La portera aceptó mi castigo después del derbi
Yo llevaba todo el día con la sangre hirviendo. No era solo por el empate ni por la bronca en la grada. Era por ella. La portera rival se había pasado noventa minutos desafiando a todo el estadio con esa calma insolente de quien sabe que tiene a miles de personas rabiosas delante y aun así no se encoge. Cada parada suya me jodía más que un gol en contra.
Cuando terminó el partido, no pude quitármela de la cabeza. Alta, fuerte, morena, con el gesto duro y esa seguridad que a mí me encendía por dentro. No era una mujer cualquiera. Se notaba en cómo caminaba, en cómo respondía a los insultos con una mirada seca, como si todos los hombres del mundo le importaran una mierda.
Escuché cerca de la salida del estadio que era abiertamente lesbiana. Lo decían como insulto. A mí me entró por otro lado. No me interesaba humillarla ni forzarla, sino bajarle esa soberbia y ver qué pasaba si, cara a cara, me dejaba entrar en su espacio. Había algo en su forma de desafiar que me pedía choque. Y yo, cuando siento eso, no suelo retroceder.
Horas después la vi entrar sola en un bar del centro. Ya no llevaba el uniforme del partido, sino unos jeans ajustados, botas negras y una camiseta ancha que no conseguía disimular su cuerpo. Se había soltado el pelo y el cansancio le pesaba en los ojos, pero seguía teniendo la misma presencia. Pidió una copa como quien necesita bajar revoluciones antes de poder dormir.
Me acerqué sin prisa. No con la violencia del estadio, sino con otra energía. Más contenida. Más peligrosa.
—Partido duro —le dije, apoyándome en la barra a una distancia prudente.
Me miró de arriba abajo, evaluándome. Seguramente vio a un tipo grande, rapado, con barba y tatuajes asomando por el cuello de la camiseta. Lo que no vio fue que yo la había estado observando desde mucho antes.
—He tenido peores —respondió, y dio un sorbo largo a su vaso.
Le invité la siguiente copa. Luego otra. Hablamos de fútbol, de viajes, de lesiones, de noches de hotel y de la mierda de tener el cuerpo todavía acelerado después de un partido grande. No me reconoció como uno de los animales que bramaban en la grada. O tal vez sí, y le dio igual. La cuestión es que se relajó.
Tenía una forma seca de hablar, sin coqueteo fácil, sin tonterías. Eso me gustó más. No me sonreía para agradar. Cuando se reía, era porque de verdad le arrancaba algo. Y yo quería seguir arrancándole cosas.
Le rocé el antebrazo cuando le conté una anécdota absurda y no se apartó. Más tarde, al inclinarme para decirle algo al oído por encima de la música, sentí cómo se le tensó el cuerpo, no de rechazo, sino de atención. Ese pequeño cambio me bastó para empujar un poco más.
—Aquí dentro ya no se puede hablar —murmuré—. Atrás hay un patio del local. Más tranquilo. Si quieres aire.
Me sostuvo la mirada dos segundos. Yo no aparté los ojos.
—Vale —dijo al fin.
Salimos por una puerta lateral. No era un callejón mugriento, sino un patio estrecho de servicio con ladrillo visto, un par de barriles altos y una luz amarilla débil sobre la pared. Olía a tabaco viejo y a madrugada húmeda. La música llegaba amortiguada desde dentro.
Se cruzó de brazos y soltó aire, como si al fin pudiera aflojar. Yo cerré la puerta detrás de mí, despacio. Ella se dio la vuelta al oír el clic.
—Ahora sí —dijo—. ¿Qué querías en realidad?
Di un paso hacia ella.
—Decirte que te estuve mirando todo el partido.
Alzó una ceja, nada impresionada.
—No eras el único.
—No. Pero puede que sí el único que quería tocarte en vez de insultarte.
Su gesto cambió. No a miedo. A alerta. Me gustó que no retrocediera.
—¿Y eso suele funcionarte? —preguntó.
