Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El castigo por mis bragas sudadas en la oficina

¿Sabes lo que pasa cuando un fetiche deja de ser una idea privada y alguien más lo descubre? Que deja de ser un simple vicio y se convierte en una amenaza deliciosa. Yo siempre he tenido fijación con los olores del cuerpo, con el sudor atrapado bajo la ropa, con esa mezcla animal que aparece después de una tarde de calor y deseo contenido. No me avergüenza admitirlo: el olor de unas bragas usadas puede ponerme a temblar más rápido que cualquier foto o cualquier video.

Trabajo en una oficina donde el aire acondicionado vive perdiendo la batalla contra el verano. Ese día, desde media tarde, yo ya sentía la blusa pegada a la espalda y el hilo hundido entre mis nalgas, húmedo, tibio, empapado de sudor y excitación. Cuanto más consciente era de esa humedad, más me costaba concentrarme.

Mi compañera de mesa, Renata, no dejaba de quejarse del calor. Era una mujer de esas que llenan cualquier espacio sin proponérselo: segura, descarada, de voz grave y mirada directa. Siempre me había puesto nerviosa, no solo porque me gustaba, sino porque tenía esa clase de intuición que desarma a cualquiera.

—Cuando salgamos, necesito una cerveza helada o me muero —dijo, abanicándose con una carpeta.

Yo sonreí, pero por dentro estaba pensando en otra cosa. En cómo el sudor se me acumulaba en la entrepierna. En cómo mis bragas ya debían oler fuerte. En cómo me excitaba saberlo.

Salimos de la oficina al caer la tarde y nos fuimos con otras compañeras a un bar cercano. Pedimos varias rondas, picamos cualquier cosa y dejamos que la conversación se volviera ruidosa y absurda. Renata se reía con la cabeza echada hacia atrás, fumaba, bebía y hablaba sin filtros. Yo apenas podía seguir el hilo porque cada vez que cruzaba las piernas sentía el roce húmedo de la tela contra el coño.

En medio de aquel ruido, me llegó un mensaje privado al correo del teléfono. Era de un lector de mis textos eróticos. Hacía tiempo que yo publicaba confesiones anónimas en una página y, a veces, recibía mensajes subidos de tono. Ese hombre llevaba días escribiéndome con una mezcla de educación y descaro que me había gustado.

El nuevo mensaje venía con fotos.

Las abrí por pura curiosidad y se me secó la garganta. El cabrón estaba buenísimo. Cuerpo duro, cintura estrecha, hombros marcados. Y en las siguientes fotos, completamente desnudo, con una polla gruesa y larga que parecía hecha para abrirme despacio y luego follarme sin compasión. Noté el golpe caliente de la excitación bajar del estómago al coño de inmediato.

—¿Todo bien? —preguntó Renata, mirándome la cara.

Bloqueé el teléfono demasiado tarde. Ella no alcanzó a ver la pantalla, pero sí mi rubor, mi respiración alterada, mis labios entreabiertos.

—Sí. Solo calor —mentí.

Renata sonrió de una forma extraña, como si no me creyera nada.

Poco después se levantó para ir al baño y me pidió que la acompañara. Lo dijo con naturalidad, pero a mí se me apretó el vientre. La seguí entre las mesas, consciente de mis muslos pegajosos y de la tela cada vez más húmeda entre ellos.

Dentro del baño, ella entró a uno de los cubículos y dejó la puerta entornada.

—Pásame el bolso —dijo primero.

Lo hice. Luego añadió:

—Y entra un momento.

Me sorprendió la orden, pero obedecí. Cerré la puerta detrás de mí y me quedé de pie mientras ella, sin un gramo de pudor, se subía la falda y se bajaba las bragas hasta medio muslo para sentarse. El aire del cubículo cambió al instante. El olor de su coño sudado, mezclado con perfume y tabaco, me golpeó de lleno.

Se me hizo agua la boca.

