La segunda vez que mi jefe me esposó en su despacho
Después de lo que había pasado en casa de Ricardo, era yo el que no podía mirar a Carmen a los ojos. Sentía que la había traicionado, aunque nuestra pareja siempre había sido abierta y liberal. Pero lo nuestro era pactado, hablado, hecho juntos. Y yo me había dejado follar el culo por mi jefe directo del servicio de seguridad sin decirle nada. Es cierto que la primera vez había sido casi por obligación, casi por chantaje, pero no me puedo mentir a mí mismo: había disfrutado como una perra en celo.
Estuve tentado de contárselo. Al final decidí callarme. Pasaron los días y Ricardo, iluso de mí, parecía haberse olvidado del asunto. Yo pensaba que su lujuria estaba saciada. No sabía que ni de lejos, y que aquel hombre no tenía límites.
Una tarde, mientras terminaba de comer, me sonó el móvil. Dos mensajes seguidos de Ricardo.
—Esta tarde ven al servicio limpio.
—Y no me refiero a la ducha, ja, ja, ja.
Solo con leerlo se me erizaron los pelos de todo el cuerpo. La posibilidad de volver a sentir lo que había sentido la otra vez me puso la polla dura en un segundo. Estaba solo en casa: Carmen se había ido con nuestra hija a Zaragoza a una intervención menor. Podía hacerlo, sí. Pero no tenía nada para hacerme el lavado interno como me pedía él, y tampoco estaba seguro de saber hacérmelo yo mismo. La primera vez me lo había hecho él, con paciencia y sadismo a partes iguales.
Y encima, ¿en el servicio? ¿En horario de trabajo? No podía ser tan estúpido. ¿O sí?
***
El edificio donde curro está bien situado, en pleno centro de Valencia, con dos entradas: una al aparcamiento reservado para los jefes y otra por la calle, para el personal. Los guardas somos ocho fijos más tres correturnos que manda la empresa para no pagar horas extras. Hacemos turnos de doce horas, dos por día. Yo suelo entrar a las siete o salir a las siete, según el cuadrante. En la segunda planta están el despacho del director, don Ramón, y el de Ricardo, pegado al suyo.
Cuando llegué a los vestuarios a hacer el relevo, ya eran las seis y media. Alfonso, el compañero saliente, me estaba esperando con la ropa puesta.
—Emilio, Ricardo quiere que subas a su despacho.
—Joder, ¿todavía anda por aquí?
—Dijo no sé qué de que tienes algo para él.
—Sí, algo de una botella para un cumpleaños —mentí sobre la marcha—. Un conocido nuestro es comercial de bebidas y consigue precios buenos.
—Pues te espera. Me dijo que te avisara en cuanto llegaras.
Terminé de abrocharme el uniforme reglamentario más despacio de lo necesario. Mientras subía las escaleras a la segunda planta, mil ideas me daban vueltas en la cabeza. ¿En qué me estaba convirtiendo? ¿En la putita de un cincuentón cachondo? ¿Y qué coño iba a hacer con Carmen si esto seguía? Podía denunciarlo, romperle la cara, decirle a la empresa que me estaba acosando. Pero Ricardo tenía padrinos gordos en el partido y en el sindicato. Me podía joder bien, y no como me estaba empezando a gustar.
Y encima, la verdad verdadera: la primera vez me había abierto el culo con una maestría que me hizo correrme sin tocarme la polla. El mejor orgasmo que recordaba en mis treinta y ocho años.
—Buenas tardes.
Di un respingo. Estaba tan metido en mis pensamientos que no vi que Ricardo me esperaba en un sillón del recibidor de la segunda planta.
—Buenas tardes, Ricardo.
—Ven conmigo.
Abrió la puerta del despacho de don Ramón y entró tan tranquilo. Yo me quedé en el umbral.
—Vamos, pasa. No te quedes ahí. Entra y echa el pestillo.
—¿Y si aparece el director?
—El dire está en Menorca con su mujer. Toda la semana.
El despacho era enorme, de los más grandes que había visto en mi vida. A la izquierda daba al despacho de la secretaria, a la derecha había una puerta corredera que llevaba a una sala de reuniones con una mesa ovalada de madera maciza. Y al fondo, un cuarto de baño completo, con ducha, que parecía más el de un hotel de cinco estrellas que el de una oficina pública. Los ventanales daban a la azotea y entraba la luz naranja del atardecer.
—Venga, maricón, pasa.
—Ya te dije que no soy…
—Que nooo, ya lo sé. Entra y echa el pestillo.
Se había sentado en el sillón del director, con las manos entrelazadas detrás de la nuca, mirándome con una sonrisa socarrona. Me resigné. Eché el pestillo. Sabía perfectamente que iba a hacer conmigo lo que le diera la gana.
