Mi jefe descubrió mi semana anal
Mi esposo y yo llevábamos una semana viviendo como si la casa fuera un cuarto privado para adultos. Él, Darío, y nuestro amigo Bruno habían convertido cada permiso laboral, cada almuerzo largo y cada tarde de teletrabajo en una excusa para usarme como querían. Yo no lo digo con vergüenza. Lo cuento porque así fue: una semana anal intensa, planeada, sucia, de esas que te dejan caminando distinto y sonriendo frente al computador como si nadie pudiera adivinar por qué.
El problema fue que mi jefe empezó a notar los huecos en mi agenda. Se llamaba Rafael, tenía treinta y ocho años, era alto, fuerte, casado y siempre vestía impecable, con esa calma de hombre que cree que puede leer a todos. Una tarde me llamó a su oficina, cerró la puerta y me miró desde el otro lado del escritorio.
—Necesito que me expliques tantos permisos y tantos cambios de horario —dijo—. Si hay algo pasando, prefiero que me lo digas de frente.
Yo pensé en Darío metiéndome los dedos por el culo esa misma mañana, en Bruno riéndose mientras controlaba un vibrador desde el celular, y tuve que apretar las piernas debajo de la silla.
—Si de verdad quieres saberlo, mañana ven a mi casa a las siete —le respondí—. Ahí vas a entender por qué estoy tan distraída.
Rafael se quedó callado. No preguntó nada más, pero sus ojos cambiaron. Esa noche escribí en nuestro grupo privado y les conté todo. Darío contestó primero: «Entonces hay que recibirlo como se merece». Bruno mandó un audio riéndose y propuso preparar una escena completa, algo que lo dejara sin dudas. Yo solo escribí: «Quiero que vea qué clase de mujer tiene trabajando para él».
Cuando salí de la oficina, Darío me esperaba en el asiento trasero del auto de Bruno. Apenas cerré la puerta, me tomó del cuello y me besó con fuerza, sin darme tiempo a hablar. Me bajó el pantalón hasta los muslos, metió la mano bajo mi tanga y me abrió con dos dedos. Yo ya estaba mojada, demasiado excitada por lo que iba a pasar al día siguiente.
—Hoy te vamos a preparar bien —me dijo al oído.
Bruno conducía como si nada, pero desde el retrovisor no dejaba de mirarme. Darío me quitó el plug anal que llevaba desde la mañana y Bruno le pasó un vibrador grueso. Sentí la presión en la entrada, la quemazón dulce mientras me lo empujaban despacio, y después el zumbido profundo cuando Bruno lo encendió. Darío me esposó las manos a la espalda, me acomodó la tanga encima del juguete y me puso otro vibrador contra el clítoris.
Yo gemí tan fuerte que Bruno subió la música. Darío se rio, me mordió el labio y me dijo que me callara si podía. No pude. Cada semáforo era una tortura, cada vibración me subía por la columna, y cuando llegamos a la casa yo ya estaba temblando.
Me bajaron del auto y Darío me empujó contra la puerta del garaje. Me subió la falda, me abrió las nalgas y me metió la verga por el culo con una embestida lenta y pesada. Grité contra la pintura fría del carro. El vibrador seguía dentro de mi vagina, el otro me había dejado el ano dilatado, y aun así sentí cómo Darío me partía desde adentro.
—Así quiero que llegues mañana —dijo, dándome duro—. Abierta y obediente.
Me arrodillé cuando me lo ordenó. Se la chupé hasta la garganta, con las manos esposadas y los ojos llorosos, mientras Bruno se desabrochaba el cinturón detrás de mí. Darío me levantó de un tirón, me puso contra una mesa del garaje y volvió a enterrarse en mi culo. Bruno se colocó delante, me agarró la cabeza y me folló la boca sin delicadeza. Me tenían atrapada entre los dos, una verga entrando por mi garganta y otra golpeándome el ano, y lo único que podía hacer era respirar cuando me dejaban.
Después me llevaron a la sala. Darío se sentó en el sillón y me bajó encima de su verga, abriéndome el culo poco a poco hasta tenerlo entero adentro. Bruno se puso detrás de mí, me tomó de la cintura y empezó a empujar en mi vagina. La doble penetración me hizo perder la noción del tiempo. Uno me sujetaba las manos esposadas, el otro me tiraba del pelo, y yo gritaba sin importarme los vecinos.
—Dinos qué quieres —ordenó Bruno.
