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Relatos Ardientes

El castigo bdsm que defendió a mi sobrina

La casa de Mariela siempre imponía. No por el tamaño, aunque lo tenía, ni por la piscina de borde infinito que se comía media terraza, sino por el silencio obediente que caía cuando ella levantaba apenas la mano. Vivía allí con Renata y Celina, dos amigas igual de ricas, igual de dueñas de sí mismas y, sobre todo, igual de poco dispuestas a tolerar a un imbécil.

Aquel mediodía las tres descansaban junto al agua, con copas frías sobre una mesa baja y gafas oscuras escondiéndoles la mirada. Tenían esa clase de belleza madura que no pedía permiso ni buscaba aprobación. La imponía. Y cuando se enteraron de lo que le habían hecho a la sobrina de Mariela, la tarde cambió de tono.

Vera llegó primero.

Era adulta, estaba temblando de rabia y vergüenza, y aun así mantuvo la barbilla alta cuando se acercó a su tía. Llevaba un pareo anudado a la cintura y los ojos rojos de haber llorado hacía poco.

—Fue un empujón delante de todos —dijo, apretando los dientes—. Y después se burló. Dijo que yo me lo buscaba.

Mariela dejó la copa sin apartar la vista de ella.

—¿Te tocó?

—Sí. Del brazo primero. Luego me empujó del pecho.

Renata soltó un suspiro corto, de esos que no anuncian compasión sino decisión. Celina se quitó las gafas y las dejó sobre la mesa.

—Tráiganlo —ordenó Mariela a una de las empleadas.

No alzó la voz. No hizo falta.

***

Media hora más tarde lo metieron por el lateral de la terraza. Se llamaba Damián ahora, no Manuel, y no tenía nada de adolescente: era un hombre hecho, de veintitantos largos, con cuerpo trabajado, mandíbula tensa y esa seguridad de macho barato que se infla hasta que alguien le rompe el aire. Entró mirando más las piernas de las tres mujeres que la cara de la persona a la que había humillado.

—¿Qué carajo quieren? —preguntó, echando el mentón hacia delante.

Su chulería duró poco. Vera salió desde el interior de la casa y se plantó a pocos pasos de él. Adulta, serena, todavía herida. Damián la reconoció y sonrió con una insolencia que lo condenó solo.

—Ah, la princesita —dijo—. ¿También viniste a llorar aquí?

Mariela señaló una zona libre junto a las tumbonas.

—Vas a disculparte.

Él se rió. Una risa seca, fea, provocadora.

—Ni loco. Si no quiere que la miren, que no vaya enseñándose.

Vera dio un paso al frente, pero su tía extendió un brazo y la detuvo. Renata y Celina no dijeron nada. Se limitaron a observarlo como si ya estuvieran decidiendo por dónde romperlo.

—Te doy una oportunidad más —dijo Mariela.

—Y yo te digo que me chupes la polla.

El aire se quedó inmóvil un segundo. Luego Mariela chasqueó los dedos.

Dos empleadas adultas, fuertes y entrenadas para obedecer sin preguntas, lo sujetaron por detrás antes de que pudiera reaccionar. Una tercera le torció la muñeca lo justo para doblarlo sobre una tumbona. Damián forcejeó, lanzó un insulto, intentó zafarse, pero en menos de diez segundos tenía las piernas separadas y la cara roja de esfuerzo.

—Suéltenme, joder.

—No —respondió Mariela con calma.

Se levantó despacio de la tumbona y se acercó a él. No llevaba prisa. Cuando una mujer disfruta del control, la lentitud es otra forma de dominio. Le desabrochó el cinturón con dos dedos, le bajó el short y luego el bóxer hasta dejarle el sexo al aire frente a todas.

Damián quiso cerrar las piernas por reflejo, pero no pudo.

—Míralo bien —le dijo Mariela a Vera, sin crueldad hacia ella, sino con intención—. Un cobarde siempre parece menos cuando lo dejan desnudo.

Renata soltó una risa baja. Celina cogió el móvil y empezó a grabar sin esconderse. El tipo pasó de chulo a tenso. Su polla colgaba a medio despertar, incapaz de decidir si humillarse o endurecerse al verse rodeado por mujeres que claramente mandaban.

—¿Te creías muy hombre empujando a una mujer? —preguntó Celina.

—Váyanse a la mierda.

Mariela se inclinó y le habló al oído.

—Todavía no entiendes dónde estás.

