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Relatos Ardientes

La sumisa del ático me abrió a medianoche

Las ventanas de mi dormitorio seguían abiertas cuando terminé la copa que ella había dejado a medias. El aire nocturno entraba despacio, pero no bastaba para sacar del cuarto el olor espeso a sudor, saliva y sexo que había dejado flotando. Sonreí al imaginarla regresando con la cabeza todavía revuelta, intentando disimular ante su madre un retraso imposible de explicar.

Encendí el portátil y me puse a revisar lo que había guardado aquella tarde. Entre mensajes triviales y fotos repetidas apareció lo interesante: una amiga suya le había escrito varias veces, insistiendo con curiosidad morbosa sobre cómo le había ido con el «hombre mayor» del que tanto le había hablado. Yo ya estaba caliente antes de abrir nada, pero lo que vi me puso la polla dura de golpe.

La amiga era pelirroja, de piel clara, con esa cara descarada de mujer que sabe exactamente el efecto que provoca. Entre las imágenes guardadas encontré una foto en bikini verde, apretándose un pecho con una mano y abriéndose con la otra para mostrarse mojada, como si estuviera posando solo para alimentar fantasías ajenas. Me reí solo. La chica del ático no solo era obediente: además tenía buen gusto.

Entonces apareció el video. Me puse los auriculares y le di al play.

Ni siquiera había salido del edificio cuando ya se estaba grabando dentro del ascensor. Enfocó su culo abierto, todavía brillante, y con dos dedos recogió el semen que le resbalaba entre las nalgas para llevárselo a la boca. Luego enseñó los labios manchados y mandó el audio a su amiga con una voz excitada, casi sin aliento, contando que nunca la habían comido así, que la había dejado temblando y que quería repetir.

Escucharla llamarme amo en privado no me impresionó tanto como la naturalidad con la que presumía de haber sido usada. No sonaba asustada. Sonaba orgullosa. Sonaba poseída por lo que había descubierto en sí misma.

Le escribí de inmediato. No para halagarla, sino para ponerla a prueba.

—Esta noche, a la una, entro en tu casa. Quiero las llaves bajo mi coche antes de las diez. Tu madre tiene que estar dormida y tú me vas a esperar lista para obedecer.

Su respuesta tardó poco. Suplicó, dudó, dijo que era imposible. Yo no discutí.

—Con llaves o sin ellas voy a ir. Tú decides si entro en silencio o si tengo que llamar y explicar a qué he venido.

Apagué el móvil y me tumbé en el sofá para dormir un rato. No necesitaba amenazarla más. O se escondía, o aceptaba su propio deseo. En mujeres como ella la humillación no nace del chantaje, sino del placer de rendirse cuando ya no pueden seguir fingiendo que mandan sobre su propio cuerpo.

***

Me desperté antes de la alarma. Fui al garaje con la misma calma con la que bajo a por el pan, pero por dentro llevaba una excitación seca, tensa, animal. Al acercarme al coche vi el llavero apoyado junto a la rueda delantera. Tenía una etiqueta con el número del piso.

Me corrí la lengua por los labios.

En el teléfono había un último mensaje suyo. Muy breve. Muy claro.

—Cumpliré, amo.

Subí de nuevo a casa, cené algo ligero, me duché con calma y me vestí despacio. Camisa blanca, pantalón claro, zapatos limpios. Quería llegar oliendo bien, descansado y con la cabeza fría. Antes de salir le mandé un audio más.

—Quiero verte duchada, sin ropa interior, con un vestido corto. Nada de maquillaje excesivo. Quiero poder oler tu piel cuando me acerque. Y no te corras antes de que yo llegue.

Su respuesta fue casi inmediata.

—Amo, permiso para tocarme.

—No.

Guardé el móvil y sonreí. A esas alturas ya no hacía falta decir mucho más. La imaginación haría el resto.

Fui andando por el bulevar en lugar de usar el garaje común. Si ella estaba vigilando desde arriba, quería que me viera llegar sin prisa, como si todo el edificio me perteneciera. Cuando pasé bajo una farola alcé la vista y distinguí una sombra apartándose de la terraza del ático. Me puso aún más duro saberla pendiente de cada paso.

