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Relatos Ardientes

Le vendí mi tanga usado y acabé obedeciendo

Nunca había vendido nada así. Había coqueteado, sí. Había fantaseado con desconocidos en chats, también. Pero aquella mañana, aburrida, sola en mi departamento y con la cuenta del banco dándome más miedo que pudor, me metí en una sala de chat sin esperar gran cosa.

Entre mensajes idiotas y tipos escribiendo como animales, apareció uno distinto. Correcto, directo, sin urgencia. Me dijo que era de mi misma ciudad, que era un hombre adulto, discreto, y que quería pagarme por una prenda usada. No tardó en concretar: un tanga mío. Quería olerlo. Quería masturbarse con mi olor metido en la nariz.

Leí eso y sentí un latigazo entre las piernas. No era amor, ni curiosidad tierna. Era morbo puro. La idea de que un hombre desconocido quisiera pagar por mis fluidos, por la marca de mi culo sobre una tela mínima, me puso húmeda de golpe.

Le pasé un usuario alternativo para hablar mejor. Apenas lo hice, me miré en el reflejo oscuro de la pantalla y me reconocí con una sonrisa de cerda que no solía mostrarle a nadie. Él tardó poco en escribirme otra vez.

—Si puede ser tanga, mejor —me puso—. Quiero que tenga de todo. Delante y detrás.

Me mordí el labio al leerlo. Era obvio lo que quería. No solo el olor de mi coño; también quería el rastro del hilo entre las nalgas, la parte exacta que me rozaba el culo. Y lo peor no era entenderlo. Lo peor era que me estaba excitando que lo dijera con tanta tranquilidad.

—Nunca hice algo así —le respondí.

—Entonces será tu primera vez —contestó—. Y vas a hacerla bien.

Esa frase me dejó quieta un segundo. No me pidió. No me sugirió. Lo dio por hecho. Había una firmeza extraña en su forma de escribir, una seguridad que me hizo apretar los muslos debajo de la mesa de la cocina. Me preguntó si el dinero me venía bien. Le dije que sí. Me dijo que a él le venía bien mi obediencia.

Ahí debí cerrar la conversación. En vez de eso, me acaricié por encima del short.

—¿Y qué sería «hacerla bien»? —pregunté.

—Quiero una prenda usada de verdad, no un teatro. Quiero que la lleves puesta después de correrte. Quiero que duermas con ella. Quiero que mañana me la entregues caliente de haberla llevado todo el día.

Tragué saliva. Tenía un juguete en el cajón de la mesa de noche. Tenía tiempo de sobra. Tenía el cuerpo ya pidiéndome guerra. Y sobre todo tenía esa sensación indecente de estar entrando en algo que no iba solo de vender ropa interior, sino de dejarme dirigir por un hombre al que ni siquiera le había visto la cara.

—Eso cuesta más —contesté, intentando recuperar control.

—No me importa pagar más si obedeces sin trampas.

La palabra obedeces me bajó directa al coño. Me aparté de la cocina y fui al dormitorio con el teléfono en la mano. Abrí el cajón, saqué un tanga negro y lo dejé sobre la cama. Después saqué mi succionador, lo encendí solo para oír el zumbido y se me erizó la piel.

—Quiero saber cómo te depilas —escribió.

Se lo conté. Muy poco vello arriba, una línea corta, el resto bien limpio. Él tardó unos segundos en responder, como si se estuviera imaginando la forma exacta de mi coño. Yo ya tenía la mano metida bajo el short, frotándome por encima de la tela mojada.

—Esta noche te duchas, te pones el tanga y te masturbas con el juguete. Mínimo tres corridas. Sin sacártelo. Quiero que rebose.

Leí esa orden con el dedo quieto sobre el clítoris. Se me escapó un gemido tonto, sola en el cuarto. No era solo la práctica. Era la idea de cumplir. De imaginar a ese hombre serio recibiendo mañana una tela húmeda porque yo había seguido instrucciones al pie de la letra.

—Eres muy mandón para ser un desconocido —escribí.

—Y tú estás demasiado mojada para hacerte la difícil. Haz caso.

Me desnudé despacio, no por delicadeza sino porque quería sentir cada prenda cayendo al suelo. Me metí en la ducha todavía con el teléfono en la mano, dejándolo sobre el lavabo para seguir viendo la pantalla encendida. El agua me corrió por las tetas, por el vientre, entre las piernas ya hinchadas. No me toqué allí dentro porque su orden había sido clara: primero ducharme, luego ponerme el tanga y masturbarme con él puesto.