—Que me den duro —jadeé—. Que me dejen bien abierta para mañana.
Bruno fue el primero en correrse, con la cara enterrada en mi cuello y las manos clavadas en mis caderas. Darío siguió moviéndome encima de él, usando el semen de Bruno como lubricante, hasta que también se vació dentro de mi culo. Me quedé unos segundos apoyada contra su pecho, respirando con la boca abierta, sintiendo cómo me escurría entre las piernas.
Me bañé apenas lo necesario. Después me puse una tanga de hilo, un brasier negro y un plug más grande. Bajé a servir vino y nos sentamos a decidir cómo recibiríamos a Rafael. Darío quería mostrarle algunos videos nuestros; Bruno decía que el jefe necesitaba ver primero y tocar después. Yo escuchaba con las piernas cruzadas, sintiendo el plug moverse dentro de mí cada vez que cambiaba de posición.
Al amanecer, Darío entró conmigo a la ducha. Me besó con los labios todavía dormidos, pero la verga ya dura contra mi vientre. Me empujó contra la pared húmeda y me ató las muñecas con una cadena fina.
—¿De quién es este culo? —preguntó, abriéndome con los dedos.
—Tuyo —respondí.
Me penetró ahí mismo, bajo el agua, con embestidas cortas y violentas. El azulejo me raspaba los pechos, el vapor me cerraba la garganta, y cada golpe me hacía resbalar. Luego cerró la llave, me sacó del baño mojada y me puso en cuatro sobre la alfombra. Siguió dándome por el culo hasta que Bruno llegó y se paró frente a nosotros.
Darío me hizo chuparle la verga a Bruno mientras él se movía dentro de mí. Yo tenía la boca llena, el culo lleno, la cara mojada y el cuerpo rendido. Darío se corrió primero, empujando hasta el fondo. Bruno me levantó por la cintura, ocupó su lugar y me penetró con una calma cruel, como si quisiera medir cuánto podía aguantar. También se vino adentro.
Cuando por fin me dejaron respirar, me limpiaron, me pusieron un plug grande, me ataron las manos y me colocaron una mordaza de boca abierta. Me dejaron de rodillas en medio de la sala, con una nota sobre el pecho: «Jefe, dame duro y profundo por el culo».
Rafael llegó puntual. Escuché su voz en la entrada y la de Darío recibiéndolo con una naturalidad absurda. Mi esposo le habló de mis permisos, de mis almuerzos largos, de nuestras semanas de juego. Luego encendió el proyector. Desde donde estaba, yo veía apenas destellos en la pared: mi cuerpo atado, mi culo abierto, Bruno y Darío usándome en distintas habitaciones.
—Ahora sí vas a entenderlo —dijo Darío, y abrió la puerta de la sala.
Rafael se quedó inmóvil. Me miró de arriba abajo, vio la nota, el plug, la mordaza, las marcas rojas en mis muslos. Su respiración cambió antes de que diera el primer paso.
—Con que esta es la doctora seria de la oficina —murmuró—. Siempre imaginé que escondías algo, pero no esto.
Se desabrochó el pantalón frente a mí. Tenía una verga gruesa, pesada, y al verla tan cerca sentí que el cuerpo me respondía aunque ya estuviera agotada. Me quitó la mordaza solo para meterme la polla en la boca. Me sujetó de la nuca y me folló la garganta hasta hacerme lagrimear. No había ternura en sus movimientos; había hambre, sorpresa y una autoridad nueva que me excitó más de lo que esperaba.
Me puso en cuatro en el piso, tomó el lubricante que Darío había dejado a mi lado y me quitó el plug despacio. El aire frío me rozó el ano abierto. Rafael apoyó la punta, empujó, retrocedió y volvió a empujar hasta meterse entero. Solté un gemido ronco. Era distinto a Darío y distinto a Bruno: más pesado, más contenido, como si quisiera romperme sin perder el control.
—Así que por esto faltas a las reuniones —dijo, dándome una nalgada—. Por estar con el culo lleno.
Yo asentí con la cara contra la alfombra. Rafael me folló duro, primero lento, después cada vez más rápido. Me agarraba de las caderas y me atraía hacia él en cada embestida. El sonido de sus golpes llenaba la sala. Darío y Bruno miraban desde la puerta, comentando como si estuvieran evaluando su desempeño.
—Hasta el fondo —dijo Darío—. A ella le gusta cuando no le das descanso.