Le acarició el pubis con el dorso de los dedos, apenas un roce. Damián tragó saliva. A pesar del miedo, su cuerpo reaccionó. La polla empezó a levantarse poco a poco, traicionándolo delante de todas. Aquello provocó otra sonrisa en Renata.

—Mira qué rápido obedece esta parte de él —dijo.

Vera observaba sin apartar la vista, con una mezcla de furia y alivio. Mariela giró la cabeza hacia ella.

—No vas a volver a bajar la mirada ante un hombre así. ¿Entendido?

—Entendido —respondió Vera.

Mariela asintió y regresó a Damián. Le envolvió la polla con la mano, firme, sin ternura. Él soltó un gemido involuntario y enseguida intentó disimularlo con otra mueca de rabia.

—No me toques.

—Te voy a tocar como yo quiera —dijo ella—. Y vas a aprender a callarte.

Empezó a masturbarlo despacio. No con deseo romántico ni juego ligero, sino como se manipula a un animal problemático para enseñarle quién tiene la correa. Subía y bajaba con un ritmo exacto, aprovechando cada estremecimiento de él, cada jadeo que se le escapaba aunque quisiera parecer duro.

—Mírenlo —dijo Renata, acercándose—. Hace un minuto insultaba. Ahora se le cae la voz por una mano.

Damián apretó la mandíbula.

—Jódete.

Mariela le dio una sacudida más fuerte en la base y él gruñó, involuntariamente excitado.

—No. Jódete tú.

Celina se colocó frente a él y le tomó la barbilla para obligarlo a mirar a Vera.

—Pide perdón.

—Que se vaya al carajo.

Mariela dejó de mover la mano. La ausencia del placer fue casi peor que el control. Damián respiró agitado, con la polla tiesa y el cuerpo tirante.

—Ves, Celina —murmuró Mariela—. A algunos no se los educa con palabras. Hay que meterles el orgullo por el culo.

Renata se acercó con una bolsa de hielo envuelta en una toalla fina y la dejó sobre la tumbona, justo debajo de los testículos de él.

—Abránlo más.

Las empleadas obedecieron. Damián soltó una maldición cuando lo acomodaron con las piernas más separadas. El frío le tocó los huevos y el sobresalto le cruzó entero.

—No, no, eso no…

Mariela volvió a agarrarle la polla. Esta vez con más velocidad.

—Eso sí.

La escena cambió de golpe. El placer y la incomodidad empezaron a mezclársele en la cara. Gemía entre dientes, avergonzado de que el cuerpo le respondiera, pero incapaz de evitarlo. Mariela lo ordeñaba con práctica, girando la muñeca en la punta, apretando más cuando notaba que iba a protestar. El glande estaba rojo, brillante. La respiración de él ya era un jadeo irregular.

—Te gusta —dijo Renata, inclinándose para verlo mejor—. Te gusta estar quieto y que te usen.

—No digas… ah… no digas estupideces.

Celina le acarició la mejilla con un gesto burlón.

—Mientes mal. Tu polla no.

Mariela escupió en la palma y siguió masturbándolo con ese lubricante improvisado, haciendo sonidos húmedos y sucios que rebotaban en la terraza. Damián echó la cabeza hacia atrás. Todo su discurso de macho se estaba derritiendo en gemidos. Las caderas empezaron a empujar contra la mano de ella por puro reflejo.

—Eso es —dijo Mariela—. Muévete para mí. Ya que tanto te gusta ir de semental, al menos sirve para algo.

Vera observó cómo él perdía la compostura por completo. El mismo hombre que la había empujado ahora estaba semidesnudo, inmovilizado y temblando por una paja que no podía controlar.

—Está a punto —dijo Celina, mirando la tensión de su abdomen.

—Todavía no —contestó Mariela.

Le soltó la polla de golpe y él lanzó un quejido de frustración tan claro que las cuatro mujeres se rieron. Renata le apretó la base de los testículos por encima de la toalla fría, apenas un segundo, lo suficiente para recordarle quién sostenía su dolor.

—Mírame —ordenó Mariela.

Damián la miró.

—Pide perdón.

Él dudó. La polla seguía tiesa, latiendo ridículamente en el aire. Sudaba. Respiraba como un animal acorralado. Y aun así conservó una chispa de desafío.

—No.

Mariela sonrió con una lentitud helada.

—Entonces vamos a divertirnos más.

***

Lo llevaron al salón exterior cubierto, donde la sombra suavizaba el calor y había una chaise longue amplia frente a la piscina. Allí el juego dejó de ser improvisado y se convirtió en castigo deliberado. Renata trajo unas correas acolchadas. Celina puso el móvil en un soporte para grabar mejor.

