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Relatos Ardientes

Mi primera vez bdsm: acabé siendo su sumiso

La primera vez que fui al apartamento de Mara ya sabía que no iba a salir igual. Llevábamos semanas hablando, poniendo reglas, límites y fantasías sobre la mesa, y aun así nada me preparó para verla abrir la puerta con aquella calma seca, vestida de negro, con el pelo recogido y una expresión que no prometía ternura.

—Pasa y cierra —dijo, sin sonreír.

Entré con el pulso desbocado. El lugar olía a incienso suave, cuero y limpieza. Todo estaba en orden de una manera casi intimidante: el sofá impecable, una mesa baja con guantes, lubricante, una mordaza y un vaso de agua, como si aquella escena hubiese sido ensayada antes de que yo llegara.

Ella me hizo quedarme de pie en mitad del salón mientras me observaba de arriba abajo. No buscaba gustarme. Buscaba medir cuánto iba a resistir antes de doblarme.

—Última oportunidad para arrepentirte —dijo—. Si te quedas, obedeces. Si algo te sobrepasa, usas la palabra de seguridad. ¿Ha quedado claro?

—Sí.

Me sostuvo la mirada un segundo más.

—No. Así no. Desde ahora me contestas como corresponde. Sí, Ama.

Sentí calor en la cara.

—Sí, Ama.

Ella asintió y señaló la alfombra.

—De rodillas.

Ahí empezó de verdad. No por el gesto, sino por lo que me hizo sentir. Arrodillarme frente a una mujer adulta, experimentada, serena, que disfrutaba viéndome bajar la cabeza, me encendió algo que llevaba demasiado tiempo intentando racionalizar. No era solo deseo. Era el alivio de dejar de fingir control.

Se acercó despacio. La punta de su zapato me rozó el muslo, luego subió por mi pecho hasta detenerse bajo mi barbilla.

—Levanta la cara cuando te hablo.

Obedecí. Sus ojos estaban fríos, pero no vacíos. Había placer ahí, uno muy concreto: el de comprobar que su voz bastaba para moverme.

—Quítate la ropa.

Lo hice torpemente, notando cómo me miraba sin ayudarme ni una sola vez. Cuando quedé desnudo, ella rodeó mi cuerpo con una lentitud humillante. Me apartó las manos de las ingles, palpó mis hombros, mi espalda, mis nalgas. Después chasqueó la lengua al ver mi erección.

—Mírate. Ni siquiera he empezado y ya estás duro. Qué fácil eres.

Me bajó más la cabeza con dos dedos en la nuca.

—Da las gracias.

—Gracias, Ama.

La comisura de su boca se curvó apenas.

—Eso está mejor.

Me ató las muñecas a la espalda con una firmeza segura, sin prisas ni titubeos. Luego me colocó una mordaza simple, solo para probar cómo reaccionaba. El cuero me llenó la boca y me obligó a respirar por la nariz. No podía hablar, y esa impotencia me golpeó de inmediato en el estómago y en la polla.

—Ahora sí te ves como lo que vienes a ser —murmuró—. Útil cuando te callas.

Me llevó del brazo hasta el baño principal. Era amplio, con azulejos grises y una luz blanca que no dejaba zonas de sombra. Me hizo arrodillarme frente al inodoro cerrado y apoyó una mano en mi cabeza.

—No te muevas.

Se colocó delante de mí, se subió la falda lo justo y apartó la ropa interior a un lado. La visión de su sexo tan cerca me hizo jadear contra la mordaza. Ella soltó una risa baja.

—Ya sé que quieres usar la lengua. Antes vas a aprender otra cosa.

Sin apartar la mirada de la mía, orinó sobre mi boca amordazada. El calor me empapó los labios, el mentón, la lengua atrapada detrás del cuero. La humillación fue tan brusca como la excitación. Tragué como pude, avergonzado de lo mucho que me ponía sentirme reducido a eso, a recibirla así, inmóvil, mientras ella decidía cuánto y cuándo.

Cuando terminó, me quitó la mordaza despacio.

—Bueno, ahora hay que dejar limpio lo que ves, ¿no?

No podía hablar del temblor que llevaba dentro. Solo asentí.

—Eso esperaba. ¿Para qué quiero papel higiénico teniendo esa boca tan cerca? Acércate y limpia, esclavo.

—Sí, Ama.

Me incliné entre sus piernas y pasé la lengua por su coño con obediencia casi desesperada. Tenía el sabor mezclado de su orina reciente y su excitación creciendo debajo. La oí soltar aire por la nariz, satisfecha, mientras yo lamía con cuidado primero y con más hambre después, abriendo bien la lengua, recorriendo sus labios, metiéndola entre ellos, chupando cada rastro que me permitía recoger.