—Me he acordado mucho de ti estos días, cariño.
—Ricardo, mira, yo…
—Shhh. Calla.
Se levantó, vino hasta donde yo estaba y me agarró por la solapa de la camisa del uniforme. Me obligó a agacharme un poco, porque yo le saco media cabeza, y me plantó los labios encima. Suave al principio. Luego me mordió el labio inferior y me metió la lengua hasta el fondo. Olía a sudor limpio y a colonia cara. Se me puso la polla dura contra la cremallera del pantalón antes de que me diera cuenta.
—Quítate la ropa.
—Ricardo, ¿y si viene alguien?
—¿Quién va a venir? Los de telemática están a punto de largarse, los de limpieza ya han hecho esta planta y tu compañero no va a mover el culo de las cámaras salvo que tú lo llames. Estamos solos, guapo.
Lo tenía todo calculado, el cabrón.
Me desabrochó la camisa botón por botón y me la sacó de los hombros. La tiró a un lado.
—Joder, cómo me gustan estas tetas.
Me agarró los pectorales con sus manazas, los apretó, chupó los pezones y los mordió. Dolor y placer mezclados. Se me flojearon las piernas. Volvió a besarme la boca mientras me sobaba el pecho como si fueran las tetas de una tía. Le encantaba hacerme sentir mujer, y a mí, muy a mi pesar, me estaba empezando a gustar.
Bajó las manos al cinturón. Me lo desabrochó, luego el botón, la cremallera, y el pantalón se me deslizó hasta los tobillos. Los grilletes reglamentarios sonaron al golpear el suelo. Ricardo se agachó y los miró con una sonrisa nueva.
—Vaya, vaya. ¿Qué tenemos aquí? ¿Tienes las llaves?
—En el llavero del cinturón.
Se puso a mi espalda, con los grilletes en la mano.
—Pon las manos atrás.
—Ricardo, eso no…
—Haz lo que te digo. Vamos a divertirnos, ya verás.
Me cerró las esposas en las muñecas, apretándolas hasta el segundo clic. Me acabó de bajar los pantalones, los calzoncillos y los calcetines, y me quedé completamente desnudo, con las manos a la espalda, en el despacho de don Ramón. La polla se me marcaba dura, tiesa, apuntando al techo.
—Mira cómo se pone tu polla al verme —se rio—. ¿Te has limpiado como te dije?
Asentí con la cabeza. No me atreví a mirarlo.
—¿Seguro?
—Sí, Ricardo.
—Vamos a comprobarlo.
Sacó la defensa reglamentaria de la funda del cinturón. Cincuenta centímetros de goma dura, tres y medio de diámetro. Se me heló la sangre. Me agarró de la polla y me llevó así, tirando de ella como si fuera una correa, hasta la sala de reuniones contigua. Apartó dos sillas y me colocó justo delante de la mesa maciza.
—Apóyate, cariño. Vamos a ver si estás limpio de verdad.
Me empujó hasta que quedé con el pecho pegado a la madera fría. Las piernas ligeramente flexionadas, el culo levantado, las manos esposadas a la espalda. Tuve que girar la cabeza y apoyar la mejilla en la superficie. Estaba a su merced.
—Plaf.
Una palmada seca en la nalga derecha.
—Ah.
—Plaf, plaf, plaf.
—Oh, joder.
—Menudo culo tienes, maricón.
Me dio un mordisco en el cachete, fuerte, y luego me abrió las nalgas con sus dos manos. Sentí el aire frío en el ojete. Y después, el frío del lubricante que me chorreaba. Metió un dedo. Dos. Los giró dentro. Yo gemía contra la mesa.
—Sudadito pero limpio, mi niño. Tragón, además. Muy tragón.
Entonces noté algo que giraba en la entrada de mi culo. No eran los dedos. No era su polla. Era la puta defensa.
—No, Ricardo, eso no.
—Shhh, calla, putita.
Empujaba con paciencia. Yo intentaba apretar el esfínter, pero él insistía. Me di cuenta de que si me resistía me iba a hacer sangre. Aflojé. La punta de goma entró y me abrió en canal.
—¡Auu!
—No grites, si te ha entrado nada.
—Uf, uf, uf.
Fue metiéndomela poco a poco. No era muy gruesa, y el lubricante ayudaba. La sacaba y la volvía a meter, cada vez un poco más adentro. Cuando su puño chocó contra mi culo, me di cuenta de que tenía media defensa dentro. El sonido líquido de la goma entrando y saliendo era obsceno, y cada embestida me arrancaba un gemido que ya no podía controlar.
—Mmmh, ohhh, sí, ah.