Renata me miró mientras meaba, tranquila, como si supiera exactamente el efecto que estaba causando. Yo intenté sostenerle la mirada, pero acabé bajando los ojos hacia la curva de sus muslos, al encaje oscuro de las bragas y al vello húmedo que asomaba entre sus piernas.

—Te has puesto roja —dijo.

—No digas tonterías.

—No son tonterías. Estás excitada.

La negación se me quedó atascada. El sonido del chorro en el inodoro, el olor concentrado, el calor encerrado del cubículo... todo me tenía al borde. Noté una punzada tan fuerte en el clítoris que tuve que apretar las piernas.

Ella terminó, se secó sin apuro y se subió las bragas. Luego se acercó tanto que sentí su aliento en la mejilla.

—¿Qué te pone más? —murmuró—. ¿Mis bragas o las tuyas?

Me quedé helada.

No respondí. No hacía falta. Mi cara debía estar diciéndolo todo.

Renata sonrió apenas, abrió la puerta y salió del cubículo como si nada. Yo tardé unos segundos en moverme. Cuando volví a la mesa ya no tenía ninguna posibilidad de fingir normalidad. Ella me observó durante el resto de la tarde con una calma que me desarmaba.

Fui la primera en despedirme. Necesitaba llegar a casa y tocarme, o que alguien me follara, o cualquier cosa que calmara ese ardor. Pero apenas había avanzado unas calles cuando me vibró el teléfono.

Era un mensaje de Renata.

—Si quieres venirte de verdad, sube a mi apartamento. Estoy a dos cuadras. Y trae puestas esas bragas mojadas.

Me detuve en seco. Leí el mensaje tres veces. Debajo venía la dirección.

Sentí un tirón brutal entre las piernas. Podría haberme ido a casa. Podría haberme hecho la digna. En lugar de eso, giré sobre mis tacones y caminé hacia el edificio con el coño latiéndome como si fuera otro corazón.

***

Renata vivía sola en un apartamento amplio, elegante y fresco. Nada más abrirme la puerta, me hizo pasar sin besarme, sin tocarme, sin decir una palabra amable. Llevaba un vestido negro sencillo, el pelo recogido y esa expresión firme que de pronto le daba un aire completamente distinto. Menos compañera de oficina. Más dueña de la situación.

—Deja el bolso ahí —ordenó.

Obedecí.

—Quítate los zapatos.

Lo hice, notando cómo el silencio del lugar aumentaba cada sonido pequeño: la hebilla, la suela contra el suelo, mi respiración torpe.

Ella se sentó en el brazo del sofá y cruzó las piernas.

—Ahora dime la verdad. Sin adornos.

Tragué saliva.

—Me excita el olor de las bragas usadas.

—¿Las tuyas?

—Sí.

—¿Las de otras mujeres?

—También.

—¿Y te pusiste cachonda en el baño conmigo?

Sentí un calambre en el vientre.

—Sí.

—¿Hasta mojarte más?

—Sí.

Sonrió con una lentitud cruel.

—Eso pensé. Quítate la falda y dámelas.

Me temblaron las manos al desabrocharme. La falda cayó al suelo. Cuando bajé las bragas, la tela se resistió un poco, pegada a mi vulva. Estaban húmedas de verdad, no solo en la entrepierna sino también en la franja que rozaba el culo. Se las entregué con vergüenza y hambre a la vez.

Renata las tomó entre dos dedos, las abrió y las miró como si inspeccionara una prueba.

—Buenas —dijo en voz baja.

Luego las acercó a su cara y aspiró hondo. Sentí que casi se me doblaban las rodillas.

—Mírate cómo estás por un simple olor. —Volvió a inhalar, esta vez más despacio—. Sudor, coño, ganas contenidas... joder. Entiendo el fetiche.

Metió la mano entre mis piernas desnudas y deslizó dos dedos por mis labios empapados, embarrándose con mi flujo. No me acarició. Solo comprobó lo mojada que estaba.

