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Relatos Ardientes

Los tacones que me llevaron a arrodillarme

Me quedé quieta frente al escaparate, mirando aquellos tacones negros como si hubieran sido puestos ahí para mí y para nadie más. Eran altos, finos, brillantes, con ese punto agresivo que no pedía permiso. Llevaba semanas fantaseando con comprarlos, pero aquella tarde ya no era un capricho: era una apuesta.

Tenía una invitación a la inauguración de la muestra de pintura de mi jefe, y necesitaba que me mirara de otra manera. En la oficina yo era una más, una empleada temporal entre mujeres más visibles, más seguras, más descaradas. Pero con esos tacones, con mi blusa ajustada y mi falda corta, sentía que podía entrar en esa sala y obligarlo a verme.

Entré a la zapatería con el corazón acelerado. El dependiente, un hombre de barba cuidada y ojos rápidos, me saludó con una sonrisa demasiado atenta. Su mirada me recorrió el escote, las piernas cubiertas por las medias negras, el moño alto que había hecho para parecer más elegante.

—Buenas tardes. ¿Qué estás buscando?

—Los tacones del escaparate. Los de la base redonda.

Él sonrió como si le hubiera hecho un favor.

—Buena elección. Esos no son para cualquiera.

Cuando volvió con la caja, me senté en el banco de prueba e intenté aparentar calma. Él se arrodilló frente a mí, me quitó los zapatos con una delicadeza que rozaba lo íntimo y deslizó el primer tacón en mi pie. Nada más meterlo sentí una descarga rara, una especie de hormigueo que me subió por la pantorrilla y me apretó el vientre.

Con el segundo fue peor. O mejor. Un cosquilleo caliente me cruzó entre las piernas y tuve que separar los muslos apenas un poco para respirar. El dependiente alzó la vista justo entonces, y por la forma en que tragó saliva supe que había visto demasiado.

—Te quedan como si los hubieran hecho para ti —dijo.

Me ofreció la mano y me puse de pie. Temblé un segundo por la altura, pero al cuarto paso ya no sentía miedo. Me sentía distinta. Más alta, más dura, más descarada. Caminé hacia el espejo y vi mis piernas alargadas, la cadera más suelta, el pecho más proyectado. Hasta mi cara parecía la de otra mujer.

—Me los llevo puestos —dije, mirándome todavía.

Él asintió, aunque lo que realmente miraba era el efecto que esos tacones tenían sobre mi cuerpo. Y sobre el suyo también, porque cuando bajé la vista vi el bulto marcado en su pantalón. Eso me arrancó una sonrisa involuntaria.

Pagarlos me dejó prácticamente sin dinero. Aun así, salí de la tienda sintiéndome poderosa, oyendo el toc, toc de mis pasos sobre la acera como si cada golpe anunciara algo. No sabía qué, pero algo estaba empezando.

***

La galería estaba llena cuando llegué. Copas, conversaciones suaves, cuadros grandes y gente fingiendo entender más de lo que entendía. Yo fingía también, pero con una diferencia: sabía exactamente por qué estaba ahí.

Mi marido me había prometido acompañarme, pero empezó a retrasarse con mensajes cada vez más vagos. Primero diez minutos, luego media hora, luego una reunión de última hora. Mientras tanto, los camareros seguían pasando con vino blanco y yo seguía bebiendo.

El alcohol, los tacones y las miradas empezaron a mezclarse dentro de mí. Notaba cómo varios hombres se detenían en mis piernas y cómo algunas mujeres me evaluaban con esa mezcla de juicio y curiosidad. Me gustaba. Me estaba poniendo caliente una atención tan simple, tan sucia.

Llamé a mi marido cuando vi que no llegaba.

—No voy a poder ir —me dijo—. Se complicó todo.

—Sabías que esto era importante para mí.

—Lo sé. Pero tú puedes sola. Además, con esos tacones debes estar rompiéndola.

Su tono me hizo sonreír. Ya estaba excitado sin verme. Empezó a preguntarme qué llevaba puesto, cómo se me veían las piernas, si seguía con las medias. Y yo, medio mareada por el vino, empecé a seguirle el juego.

—Cuando llegue a casa, me voy a quedar solo con los tacones para ti —le dije en voz baja—. Nada más.