—No me beses. Límpiame de verdad.

Me agarró del pelo y me pegó más a su entrepierna. Obedecí con la boca abierta, lamiendo desde abajo hacia arriba, pasando por su clítoris solo un instante antes de volver a hundir la lengua. Sus muslos empezaron a tensarse. Yo sentía el peso de su mano guiándome, imponiendo el ritmo.

Entonces avanzó un poco la cadera. De pronto ya no tenía su coño frente a la boca, sino su culo.

Me detuve apenas un segundo, suficiente para que me tirara del pelo con fuerza.

—¿Por qué paras? ¿Te he dicho que pares?

—No, Ama.

—Entonces limpia también mi culo. Quiero esa lengua dentro.

No había suavidad en la orden, y precisamente por eso me recorrió una sacudida de deseo. Saqué más la lengua y la pasé por su ano, primero en círculos lentos, luego presionando. Su piel se contrajo y ella soltó un gemido ronco, bajo, que me empujó a repetirlo. Metí la punta, jugué con insistencia, alternando entre su agujero y su coño, dejando todo mojado de saliva.

—Así. Más adentro. No seas tímido ahora.

Su respiración cambió. Empezó a moverse sobre mi boca, frotándose contra mi lengua, usando mi cara como si fuera otro juguete más. Yo tenía la mandíbula cansada y la polla palpitando, dura hasta doler, pero no me importaba. Cada vez que lamía su culo y luego bajaba a su coño, ella temblaba más.

—Joder... sí... no aflojes.

Le clavé la lengua en el ano y con la nariz rocé su clítoris. Mara se apoyó en la pared, abrió más las piernas y se corrió sobre mi cara con un espasmo largo, chorreándome la boca y las mejillas. No se apartó enseguida; siguió restregándose un poco más, obligándome a tragar su corrida mientras jadeaba.

Cuando por fin retrocedió, me miró con una satisfacción fría, evaluadora.

—Me gusta cómo trabajas con la boca. Es posible que te use más veces. Pero antes tengo que ver para qué sirve ese culo.

Me desató del inodoro, aunque dejó mis manos atadas a la espalda, y me llevó de vuelta al salón. Me hizo arrodillarme sobre la alfombra y abrir la boca.

—Abre bien. Quiero verte disponible.

Lo hice. Ella se sentó en el borde del sofá frente a mí y abrió las piernas. Empezó a masturbarse mirándome directo a los ojos, lenta al principio, dos dedos resbalando sobre su coño ya húmedo por mi lengua. Yo no podía tocarme. Solo mirar, con la boca abierta como una cosa esperando recibir lo que ella quisiera dar.

—¿Te gusta, perro?

—Sí, Ama.

—¿Sabes que me da igual si te gusta o no? Tus gustos no importan. Importa lo que yo quiera hacer contigo. Repite algo mejor.

Tragué saliva.

—Ama, mis deseos no valen nada al lado de los suyos.

—Mucho mejor.

Siguió masturbándose con dedos rápidos, mojados, separando bien sus labios para obligarme a mirar cómo se abría para sí misma. El sonido húmedo llenó el salón. Yo seguía de rodillas, con el cuello tenso y la polla punzando de necesidad. Cuando se corrió otra vez, lanzó parte de su flujo sobre mi cara y mis labios entreabiertos.

—No cierres la boca.

Obedecí. Ella me escupió dentro y luego pasó el pulgar por mi mejilla, mezclando todo.

—Traga.

Tragué.

—Buen chico. Ahora ponte a cuatro patas.

El corazón me dio un golpe seco. Era la parte que más me excitaba y más miedo me daba. Aun así obedecí. Me incliné con las manos atadas, abrí las piernas y sentí de inmediato su pie en mitad de la espalda, empujando hasta arquearme.

—Más abierto. Quiero ver bien ese culo.

Separé las rodillas. Ella me acarició una nalga con la punta del zapato y luego me dio una palmada seca.

—Tenso. Pero no tanto como dices. Vamos a comprobar qué tan utilizable eres.

Oí el chasquido de un guante al colocárselo. Después, el clic de una tapa de lubricante. El primer contacto frío en el culo me hizo estremecer. Me untó con calma, abriendo con los dedos, embarrándolo todo. Luego apretó la yema contra mi entrada y la dejó ahí, solo presionando, obligándome a sentir el borde, la amenaza, el deseo.

—Respira y afloja —ordenó—. Si te resistes, duele más. Si obedeces, entras mejor.

Su dedo se hundió despacio. Solté un gemido involuntario. El ardor inicial me crispó el vientre, pero ella no retrocedió; esperó dentro, moviéndose apenas en círculos cortos.

—Eso es. Tu culo aprende rápido.