—Todavía no vas a correrte —me dijo—. Hoy vas a obedecer.

La palabra me golpeó de lleno.

—Sí.

—No. Así no. Cuando te hable, contestas «sí, Renata».

Noté un escalofrío. No era un juego improvisado para ella. Lo estaba disfrutando demasiado.

—Sí, Renata.

Se puso de pie y me llevó de la muñeca hasta el dormitorio. Sobre la cama había una caja de juguetes abierta, como si ya la hubiera preparado antes de que yo llegara. Vi esposas acolchadas, una venda, un plug anal pequeño, un vibrador de varita y un consolador con arnés. Solo verlos me hizo apretar los muslos.

—Ponte a cuatro patas en la cama.

Lo hice sin discutir. Sentí el colchón hundirse detrás de mí. Ella me apartó el pelo del cuello y me sujetó las muñecas a la cabecera con las esposas. No estaban demasiado apretadas, pero sí lo suficiente para recordarme que no podía moverme a mi gusto.

—Quiero que entiendas algo —dijo, acariciándome apenas la espalda—. Si algo te incomoda de verdad, me lo dices y paro. Si no, te aguantas y obedeces.

—Sí, Renata.

Me dio una palmada seca en el culo. No muy fuerte, pero sí lo bastante brusca para arrancarme un jadeo.

—Buena chica.

Solo escucharle eso hizo que el coño me palpitara con más fuerza. Ella lo notó. Me separó las nalgas y soltó una risa suave.

—Mira cómo te escurres. Toda la tarde oliéndote por dentro y ahora vienes a que te use.

La siguiente palmada sonó más fuerte. Luego otra. Y otra. No era un castigo brutal; era una secuencia medida, alternando el ardor de la piel con el calor húmedo que me estaba ahogando entre las piernas. Cada golpe me hacía empujar el culo hacia atrás en busca de más.

—Así que esto te gusta —dijo—. Te gusta estar abierta, mojada y expuesta.

—Sí, Renata.

—Te gusta que te huelan las bragas.

—Sí, Renata.

—Te gusta sentir vergüenza porque eres una cerda caliente.

Gemí antes de contestar.

—Sí, Renata.

Me metió dos dedos en la boca por detrás, húmedos de mi propio flujo. Los chupé por instinto.

—Eso. Prueba cómo sabes cuando pierdes la cabeza.

Los retiró y bajó la mano a mi coño. Me abrió los labios y empezó a frotarme el clítoris con una lentitud desesperante, apenas rozándolo. Yo me retorcía, tirando de las esposas.

—Quieta.

Me detuve como pude. Ella aumentó la presión solo un poco, lo suficiente para volverme loca sin dejarme llegar. Después deslizó dos dedos hacia dentro de golpe. Entraron sin dificultad por lo mojada que estaba.

—Joder, te los tragas enteros.

Empezó a follarme con los dedos, entrando y saliendo con un ritmo firme mientras el pulgar me machacaba el clítoris. No tardé en gemir sin control, con el culo alzado, pidiéndole más con el cuerpo aunque no me atrevía a pedirlo con la boca.

—¿Te corres fácil? —preguntó.

—Sí, Renata.

—Pues hoy no.

Me sacó los dedos justo cuando estaba a punto de explotar. Solté un quejido rabioso. Ella me lo pagó con otra palmada dura en la nalga izquierda.

—No protestes.

Escuché el zumbido de la varita antes de sentirla. Cuando apoyó la cabeza vibrando contra la parte interna de mi muslo, casi me derrumbé. La fue acercando poco a poco al coño, sin tocar el centro, haciéndome sufrir con la vibración extendida por toda la vulva.

—Dime qué quieres.

Me humedecí más todavía.

—Quiero correrme.

—Mal.

Apagó la varita. Gemí de frustración.

—Di: «Quiero que me uses».