—No siempre. Solo cuando noto que del otro lado también hay hambre.
Hubo un silencio corto, espeso. Ella apoyó la cadera contra la pared, todavía mirándome como si quisiera decidir si mandarme a la mierda o darme una oportunidad.
—Te advierto una cosa —dijo—. No me gustan los hombres que se creen con derecho a algo.
—Perfecto —respondí—. A mí me gustan las mujeres que saben decir que no. Y también las que saben decir que sí.
Sus labios se curvaron apenas. No era una sonrisa amable. Era un desafío.
—Yo no folló con hombres —soltó, clara, frontal.
—Puede ser. Pero llevas diez minutos aquí fuera conmigo, sin irte.
La tensión se clavó entre los dos. Ella se humedeció los labios. Vi cómo bajaba la vista a mi boca un segundo y volvía a subir. Ahí se rompió algo. O se abrió.
—No confundas curiosidad con permiso —dijo.
—Entonces dámelo o quítamelo. Pero dilo.
Se acercó primero. Apenas un paso. Lo justo para que su aliento me rozara la cara.
—Te doy un beso —murmuró—. Nada más.
—Por ahora.
Me besó con la intención de quien quiere controlar el terreno. Boca firme, lengua breve, mano apoyada en mi pecho para marcar distancia. Yo la dejé llevar el primer momento. Luego le agarré la nuca y profundicé, sin brusquedad, pero sin ceder. El beso cambió enseguida. Su respiración se alteró. La mano que tenía en mi pecho apretó la tela de mi camiseta.
Cuando nos separamos, tenía los labios húmedos y la mirada más oscura.
—Joder —susurró, molesta consigo misma.
—Eso no sonó a nada más.
—No te vengas arriba.
Pero ya se le notaba el pulso en el cuello. Bajé la mano a su cintura y esperé. Ella no la apartó. Entonces se la pasé por la espalda, atrayéndola de nuevo. Esta vez fue ella la que abrió la boca antes.
Nos besamos con más hambre, más sucio, más sincero. Su lengua dejó de probar y empezó a buscar. Mis manos le recorrieron la espalda, el culo duro bajo los jeans, la línea tensa de los músculos. La noté gemir bajito cuando le mordí el labio.
—No pensaba terminar así la noche —dijo, pegada a mi boca.
—Todavía no sabes cómo va a terminar.
—Ni tú.
Me gustó eso. Me gustó que peleara incluso cuando se estaba calentando.
Le agarré la mandíbula con dos dedos.
—Si seguimos, lo hacemos claro. Sin borrachera como excusa. Sin tonterías. Quiero oírte decir qué quieres.
Su pecho subía y bajaba más deprisa. Me sostuvo la mirada con terquedad.
—Quiero probar —dijo al fin—. Pero no quiero delicadeza falsa. Y si no me gusta, paras.
—Hecho.
—Y otra cosa —añadió—. Me excita que me manden, pero solo si yo lo permito.
Sonreí de lado.
—Eso sí que me interesa.
***
La llevé a un pequeño cuarto de almacén que el encargado me prestaba algunas noches para fumar o guardar cajas. Tenía un sofá viejo, una mesa baja y un cerrojo por dentro. Nada romántico. Perfecto para lo que estaba empezando a subir entre nosotros.
En cuanto cerré, ella me empujó contra la puerta y me besó con una rabia que ya no tenía nada que ver con el fútbol. Me metió las manos por debajo de la camiseta, uñas rascando mi abdomen, como si quisiera comprobar si de verdad me deseaba o solo estaba jugando con la idea. Yo le agarré el culo con las dos manos y la apreté contra mi polla dura.
Se quedó quieta al sentirla.
—Así que esto querías —murmuró.
—Esto y más.
—No me llames nena ni mierdas de esas.
—No lo haré.
