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Relatos Ardientes

Confesión de una sumisa en la mansión privada

Los aplausos llenaron el salón cuando Damián levantó la mano para mostrar que había terminado con Mara. No eran aplausos de fiesta ni de cortesía, sino golpes secos, excitados, crueles, de gente adulta que había ido a mirar una escena de dominación llevada hasta el borde. Ella estaba en el suelo de mármol, boca abajo, con la respiración rota y el cabello pegado a la cara.

Los invitados la rodearon sin prisa. Había tres hombres y tres mujeres, todos vestidos de negro, todos con esa sonrisa contenida de quien acaba de recibir permiso para jugar con algo que desea desde hace horas. Damián se apartó apenas, todavía con la camisa abierta, y los dejó mirar el cuerpo vencido de Mara como si fuera una ofrenda.

—La escuchamos gritar desde el corredor —dijo Vera, una mujer alta, de voz tranquila y ojos fríos—. Pensé que ibas a romperla antes de que nos tocara.

—Todavía sirve —respondió Damián—. Pregúntenle.

Mara abrió los ojos con esfuerzo. Tenía treinta y tantos años, sabía dónde estaba y sabía por qué la habían llevado a ese salón, pero el castigo anterior la había dejado aturdida. Le ardían los muslos, el culo, la espalda, los pezones. Intentó apoyar las manos para incorporarse, pero una de las mujeres le puso el tacón junto a los dedos y la obligó a quedarse quieta.

—Mírame cuando te hablan —ordenó Vera.

Mara levantó la cara. La primera saliva le cayó en la mejilla. Después otra le golpeó la boca, espesa y caliente. Las otras mujeres se acercaron una por una para escupirla también, y luego los hombres hicieron lo mismo, obligándola a abrir los labios para que recibiera cada escupitajo. Ella tragó con náuseas, humillada, escuchando las risas alrededor.

—Así —dijo uno de ellos, Tomás, tomándola del pelo—. Buena sumisa. Traga lo que te damos.

La arrastraron hacia el centro del salón. Mara sintió el frío del mármol en los pechos y el peso de varias manos que la acomodaban como querían. Una mujer le separó las piernas; otra le levantó las caderas; Tomás se arrodilló delante de su cara y le sujetó la mandíbula. Todo ocurrió sin suavidad, con la precisión de un grupo que ya conocía el ritual.

Primero la hicieron chupar. Tomás le empujó la verga contra la lengua, todavía húmeda por la saliva de todos, y no esperó a que ella encontrara ritmo. Le tomó la nuca con ambas manos y empezó a meterle el pene hasta la garganta, despacio al principio, luego con embestidas cortas que la hicieron lagrimear. Mara tosió, pero él no se apartó; la mantuvo ahí, obligándola a respirar por la nariz mientras los demás miraban.

—Abre más —dijo él—. Quiero sentir cómo te ahogas.

Ella abrió la boca todo lo que pudo. El sabor era agrio, mezclado con piel, sudor y humillación. Cada vez que Tomás entraba hasta el fondo, la garganta se le cerraba y el cuerpo entero se contraía. Una de las mujeres se inclinó para acariciarle el cabello con falsa ternura, como si consolara a una mascota golpeada.

Detrás de ella, otro hombre, Esteban, le abrió el culo con los dedos. No hubo caricia previa. Solo presión, saliva y la orden de quedarse quieta. Mara apretó los dientes alrededor de la verga que tenía en la boca cuando sintió el primer dedo entrando en su ano dolorido. Luego entró otro, girando, estirándola, arrancándole un gemido ahogado que Tomás recibió con una risa baja.

—Su culo todavía puede más —dijo Esteban.

Damián observaba desde una silla, con una copa en la mano. No intervenía; solo miraba cómo su esclava era compartida. Cuando Esteban cambió los dedos por un dildo grueso, Mara arqueó la espalda y gimió con la boca llena. El plástico entró lento, duro, abriéndola hasta que las piernas comenzaron a temblarle. Vera le dio una palmada fuerte en una nalga.

—No llores todavía. Falta mucho.