—¿Te gusta, maricón?
—Sí, oh, sí.
De pronto, tirón. La sacó de golpe. Sonó un pop obsceno y las tripas casi se me salieron detrás.
—Mentiroso.
Tiró la defensa sobre la mesa, delante de mi cara. En la punta había un poco de mierda.
—Sucio, mentiroso y desobediente. Te has ganado un castigo. ¿No crees?
Empezó a desabrocharse el cinturón. Yo tragué saliva.
—Ricardo, espera, suéltame las manos y hablamos…
—¡Chas!
El primer latigazo me pilló de sorpresa. Justo en la unión de los muslos con las nalgas. Ardió como si me hubieran puesto un hierro.
—¡Aaahhh!
—Puedes gritar, a mí me da igual. Pero los de limpieza pueden oírte. Y no creo que quieras que tu compañero suba a ver qué pasa.
—Por favor, por favor…
—¡Zassss!
El segundo me cruzó el culo entero. Un ramalazo de fuego.
—¡Ughhh!
—¡Chas!
—¡Nnnng!
Se me saltaban las lágrimas. Me mordía los labios para no aullar. Sentía el culo ardiendo, como una plancha al rojo. Cuando llegó el quinto correazo pensé que iba a desmayarme. Y sin embargo, la polla la seguía teniendo dura como una piedra, chorreando líquido preseminal contra la pata de la mesa. Me estaba corriendo por dentro de humillación y de placer al mismo tiempo.
—Vamos, mi niño. Solo ha sido un castigo pequeño. No debes desobedecerme.
—Hijo de puta —susurré, con la voz rota.
—No seas rencoroso. Ha sido por tu bien. Anda, ve a asearte al baño. Y límpiate bien el ojete, que aún tienes restos.
Me quitó los grilletes. Fui al baño del director tambaleándome. Me miré el culo en el espejo: parecía un semáforo. Rojo puro, con las marcas del cinturón bien marcadas. Me senté en el bidé y el agua fría me alivió. Lloré un poco, en silencio. Lloré porque me había puesto cachondo. Porque había estado a punto de correrme mientras me azotaba. Porque me estaba dando cuenta de que quería más.
—Emilio, ¿vienes? —oí desde el despacho.
—Voy, Ricardo.
Me sequé y salí. No estaba en la sala de reuniones. Estaba sentado en el sofá de piel del director, en pelotas, con ese cuerpo macizo, velludo, la barriga de cincuentón y las piernas gruesas. Se meneaba la polla, que ya empezaba a levantarse otra vez.
—Ven, mi niño. Perdona si he sido duro. Era necesario. Siéntate.
Me senté a su lado con cuidado, porque el culo me ardía como el infierno. Me puso la mano en la cara y me besó. Suave. Muy suave. Me recorrió los labios con la punta de la lengua, mordió el inferior como le gustaba, y volvió a metérmela hasta el fondo. Me sobó una teta con la mano libre, apretándome el pezón entre dos dedos. Y ahí estaba yo, morreándome con un tío al que odiaba y deseaba a partes iguales.
—Ven, putita. Cómeme la polla.
Se corrió hasta el borde del sillón y abrió las piernas. Me eché al suelo, de rodillas, entre ellas. Le agarré los huevos, gordos y peludos, y se los apreté. Le di una lamida larga a los dos y me los metí en la boca uno por uno, chupándolos como caramelos.
—Mmmh.
Le agarré la polla con la mano. Era gruesa, con una curvatura ligera hacia arriba. Le pasé la lengua desde los cojones hasta el frenillo, empapándola de saliva. Jugué con el frenillo y volví a bajar, subiendo y bajando el prepucio para dejarle el capullo brillante. Me encantaba el sonido húmedo que hacía la polla cuando la meneaba con las babas.
—Uuh, Emilio.
Subí de nuevo hasta la punta y me la tragué. Entera. Los labios me tocaban el pubis. Aguanté unos segundos, hasta que la arcada estaba a punto de escaparse, y la fui sacando despacio. Empecé a mamársela en serio, subiendo y bajando la cabeza, apretándola con la lengua contra el paladar, cada vez más rápido.
—Oh, sí, joder, uf, uf.
—Slurp, slurp, slurp.
—Emilio, me corro, cariño, me corroooo…
Cuando le vino, saqué la polla dejando solo el capullo dentro de la boca. Me largó tres chorros gordos, uno detrás de otro. El primero me lo tragué directo. Los otros los dejé escapar por las comisuras de los labios sobre la polla, y la meneé para extenderle la leche por todo el tronco. Me gustaba el sabor: salado, un poco agrio, denso.
Me incorporé para besarlo. Me esquivó.