—Joder…

—Y si te portas bien, esta noche te dejo hacerme eso que siempre quieres.

Hubo un silencio cargado al otro lado.

—¿El culo?

—Sí.

Escucharlo respirar fuerte me encendió todavía más. Colgué con el coño palpitando y un calor húmedo entre las piernas que no tenía nada que ver con el vino.

Fue entonces cuando apareció mi jefe. Lo llamaré Esteban, porque el verdadero nombre ya no importa. Venía rodeado de aduladores, pero al verme frenó en seco y cambió de dirección.

—No esperaba verte —me dijo, acercándose demasiado—. Estás impresionante.

Me besó las mejillas y dejó la mano un segundo extra en mi cintura. Me recorrió entera con los ojos, sin disimulo, desde el moño hasta los tacones.

—Ahora eres más alta de lo que recordaba.

—Son los zapatos.

—No. Es todo.

Sentí el halago en el estómago como una corriente tibia. Hablamos un poco, lo justo, pero el mensaje estaba claro: me había notado. Más tarde, varios compañeros hicieron comentarios parecidos y yo seguí aceptando copas, sonrisas y miradas como si alimentaran algo que no podía nombrar sin avergonzarme.

Cuando fui al baño, vi en la entrada a un hombre corpulento, camisa a cuadros, mandíbula dura y ojos de esos que no piden perdón por mirar. Se quedó observándome caminar. Yo lo noté y acentué el balanceo de caderas sin pensarlo.

—Si no te hubiera visto entrar, diría que te inventaron —me soltó.

Me reí por compromiso y seguí de largo, pero al salir seguía allí, con media sonrisa, bebiéndome con la vista. No era uno de los invitados. Tenía pinta de conductor, escolta o alguien que esperaba órdenes, pero en sus ojos no había obediencia. Había hambre.

***

Cerca de las once, mi marido confirmó que no llegaría. Mi jefe, ya relajado por el éxito de la exposición, se ofreció a mandarme su coche con conductor. Yo acepté porque no tenía un euro y porque me sentía demasiado bebida para discutir soluciones.

Cuando vi que el conductor era el mismo hombre de la entrada, casi me arrepentí. Él abrió la puerta trasera con una cortesía burlona y esperó a que subiera. Su mirada acompañó el movimiento de mis piernas cuando entré al coche.

—Hoy tengo suerte —murmuró.

Le di mi dirección y arrancó. Al principio hablamos poco. Me preguntó si trabajaba para Esteban, si siempre iba así de arreglada, si sabía el efecto que causaba. Cada respuesta mía parecía divertirlo más.

—Tu jefe te miraba como si quisiera desnudarte con los dientes —dijo, viéndome por el retrovisor.

—Exageras.

—No. Y no era el único.

La forma en que lo decía, sin filtros, me encendía y me ofendía a la vez. Tal vez por eso tardé tanto en recordar el problema. Me quedé tiesa al revisar el bolso y descubrir que de verdad no llevaba efectivo y que la tarjeta seguía bloqueada.

Me incliné hacia delante y le toqué el hombro.

—Tengo un problema.

—Depende de cuál.

—No tengo dinero encima.

Su expresión cambió al instante. Ya no había juego en la voz.

—No me jodas.

—Es en serio. Mi jefe puede pagarte mañana o incluso…

—No trabajo a crédito.

Redujo la velocidad y desvió el coche hacia una zona más oscura. Miré por la ventana y no reconocí nada: naves cerradas, farolas lejanas, silencio de periferia industrial. El coche se detuvo y él se giró por completo hacia mí.

—O me pagas ahora, o te bajas.

—No puedes dejarme aquí.

—Puedo hacer lo que me salga de los huevos.

Sentí el miedo primero, seco y corto. Después llegó otra cosa peor: la conciencia de que el miedo no era lo único que estaba sintiendo. Él me observaba como si supiera leerme. Miró mi escote, mis muslos, mis tobillos elevados por los tacones.

—Aunque quizá podamos arreglarlo de otra forma —dijo.

Yo ya sabía lo que venía incluso antes de que lo dijera.

—Si me la chupas y lo haces bien, damos la carrera por pagada.