Salí, me sequé apenas, y me puse el tanga negro. La tela fina se acomodó entre mis labios y el hilo me separó un poco las nalgas. Después me tumbé en la cama con las piernas abiertas y le mandé un mensaje.

—Ya está.

—Descríbeme cómo te queda.

Miré hacia abajo. Los pezones ya estaban duros. La tela marcaba el coño inflado, y el hilo se me hundía justo donde él quería imaginarlo.

—Apretado. Ya lo estoy mojando sin haber empezado.

—Bien. Ahora mete la mano y toca solo por encima del tanga. Quiero que empapes primero la tela.

Obedecí. Metí los dedos por la entrepierna y apreté el monte de Venus. Froté despacio, buscando el clítoris a través de la tela, y enseguida sentí el calor húmedo crecer. La fricción del tejido me puso peor. El tanga empezó a pegarse a mis labios, resbaloso, y cada pasada me arrancaba un jadeo más abierto.

—¿Así? —pregunté, ya respirando mal.

—Más fuerte. Quiero que ese tanga quede sucio de verdad. No te corras todavía.

Me di la vuelta y alcancé el succionador. Lo apoyé sobre el tanga, justo donde más me latía. La vibración y la succión, amortiguadas por la tela mojada, fueron una patada directa. Arqueé la espalda y abrí más las piernas. El aparato chupaba sobre el clítoris cubierto y el tejido iba y venía, empapándose más con cada espasmo de mi coño.

—Joder... —murmuré sola.

—Quiero audio —me escribió.

Se lo envié sin pensar. Un mensaje corto, apenas mi respiración rota y un gemido cuando subí la potencia. Me sentía estúpida y exhibida, pero esa humillación me estaba poniendo a mil. Saber que él iba a escucharme masturbarme para prepararle una prenda usada me hacía apretar el juguete con más ganas.

El primer orgasmo me llegó sucio y rápido. No fue delicado. Me agarré un pecho con una mano y con la otra sostuve el aparato firme sobre el tanga, dejando que la descarga me sacudiera el vientre entero. El coño me palpitó varias veces seguidas, expulsando más humedad, y noté la tela completamente babosa entre los labios.

Mandé otro audio, esta vez con un quejido más largo.

—Una —respondió él—. Te faltan dos, como mínimo. No te quites el tanga.

Yo ya estaba perdida. Me incorporé, apoyé la espalda contra el cabecero y me abrí el sostén para sacar las tetas. Quería tocarme todo. Quería obedecer y al mismo tiempo ponerme más cachonda. Retorcí un pezón entre los dedos mientras volvía a colocar el juguete sobre la tela. Esta vez me balanceé contra él, frotando la pelvis, dejando que el tanga se hundiera más entre mis labios y me rozara el culo.

—Dime lo que harás con él —escribí.

—Lo oleré despacio. Pondré la parte del coño en mi cara y la del hilo en mi boca. Me masturbaré pensando en cómo lo llenaste para mí.

Solté un gemido ronco. Aquello me disparó. Apreté más fuerte el succionador, casi con rabia, y el segundo orgasmo me dobló hacia delante. Esta vez sentí un chorro espeso humedecer aún más la tela y pegarla por completo a la piel. Tenía el clítoris sensible hasta doler, pero el dolor era bueno, brillante, casi insoportable.

—Dos —le mandé, acompañándolo con una foto del tanga todavía puesto, la tela oscurecida y pegada.

—No está mal. Quiero una más antes de dormir. Y mañana al despertar, otra. Luego lo llevarás puesto hasta verme.

Me corrí una tercera vez casi por terquedad, con las piernas temblando. Ya no era solo placer; era una mezcla de cansancio, excitación y una obediencia sucia que me tenía la cabeza nublada. Cuando terminé, apagué el juguete y metí los dedos por un lado del tanga. Salieron brillantes, espesos. Los olí. Mi propio olor me golpeó fuerte y entendí mejor su fetiche: había algo animal, íntimo, obsceno, en ese rastro de coño cansado y caliente.

—Ahora duérmete con él —ordenó—. Mañana me escribes apenas despiertes.

Lo hice. Dormí con las piernas entreabiertas, notando la tela fría al principio y tibia después, secándose a medias contra mi cuerpo. Me desperté más de una vez durante la noche y cada vez que acomodaba la cadera sentía el tanga áspero por la humedad reseca. Eso, lejos de apagarme, me mantenía enchufada a la fantasía.