Le levanté la camiseta y apareció un sujetador deportivo negro empapado aún de un leve olor a jabón y piel caliente. Le besé el cuello mientras le soltaba el broche. Cuando la tela cayó, sus tetas quedaron libres, grandes, firmes, pesadas en mis manos. Le chupé un pezón hasta ponerlo duro y ella soltó el primer gemido claro de la noche, profundo, involuntario.
—Joder... —cerró los ojos un instante—. No esperaba esto.
—Todavía no has visto nada.
Le chupé la otra teta, mordiendo apenas, y ella me agarró del pelo corto como si quisiera empujarme más fuerte contra su cuerpo. Tenía la piel sensible, encendida. Cada vez que mi lengua rodeaba el pezón, sentía cómo se le tensaba el vientre.
Bajé una rodilla entre sus piernas y presioné justo ahí. Su reacción fue inmediata. Se abrió apenas y exhaló por la nariz.
—Estás sensible —le dije.
—Estoy caliente, no ciega.
Le desabroché los jeans. Ella me miró sin hablar, respirando hondo. Metí la mano por dentro y encontré unas bragas simples, húmedas en el centro. Muy húmedas. Le acaricié por encima, lento, notando cómo el calor se concentraba bajo mis dedos.
—Pensé que no follabas con hombres.
—Y no folló con cualquiera —respondió—. Sigue tocándome y deja de hablar.
Obedecí. Aparté la tela y deslicé dos dedos entre sus labios mojados. Tenía el coño abierto, caliente, receptivo, con el clítoris hinchado y duro bajo la yema de mi pulgar. Apenas lo rocé y se estremeció de pies a cabeza.
—Mierda —susurró, apoyando la cabeza en la puerta.
—Mírame.
Lo hizo. Yo seguí frotándole el clítoris con círculos lentos mientras le metía un dedo dentro, luego dos. Su coño me apretó enseguida. No había duda, no había rechazo, no había confusión. Solo excitación pura y una rabia extraña por sentirla conmigo.
—¿Así? —pregunté.
—Más fuerte.
Curvé los dedos y le busqué el punto que la hacía temblar. Lo encontré rápido. Se le doblaron un poco las piernas y me clavó las uñas en el hombro. Le seguí dando ahí, entrando y saliendo, mientras con el pulgar le machacaba el clítoris sin suavidad.
—Ah... sí... joder, sí... —gimió, ya sin orgullo en la voz.
—Dime qué quieres.
—Que no pares.
—¿Y qué más?
Tragó saliva. Le brillaban los ojos, no de lágrimas, sino de deseo sostenido demasiado tiempo.
—Quiero correrme en tu mano.
Apreté el ritmo. Sus caderas empezaron a moverse solas, buscando mis dedos. Le metí un tercero solo la punta, combinando la presión con el pulgar en su clítoris. Entonces se quebró. Se corrió con un gemido ronco, abriendo la boca contra mi cuello, apretándome los dedos dentro mientras su coño palpitaba una y otra vez. Me empapó la mano y tembló largo, sin poder sostenerse del todo.
La sujeté por la cintura hasta que recuperó aire. Cuando abrió los ojos, me miró con una mezcla de asombro y enfado.
—Eso ha sido demasiado bueno —dijo.
—Y aún no te he follado.
La frase le pegó directo. Bajó la vista a mi entrepierna y luego volvió a subir.
—Quiero probar tu boca antes.
La giré y la senté en el borde del sofá. Le abrí más las piernas y me arrodillé entre ellas. Su coño estaba brillante, abierto, latiendo todavía del orgasmo. Le di una primera lamida larga, desde abajo hasta el clítoris, y soltó un gemido seco. Repetí, más lento, metiendo la lengua entre sus pliegues, saboreando su humedad sin apuro.
—Hostia... —murmuró—. No esperaba que me gustara tanto verte ahí.
—Eso es porque te gusta mandar... y que te obedezcan bien.