Rafael obedeció. Me clavó una embestida tan profunda que grité su nombre. Darío se acercó, me besó mientras mi jefe me partía el culo y me acarició la cara con orgullo.
—Te ves perfecta así —susurró—. Llévate todo lo que te dé.
Luego se fueron. Dejaron la casa para nosotros dos, y Rafael no perdió tiempo. Me llevó a la mesa del comedor, me inclinó sobre la madera y siguió penetrándome por atrás. Me hablaba sucio al oído, me decía que en la oficina iba a recordar mi cara cada vez que pidiera permiso, que ahora sabía exactamente cómo corregirme cuando llegara tarde. Yo le respondía que sí, que me diera más, que me usara como había querido desde que me vio entrar a su equipo.
Se corrió en mi boca después de otra ronda en el sofá. Me arrodilló, me obligó a mirarlo y me llenó la lengua. Tragué sin apartar los ojos. Él sonrió, todavía con la camisa abierta, como si acabara de descubrir un beneficio oculto de ser mi jefe.
Después fuimos a la piscina. Bebimos vino al sol, hablando con una normalidad ridícula de mis horarios, de los reportes pendientes y de cómo íbamos a manejar las mañanas en que yo trabajara desde casa. Pero cada vez que se hacía silencio, Rafael miraba mi cuerpo como si volviera a excitarse desde cero.
Le llevé dos vibradores y una tanga limpia.
—Juega tú —le dije—. Hoy mandas tú.
Me puse la tanga con un vibrador en la vagina y otro en el culo. Rafael tomó los controles, se sentó bajo la sombra y empezó a probar velocidades mientras yo intentaba broncearme. Me hacía arquear la espalda, cerrar los puños, morderme el labio. Cuando se cansó de mirar, se acercó, me quitó el vibrador anal y lo reemplazó con su verga. Me penetró sobre la tumbona, luego en el borde de la piscina, luego otra vez en el piso, con mis rodillas raspando la piedra caliente.
Por la tarde nos duchamos para volver a la oficina. Me puse un body ajustado con una abertura atrás, botas negras y una falda larga. Rafael me miró en el espejo del baño y metió dos dedos en mi culo, todavía sensible.
—¿También vas a ir así al trabajo?
—Si quieres, sí —respondí—. Mi culo es tuyo todo el día.
Me penetró una última vez antes de salir, apoyándome contra el lavamanos. Se corrió en mi boca y después me puso un vibrador anal bajo la falda. Fuimos a la oficina en silencio, pero él llevaba el control remoto en el bolsillo.
Durante la reunión de la tarde, Rafael jugó conmigo desde la cabecera de la mesa. Subía la intensidad cuando yo estaba exponiendo, la bajaba cuando alguien me hacía una pregunta, la apagaba justo antes de que yo perdiera el hilo. Una vez la vibración fue tan fuerte que tuve que toser y pedir agua. Al pasar junto a él, le pisé el zapato sin que nadie lo notara. Él sonrió y bajó la velocidad.
Al terminar, me pidió que me quedara a revisar unos documentos. Cerró la sala de juntas, bajó las persianas y me señaló el piso. Me arrodillé sin que tuviera que repetirlo. Le chupé la verga con hambre, todavía húmeda por todo lo que habíamos hecho en casa. Después me puse en cuatro sobre la alfombra y levanté la falda.
—¿Cómo negociamos mis permisos? —pregunté, mirando por encima del hombro.
Rafael me agarró de la cintura y me la metió por el culo de una sola vez.
—No habrá problema —dijo, empujando fuerte—. Pero cuando yo quiera, vas a venir a esta sala y me vas a dejar jugar con este culo.
—Siempre que sea duro y profundo —respondí.
Me metió la corbata en la boca y siguió follándome hasta correrse. Luego me hizo tragarlo arrodillada junto a la silla, me acomodó la falda y volvió a ponerme el vibrador.
Antes de salir, se acercó a mi oído.
—Tu esposo me habló de una semana anal. La próxima vez quiero formar parte desde el primer día.
Yo sonreí, todavía respirando agitada.
—Prepárate entonces. El mes que viene empieza otra.
Volví a mi escritorio con las piernas temblando y el control remoto en manos de mi jefe. A los diez minutos recibí un mensaje suyo: «Quiero darte duro otra vez». Miré alrededor, confirmé que nadie me observaba y respondí: «Te espero en la sala pequeña. Ven con la verga dura. No quiero previa. Quiero que me la metas de una vez y me partas en dos».
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