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Relatos Ardientes

La jaula de castidad que cambió nuestra rutina

Nos mudamos juntos hace poco, después de bastante tiempo acostándonos en camas prestadas, esquivando horarios y aprovechando cualquier hueco para follar como animales. Vivir en el mismo piso cambió muchas cosas, pero sobre todo una: por fin pude meter de verdad el control en nuestra vida sexual y no solo jugar a ratos. Yo llevaba meses fantaseando con eso, y él también, aunque a su manera.

Siempre he disfrutado mandar en la cama. Al principio eran detalles pequeños, casi inocentes dentro de lo que cabe: subirme encima, agarrarle del pelo para marcarle el ritmo, inmovilizarle las muñecas, hacer que me lamiera el coño hasta que me corriera en su cara mientras él se quedaba con la polla dura y sin permiso para tocarse.

Lo que más me excitó no fue solo que obedeciera, sino ver lo rápido que aprendió a disfrutarlo. Mi forma de mirarlo, de decirle cuándo podía moverse y cuándo no, de apartarle la mano si intentaba apresurarse, le encendía una sumisión que yo intuía desde hacía tiempo. Y a mí eso me mojaba de una forma casi obscena.

Una noche, antes de la mudanza, lo até al cabecero de la cama con las manos bien abiertas y me senté sobre su abdomen mientras su polla apuntaba tiesa hacia mí. No lo dejé meterla. Le apreté los muslos con las rodillas, le acaricié el pecho con las uñas y bajé solo para frotarme la entrada del coño contra la punta, apenas un roce húmedo, caliente, insoportable para él.

—No te vas a correr hasta que yo quiera —le dije.

Se mordió el labio y asintió. —Sí.

—No. Así no. —Le agarré la barbilla—. Contéstame bien.

—Sí, dueña.

Ese tono me atravesó entera. Bajé la mano y empecé a pajearlo muy despacio, con la palma resbalando sobre toda su longitud, sin darle el ritmo que pedía su respiración. Al principio jadeó de gusto; unos minutos después ya estaba desesperado, arqueando el cuerpo, tirando de las ataduras, con el abdomen temblándole.

Me encantó. Más que verlo excitado, me encantó descubrir que su orgasmo podía quedarse suspendido en mis dedos, retenido por mi capricho. Se la apreté justo por debajo de la punta cuando noté que iba a correrse y él soltó un gemido ahogado, casi dolido, casi suplicante.

—Todavía no —susurré.

Aquel día entendí que no quería limitarme a calentarlo y dejarlo ir. Quería administrar su deseo. Quería decidir cuándo tenía la polla libre, cuándo no, cuándo podía venirse y cuándo iba a tragarse la necesidad con los dientes apretados. Y cuando por fin firmamos el contrato del piso, ya sabía cuál iba a ser mi regalo de bienvenida.

La cajita estaba en una de las últimas bolsas que subimos. La saqué cuando terminamos de abrir las botellas para brindar, todavía con la casa medio patas arriba y el salón lleno de cajas. Él me miró con esa mezcla suya de curiosidad y miedo que tanto me gusta.

—¿Qué es eso? —preguntó, aunque ya lo sospechaba.

Lo abrí despacio y le enseñé la jaula de castidad. Pequeña, discreta, brillante. Una promesa y una amenaza al mismo tiempo.

Su reacción fue exactamente la que quería. Se le tensó la mandíbula, se le endureció la mirada y bajó los ojos a la pieza como si de golpe se hubiera imaginado el peso real de la fantasía. No dijo nada durante unos segundos.

—Póntela —le ordené.

Fuimos al baño. Cerré la puerta y me apoyé en el lavabo para verlo hacerlo con mis indicaciones, deliberadamente despacio, notando cómo sus manos temblaban apenas mientras acomodaba su polla y sus huevos dentro del aro y del tubo. Cuando terminó, le pasé un dedo por encima, palpando la dureza frustrada que intentaba crecer sin espacio suficiente.

—Así te ves mejor —dije.

—Se siente raro.

—La idea es que no lo olvides ni un segundo.

Ese mismo atardecer tuvimos una pequeña reunión en casa con amigos para inaugurar el piso. Nada exagerado: comida, copas, música baja, risas y conversaciones cruzadas entre cajas sin desempacar. Y allí estaba él, sirviendo vino, sonriendo, moviéndose entre todos con la polla encerrada bajo el pantalón mientras solo yo conocía el secreto.