—Quita, que te has tragado mi leche.
—¿Te da asco tu propia leche?
—Yo soy muy macho, yo no como pollas ni me dejo dar por el culo.
—Pues lo de macho igual que lo de maricón. Ninguno de los dos.
Se rio con ganas. Me miró de arriba abajo.
—Ven, ponte de rodillas en el sofá. Vamos a ver qué tal está ese culito.
Me subí al sofá como me pedía, de rodillas, con la cara y los brazos apoyados en el respaldo, el culo bien levantado. Ricardo se acercó, me abrió las nalgas y sopló sobre las marcas del cinturón. Luego sacó la lengua y lamió cada una de ellas, muy despacio, muy suave.
—Mi pobre putita. Eso te pasa por desobediente.
—Mmmm.
La saliva fría me calmaba el ardor. Me relajaba. Y a la vez me volvía a poner cachondo. Me dio una lametada larga desde los cojones hasta el esfínter y ahí se detuvo. Empezó a comerme el ojete con la lengua. A metérmela dentro. A jugar. A chupar.
—Ah, joder, Ricardo, méteme la polla ya, no aguanto.
—Shhh. Impaciente.
Sacó el lubricante y me embadurnó el ojete. Metió un dedo. Dos. Los abrió en tijera, los giró, arrancándome gemidos. Miré atrás. Se estaba poniendo un condón. Se puso de pie entre mis piernas, apoyó la punta contra mi ano y me agarró las caderas con esas manazas suyas.
—Aguanta, mi niño.
Apretó. Yo ya conocía la mecánica y aflojé el esfínter. Su polla superó la resistencia y me entró de golpe hasta la mitad.
—Ooohhh, joder, Emilio.
—Sí, Ricardo, aguanta un segundo.
Apenas dolió. Un ramalazo al principio y luego un ardor que se iba mitigando a medida que me abría por dentro para él. Empujó una vez más y me clavó la polla hasta los huevos. Pegó su cuerpo velludo a mi espalda y me mordió la nuca.
—Ya te tengo, maricón.
—Sí, todo tuyo.
Pasó las manos por delante y me agarró los pectorales, sobándolos y pellizcándome los pezones mientras empezaba a moverse. Muy despacio primero. Sacando la polla casi entera y volviéndomela a meter milímetro a milímetro. Yo notaba cada centímetro de su verga rascándome la próstata. Un placer bestial, animal, que me subía por la espalda y me erizaba el pelo de la nuca.
—Oh, sí, Ricardo. Qué rico. Fóllame.
—Plap, plap, plap.
Aumentó el ritmo. Los cachetes calientes de mi culo golpeaban contra su cadera con un chapoteo húmedo. El sudor le corría por el pecho y me caía sobre la espalda. Me daba unos cachetes en el culo cada tres o cuatro embestidas, justo sobre las marcas del cinturón. Yo aullaba y le pedía más.
—Plap, plap, plap.
—Mmmh, Emilio, me corro, me corro…
Me clavó los dedos en las caderas y las embestidas se hicieron más lentas, más profundas. En la última, me metió la polla tan adentro que le sentí los cojones aplastados contra mí. Apreté el esfínter todo lo que pude y noté las contracciones de su polla dentro de mí, largando el semen dentro del condón.
—Uughh.
—Sí, dámela toda.
Pegó su pecho sudoroso a mi espalda, sin sacarla, y me mordió la oreja. Giré la cara para que nuestras lenguas volvieran a encontrarse. Pasó una mano a mi pecho y otra a mi polla, que estaba a reventar, chorreando líquido preseminal. Me la agarró y empezó a menearla con ritmo, apretándome el prepucio. Con la boca pegada a mi oreja me susurraba guarradas.
—Córrete para mí, maricón. Córrete para tu jefe.
No hicieron falta más que cuatro o cinco pajas. El orgasmo me subió desde los cojones como un latigazo. Grité contra el respaldo del sofá y solté un chorro largo y denso, seguido de otros dos más cortos, que fueron a caer todos sobre el cuero del sofá del director. Me temblaron las piernas. Se me nubló la vista. Ricardo me apretó contra su pecho hasta que dejé de temblar.
***
—La has hecho buena, maricón.
Nos estábamos duchando juntos en el baño de don Ramón. Ricardo me enjabonaba la espalda y me metía un dedo enjabonado entre las nalgas cada dos por tres.
—¿Yo?
—Has manchado el sofá del director. Con tu leche.
—Tuya fue la idea de venir aquí. Ahora búscate la vida.
Se rio. Y a mí, mientras el agua caliente me caía por la espalda todavía ardiendo, se me pasó por la cabeza que la próxima vez que me llamara al despacho iba a subir corriendo.
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