Lo miré incrédula, con la respiración acelerada.

—Estás enfermo.

—Estoy duro desde que te vi en la galería. No es lo mismo.

Quise decir que no. De verdad quise. Pero afuera no había nada, el alcohol me enturbiaba, mi marido no contestaba y el hombre seguía mirándome como si ya me hubiera puesto de rodillas. Lo peor fue admitir que una parte de mí llevaba toda la noche buscando precisamente esa clase de mirada.

—Solo chuparte —dije al fin—. Nada más.

Él soltó una risa baja.

—Ya veremos.

***

Se pasó al asiento trasero conmigo. El espacio se llenó de su cuerpo, de su calor y de ese olor masculino de sudor, tabaco viejo y colonia barata. Puso una mano sobre mi muslo, y esta vez no se la aparté enseguida.

—Desnúdate —ordenó.

—Eso no era parte del trato.

—Mírame bien. ¿Te vas a poner a negociar ahora?

Su tono ya no era el de un conductor aprovechado. Era el de un hombre que había entendido que yo estaba atrapada y que además me excitaba estarlo. Me odié por sentir el coño apretarse con esa certeza.

Desabroché el primer botón de la blusa. Luego otro. Él no apartó los ojos ni un segundo. Cuando abrí la tela del todo, dejó escapar un gruñido al ver el sujetador negro conteniendo mis tetas.

—Sigue.

Me quité la falda, torpe por los tacones y por el temblor de las piernas. Quedé en medias y ropa interior. Él se relamió sin vergüenza.

—Todo menos las medias y los zapatos. Quiero verte como te imaginé.

Tragué saliva y solté el sujetador. Mis tetas cayeron libres y sus ojos se clavaron en ellas con una devoción obscena. Luego bajé el tanga por las piernas, despacio, y quedé desnuda sobre el asiento, llevando solo las medias negras hasta medio muslo y aquellos tacones nuevos que me habían traído hasta ahí.

—Joder —murmuró—. Así sí pareces una puta de lujo.

El insulto me atravesó como una mano entre las piernas. Abrí un poco más los muslos sin darme cuenta. Él lo vio y sonrió.

—Arrodíllate.

Lo hice sobre el asiento, con las rodillas hundiéndose en la tapicería. Él se bajó el pantalón y luego el bóxer. Su polla salió pesada, gruesa, venosa, más grande de lo que esperaba. Se me escapó un jadeo involuntario.

—Tanta boca y ahora te asustas —dijo.

La agarré por la base. Estaba durísima y caliente, palpitando contra mis dedos. Le pasé la lengua por el glande y su cuerpo se tensó de golpe. El primer gemido que soltó fue bronco, animal. Eso me dio confianza.

Empecé despacio, lamiendo la punta, rodeando el frenillo con la lengua, chupando apenas el glande mientras mi mano trabajaba el resto. Él me miraba como si no pudiera creerme real. Cuando metí más, abriendo bien la boca para tragar la primera mitad, me agarró el moño con firmeza.

—Así. Cómetela entera.

La polla me llenó la boca, pesada y gruesa. Tuve que sacarla un poco para respirar, babándola entera, y volver a hundirme. El sonido húmedo de mis labios subiendo y bajando en su verga llenó el coche. Mis tetas colgaban y se balanceaban delante de él; su otra mano no tardó en agarrar una, apretándola con fuerza.

—Joder, qué bien chupas.

Le respondí tragándolo más profundo, hasta que me ardió la garganta. Las lágrimas se me acumularon en los ojos, pero seguí. Cada vez que salía, escupía saliva sobre su polla y la masturbaba con ambas manos antes de volver a meterla en la boca. Él tiraba de mi pelo para marcar el ritmo. No demasiado fuerte. Lo suficiente para dejar claro quién mandaba.

Su mano bajó por mi espalda, recorrió mi culo y se metió entre mis nalgas. Yo seguí chupando, fingiendo que no lo notaba. Entonces me rozó el coño con dos dedos y mi gemido se oyó alrededor de su polla.

—Mírate —dijo—. Te pedí una mamada y ya estás chorreando.