La complicidad me puso peor de lo que esperaba. Cada vez que lo veía cruzar el salón con una bandeja, cada vez que se sentaba y abría un poco las piernas por costumbre para luego corregirse al recordar la presión de la jaula, me ardía el coño. En una ocasión pasé por su lado para dejar unos platos en la cocina y le rocé la entrepierna con los dedos como quien no quiere la cosa. Se quedó rígido.

—Compórtate —le murmuré al oído.

Volvió con los demás tragándose el gesto. Yo tuve que quedarme un momento en la cocina respirando, con los pezones duros bajo la camiseta. Saberlo controlado sin que nadie más lo supiera me excitó de una manera nueva, sucia, íntima.

Cuando por fin se fueron todos y cerramos la puerta, él me miró en silencio. No hizo falta que dijera nada. Yo ya estaba descalza, cansada, excitada y con ganas de cobrarme la noche entera.

—Al salón —ordené.

Lo hice arrodillarse frente al sofá mientras yo me quitaba la ropa, una prenda cada vez, sin prisa. La falda cayó primero. Luego la blusa. Después el sujetador. Él me seguía con la vista como si le faltara el aire. Cuando me bajé la ropa interior y la dejé en el suelo, vi cómo apretaba las manos contra los muslos para no tocarse por reflejo.

—Mírame bien. Tu polla sigue encerrada. Mi coño no.

Le separé la cara con los dedos y acerqué mi vulva a su boca. Ya estaba mojada, abierta para él, brillante bajo la luz cálida del salón. —Sácame todo esto con la lengua.

Obedeció en cuanto lo empujé hacia mí. Su boca me encontró con hambre, lamiéndome de abajo arriba, abriendo la lengua contra mis labios mojados antes de hundirla más arriba, directa al clítoris. Gemí al primer contacto y le agarré el pelo con fuerza, marcándole el ángulo. Era exactamente donde quería tenerlo: arrodillado, útil, desesperado y completamente concentrado en hacerme correr.

—Más despacio. Ahí. No quites la lengua. —Fui guiándolo entre jadeos—. Así me gusta, joder.

El encierro le estaba volviendo la boca más voraz. Lamía como si no fuera a comer de otra forma en toda la noche. Cuando sentí que empezaba a tensarse mi vientre, apoyé un pie en el sofá y le abrí más espacio para que metiera la lengua dentro de mí. Él lo hizo enseguida, alternando entre penetrarme con la lengua y volver al clítoris con una insistencia deliciosa.

Me corrí apretándole la cabeza entre los muslos. No fue un gemido delicado, fue un espasmo sucio, una descarga que me hizo temblar las rodillas y cerrar el coño alrededor de su lengua mientras seguía chupando. Le mojé la boca y aun así no lo aparté hasta que yo quise.

—Ahora sí —dije, todavía agitada—. Te ganaste que te la quite.

Me arrodillé frente a él. Abrí el pequeño cierre y saqué su polla de la jaula. Salió roja, dura, sensible, latiéndole contra el vientre. Él soltó un ruido grave, mezcla de alivio y dolor. La acaricié apenas con dos dedos y casi se dobló.

—Mira cómo estás. —Le di una palmada suave con la punta de los dedos—. Todo esto por estar unas horas encerrado.

No le di permiso para penetrarme. Esa noche quise otra cosa. Me la llevé a la boca y fui bajando despacio, saboreando la tensión acumulada, notando cómo se estremecía entero con cada centímetro. Se la chupé hondo, tragándolo hasta la garganta, sacándola después con saliva suficiente para volverla brillante entre mis labios.

—No te corras —le advertí sin sacármela del todo de la boca—. Si te corres sin permiso, mañana vuelves a la jaula desde que abras los ojos.

Le cambió la respiración. Se contuvo con una disciplina que me calentó todavía más. Entonces sí lo llevé al límite solo para negárselo otra vez, lamiendo la punta, apretando la base con la mano, jugando con sus huevos, hasta dejarlo jadeando y temblando antes de apartarme. Esa noche durmió con la polla otra vez encerrada y con el cuerpo hecho una necesidad viva. Yo dormí pegada a su espalda, disfrutando cada pequeño movimiento tenso de sus caderas.