Entró y salió con el dedo, lubricando más, abriendo poco a poco. Después metió un segundo. Ahí sí tuve que apretar los dientes. Noté la estirada, la invasión plena, la vergüenza de querer huir y quedarme al mismo tiempo.

—Mírate —dijo—. Te da miedo y se te pone más dura.

Tenía razón. Mi polla colgaba tiesa bajo mí, goteando en la alfombra. Sentí calor de pura humillación.

—Sí, Ama.

—Claro que sí. Eres de los que se corren con una mano en el cuello y un dedo en el culo. Los reconozco rápido.

Retiró los dedos y me dejó vacío un instante. Oí entonces el roce de correas. Levanté la cabeza lo justo para verla ajustándose un arnés con una verga de silicona negra, gruesa, brillante por el lubricante. Se me secó la boca.

Ella se acercó hasta que la punta quedó delante de mi cara.

—Antes de que la sientas detrás, la vas a chupar.

Me agarró del pelo y me llevó hacia adelante. Pasé la lengua por la punta, inseguro al principio, luego rodeándola con los labios. No era carne, pero el gesto de comer polla para ella me excitó de un modo sucio y directo. Mara empezó a empujar con la cadera, metiéndomela más hondo en la boca.

—Eso. Quiero verte tragando. Abre más. Úsala bien.

Me la folló la garganta despacio, tirándome del pelo para marcar el ritmo. La saliva me corría por la barbilla. Cada embestida me llenaba la boca mientras sus ojos seguían clavados en los míos, obligándome a sostener esa humillación sin apartarme. La mezcla de asco residual, sumisión y excitación me tenía al límite.

—Mírame mientras chupas —ordenó.

Lo hice. Ella se tocó el coño por encima del arnés con la mano libre, respirando más fuerte, y supe que aquello la estaba poniendo muchísimo. Siguió usándome la boca hasta que soltó un jadeo breve y apretó los dedos en mi pelo.

—Joder... sí. De rodillas no. Vuelve a cuatro patas.

Me colocó con la cabeza baja y el culo levantado. Antes de penetrarme, puso un pie a un lado de mi cara.

—Lame la planta.

Saqué la lengua y recorrí la suela de su zapato, luego el borde y la planta desnuda cuando se lo quitó. Sabía a piel caliente y al polvo leve del suelo. Me hizo chuparle el talón, luego cada dedo, manteniéndome así, degradado y excitado, justo mientras sentía la punta del arnés empujando en mi entrada por detrás.

—Quiero que recuerdes esta postura —dijo—. Tu boca ocupada abajo y tu culo ocupado atrás.

Empujó despacio. El primer tramo me arrancó un gemido ronco contra su pie. Ardió. Mucho. Pero ella no cedió ni un milímetro. Fue entrando con una paciencia cruel, dejándome sentir cómo me abría por completo.

—Respira. No te hagas el valiente. Recíbela.

Sentí que por fin me llenaba entero. Me quedé quieto, temblando, con la frente casi pegada al suelo. Ella me dio una palmada en la nalga.

—Ahora sí. Ya estás tomado.

Empezó a moverse primero corto, sacando y metiendo solo la mitad. El sonido del lubricante y de mis jadeos llenó el salón. Cada embestida me hacía apretar el abdomen. Dolía, pero debajo del dolor había una corriente cada vez más fuerte de placer vergonzoso, de sometimiento puro, de saber que ella tenía el ritmo, la profundidad y mi cuerpo entero a su disposición.

—Mira cómo te abres —dijo, agarrándome de la cadera—. Te entra mejor de lo que esperabas.

Empezó a follarme de verdad. Más fuerte. Más hondo. El arnés golpeaba mis nalgas con un sonido seco, repetido, obsceno. Yo ya no sabía si quería huir o pedir más. Mi polla chocaba contra mi vientre en cada sacudida, mojada de mi propio preseminal.

—Dilo —exigió.

—Soy suyo, Ama.

Una embestida más dura me hizo soltar un jadeo roto.

—Más claro.

—Soy suyo, Ama. Úseme como quiera.

Me agarró del pelo desde arriba y me obligó a arquear más la espalda mientras seguía metiéndomela. La postura la hacía entrar todavía más profundo. Se me nubló la vista.

—Eso quería oír.

Luego me escupió al suelo frente a la cara.

—Lame.

Lo hice mientras me penetraba. La imagen de mí mismo, con la lengua fuera, lamiendo saliva del parquet mientras una mujer me follaba el culo con el pie apoyado contra mi cabeza, fue demasiado. Me puso a temblar de deseo crudo.

Ella lo notó enseguida.

—Mira esa pollita —se burló—. Estás loco por esto.