Sacó la verga de mi boca un instante y me metió un dedo en el coño. Entró fácil, porque estaba empapada. Muy empapada. Él lo comprobó moviéndolo dentro, lento al principio y luego más rápido, mientras yo volvía a lamerle el glande, a succionarlo, a masturbar la base con la mano.

Me corría un hilo de saliva por la barbilla y me daba igual. Lo único que importaba era la mezcla de su polla en la boca y su dedo abriéndome por dentro. Cuando agregó un segundo dedo, arqueé la espalda y solté otro gemido.

—Eso sí estaba fuera del trato —dije, jadeando.

—Y aun así me estás pidiendo más con la cara.

No pude negarlo. Le chupé otra vez hasta la mitad, babeándolo, mientras él me follaba con los dedos. Después los sacó del coño y me los llevó al culo. Sentí la yema húmeda apretando mi entrada y me tensé entera.

—Relájate.

Me metió la punta de un dedo muy despacio. Mi culo cedió con resistencia, temblando. Volví a meter su polla en la boca para no pensar y noté cómo el dedo avanzaba. Dolía un poco. También me encendía como una bestia. Cuando lo sacó y volvió a entrarlo, ya me estaba follando la garganta y el culo al mismo tiempo.

—Buena chica —murmuró.

Esas dos palabras me corrieron un escalofrío por la columna.

***

No sé cuánto tiempo estuve mamándosela. Demasiado para cualquier hombre que yo hubiera conocido. Cada vez que creía que iba a correrse, se contenía, respiraba hondo, me miraba y seguía disfrutando de verme desnuda, arrodillada, con los labios hinchados alrededor de su polla.

En un momento se agachó y me quitó uno de los tacones. Lo sostuvo frente a mi cara como si fuera un trofeo. La imagen me resultó tan absurda y tan excitante que sonreí.

—Esto fue lo primero que me jodió la cabeza cuando te vi —dijo.

Me obligó a abrir la boca y me metió el tacón entre los labios, húmedo de mi propia saliva y del cuero tibio por haberlo llevado toda la noche. Yo seguí masturbándolo mientras él frotaba el zapato por mis tetas, mi vientre, mi pubis. La punta dura bajó hasta mi coño y trazó una línea lenta por mis labios hinchados.

—Mira cómo lo mojas —susurró.

Luego empujó el tacón hacia dentro. No del todo, solo la parte estrecha y firme, la suficiente para hacerme abrir más las piernas y jadear. Empezó a meterlo y sacarlo despacio, con una perversidad casi cariñosa. El cuero, la rigidez, la rareza del objeto dentro de mí me volvieron loca.

Me corrí así, con un zapato dentro del coño y la polla de un desconocido palpitando en mi mano. El orgasmo me dobló sobre su barriga, temblando, con las piernas flojas por la altura imposible de los tacones y el cuerpo entero sacudido por espasmos.

Él dejó que pasara, sonriendo como si hubiera ganado algo.

—Ahora sí estás lista —dijo.

Retiró el tacón de mi coño y lo llevó a mi culo. Ahí sí lo miré con miedo real.

—No.

—Tranquila. Solo la punta.

La apoyó en mi entrada anal, presionando apenas. La sensación fue rara, invasiva, pero después del dedo y del orgasmo mi cuerpo estaba mucho más abierto que antes. Cerré los ojos. Él empujó un poco más. El ardor me sacó un gemido tembloroso.

—Mírate cómo aprietas. Te gusta hasta cuando dices que no.

Quise insultarlo, pero me faltó aire. Sacó el zapato, volvió a ponérmelo y me ordenó bajar del coche.

***

El aire frío de la calle me golpeó la piel desnuda. Aun así, no sentí vergüenza. Sentí una exposición brutal, una conciencia total de mi cuerpo bajo la luz sucia de las farolas: tetas al aire, coño húmedo, medias oscuras, tacones brillando sobre el asfalto.

Él estaba ya fuera, desnudo de cintura para abajo, acariciándose la polla mientras me veía acercarme. El sonido de mis tacones en aquel descampado industrial parecía obsceno por sí solo.

Cuando llegué, me agarró de la cintura y me besó. No fue un beso tierno. Fue una mordida larga, húmeda, con lengua y con dientes. Después me giró y me empujó contra el capó tibio del coche. Mis pechos se aplastaron sobre la chapa. Mis piernas se abrieron casi por inercia.