***

Desde entonces empezamos a meter la jaula en la rutina. Algunas mañanas se la ponía antes de irnos a trabajar. Otras noches decidía que dormiría con ella puesta. Nunca durante demasiado tiempo al principio; me interesaba que el juego creciera con nosotros, no romperlo por precipitación.

Pero el efecto psicológico apareció enseguida. A mí me bastaba recordar en mitad del día que él estaba pendiente de una llave que llevaba yo para sentir un golpe de calor entre las piernas. A él le bastaba que yo le escribiera «No te la toques ni al llegar» para pasarse la tarde ardiendo.

La primera vez que lo sometí de verdad en el piso nuevo fue un par de noches después. Habíamos cenado tarde y yo ya venía con una idea fija en la cabeza. Le dije que no se duchara todavía, que me esperara en el salón. Cuando salí del dormitorio llevaba una cuerda en la mano y nada de ropa encima.

Se quedó mirándome en silencio, sentado al borde de una silla.

—Las manos atrás.

Lo até a la silla con calma, dejando las muñecas firmes pero cómodas, y luego le aseguré los tobillos a las patas. No estaba desnudo del todo; le dejé la camisa abierta y la jaula puesta bajo el pantalón bajado hasta medio muslo. Quería verlo vulnerable y a medias expuesto, no liberado.

—Hoy vas a hablar —le dije.

—Siempre hablo contigo.

—Sí, pero hoy vas a hablar como yo quiero. Sin filtrar. Sin hacerte el correcto. Quiero lo que te pone cachondo de verdad.

Le acaricié el pecho con la yema de los dedos. Conocía bien su punto débil. Bajé a los pezones y empecé a rozarlos muy suave, apenas un círculo lento, la presión mínima necesaria para que se le escapara el primer gemido. Sonreí.

—Mírate. Ni siquiera te he tocado la polla.

Me senté sobre sus muslos, desnuda, dejando que el calor de mi coño quedara justo encima de la jaula. No lo monté del todo; solo apoyé el peso suficiente para que él sintiera mi humedad a través del metal y la tela. Su cuerpo reaccionó enseguida, intentando endurecerse dentro del encierro.

—Dime una fantasía.

—Que me ates.

Le pellizqué un pezón. —Eso ya lo estoy haciendo. Otra.

—Que me amordaces.

—Aburrido.

Me moví un poco, frotando la jaula contra mis labios mojados. El metal rozó mi entrada y tuve que contener un gemido. Él cerró los ojos, jadeando, atrapado entre la presión y la imposibilidad de crecer. Yo sabía que empezaba a dolerle y justo por eso seguí.

—Quiero lo que te da vergüenza decir.

—Que controles cuándo me corro.

—Eso también ya lo hago. Más.

Deslicé una mano por su torso, le arañé el abdomen y volví a los pezones, esta vez apretándolos entre las uñas. Él arqueó la espalda y soltó un quejido más ronco. Aproveché para bajar la otra mano a la entrepierna y agarrar la jaula, moviéndola apenas de lado a lado, lo suficiente para provocarle un escalofrío doloroso.

—Habla.

—Que… que me uses.

—Eso ya lo sé. Quiero lo peor.

Me incliné y le apreté las tetas contra el pecho mientras seguía rozándome sobre él. Mis pezones duros le raspaban la camisa abierta y él tenía la boca entreabierta, hipnotizado entre mi cuerpo desnudo y la tensión entre sus piernas. Lo estaba exprimiendo como quería: no solo de deseo, también de sinceridad.

—Quiero follarte el culo —soltó al fin, mirándome como si esperara un castigo.

Sentí una punzada de excitación instantánea. —Ajá. Sigue.

—Y… quiero que tú me folles a mí.

Le agarré la cara para obligarlo a sostenerme la mirada. —Eso sí suena mejor.

—Quiero que me trates como a un perro cuando te dé la gana. Quiero obedecer, arrastrarme, hacer lo que me ordenes.

—Sigue.

Tragó saliva. La jaula le había dejado un bulto duro e inútil que latía bajo mi coño. —Y a veces fantaseo con verte con otro. Con alguien más grande. Verte disfrutarlo y no poder hacer nada más que mirar.

No me bajó la excitación al oírlo; al contrario. Noté cómo se me abría más el coño sobre él y me fui moviendo con un ritmo más claro, usando el borde del metal y la presión del armazón para frotarme el clítoris. Él gimió al sentir mi humedad extenderse por la jaula.