Estoy preparando mi ropa interior para un desconocido.

Y me encanta.

***

A la mañana siguiente me desperté con el coño pesado y sensible. Antes incluso de ir al baño, miré el teléfono. Tenía un mensaje suyo de una hora antes.

—Buenos días. Quiero la cuarta corrida antes de que desayunes.

Me reí sola, avergonzada de lo rápido que me obedecía el cuerpo. El tanga seguía puesto. Lo toqué y todavía estaba algo tieso en algunas zonas, suave y húmedo en otras. Me tumbé otra vez, abrí las piernas y me metí la mano por dentro. Apenas rocé el clítoris sentí un escalofrío.

Esta vez no usé el juguete enseguida. Quise hacerlo con los dedos, jugando con la entrada mojada, metiendo uno y luego dos, mientras con el pulgar frotaba arriba. El tanga me tiraba hacia un lado, estorbándome a propósito, y eso me excitó más. Era como masturbarme dentro de una orden ajena, sin libertad completa.

—Estoy tocándome —le escribí.

—Descríbelo.

—Tengo dos dedos dentro y el tanga me está raspando el clítoris. Estoy chorreando otra vez.

—Sácate los dedos y córrete sobre la tela. Quiero que todo quede fuera.

Lo hice con un jadeo de frustración y gusto. Retiré los dedos, coloqué el tanga bien centrado y encendí el juguete por fuera. Bastaron menos de dos minutos para que mi cuerpo cediera. Me corrí apretando las piernas, manchando más la tela, dejando salir un gemido sucio que terminé mordiendo contra la almohada.

Después fui al baño. Me miré en el espejo, despeinada, con la cara roja y el coño latiéndome bajo una prenda preparada para ser entregada. Podía haber parado ahí, meter el tanga en una bolsa y conservar un poco de dignidad. Pero él había dicho que lo llevara puesto todo el día, y yo ya estaba demasiado metida en el juego.

Me puse un vestido simple, sandalias y nada más debajo aparte del tanga. Sin sujetador. Quería sentirme desordenada por dentro aunque por fuera pareciera normal. Salí a hacer un par de diligencias, y cada paso me recordó lo que llevaba entre las piernas. La tela húmeda me rozaba el clítoris. El hilo se movía entre mis nalgas. A ratos el coño me goteaba un poco más, y yo apretaba los muslos en plena calle, sabiendo que nadie podía imaginar lo que escondía.

Él escribió cerca del mediodía.

—¿Lo sigues llevando?

—Sí.

—¿Mojado?

—Otra vez.

—Bien. Esta tarde nos vemos en una cafetería. Lleva una bolsa pequeña. Te sientas, yo te doy el dinero, vas al baño, te quitas el tanga y me lo entregas. Si lo has hecho bien, quizá te pida algo más.

Esa última frase me acompañó durante horas. Algo más. No sabía si lo quería o lo temía. Las dos cosas me ponían igual. Antes de salir hacia la cafetería fui a un baño público, me levanté el vestido y comprobé el estado del tanga. Estaba indecente. La entrepierna tenía ese brillo húmedo y opaco a la vez; el hilo seguía bien encajado. Me excité tanto al verlo que tuve que apoyar una mano en la pared para no meterme dedos ahí mismo.

Llegué al sitio unos minutos antes. Era un café discreto, de esos con música baja y gente mirando el portátil sin enterarse de nada. Lo vi enseguida porque me reconoció él primero. Un hombre de unos cuarenta y tantos, camisa oscura, barba prolija, modales tranquilos. No era llamativo. Precisamente por eso imponía más. Se levantó apenas cuando llegué y me señaló la silla de enfrente.

—Gracias por venir —dijo.

Su voz era grave, limpia. Nada de tono desesperado. Nada de vergüenza. Me senté con el coño apretado y las piernas cruzadas, sintiendo el tanga húmedo pegarse de nuevo.

—No pensé que hablaras así —admití.

—¿Así cómo?

—Tan normal.

Sonrió apenas. Sacó un sobre del bolsillo interior de la chaqueta y lo dejó sobre la mesa sin dramatismo.

—Tú tampoco pareces una mujer que se corre cuatro veces para entregarle la ropa interior a un desconocido, y aquí estamos.

Me ardieron las mejillas. La humillación me atravesó de lleno. Quise responder algo seco, pero noté un chispazo de placer tan fuerte que casi tuve que recolocarme en la silla. Él lo vio.

—Ve al baño —dijo—. Quítatelo sin romper nada. Quiero recibirlo como está.