Su lengua me separó los labios del coño y me lamió de abajo arriba con hambre. Solté un gemido tan alto que me asustó oírme. Él siguió, chupándome el clítoris, metiendo la lengua, mordiéndome apenas. Mis manos se aferraron al borde del capó mientras me comía como si yo fuera el premio completo de la noche.

—Fóllame ya —le pedí, desesperada.

En vez de obedecer, me dio una palmada fuerte en el culo y volvió a lamerme. Otra palmada. Otra. Entre el dolor seco de los azotes y la lengua en mi coño, empecé a perder la cabeza de verdad.

Cuando por fin sentí la punta de su polla en mi entrada, ya estaba tan mojada que resbaló enseguida. Él sostuvo mi cadera con una mano, me tiró del pelo con la otra y me la clavó de una sola embestida.

Grité.

No de miedo. De pura invasión. Era demasiado gruesa, demasiado profunda, demasiado de golpe. Me llenó entera. Él empezó a follarme fuerte, saliendo casi hasta la punta y volviendo a hundirse hasta el fondo con cada embestida. El capó vibraba, mis tacones golpeaban el suelo, mis tetas rebotaban contra la chapa y yo no podía hacer más que recibirlo.

—Así te quería —gruñó—. Dobladita, abierta y gimiendo como una guarra.

Me golpeó otra vez el culo y siguió follándome sin aflojar. Cada empujón me arrancaba otro sonido, cada tirón de pelo me doblaba más la espalda. Nunca me habían cogido así, con esa mezcla de brusquedad y precisión. No era torpeza. Era dominio.

Me corrí por segunda vez con su polla adentro, sintiendo cómo mi coño se contraía alrededor de ese grosor. Él lo notó y se rió en mi oído.

—Aprietas de maravilla cuando te corres.

Quise decirle que parara, que ya bastaba, pero en cuanto sacó la verga del coño noté un vacío tan brusco que mi cuerpo pidió más antes que mi orgullo. Y él, el cabrón, lo supo.

La cabeza de su polla se movió entre mis nalgas, buscando otra entrada.

—No —dije de inmediato, tensándome.

—Respira.

—No me metas eso ahí.

La punta presionó mi culo, húmeda con mi propia lubricación. Dolía solo de imaginarla dentro.

—Nunca me han follado por ahí —admití, con la voz rota.

Él se quedó quieto un segundo, con el glande empujando apenas.

—Entonces voy a ser el primero. Y te vas a acordar.

Debería haberme apartado. Debería haberme subido al coche vestida y haber aceptado lo que fuera con tal de salir de ahí. Pero la noche entera había sido una línea torcida que me traía justo a ese punto. El vino, los tacones, la humillación, los dedos, el zapato, la follada. Todo me había roto por dentro de una manera que me daba miedo y me excitaba al mismo tiempo.

—Despacio —susurré.

Él me acarició una nalga como premio.

Metió solo la punta, muy lento. El ardor me hizo cerrar los ojos y morderme el labio. Esperó. Luego empujó un poco más. Sentí mi culo abrirse, resistirse, ceder por milímetros. Me temblaban las piernas sobre los tacones. El miedo me apretaba el pecho, pero debajo del miedo había una corriente eléctrica insoportable.

—Eso es. Suelta el culo.

Cuando ya tenía media polla dentro, me agarró de las caderas y me penetró de una sola vez hasta el fondo. El grito me salió desde el vientre. Sentí dolor, uno agudo y brutal, como si me estuviera partiendo. También sentí algo más oscuro: una plenitud sucia, una invasión tan total que me dejó sin pensamiento.

Me quedé quieta, respirando a golpes, con lágrimas bajándome por la cara. Él no se movió enseguida. Me besó la nuca.

—Ya está. Ya la tienes toda en el culo.

Cuando empezó a sacarla y meterla otra vez, el dolor fue mutando. Seguía ahí, sí, pero mezclado con una fricción distinta, profunda, cada vez más soportable, cada vez más excitante. A la tercera embestida dejé de luchar. A la quinta, me oí gemir. A la décima, estaba empujando el culo hacia atrás para recibirlo mejor.