Entré al portal, saludé de pasada a un vecino que salía del ascensor y subí solo. El reloj marcaba la una menos un minuto cuando se abrieron las puertas.

La encontré esperándome con la puerta entreabierta.

Era una mujer adulta, no una niña, y esa noche lo entendí mejor que nunca. Había dejado atrás cualquier gesto de inocencia. Llevaba un vestido corto de tirantes lleno de brillo tenue, el pelo recogido y unas sandalias que le alargaban las piernas. No llevaba sujetador. Tampoco bragas. Se veía a simple vista por la forma en que la tela se pegaba a su cuerpo y por la humedad que ya le marcaba el interior de los muslos.

—Buenas noches, amo —susurró, bajando la mirada.

No le respondí enseguida. Me acerqué despacio, la rodeé con una mano por la cintura y le metí la otra entre las piernas. Al tocarla la encontré empapada. No húmeda. Empapada de verdad. Mi dedo se hundió entre sus labios y ella soltó el aire por la nariz, temblando.

—Así me gusta —le dije—. Abierta antes de que te lo pida.

La besé ahí mismo, en el rellano, con la puerta a medio abrir. No fue un beso tierno. Le metí la lengua a fondo y se la comí como si quisiera callarla con la boca. Mientras tanto le subí el vestido por detrás, le agarré el culo con las dos manos y le clavé dos dedos en el coño. Gimió contra mis labios, y cuando intentó arrastrarme hacia dentro, me aparté lo justo para negárselo.

—Todavía no.

Le di la vuelta y la dejé de cara al pasillo. Encendí la luz del rellano. Ella comprendió enseguida lo que pretendía y se tensó.

—Si alguien mira por la mirilla, que vea lo que eres.

Le bajé un tirante, dejándole un pecho fuera, y empecé a pellizcarle el pezón mientras mi otra mano seguía follándole el coño con tres dedos. Se mordió el labio, respirando cada vez más rápido. Cuando saqué los dedos, ella misma me los tomó de la mano y se los chupó uno por uno, sin apartar la vista del suelo.

Eso me gustó más que cualquier súplica.

Entré por fin en la casa y cerré la puerta con suavidad. El salón estaba a oscuras salvo por una lámpara baja. Todo olía a casa cara: muebles elegidos con gusto, licor bueno, cuero limpio, perfume caro. Ella esperaba órdenes con las manos juntas delante del vientre.

—Quiero una copa —le dije—. Tráeme lo mejor que tenga tu madre guardado.

Obedeció sin discutir. Mientras abría el mueble bar y buscaba una botella, yo salí a la terraza. La noche estaba tranquila, con ese silencio de urbanización donde solo se oye un ascensor lejano o un grillo escondido. Las terrazas vecinas quedaban separadas por muros altos, pero no completamente aisladas. Si alguien asomaba un poco, podría vernos. Y eso volvió a ponerme la polla dura.

Cuando regresó con la bandeja, la hice ponerse a mi lado. Llevaba la botella, la copa y el mechero con las dos manos, intentando que no le temblaran. Yo le abrí las piernas con la rodilla y le metí de nuevo la mano bajo el vestido.

—Sirve sin dejar de aguantarme esto —le ordené, hundiéndole dos dedos.

Lo hizo como pudo. Derramó apenas unas gotas. Se llevó un pellizco en el muslo por su torpeza y aun así no protestó. Cuando me ofreció la copa, pasé mis dedos mojados por el borde y luego se la acerqué a la boca.

—Prueba.

Bebió un trago demasiado grande para alguien sin costumbre. Tosió un poco, se le colorearon las mejillas y yo bebí después, saboreando el licor mezclado con el olor agrio de su excitación pegado en mis dedos.

—Aprenderás a servir mejor —murmuré—. Y a aguantar más.

La senté sobre mis rodillas, de espaldas a mí y mirando hacia la barandilla de la terraza. El vestido se le subió hasta la cintura. Le dejé los pechos al aire bajándole ambos tirantes y empecé a jugar con ellos mientras apretaba mi erección contra su culo.