Le sujeté los muslos y me puse a comerle el coño de verdad. Lengua firme en el clítoris, chupadas cortas, luego profundas, alternando con dos dedos dentro. Su cuerpo atlético se desarmó en el sofá. Se retorcía, abría más las piernas, me empujaba la cabeza con la mano, perdida ya en el placer. El ruido húmedo del sexo oral llenó el cuarto junto con sus gemidos cada vez menos contenidos.
—Más... no pares... así, así... —repetía.
Le metí los dedos hasta el fondo y le chupé el clítoris con presión constante. Su abdomen se marcó, los muslos me atraparon la cabeza y se corrió otra vez en mi boca, sacudiéndose entera. Sentí cómo me mojaba la lengua y la barbilla. No me aparté hasta exprimirle el orgasmo completo.
Cuando la dejé respirar, estaba despeinada, colorada y mirándome como si no supiera si pegarme o besarme.
—Ahora tú —dijo.
Me bajó la cremallera y sacó mi polla ya dura, pesada, tensa desde hacía rato. La observó un segundo con esa curiosidad frontal que no intentaba fingir experiencia donde no la había.
—Nunca he hecho esto con uno —admitió.
—No tienes que hacerlo si no quieres.
—Quiero. Pero a mi manera.
Se arrodilló frente a mí. Me acarició desde la base hasta la punta, notando el grosor, el calor, la dureza. Luego pasó la lengua por el glande despacio, probando. Cerró los ojos un instante, concentrada en la sensación. La siguiente vez abrió más la boca y me tragó la punta. Gemí bajo, incapaz de evitarlo.
Aprendía rápido. Chupó con más decisión, subiendo y bajando, mezclando saliva con la mano alrededor de la base. Cuando le rocé la mejilla y le pedí que me mirara, lo hizo sin dejar de tenerme en la boca. Esa imagen sola me puso a un paso de correrme.
—Qué buena boca tienes —gruñí.
Ella soltó mi polla un momento y sonrió, desafiante.
—No te corras todavía. Quiero sentirte dentro.
***
Se puso de pie y se quitó del todo los jeans y las bragas. Yo me bajé el pantalón y saqué un preservativo del bolsillo de la chaqueta. Lo vio y asintió, satisfecha. Nada de impulsos idiotas. Nada de perder la cabeza del todo.
—Ven aquí —le dije.
La acerqué a mi cuerpo y la besé mientras me colocaba el condón. Noté cómo miraba cada gesto, cada movimiento. Había nervios, sí, pero también una excitación casi agresiva. Le agarré una pierna y la subí al sofá, dejándola abierta para mí. Mi mano volvió a su coño y comprobé que seguía empapada.
—Última oportunidad para decir que no.
—Métemela ya —respondió, ronca.
Le apoyé la punta en la entrada y la fui empujando despacio. Su cuerpo se tensó al primer avance. Hundí la cara en su cuello mientras entraba centímetro a centímetro. Estaba caliente, apretada, apretándome de una forma distinta a la de cualquier otra mujer con la que hubiera estado. No por falta de deseo, sino por la intensidad de lo nuevo.
—Respira —murmuré.
Lo hizo. Me agarró del antebrazo con fuerza y abrió más las piernas. Seguí entrando, lento, hasta estar completamente dentro. Los dos nos quedamos quietos un segundo, sintiendo el peso de ese momento.
—Joder... —dijo entre dientes—. Se siente... enorme.
—¿Demasiado?
Negó.
—No. Muévete.
Empecé con embestidas cortas, medidas, dejando que su cuerpo se adaptara. Cada vez que salía y volvía a entrar, su coño me recibía un poco mejor, un poco más abierto, un poco más ansioso. Sus gemidos cambiaron de tensión a hambre. Pronto ya era ella la que me pedía más ritmo.
—Más fuerte —ordenó—. No me trates como si fuera de cristal.
Sonreí y obedecí. Le agarré la cadera con una mano y con la otra le sujeté la nuca para besarla mientras la follaba más hondo. El sonido de nuestros cuerpos golpeando el sofá y de su respiración rota llenó el cuarto. Cada embestida le arrancaba un gemido más sucio.