Lo repetí con la voz rota.

—Más claro.

—Quiero que me uses.

—Ahora sí.

Volvió a encender la varita y esta vez la puso directa sobre mi clítoris. El impacto fue tan intenso que se me doblaron los brazos. Grité contra la sábana. Ella mantuvo el aparato fijo, inmisericorde, mientras con la otra mano me abría el culo y me untaba lubricante alrededor del ano.

—Vas a quedarte quieta y vas a disfrutarlo.

Introdujo la punta de un plug pequeño, redondeado. Entró despacio, forzando apenas. Yo jadeaba por la mezcla de la vibración en el clítoris y la presión anal que me iba abriendo milímetro a milímetro. Cuando lo empujó hasta la base, me quedé temblando.

—Mírate. Ya estás llena por los dos lados y ni siquiera hemos empezado.

El clítoris me latía de forma salvaje. Yo estaba a un paso del orgasmo.

—Renata... por favor...

Apagó otra vez la varita.

—Todavía no.

Casi la insulto de pura desesperación, pero en vez de eso gemí y hundí la cara en la cama. Escuché su risa detrás de mí. Luego sentí que me soltaba las muñecas.

—Date la vuelta.

Lo hice de inmediato. Ella se quitó el vestido delante de mí y se quedó completamente desnuda. Tenía el cuerpo firme, pechos generosos, vientre suave y un coño precioso, hinchado y brillante de excitación. No llevaba bragas. Comprendí entonces que en el bar ya había salido preparada para esto.

—Abre la boca.

La abrí. Renata me metió mis propias bragas entre los labios.

—Chúpalas.

Lo hice. La tela tibia, salada y húmeda me llenó la boca con mi olor. Se me nubló la cabeza de puro morbo. Ella se arrodilló sobre mi cara y me la sacó justo antes de sentarse encima de mí.

—Ahora usa la lengua.

Su coño estaba caliente, mojado y con un gusto fuerte a sudor limpio y excitación. Lamí desde abajo hasta el clítoris, abriéndole los labios con la lengua, metiéndola en la entrada. Renata exhaló un gemido ronco y me agarró del pelo.

—Así. Come.

Me aplastó más contra ella. Yo la lamía con hambre, subiendo y bajando, chupándole el clítoris, hundiendo la lengua en su coño una y otra vez. El plug en mi culo aumentaba cada contracción de mi cuerpo, y mis caderas buscaban roce inútil contra el colchón.

—Te gusta oler y también te gusta tragar, ¿eh? —dijo, respirando más rápido.

Asentí como pude con la cara enterrada entre sus piernas.

Renata se corrió contra mi boca con un espasmo brusco. No fue una explosión escandalosa, sino una sacudida honda que le tensó los muslos y le arrancó un gemido grave. Yo seguí lamiendo hasta sentirla aflojarse un poco.

Cuando bajó de mi cara, tenía los ojos más oscuros que nunca.

—Muy bien. Ahora me toca follarte de verdad.

Se colocó el arnés con una naturalidad que me dejó sin aire. La polla de silicona no era enorme, pero sí gruesa y recta, perfecta para entrar hondo. Se arrodilló entre mis piernas, me agarró por los tobillos y me arrastró hasta el borde de la cama.

—No cierres las piernas.

Su mano me azotó el coño, un golpe húmedo y obsceno que me hizo jadear. Luego apoyó la punta del arnés en mi entrada y la frotó arriba y abajo, embarrándola con mi flujo.

—Míralo. Estás chorreando.

Empujó despacio. La cabeza entró y tuve que apretar los dientes. No por dolor, sino por la sensación de llenado, por ese avance firme que me abría las paredes muy estiradas, muy sensibles. Me clavó la mirada mientras seguía metiéndomelo hasta el fondo.

—Joder —dije, sin poder evitarlo.

—Eso quería oír.