—No te muevas —le dije al oído—. Quiero oírte respirar mientras te uso.

Con una mano le froté el clítoris despacio, con círculos húmedos, y con la otra le pellizqué un pezón hasta hacerla jadear. Su culo empezó a moverse solo, restregándose contra mi polla por encima del pantalón. Yo la dejé hacerlo unos segundos y luego le di un azote seco.

—Quieta.

Se quedó inmóvil al instante, aunque seguía temblando. Aproveché para levantarla, doblarla sobre la barandilla y separarle las piernas con el pie. Desde atrás se ofrecía completa: el vestido recogido, los pechos colgando, el coño brillando entre los muslos y el culo apretado esperándome.

Le escupí en la palma y le extendí la saliva por el ano con dos dedos lentos, insistiendo hasta notar cómo se le abría apenas. Gemía bajito, con la frente casi apoyada en el metal.

—Relájate —le dije—. Si te resistes, entra peor.

Saqué la polla, la froté entre sus nalgas un par de veces y le hice sentir la punta en la entrada. Ella jadeó y agarró con fuerza la barandilla.

—Amo...

—Te voy a romper este culo otra vez y te lo vas a tragar entera.

Entré de una embestida dura. Ella soltó un grito ahogado y se quedó rígida, con el cuerpo tirante. Le sujeté el pelo por detrás y no le di tiempo a apartarse. Esperé apenas un par de segundos, enterrado hasta el fondo, y luego empecé a sacarla y meterla con un ritmo lento pero firme, obligándola a acostumbrarse a mi tamaño.

Le caían lágrimas. También gemidos.

—Eso es —le susurré—. Llora si quieres, pero abre ese culo y aguanta.

Con una mano seguí tirándole del pelo y con la otra bajé hasta su coño. Estaba chorreando. Le froté el clítoris mientras seguía follándola por detrás, y la sentí aflojarse poco a poco, dejar de defenderse, empezar a mover el culo hacia mí en busca de más. Ahí fue cuando supe que ya estaba perdida.

La follé más fuerte. El sonido de mis huevos golpeándole los muslos se mezclaba con su respiración rota y con el leve crujido de la barandilla. Cada vez que intentaba correrse le apretaba el clítoris o le daba otro azote.

—No te corras.

—Por favor... —soltó ella, casi sin voz.

—He dicho que no.

Su cuerpo obedecía mejor que su boca. Se arqueaba, se abría más, empujaba hacia atrás con una necesidad desesperada. Yo ya estaba al límite. Le metí la polla hasta el fondo varias veces seguidas, sin suavidad, y acabé corriéndome dentro de su culo con una tensión brutal, mordiéndole el hombro para no gemir demasiado alto.

Me quedé enterrado unos segundos, respirando sobre su nuca.

—Aprieta —le ordené al sacarla despacio—. No quiero ver salir nada.

Ella apretó el ano de inmediato, obediente, mientras intentaba recuperar el aliento. La giré hacia mí y la besé con calma, saboreando la mezcla de lágrimas, alcohol y excitación. Luego le masajeé los pechos y los pezones, ahora enrojecidos por el trato, hasta verla relajarse un poco.

—Lo has hecho bien —le dije.

Alzó la vista, buscando aprobación como un animal hambriento.

—¿Está contento mi amo?

—Todavía no he terminado contigo.

***

La llevé de la mano por el pasillo. La casa estaba en silencio. Me enseñó primero la cocina, luego el baño y por último su dormitorio. Era una habitación ordenada, demasiado correcta para lo que había dentro de ella. En cuanto cerré la puerta, volvió a ponerse nerviosa.

—¿Aquí? —preguntó en un susurro.

—No. En la cama grande.

Tragó saliva. Sabía a cuál me refería. Al dormitorio principal, el de su madre. No hizo falta añadir nada más.

Entramos con la luz apagada al principio. Bastó la claridad tenue que llegaba del pasillo para distinguir la silueta dormida en un lado de la cama. Respiración profunda. Inmóvil. Muy dormida por el somnífero que, según me confesó en voz baja, había puesto en una infusión para asegurarse de que no despertara.