—Así... así, joder... —repetía.
Le metí la mano entre las piernas y empecé a frotarle el clítoris mientras seguía entrando y saliendo de su coño. Esa combinación la deshizo. Su espalda se arqueó, las tetas rebotaron libres y me mordió el hombro para no gritar demasiado alto.
—¿Te gusta que te folle? —le susurré al oído.
—Sí.
—Quiero oírlo mejor.
Me miró con soberbia todavía viva, incluso así, empalada en mi polla.
—Sí, me gusta. ¿Contento?
—Todavía no.
La giré y la apoyé de manos contra la pared. Le abrí más las piernas con el pie y volví a entrarle por detrás. Esta vez fue distinto: más profundo, más bruto, más animal. Soltó un gemido largo, casi un jadeo roto, y echó el culo hacia atrás para recibirme mejor.
Le agarré el pelo en una coleta improvisada y tiré lo justo para echarle la cabeza hacia atrás.
—Ahora sí pareces rendida.
—No confundas rendirme con disfrutar —escupió, aunque estaba gimiendo.
—Entonces disfruta mientras te mando.
Le di más fuerte. Mi pelvis golpeaba su culo con un chasquido húmedo y seco a la vez. Ella apretaba los puños contra la pared y empujaba hacia atrás cada vez que yo avanzaba. Le alcancé el clítoris por delante y se lo froté rápido, sin compasión, mientras la follaba a un ritmo ya sostenido, serio, brutal.
—Voy a correrme —dijo, medio ahogada.
—Pues hazlo.
Se corrió con un grito ahogado, el coño apretándome con fuerza, las piernas temblándole tanto que tuve que sujetarla de la cintura para que no se fuera al suelo. Seguía palpitando cuando salí un momento y la hice darse la vuelta.
—A cuatro patas en el sofá —le indiqué.
Me sostuvo la mirada unos segundos. Ahí estaba otra vez el juego de poder, limpio, consciente. Finalmente obedeció. Se colocó como le dije, enseñándome el culo firme, la espalda arqueada y el coño todavía abierto y brillante.
Le pasé la mano por la raja del culo y noté cómo se estremecía.
—¿Te gusta esto también? —pregunté.
—Me gusta que preguntes.
Cogí lubricante de un pequeño cajón de la mesa. Lo abrí, le eché en la entrada del culo y en mis dedos. Empecé masajeando lento, primero por fuera, luego con la yema de un dedo. Ella soltó aire y relajó poco a poco. Le trabajé el ano con paciencia, metiendo un dedo, luego dos, mientras con la otra mano le acariciaba el coño para mantenerla excitada y abierta.
—No corras —murmuró—. Quiero sentirlo bien.
Eso hice. La preparé a conciencia. Cuando ya estaba cediendo, húmeda de lubricante y deseo, retiré los dedos y apoyé la punta de la polla en su culo.
—Dímelo.
—Métemela despacio.
Empujé con calma. La resistencia inicial fue fuerte, apretada, ardiente. Ella hundió la cara en el respaldo del sofá y respiró hondo mientras yo avanzaba muy poco a poco. Cuando por fin estuve dentro del todo, soltó un gemido tembloroso, mezcla de tensión y placer oscuro.
—Joder... —susurró—. Qué sensación.
No me moví enseguida. Le acaricié la espalda, la nuca, el culo. Luego empecé con embestidas cortas, lentas, dejando que el cuerpo se le acostumbrara. El cuarto se llenó de sonidos húmedos, de respiraciones trabadas, de pequeñas órdenes y respuestas.
—Más —pidió ella al cabo de un rato—. Ya puedes darme más.
Lo hice. Salía casi del todo y volvía a entrar, más firme, más profundo, sintiendo cómo su culo me tragaba mejor con cada envite. Le metí la mano por debajo y le froté el clítoris otra vez. Ahí fue cuando empezó a perder de verdad el control.
—Sí... sí... no pares... folláme así... —gemía, ya sin filtros.