El tercer hombre, Bruno, se colocó entre sus piernas. Le frotó el pene contra la entrada de la vagina, empapada de saliva ajena y de la excitación que su propio cuerpo producía aunque la vergüenza la quemara por dentro. Mara quiso cerrar los muslos, pero dos manos femeninas se los mantuvieron abiertos. Bruno la penetró de un empujón seco, hasta el fondo, y ella gritó alrededor de la verga de Tomás.

Durante varios minutos la tuvieron así: una verga en la boca, otra metida en el coño, el dildo trabajando su culo. Mara perdió la noción de las caras. Solo existían los empujones, el aire que no alcanzaba, los dedos clavados en su piel y las voces ordenándole que sirviera mejor. Tomás le golpeaba la cara con la pelvis; Bruno la cogía con embestidas profundas; Esteban movía el dildo en su ano con un ritmo lento y cruel.

—Mírala —dijo Damián al fin—. Se hace la destruida, pero su cuerpo responde.

La frase provocó nuevas risas. Una de las mujeres, Julia, se arrodilló al lado de Mara y le metió dos dedos en la vagina junto a la verga de Bruno, solo para sentir cómo estaba abierta y caliente. Mara soltó un gemido ronco, imposible de esconder. La mezcla de dolor, vergüenza y placer la atravesó con una violencia que la enfureció consigo misma.

—Eso es —susurró Julia—. Hasta humillada sigues mojándote.

Cuando Tomás se apartó, Mara cayó de lado, tosiendo y babeando. No la dejaron descansar. Vera le tomó la cara entre los dedos y le ordenó sacar la lengua. Ella obedeció. Vera escupió sobre esa lengua extendida y la obligó a cerrar la boca para tragar. Después la besó con brutalidad, empujándole más saliva, mordiéndole el labio hasta hacerlo arder.

La pusieron boca arriba sobre una alfombra baja. Las mujeres tomaron el control un rato. Julia le sujetó las muñecas contra el suelo mientras Vera le pellizcaba los pezones, ya sensibles por las pinzas que Damián le había colocado antes. Otra, Clara, trajo unas pesas pequeñas con anillos y las colgó de los labios externos de su sexo. El tirón hizo que Mara se retorciera, pero la sujetaron entre todas.

—Quédate abierta —ordenó Clara—. Queremos verte sufrir bonita.

Las pesas tiraban hacia abajo cada vez que Mara respiraba. Vera tomó un dildo liso, lo humedeció con saliva y lo hundió en su vagina sin pedirle nada. Clara hizo lo mismo con otro más estrecho en el ano. Las dos comenzaron a moverlos a ritmos distintos: uno rápido y profundo, el otro lento, abriéndola con paciencia. Mara gimió, insultó entre dientes, luego volvió a gemir cuando los movimientos se sincronizaron y le hicieron perder el control de la cadera.

—No te atrevas a correrte todavía —dijo Damián desde la silla.

Mara cerró los ojos. El placer se mezclaba con una vergüenza insoportable. No quería darles el espectáculo de su orgasmo, pero su cuerpo estaba atrapado entre penetraciones, tirones y manos que la conocían demasiado bien. Cuando Vera aumentó el ritmo del dildo vaginal y Clara presionó el anal hasta el fondo, Mara sintió que todo se le tensaba. Damián se levantó y le dio una bofetada medida, no para lastimarla más, sino para traerla de vuelta.

—Abre los ojos. Si te corres, lo haces mirándome.

Ella lo miró. La orden terminó de romperla. El orgasmo le subió desde el vientre como una contracción rabiosa, humillante, inevitable. Gritó con la boca abierta, el cuerpo arqueado, las piernas temblando mientras los dildos seguían entrando y saliendo. Las pesas balancearon entre sus muslos y cada tirón prolongó el espasmo hasta convertirlo en una mezcla de placer y castigo.

Nadie aplaudió esa vez. Solo la observaron mientras jadeaba. Después Tomás volvió a ponerse sobre su cara y le frotó la verga por los labios hinchados. Mara abrió la boca antes de que se lo ordenaran. Él sonrió, satisfecho, y la penetró otra vez, usando la boca de ella con más prisa. Bruno se colocó entre sus piernas y Esteban detrás, levantándole las caderas entre ambos para cambiarla de posición.