La miré. Ella evitó sostenerme la mirada.

—Te lo has tomado en serio.

—Quería obedecer.

Eso, dicho así, me excitó incluso más que su culo abierto en la terraza.

La llevé al otro lado de la cama y la hice inclinarse sobre el colchón, con las manos hundidas en la colcha y el culo levantado. Su vestido quedó amontonado en la cintura. Le acaricié la espalda, bajé hasta las nalgas y separé sus labios con los dedos. El coño estaba hinchado, brillante, latiendo de deseo.

—Esta vez por aquí —murmuré.

Ella soltó un gemido largo, casi agradecido. Era evidente que llevaba toda la noche esperando eso.

Me arrodillé detrás, le abrí más las piernas y le pasé la punta de la polla por la entrada, empapándola con su propio flujo. Luego empujé despacio. Al principio ofreció resistencia. Noté el aro estrecho, la tensión del cuerpo, el gesto contenido de dolor. Seguí entrando milímetro a milímetro hasta hundirme entero.

Ella se llevó una mano a la boca para ahogar un grito.

—No —le dije, apartándosela—. Quiero oírte.

Empecé con un ritmo corto, medido, para abrirla de verdad. Cada embestida la hacía temblar. El colchón crujía bajo sus rodillas. La madre seguía dormida a menos de un metro, ajena al sonido húmedo de mi polla entrando y saliendo del coño de su hija adulta. La escena era tan sucia, tan prohibida, que me volvía todavía más duro.

—Mírame —ordené.

Giró la cabeza como pudo. Tenía los ojos brillantes, la boca abierta y una expresión mezcla de dolor y placer que ya no sabía ocultar.

—Dime lo que quieres.

—Que me folle, amo.

—Más claro.

—Que me abra el coño. Que me lo rompa. Que me haga suya.

No esperaba poesía de ella, y eso era precisamente lo que me gustaba. Agarré sus caderas con fuerza y empecé a follarla de verdad. Más profundo. Más rápido. Ya no estaba entrando en una mujer virgen a medias, sino en una hembra que se abría para mí sin reservas. Cada vez que me enterraba hasta el fondo soltaba un gemido ronco y empujaba hacia atrás, clavando las uñas en la colcha.

Le llevé una mano al pecho y se lo apreté sin miramientos. Con la otra bajé a su clítoris y lo trabajé al ritmo de las embestidas. La combinación la volvió loca casi enseguida. El coño me apretaba más y más, espasmódico, como si quisiera ordeñarme.

—Amo, por favor... necesito correrme...

Le di una nalgada seca.

—No he terminado.

Seguí golpeando su coño con la pelvis, haciendo chocar su cuerpo contra el borde del colchón. El ruido era cada vez más evidente, pero el morbo de hacerlo con otra mujer dormida al lado le añadía una electricidad brutal a cada empujón. Ella empezó a decir incoherencias entre jadeos, a repetir «por favor» y «más» y «no pare» como si ya no recordara otro idioma.

La saqué un momento y la hice darse la vuelta. Quedó boca arriba sobre la cama, con el vestido arrugado bajo la espalda y las piernas abiertas, ofreciéndome el coño enrojecido, brillante, usado. Se veía hermosa en esa suciedad. Hermosa y vencida.

Le levanté una pierna hasta mi hombro y volví a metérsela. Desde esa postura entré todavía más hondo. Gritó, y yo le tapé la boca con la mano solo el tiempo suficiente para que se contuviera. Luego se la aparté.

—Jadea, pero no chilles.

Empecé a follarla con embestidas largas, sin piedad, viendo cómo sus tetas rebotaban con cada golpe y cómo su coño se abría y se cerraba alrededor de mi polla mojada. Bajé la mirada una y otra vez solo para verlo entrar. Esa imagen sola valía la noche entera.

—Míralo —le dije—. Mira cómo te entra.

Ella obedeció. Alzó la cabeza, vio mi polla desaparecer dentro de su coño y se mordió el labio con una expresión de pura adicción.

—Me encanta —susurró—. Joder, me encanta...