—Mírate —gruñí—. Toda abierta para mí y pidiéndome más.
—Cállate y sigue.
Me reí y le di aún más fuerte. El sofá crujía. Mi mano golpeaba su cadera con cada embestida. Ella temblaba entera, empujando hacia atrás para tragarse hasta el fondo cada entrada. Le pellizqué un pezón al inclinarme sobre su espalda y casi se deshizo en ese instante.
—Dime quién manda ahora —le dije en el oído.
Se mordió el labio. Tardó un segundo en responder, justo lo bastante para hacerme disfrutar la espera.
—Tú... ahora tú... joder.
—¿Y qué quieres?
—Quiero correrme otra vez. Quiero correrme mientras me follas el culo.
Le machaqué el clítoris con dos dedos y mantuve el ritmo duro, constante, sin aflojar. Su cuerpo entró en una tensión total, como un arco tirante a punto de romperse. Y se rompió. Se corrió gritando mi nombre, convulsionando contra mí, el coño chorreando sobre mis dedos mientras el culo me apretaba de forma salvaje.
Yo aguanté unos segundos más, sintiendo ese orgasmo suyo por todo mi cuerpo, hasta que ya no pude. Salí de su culo, me quité el condón rápido y la giré hacia mí.
—Abre la boca.
Lo hizo al instante, aún jadeando. Me agarró la polla con la mano y empezó a pajearme con firmeza mientras sacaba la lengua. No necesitó más instrucciones. Le di un par de golpes sobre la lengua, sujetándole la mandíbula, y me corrí con un gruñido ronco. Le llené la boca y parte del mentón. Ella tragó sin apartar la mirada. Luego pasó dos dedos por la comisura de sus labios y se los chupó despacio.
Nos quedamos quietos un momento, respirando como animales después de una pelea bien terminada.
***
Se dejó caer en el sofá y soltó una risa incrédula. Yo me senté a su lado y le alcancé una botella de agua del estante. Bebió un trago largo, todavía con el pecho subiendo y bajando.
—Bueno —dijo al fin—. Esto sí que no estaba en mis planes después del derbi.
—En los míos un poco sí.
Me miró de lado.
—Ya lo imaginaba.
Le limpié con una servilleta la barbilla, despacio. No me apartó la mano. Tampoco se ablandó del todo.
—No vayas a creerte que me has convertido a nada —dijo.
—No me interesa convertirte.
—¿Entonces?
La miré de frente.
—Me interesaba esta noche. Tu sí. Tu curiosidad. Tu forma de tensarte cuando alguien te planta cara.
Lo pensó un momento. Luego asintió, como si agradeciera la honestidad sin adorno.
—Pues te diré algo —murmuró—. Me gustó más de lo que esperaba. Sobre todo cuando mandabas... y sobre todo cuando preguntabas antes.
—Así funciona lo bueno.
Se inclinó y me besó otra vez, más suave esta vez, pero nada inocente. Tenía sabor a agua, a saliva y al eco de todo lo que acababa de pasar.
—Si alguna vez repites eso de «abre la boca» —dijo contra mis labios—, procura que sea en un sitio mejor que un almacén.
—Entonces habrá segunda vez.
Sonrió con cansancio y arrogancia recuperada.
—No te emociones. Digamos que hay una revancha pendiente.
La vi vestirse sin vergüenza, con esa seguridad física que me había obsesionado desde el estadio. Antes de salir, se giró en la puerta.
—Por cierto, ahora sí te reconozco —dijo—. Eras uno de los cabrones de la grada.
Me reí.
—Y tú la portera que me arruinó la noche.
—No creo que te la arruinara tanto.
Se fue antes de que pudiera responder. Yo me quedé con su olor en la piel, su sabor en la lengua y la certeza de que algunas rivalidades no terminan cuando pita el árbitro. A veces empiezan justo ahí, cuando dos adultos dejan de insultarse a distancia y deciden probar, sin mentirse, hasta dónde les llega el deseo.