Empezó con embestidas cortas, controladas, sacando solo un poco y volviendo a hundirse. Cada golpe movía el plug en mi culo y me dejaba el clítoris pidiendo contacto. Yo le agarré los antebrazos, perdida.

—Más fuerte —supliqué.

Renata me sujetó del cuello, sin apretar del todo, solo afirmando el control.

—Pídelo bien.

—Fóllame más fuerte, Renata.

Lo hizo. Sus caderas empezaron a golpearme con un ritmo seco, cada vez más duro. El sonido de la piel mojada llenó la habitación. Yo me abría para ella, recibiendo toda la longitud del arnés, sintiendo cómo me removía por dentro mientras el plug me mantenía llena por detrás.

—Así querías llegar aquí, ¿no? —dijo entre jadeos—. Empapada en tus propias bragas, necesitando que alguien te ponga en tu sitio.

—Sí... sí, Renata...

Me sacó el plug de golpe. Solté un gemido agudo por el vacío repentino. Antes de que pudiera procesarlo, sentí un dedo bien lubricado entrando en mi culo al mismo tiempo que el arnés me seguía follando el coño. Esa doble sensación me deshizo.

—Joder, joder...

—Eso es. Ábrete.

Me metió un segundo dedo en el culo, moviéndolos al compás de las embestidas del arnés. Cada vez que entraba hasta el fondo por delante, sus dedos empujaban por detrás y yo veía chispas. El orgasmo volvió como un animal suelto.

—No te corras todavía —advirtió.

Intenté obedecer, pero era imposible. Mi respiración ya venía cortada, las piernas me temblaban sin control, el coño se me cerraba sobre la polla de silicona una y otra vez. Ella debió notarlo porque sacó la mano de mi culo y me dio dos cachetadas suaves en la cara, solo para mantenerme presente.

—Mírame.

La miré.

—Te vas a correr cuando yo te lo diga. Y te vas a correr oliendo tus propias bragas. ¿Entendido?

—Sí, Renata.

Las tomó de la cama y me las apretó contra la boca y la nariz mientras seguía follándome. El olor me llenó por completo: sudor, tela húmeda, mi coño, la calle, el bar, toda la tarde condensada ahí. Fue demasiado. Sentí el clítoris palpitar sin que nadie lo tocara y el vientre tensarse como una cuerda.

Renata aceleró. Las embestidas se volvieron brutales, profundas, una detrás de otra, levantándome casi del colchón. Yo gritaba contra mis bragas, babeándolas, oliéndome con desesperación.

—Ahora —ordenó.

Me corrí de golpe, con una sacudida tan fuerte que tuve que agarrarme a sus hombros para no caerme de la cama. El orgasmo me atravesó desde el clítoris hasta el culo en oleadas violentas. Mi coño apretó el arnés una y otra vez mientras yo gemía sin ninguna elegancia, abierta, temblando, rota.

Renata no paró. Siguió follándome durante todo el orgasmo, prolongándolo hasta volverlo casi doloroso. Cuando por fin redujo el ritmo, yo estaba jadeando con lágrimas en las comisuras de los ojos y las piernas completamente flojas.

—Todavía no terminé contigo —murmuró.

Me puso boca abajo otra vez y me separó las nalgas. Sentí lubricante fresco en el ano. Esta vez no fueron dedos ni plug. Era la punta del arnés, más estrecha por el ángulo pero igual de imponente en ese sitio.

—Relájate.

Empujó despacio. Me abrí con un quejido largo, aferrada a la sábana. El culo siempre me exige más rendición que el coño, y ella lo sabía. No me forzó de golpe; me trabajó, entrando un poco, saliendo, volviendo a entrar, dejándome respirar entre cada avance. Cuando finalmente consiguió meterla bien, hasta la mitad y luego un poco más, me quedé inmóvil, llena, estremecida.

—Buena chica —dijo otra vez—. Mira lo bien que recibes.