Eso fue suficiente para hacerme perder un poco más el control. La agarré de los muslos y la abrí todo lo que dio de sí. La follé más rápido, con el abdomen tenso, notando cómo el orgasmo me subía desde los huevos. Ella ya estaba al borde también; lo sentía en los espasmos de su cuerpo, en cómo me clavaba los talones en la espalda, en cómo el clítoris le latía bajo mis dedos.

—Pídelo bien.

—Déjeme correrme, amo. Por favor. Déjeme correrme en su polla.

Le mantuve la mirada unos segundos y luego asentí.

—Córrete.

Se corrió de golpe, con un gemido ronco que casi se convirtió en llanto. El coño me apretó con una fuerza salvaje, temblando alrededor de mi polla mientras arqueaba la espalda y se agarraba a las sábanas. Yo no aguanté mucho más. Seguí embistiendo unas cuantas veces dentro de aquel espasmo y me corrí después, vaciándome hondo, sintiendo cómo el orgasmo me doblaba por dentro.

Nos quedamos así unos instantes, pegados, respirando fuerte.

Luego me saqué despacio. Parte de mi semen se deslizó fuera y bajó entre sus labios. Lo miró, fascinada, y llevó dos dedos a su coño para recogerlo. Sin pedir permiso, se lo llevó a la boca.

—Buena chica —dije.

Se incorporó como pudo y se arrodilló sobre la cama, frente a mí, con las piernas aún temblando.

—Mi cuerpo es suyo —susurró—. Haga conmigo lo que quiera.

No lo dijo como una frase aprendida. Lo dijo como una mujer que acababa de descubrir el sitio exacto donde quería caer.

Le sujeté la barbilla y la obligué a mirarme.

—No te confundas. Esto no te convierte en nada todavía. Significa que has empezado. Si quieres seguir, obedecerás cuando te lo pida y aprenderás a hacerlo mejor.

Asintió de inmediato.

—Sí, amo.

La hice bajar de la cama y ayudarme a vestirme. Mientras me subía el pantalón y me abrochaba la camisa, ella seguía desnuda de cintura para abajo, con el vestido torcido y el coño todavía húmedo, todavía abierto. De vez en cuando se inclinaba para besarme el vientre o rozar con los labios la base de mi polla ablandada. No por ternura. Por devoción.

Antes de salir, la llevé hasta la puerta y le di un beso más lento, más limpio, casi cariñoso. Ella apoyó la frente en mi pecho.

—¿Volverá? —preguntó.

—Si sigues obedeciendo, sí.

Le indiqué lo básico: ventilar la casa, darse una ducha rápida si podía soportarlo, y dormir con mi olor todavía en la piel. No quería dejar huellas visibles, pero tampoco permitirle olvidar lo ocurrido al despertar.

Abrió la puerta con cuidado. En el pasillo reinaba el mismo silencio de antes. La miré una última vez: despeinada, con el vestido mal colocado, los ojos vidriosos y una expresión de satisfacción rendida que no iba a desaparecer en días.

Volví andando a mi piso con la calma de quien acaba de cerrar un trato importante. Solo al entrar en casa, cuando me quedé a solas otra vez, me permití sonreír de verdad.

Aquella noche no había conseguido solo sexo. Había conseguido algo mejor: que una mujer adulta me entregara, sin necesidad de empujar demasiado, la parte más oscura y más honesta de sí misma.

Y sabía que no iba a ser la última vez.

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Comentarios(6)

curiosoRL

Tremendo!!! me atrape desde el primer parrafo y no pude parar. Sigan subiendo este tipo de cosas.

Patri_Sur

Que final... me dejo con ganas de mas, necesito que haya segunda parte por favor jajaja

DarkReader_Mx

Me gusto mucho el ambiente que construiste, oscuro y cargado a la vez. Muy buen laburo.

Nocturno_Fan

Muy buen trabajo, se nota oficio en como va construyendo la tension sin apuro. Los detalles estan en su justa medida. Enhorabuena!

NightReader77

el ritmo del relato es lo que mas me gusto. ni rapido ni lento, justo como tiene que ser.

Lunatica_09

increible!! mas de esto porfavor

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