—Ahora sí estás siendo honesto —murmuré.

—Todo eso me pone como un animal.

—Lo noto.

Seguí montándolo así varios minutos, sacando placer para mí de su frustración. Cada deslizamiento me arrancaba un jadeo y a él una mueca temblorosa. Le subí la camisa del todo y me puse a jugar con sus pezones otra vez, alternando caricias lentas y pellizcos secos hasta tenerlo totalmente sometido a la mezcla de dolor, excitación y vergüenza.

—Te voy a premiar —le dije al oído—, pero no porque te lo merezcas. Porque me has puesto el coño hecho una mierda.

Me bajé de su regazo, abrí su pantalón del todo y lo liberé por fin de la jaula. Su polla salió dura, marcada, sensible al extremo. La envolví con la mano solo una vez y él soltó un gemido largo, sucio, sincero.

—No te muevas.

Me arrodillé entre sus piernas. Le pasé la lengua por la punta lentamente, recogiendo el líquido que ya asomaba, y luego bajé hasta la base. Fui chupándosela como si también quisiera premiarme yo, disfrutando de cada espasmo de sus muslos atados, de cada respiración rota. Le gustaba demasiado, y eso se notaba en cómo intentaba contener el empuje de las caderas para no desobedecer.

Le metí media polla en la boca y la mantuve ahí, húmeda, caliente, presionando con la lengua por debajo. Cuando empecé a subir y bajar de verdad, su cabeza cayó hacia atrás. Yo misma estaba cada vez más excitada. Me metí dos dedos en el coño mientras se la chupaba, frotándome rápido, dejando que el sonido húmedo de mi boca y mi mano llenara el salón.

—Joder… —gimió—. No aguanto mucho.

Saqué la boca un segundo. —No te he dado permiso.

Volví a tragarla hasta el fondo, esta vez dejándolo sentir mi garganta y el ahogo controlado que tanto le vuelve loco. Lo alterné con chupadas lentas, largas, y luego con un ritmo más duro, más rápido, apretando con la mano la base mientras la saliva me chorreaba por los dedos. Él estaba perdido. Yo también.

Cuando lo noté al borde, me levanté. Le desaté solo lo justo para arrastrarlo al sofá. Quería corrérmelo dentro, sentir el contraste entre toda la negación acumulada y el momento de por fin dárselo. Me puse a horcajadas sobre él, guiándome su polla con una mano.

La punta resbaló entre mis labios y me quedé un segundo ahí, provocándolo, respirando en su boca. Luego bajé de golpe. Entró entero y los dos soltamos un ruido obsceno al mismo tiempo. Yo por la descarga de sentirlo tan duro, tan sensible, tan lleno dentro de mí; él por el alivio brutal de estar por fin donde llevaba días queriendo estar.

—No te muevas —le dije, y me quedé clavada sobre él apenas unos segundos más, sintiendo su polla palpitarme dentro—. Vas a cogerme al ritmo que yo mande.

Empecé despacio. Muy despacio. Subiendo hasta casi sacármela y volviendo a bajarla con todo mi peso, dejando que mis paredes se acostumbraran a la sensibilidad exagerada de su polla libre. Él intentó sujetarme por la cintura, pero le aparté las manos.

—Solo mira.

Me apoyé en su pecho y aceleré. El sonido húmedo de nuestras embestidas se mezcló con mis jadeos y su respiración entrecortada. Ya no estaba jugando a torturarlo; ahora estaba usando toda esa tensión a mi favor, sacándome la excitación que llevaba acumulada desde la cena, desde la jaula, desde verlo contenerse por mí una y otra vez.

Él no aguantó callado mucho tiempo. —Fóllame así… joder… no pares.

—Te gusta cuando te tengo encerrado y luego te uso, ¿verdad?

—Sí.

—Dilo mejor.

—Sí, dueña. Me vuelve loco.

Me incliné y le mordí el labio antes de enderezarme otra vez. Cambié el ángulo, apoyando las manos en el respaldo y levantando el culo para dejarle entrar más hondo. Cada subida y bajada me golpeaba el punto exacto. Se me escapaban gemidos cada vez menos elegantes, más crudos.

Él ya no podía contener el impulso y empezó a empujar desde abajo en cuanto se lo permití. Me agarró los muslos, hundiéndome la polla con embestidas cortas y duras, desesperadas por el tiempo retenido. Yo dejé que lo hiciera unos segundos, lo justo para que perdiera la cabeza, y luego volví a frenarlo tirándole del pelo.