La dejaron de rodillas, con el pecho contra la alfombra. Esteban le sostuvo la cintura y entró en su culo, ahora abierto, de una embestida que le sacó un grito áspero. Bruno se acomodó debajo de ella, boca arriba, y guio su pene hacia la vagina. Mara quedó empalada entre los dos, llena por delante y por detrás, mientras Tomás le metía la verga en la boca desde arriba.

La triple penetración la dejó sin pensamiento. Cada movimiento de uno empujaba contra el otro. Esteban le golpeaba las nalgas con la pelvis; Bruno la levantaba desde abajo; Tomás le marcaba el ritmo con la mano en la nuca. Mara babeaba, gemía, tragaba aire cuando podía. Las mujeres se turnaban para pellizcarle los pezones, escupirle en la espalda y acariciarle el cabello con esa ternura torcida que la humillaba más que los golpes.

—Así se ve una confesión verdadera —dijo Damián, acercándose—. Sin orgullo. Sin máscara.

Tomás fue el primero en correrse. Sacó la verga de la boca de Mara justo a tiempo para acabar sobre su lengua y sus labios. Ella tragó lo que pudo y dejó que el resto le resbalara por la barbilla. Bruno se corrió dentro de su vagina con un gruñido grave, sujetándole los muslos para mantenerla clavada sobre él. Esteban tardó más; siguió embistiendo su ano hasta que el cuerpo de Mara volvió a temblar, exhausto, y entonces descargó con un sonido ronco.

Cuando los hombres se apartaron, Mara cayó al suelo otra vez. Estaba cubierta de saliva, sudor y semen. Tenía marcas rojas en las caderas, el pecho encendido por los pellizcos y la garganta áspera. Creyó que la dejarían respirar, pero Damián se acercó y la tomó del mentón.

—De rodillas —dijo.

Ella obedeció con movimientos torpes. La paliza, las penetraciones y la humillación la habían dejado temblando, pero todavía pudo ponerse sobre las rodillas. Damián se paró frente a ella, con el pene semiduro en la mano, y le señaló la boca.

—Abre y bebe. Si escupes una gota, vuelves al suelo y te abro el culo con el puño.

Mara abrió la boca. El primer chorro de orina le golpeó la lengua con fuerza, caliente, amargo, imposible de recibir sin hacer una mueca. Damián se detuvo cuando la boca se le llenó tanto que empezó a gotearle por la barbilla. Ella cerró los labios y tragó, con los ojos llorosos y la cara contraída por el asco.

—Otra vez —ordenó él.

Volvió a abrir. Él llenó su boca de nuevo. Mara tragó más rápido, obedeciendo antes de que la amenaza se volviera real. La operación se repitió varias veces, hasta que ella aprendió el ritmo: abrir, recibir, tragar, abrir otra vez. Los demás la miraban en silencio, disfrutando esa obediencia automática, esa forma final de romper cualquier resto de orgullo.

Cuando Damián terminó, orinó sobre su cara, sus pechos y el sexo abierto entre sus piernas. Mara se quedó quieta, arrodillada, con los hombros caídos. Luego él escupió sobre su mejilla y se inclinó para hablarle al oído.

—Hoy sí fuiste útil.

Ella se acurrucó sobre el mármol y lloró en voz baja. No era un llanto limpio ni dramático; era cansancio, vergüenza y alivio mezclados. Damián se alejó sin mirar atrás, mientras los demás recogían sus copas y abandonaban el salón. Mara quedó sola bajo la luz amarilla de la lámpara, marcada por todos, sabiendo que aquella noche sería la confesión que jamás podría contar sin estremecerse.

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Comentarios(6)

Clarita_Ro

increible!!! me dejo sin palabras de verdad

JuanKronicas

Necesito la segunda parte ya jaja, quede con ganas de mas

Rodrigo_Bs

Me recordo a algo que vivi hace años... me trajo muchos recuerdos

CuriosaLectora22

¿Es autobiografico? se siente tan real que me atrapa desde la primera linea

Ferchu_mdp

La tension que va construyendo desde el principio es adictiva, muy bien llevado

MandoMx77

jeje ese giro del final... no me lo esperaba para nada, excelente

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