Tomé el sobre y me levanté con las piernas flojas. En el baño me encerré en un cubículo, me subí el vestido y bajé el tanga despacio. El contacto del aire me hizo jadear. La prenda estaba pesada de humedad y olor. La acerqué a la nariz sin pensar y me excité todavía más. Era mío, era sucio, era íntimo. Lo doblé mal, como pude, y lo metí en una bolsita de papel que llevaba en el bolso.

Cuando regresé, lo dejé sobre la mesa. Él puso una mano encima, sin abrirla, y me miró fijo.

—¿Lo has traído tal como te dije?

—Sí.

—¿Te corriste con él puesto?

—Sí.

—¿Cuántas veces?

Tragué saliva. —Cuatro.

Su mirada bajó un segundo al bulto de la bolsa y después volvió a mi cara. Había algo casi ceremonial en la manera en que controlaba el momento.

—Bien. Ahora dime la verdad. ¿Quieres irte o quieres seguir obedeciendo?

Sentí un latido enorme entre las piernas. No llevaba ropa interior. Mi coño estaba desnudo bajo el vestido, caliente y sensible, y él lo sabía sin verlo. Esa conciencia me tenía medio borracha.

—No sé qué significa seguir —murmuré.

—Significa subir conmigo a una habitación que alquilé cerca de aquí y dejar que huela lo que compré. Sin penetración si no quieres. Sin prisas. Pero con obediencia.

Debí haber dicho que no. En cambio, asentí.

***

La habitación era sobria, casi fría. Nada de luces rojas ni clichés. Apenas una cama bien hecha, un sillón y una ventana cerrada. Eso hizo que todo resultara más real. Él dejó la bolsa sobre la cama, se quitó la chaqueta y me miró sin tocarme todavía.

—Levántate el vestido.

Lo hice con manos torpes. El aire fresco me golpeó el coño desnudo. Él se acercó apenas, lo suficiente para ver que no llevaba nada debajo. Su respiración cambió un poco, pero mantuvo el control.

—Date la vuelta. Separa las piernas.

Obedecí. El corazón me latía en la garganta. Noté cómo se agachaba detrás de mí. No me tocó primero; lo que hizo fue acercar la cara. Sentí su aliento en el culo, entre las nalgas, subiendo después hacia el coño. Gemí sin querer. La simple idea de que un hombre adulto me estuviera oliendo así, como si yo fuera un objeto preparado para su vicio, me desarmó por completo.

—Joder —murmuró—. Todo esto lo traje yo hasta aquí desde una pantalla.

Se lo oí inhalar otra vez, más profundo. Me temblaron las rodillas.

—Quédate quieta.

Su lengua no apareció de inmediato. Primero me apartó apenas las nalgas con las manos y volvió a oler, lento, sin prisa, como si quisiera distinguir cada parte. El coño, el hilo invisible que ya no estaba pero había dejado su rastro, el calor de mi culo. Yo tenía las manos apoyadas en la pared y el vestido recogido hasta la cintura, completamente expuesta, gimiendo cada vez que acercaba la nariz.

—Te gusta que te use así, ¿verdad? —preguntó.

—Sí.

—Dilo mejor.

Cerré los ojos. —Sí, me gusta que me huelas.

—Eso ya lo sé. Dime que te gusta obedecer.

Me costó, y justo por eso me excitó más. —Me gusta obedecer.

Entonces sí me tocó. Un dedo, nada más, pasando despacio por la abertura empapada. Después me abrió con dos dedos y se quedó mirándome, o eso sentí, porque no me atreví a girarme. Volvió a oler justo donde me había abierto y soltó una exhalación satisfecha.

—A la cama.

Me tumbé boca arriba. Él sacó el tanga de la bolsa, lo desplegó y lo miró como quien confirma que una compra ha valido cada billete. Luego se lo llevó a la cara. No fingió pudor. Hundió la nariz en la entrepierna húmeda y cerró los ojos. Se masajeó por encima del pantalón mientras olía, respirando hondo, casi con hambre.

A mí la escena me encendió de una forma brutal. Me abrí sola de piernas. Él me vio y sonrió apenas, aún con el tanga en la mano.

—Mírate. Te tienes abierta mientras huelo tu suciedad.

—Sí —susurré, temblando.

—Mete la mano y tócala para mí.

Obedecí. Deslicé dos dedos entre mis labios y encontré todo mojado, resbaloso. Empecé a frotarme el clítoris despacio mientras él seguía oliendo la prenda y apretándose la polla por encima del pantalón. La humillación era tan clara, tan física, que dejó de parecer insulto y se volvió combustible.