Me soltó el pelo y bajó una mano entre mis piernas. Cerró los dedos alrededor de mi polla y empezó a masturbarme al ritmo de las embestidas. Casi me desarmó al instante. Cada tirón de su mano coincidía con una entrada de la verga en mi culo. El placer subió tan rápido que me mareó.

—No te corras hasta que yo te deje.

Intenté obedecer. De verdad lo intenté. Pero su mano me apretaba fuerte, sin delicadeza, subiendo y bajando con saliva y lubricante, mientras me follaba sin aflojar un segundo. Sentía el culo ardiendo, la polla a punto de estallar y la cabeza completamente vacía.

—Ama... por favor...

—¿Por favor qué?

—Déjeme correrme.

Ella soltó una risa corta y me metió una embestida hasta el fondo.

—Hazlo.

Me corrí con un espasmo brutal, soltando chorros sobre el suelo. Temblé entero mientras ella seguía follándome durante el orgasmo, alargando la sacudida hasta volverla casi dolorosa. Gemí sin poder controlarme, con la cara mojada de saliva y la respiración rota.

Cuando terminé, ella sacó la verga de golpe. El vacío me dejó las piernas flojas.

Miré mi corrida esparcida frente a mí y creí, por un segundo absurdo, que todo había acabado.

—Ni se te ocurra pensar que vas a dejar eso ahí —dijo.

Me agarró del pelo y me arrastró unos centímetros. Restregó mi mejilla por mi propia corrida con un movimiento firme, sucio, deliberado. Sentí la humillación subir como fiebre. Luego me empujó la cara otra vez al suelo.

—Limpia.

Obedecí. La lengua me temblaba mientras recogía del parquet el sabor salado de mi propio orgasmo, mezclado con sus escupitajos recientes. Ella me observaba en silencio, respirando ya más tranquila, disfrutando sin disimulo del cuadro completo.

Cuando terminé, me puso la punta del pie bajo la barbilla y me obligó a mirarla.

—Ahora escúchame bien. Hoy te he usado lo que me apetecía. Si vuelvo a llamarte, vendrás. Si quiero tu boca, me la darás. Si quiero tu culo, también. Y si un día decido humillarte más, no serás tú quien ponga condiciones. ¿Está claro?

Tenía la cara caliente, el culo sensible, la polla ya medio blanda y una vergüenza feroz latiéndome debajo de la piel. Pero junto a todo eso había algo más fuerte: una certeza obscena, rendida, perfectamente nítida.

—Sí, Ama.

Ella retiró el pie.

—Vístete y desaparece.

Me costó ponerme de pie. Tenía las piernas torpes y la cabeza demasiado llena de imágenes: su coño sobre mi boca, su culo apretándose contra mi lengua, la verga del arnés abriéndome, su mano ordenándome incluso la forma de correrme. Me vestí en silencio, sin atreverme a pedir nada, sin esperar un gesto amable que no iba a llegar.

Antes de salir, me atreví a volver la cabeza. Seguía junto al sofá, impecable otra vez, como si nada de aquello la hubiera desordenado lo más mínimo.

—¿Algo más? —preguntó.

La respuesta me salió sola, más sincera de lo que me habría gustado admitir.

—Gracias por usarme, Ama.

Ella sonrió por primera vez, apenas un borde de crueldad satisfecha.

—Ya aprenderás a hacerlo mejor.

Salí a la calle con el culo aún palpitando y su voz metida en la cabeza. La noche estaba fresca, pero yo seguía ardiendo. Debería haberme sentido ofendido, humillado, dispuesto a no volver. En cambio, mientras caminaba hacia el coche, solo podía pensar en el sonido de sus órdenes y en lo rápido que acudiría cuando me llamara de nuevo.

Porque eso era lo peor y lo mejor de todo: en una sola sesión no me quitó la voluntad. Me enseñó lo mucho que deseaba entregársela.

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Comentarios(7)

PabloGR

increible como lo narraste, se siente muy real. uno de los mejores que lei aca

Tere_nocturna

Tremendo relato!! Lo lei dos veces seguidas jaja. Espero con ansias la continuacion

MatiasCordoba

Me recordo a algo que vivi hace un tiempo, aunque no tan intenso. Lo psicologico del BDSM es lo que mas engancha y acá se nota

LunaR_cba

Y hubo segunda vez despues de eso?? me quede con la intriga

Fabian_B

se hizo cortisimo, mas por favor!!!

CarlosR_bsas

La dinamica entre los dos esta muy bien lograda. Se ve que saben narrar, no es facil transmitir eso. Saludos desde bsas

Valentina_cts

lo de la rendicion voluntaria es lo mas interesante del BDSM y aca lo capturaste a la perfeccion. Muy buen relato

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