—Eso quería ver —dijo—. Que me la pidas con ese agujero.

Y se la pedí. Con palabras sucias, con la cara pegada al capó, con el rímel corrido y las piernas abiertas. Le pedí que me rompiera el culo, que me follara fuerte, que no parara. Él obedeció con una crueldad exacta que me hizo perder la noción del tiempo.

El sonido era brutal: sus huevos golpeando mi coño, mis tacones martillando el suelo, mi respiración convertida en jadeos cortados. Me dio más nalgadas. Me tiró del pelo. Me dijo puta, me dijo perra, me dijo buena chica. Y cada palabra me hundía más.

Al final sus embestidas cambiaron. Se volvieron más lentas, más profundas, con una tensión dura en los músculos. Me agarró las caderas como si fuera a dejar marca y se quedó enterrado hasta el fondo.

—Me voy a correr —gruñó.

Noté el primer chorro caliente reventando dentro de mi culo y se me doblaron las rodillas. Luego otro. Y otro. Se corrió en pulsos largos, espesos, llenándome por dentro mientras jadeaba contra mi espalda. Sentí el calor expandirse en mi interior, obsceno, íntimo, demasiado. Cuando por fin sacó la polla, parte de su corrida empezó a escurrirse entre mis muslos.

Me quedé apoyada en el capó, temblando, con el culo ardiendo y el cuerpo entero en una especie de niebla húmeda.

***

Volvimos al coche en silencio. Me vestí despacio, con cuidado al sentarme. Tenía el cuerpo molido, la garganta castigada, el coño sensible y el culo palpitando como si aún recordara cada centímetro de su verga. En el retrovisor me vi el maquillaje corrido y el moño deshecho. Parecía exactamente lo que había sido: una mujer arrasada.

Le mandé un mensaje a mi marido diciendo que había tenido un incidente con el traslado y que ya iba de camino. No supe escribir nada más. ¿Cómo iba a resumir aquella noche sin convertirme en una desconocida para mí misma?

Cuando por fin me dejó frente a mi portal, apagó el motor y giró la cabeza hacia mí.

—Lo siento.

Lo miré con una mezcla de odio y agotamiento.

—Eres un hijo de puta.

—Sí —dijo sin discutirlo—. Pero no mentí en una cosa. No voy a olvidarte.

Abrí la puerta con cuidado, apoyando primero un tacón y luego el otro en la calle. El culo me ardía con cada movimiento. Antes de cerrar, él habló otra vez.

—Hay algo más que deberías saber.

Me volví, ya cansada de escuchar su voz.

—¿Qué?

Sonrió apenas, con esa calma sucia que ya conocía demasiado bien.

—Tu jefe me dejó pagada la carrera antes de que subiéramos al coche.

Sentí un vacío helado en el estómago. Lo miré un segundo, sin poder creerlo. Luego cerré la puerta de un portazo.

Caminé hacia el portal oyendo el toc, toc de mis tacones sobre la acera vacía. Cada paso me recordaba el dolor entre las piernas, la leche enfriándose en mis muslos, el ardor en el culo, la humillación y el placer mezclados hasta hacerse inseparables. Aun así, seguí moviendo las caderas, sabiendo que él me miraba alejarme.

Y esa fue la peor verdad de todas: no sabía si lo hacía por rabia o porque, después de aquella noche, una parte de mí ya había aprendido a disfrutar del sonido de su propia caída.

Si este relato te dejó con ganas y estás en zona oeste, conocé escorts en Morón.

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Comentarios(6)

Paloma_sf

increible!! quede sin palabras

SantiagoR

Por favor que haya segunda parte, no puede terminar asi!

ElenaConti

Me engancho desde el principio. Qué personaje tan complejo la protagonista, se siente real sin ser forzado. Muy bueno!

LuisDeNoche

jajaja los tacones como detonante, clasico pero muy bien ejecutado

CrisRiver22

Me recordo a algo que me paso hace tiempo, esas situaciones que uno no se espera... tremendo relato, sigue asi

SusanaLeyendo

Lo que mas me gusto es la tension que se arma antes de que todo pase. Hay algo de psicologia ahi que lo hace mucho mas rico que la mayoria de los relatos de esta categoria

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