—Más rápido —dijo—. Quiero verte correrte mientras uso tu tanga.

Metí un dedo dentro, luego dos, y con la otra mano me trabajé el clítoris sin cuidado. Ya no quería hacerme la linda. Los dedos sonaban húmedos. Mis muslos brillaban. Él dejó el tanga un segundo sobre mi cara.

—Huélate.

Lo hice. Respiré mi propio olor atrapado en la tela y me corrí con un gemido roto, violento, el cuerpo arqueado, los dedos metidos hasta el fondo. Sentí el coño contraerse varias veces, echando más humedad sobre mi mano. Él aprovechó ese momento para ponerse entre mis piernas y lamerme de una vez, por fin, desde abajo hasta el clítoris, con hambre verdadera.

Grité. No fue una lamida tímida. Metió la lengua en serio, abierta, sucia, pasando por toda la vulva, chupándome el clítoris después con presión exacta. Yo seguía con los dedos dentro y él me los apartó para sustituirlos por los suyos. Uno, dos, entrando y saliendo mientras me comía el coño con la cara pegada como si quisiera vaciarme.

—Así huele mejor —dijo contra mi piel antes de volver a lamer—. Recién corrida.

Yo ya no podía pensar. Me agarré de las sábanas mientras él alternaba lengua y dedos, y cada vez que subía al clítoris me dejaba las piernas flojas. El sonido era obsceno: saliva, flujo, respiración. Todo mezclado. Me corrí una segunda vez en la habitación con su boca apretándome arriba y dos dedos curvados dentro, tocándome justo donde me doblaba.

Quedé jadeando, abierta, sin dignidad. Él se incorporó despacio, se limpió apenas la barba con el dorso de la mano y volvió a oler el tanga como remate. Esa imagen me fulminó.

—Eres peor de lo que imaginaba —le dije, medio riéndome, medio ahogada.

—Y tú obedeces mejor de lo que presumías.

Se acercó y me besó por primera vez. En su boca estaba mi propio sabor, mezclado con un resto claro de saliva. Lo abracé por el cuello y esta vez fui yo la que buscó su entrepierna. Tenía la polla dura bajo el pantalón. La apreté y él me sujetó la muñeca.

—Hoy no. Hoy esto iba de ti y de lo que me vendiste.

Esa negativa, lejos de frustrarme, me hizo estremecer. Él seguía marcando el ritmo hasta el final. Me pasó el tanga por el muslo, como una caricia torcida, y lo guardó otra vez en la bolsa.

—Si repetimos, será con reglas más claras —dijo.

—¿Más claras?

—Más órdenes. Más premio si obedeces. Más humillación si me gusta cómo respondes.

Lo miré con el coño todavía latiendo y las piernas manchadas. Cualquier mujer sensata habría salido de allí a toda prisa. Yo, en cambio, sonreí como una idiota satisfecha.

—Avísame con tiempo —le dije—. Para preparar bien el siguiente.

Salí del hotel sin ropa interior, con el sobre del dinero en el bolso y el cuerpo todavía temblándome. Afuera la ciudad seguía igual que siempre: ruido, gente, semáforos, caras indiferentes. Nadie podía saber que yo acababa de dejar que un desconocido me oliera el coño y el culo como parte de un trato, ni que me había corrido entre sus manos obedeciendo órdenes que unas horas antes me habrían parecido impensables.

Y, sin embargo, mientras caminaba hacia mi casa con el coño desnudo bajo el vestido, solo pensaba en una cosa: la próxima vez quería llegar todavía más sucia.

Para quienes leen desde Buenos Aires: chicas escort en Villa Urquiza, con fotos reales.

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Valora este relato

Comentarios(7)

NocheLarga_BA

Increible, de lo mejor que lei por aca en mucho tiempo!!!

ElChino78

Buenisimo el giro que le diste a la historia. No me lo esperaba para nada.

CuriosaNoc_21

¿Es real esto o completamente inventado? Porque se siente muy autentico jaja

Roxana_net

Me quede con ganas de mas... termino justo cuando se estaba poniendo bueno. Segunda parte por favor!

ValeriaG_82

Jajaja siendo honesta yo tambien hubiera obedecido sin pensarlo dos veces. Tremendo relato.

Martinete_lector

Muy bien escrito, la tension se siente desde el principio. Segui asi!

Nocturna_33

excelente!!! mas de esto please

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