Comenzó a mover las caderas con lentitud. Cada embestida anal era gruesa, caliente, invasiva. Yo sentía la presión abrirme y cerrarme alrededor de ella, mientras con una mano me alcanzaba por debajo para frotarme el clítoris mojado. Esa combinación me arrancó un gemido animal.

—Así se castiga a una cerda que llega con las bragas empapadas —susurró en mi oído.

Ya no podía pensar. Solo sentía. El ardor del culo tomándola mejor con cada golpe. El clítoris machacado por sus dedos. Mi saliva en la almohada. Su pecho pegado a mi espalda. Su voz dándome órdenes entre jadeos.

—Dime de quién son esas bragas.

—Mías.

Me tiró del pelo.

—¿Y de quién eres ahora?

La pregunta me prendió fuego.

—Tuya, Renata.

—Otra vez.

—Tuya.

Entonces me folló el culo con más fuerza, sin piedad, al ritmo exacto que necesitaba para deshacerme de nuevo. Sus dedos en el clítoris no paraban. Yo solo podía recibirla, abierta del todo, con los muslos temblando y la boca llena de sonidos sucios.

El segundo orgasmo me golpeó más hondo que el primero. No fue explosivo, sino demoledor. Empezó en el culo, subió por la columna y me dejó vacía de fuerza mientras me contraía alrededor del arnés. Grité su nombre y sentí cómo ella seguía un poco más, apretándome la cintura, respirando muy agitada, hasta detenerse con un gemido grave, corriéndose contra mí dentro de su propio placer prestado.

Quedamos unos segundos así, pegadas, sudadas, respirando como animales después de una carrera brutal. Cuando salió de mi culo, solté un jadeo débil y me derrumbé sobre la cama.

Renata me quitó el arnés, me limpió con una toalla tibia y luego me puso mis bragas sobre el vientre.

—Guárdalas —dijo—. Hoy te las ganaste.

Giré la cabeza para mirarla. Seguía desnuda, todavía dominante, pero con una suavidad nueva en la expresión.

—¿Desde cuándo sabías? —pregunté.

Sonrió.

—Desde hace semanas. La forma en que cruzabas las piernas cuando el calor apretaba. Cómo respirabas cuando alguna hablaba de ropa interior. Cómo me miraste en el baño. Solo necesitaba darte la oportunidad de confesarlo.

Me reí, agotada, avergonzada y satisfecha al mismo tiempo.

—¿Y ahora qué?

Renata se sentó a mi lado y me acarició la cara con los nudillos.

—Ahora mañana volvemos a la oficina como si nada. Y cuando quieras otro castigo, me lo pides bien.

Miré las bragas húmedas sobre mi vientre y sentí un escalofrío de puro deseo, incluso después de haberme corrido dos veces.

Como si nada.

Supe que eso iba a ser imposible.

¿Vivís en Buenos Aires o vas de visita? Hay escorts VIP en Retiro esperando tu mensaje.

Ver todos los relatos de BDSM

Valora este relato

Comentarios(8)

EduardoNight

tremendo!!! me engancho desde el primer parrafo

Natalia_RA

Por favor que haya segunda parte, no puede quedar asi...

Pablo_lector

jaja me recordo a algo que paso en mi trabajo hace tiempo, obvio que nada tan extremo, pero el suspenso del comienzo me llevo directo ahi

Roxana_lit

Es autobiografico? se siente muy real todo el ambiente de oficina

JuanBaires22

Muy buen ritmo, no se hace largo ni se pierde en detalles innecesarios. Seguí escribiendo asi

Nico_cba77

la protagonista sabia muy bien lo que hacia desde el principio jaja. Genial

MarisolR_22

De los mejores relatos de BDSM que lei en este sitio. Se nota que hay trabajo detras, los personajes tienen psicologia, no es solo descripcion. Espero que sigas publicando en esta categoria

AdrianNocturno

increible, gracias por compartir!!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.