, sin vuelta atrás, y sabía que ese nivel solo lo alcanzaría con Tato, no con Raúl.
Por un lado me remordía la conciencia: Raúl siempre me había dado lo que necesitaba. Pero mis exigencias habían crecido mucho en esos días, y ahora solo Tato podía colmarlas. Por otro lado, era Raúl quien me había llevado hasta ese punto del que ya no quería ni podía salir. Me costaba admitirlo, pero me encantaba llegar a esa conclusión. Una vez más, mi sexo pensaba por mi cabeza.