—Quieto. Si te corres antes de que yo me corra, vuelves a la jaula toda la semana.

Esa amenaza lo dejó temblando. Aproveché esa docilidad y me bajé del sofá para ponerme de espaldas a él, apoyada en el brazo del sillón. Le separé las piernas con la mano.

—Ahora sí. Fóllame.

Se levantó y me penetró desde atrás con una sola embestida profunda que me arrancó un grito. Me agarró de la cadera y empezó a darme duro, más libre, más animal, golpeándome con un ritmo sostenido que hacía chocar mi cuerpo contra el sofá. Yo le marqué la velocidad entre gemidos, pidiéndole más, pidiéndole que no se atreviera a venirse.

—Así… así… no pares, cabrón.

Su mano bajó a mi vientre y luego entre mis piernas, buscando mi clítoris mientras seguía follándome. Lo encontró empapado y empezó a frotarme con precisión torpe pero hambrienta. Sentí el orgasmo venir de golpe, subiéndome por el abdomen como una contracción brutal.

—Me voy a correr —dije entre dientes—. No pares. Ni se te ocurra parar.

Me corrí con su polla clavada hasta el fondo y sus dedos frotándome sin piedad. Las piernas casi se me vencieron. Él aguantó apenas unos segundos más; lo noté temblar detrás de mí, perder el control, agarrarse a mis caderas como si se ahogara.

—Córrete —le ordené por fin.

Se vino con un gemido ronco, descargándose dentro de mí en varias sacudidas fuertes, todavía empujando mientras su corrida le vaciaba todo el cuerpo. Se quedó pegado a mi espalda, sudando, respirándome en el cuello. Yo seguía temblando, con el coño apretándolo todavía.

Nos quedamos así un momento, sin hablar. Luego me aparté despacio y me volví para mirarlo. Tenía la expresión rendida, satisfecha, todavía medio ida. Me gustó tanto esa cara que le acaricié la mejilla antes de darle una bofetada suave, casi cariñosa.

—Buen chico —dije.

Sonrió de una manera obscena. —Eso también me pone mucho.

Me reí y fui a buscar la jaula del suelo. La levanté entre dos dedos. Su mirada cambió al instante, con una mezcla de cansancio y excitación renovada.

—No me mires así —le dije—. La aventura apenas empieza.

Y era verdad. La mudanza no nos había dado solo un espacio compartido; nos había abierto una puerta. La de probar fantasías con tiempo, con confianza, con más hambre que vergüenza. La de explorar su sumisión y mi dominación sin prisas, ensuciándonos la cabeza y la cama todo lo necesario.

Ahora sabemos que la jaula no era el destino, sino el comienzo. Un primer objeto, una primera llave, una primera forma de decirnos hasta dónde podíamos llegar juntos. Y si algo dejó claro aquella noche en el salón es que los dos queremos seguir empujando ese límite, despacio cuando haga falta y sin pudor cuando toque.

Porque sí, somos una pareja corriente en casi todo. Pagamos facturas, discutimos por cajas sin abrir y cocinamos cualquier cosa cuando llegamos cansados. Pero en cuanto cierro la puerta del dormitorio o lo hago arrodillarse en medio del salón, lo corriente se termina. Ahí empieza lo nuestro: dominación, deseo, confesiones sucias y una cantidad nada pequeña de ganas de seguir jodiéndonos la cabeza y el cuerpo.

Y la próxima vez, probablemente, iré un poco más lejos.

Para quienes leen desde Córdoba: escorts en Villa María, con fotos reales.

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Comentarios(6)

CarlosMir

tremendo relato, me dejo sin palabras!!!

CuriosaCba

Por favor no te quedes aca, quiero saber como sigue. Espero la parte 2

NachoRiver91

Se nota que esto no es inventado de cero, tiene una autenticidad que no se encuentra seguido por aca. Muy bueno.

PatriciaM_Bsas

Me recordo a algo que vivimos hace un tiempo, esa mezcla de control y confianza es adictiva jaja. Buen relato!

RicardoH86

Hay segunda parte? o fue algo que paso una sola vez? me quede con mucha curiosidad

Diegote77

exelente!!! de lo mejor que lei en mucho tiempo en este sitio

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