Damián empezó a entender que aquello iba en serio.

—No pueden hacerme esto.

—Ya te lo estamos haciendo —respondió Renata.

Lo ataron de muñecas y tobillos, abierto de piernas, completamente expuesto. Mariela se sentó a su lado y pasó un dedo por su vientre hasta la base de la polla. Estaba dura otra vez. El muy idiota seguía excitándose.

—Eres simple —le dijo—. Te basta una mujer decidida para ponerte a temblar.

—Vete a la mierda.

Mariela lo abofeteó. No con fuerza brutal, pero sí con precisión. El chasquido cortó el aire. Damián se quedó quieto, sorprendido.

—Ahora hablas cuando yo te deje.

Renata se colocó detrás de la cabecera y le sujetó el pelo para mantenerle el cuello extendido. Celina se sentó a un lado y abrió ligeramente las piernas, disfrutando la vista como si fuera un espectáculo privado.

Mariela volvió a masturbarlo, esta vez alternando caricias lentas con tirones secos. Cada vez que él empezaba a abandonarse al placer, ella frenaba o le pellizcaba un muslo o le daba un toque en los huevos. Lo mantenía al borde, caliente, desesperado, sin dejarlo acabar.

—Así se castiga a un bocón —dijo Renata.

Damián gemía ya sin dignidad. Se retorcía dentro de las correas, levantando la pelvis para buscar la mano que lo trabajaba. Mariela no le daba más de lo justo. Lo suficiente para incendiarlo. Nunca lo suficiente para aliviarlo.

—Por favor…

Celina sonrió.

—Mira eso. Ya sabe suplicar.

Mariela le apartó el prepucio con el pulgar y frotó el glande directamente. Él lanzó un gemido más agudo, puro nervio. La polla le tembló entera.

—¿Por favor qué? —preguntó ella.

—Déjame correrme.

—No has pedido perdón.

Él cerró los ojos con fuerza.

—Perdón.

—No me sirve.

Mariela miró a Vera, que seguía de pie junto al ventanal abierto, sin miedo ya.

—Ella.

Damián tragó saliva. La humillación real no estaba en el cuerpo desnudo ni en la paja forzada, sino en reconocer delante de la mujer a la que quiso hacer pequeña que ahora él era el reducido.

—Perdón, Vera —dijo al fin—. Perdón por tocarte. Por empujarte. Por hablarte así.

Mariela no dejó de mover la mano mientras lo escuchaba. Quería que asociara la sumisión con esas palabras, que su cuerpo entero aprendiera la lección.

Vera lo miró largamente.

—Más te vale no acercarte nunca más a mí.

—No lo haré.

—Eso espero.

Mariela asintió, satisfecha, pero no lo soltó. Al contrario. Apretó más.

—Que te disculpes no significa que no vayas a pagar.

Damián abrió los ojos de golpe.

—No… espera…

Renata separó un poco más sus muslos. Celina se puso de pie y se acercó con una sonrisa franca, casi divertida.

—Yo quiero participar.

Mariela le cedió sitio sin dejar del todo la polla. Celina se arrodilló entre las piernas de él, contemplándolo como se contempla una pieza de carne lista para ser probada. No había deseo romántico allí, sino puro mando. Le escupió directamente sobre el glande y luego lo lamió con una pasada lenta, húmeda, deliberada.

Damián arqueó la espalda con un gemido ronco.

—Joder…

Celina lo miró desde abajo.

—Eso sí te sale bien decirlo.

Le tomó la polla con una mano y se la metió en la boca sin prisa, tragando solo la punta al principio, recorriéndola con la lengua antes de hundirse más. Mariela le acarició los huevos mientras ella mamaba, y la combinación hizo que el hombre empezara a sacudirse entero.

El sonido se volvió más obsceno. Succión húmeda, respiración rota, jadeos masculinos perdiendo toda pose. Celina alternaba profundidad y lentitud, retirándose solo para lamer la base y volver a envolverlo con los labios. Damián intentó empujar hacia su boca, pero Renata le clavó una mano en el pecho.

—Quieto. Aquí no follas. Aquí te usan.

Él gimió otra vez, sometido a la verdad de esa frase. Celina subió una mano por su abdomen, le pellizcó un pezón y luego volvió a masturbar la base mientras mamaba el resto. Mariela se inclinó sobre su cara.

—¿Quién manda?

Damián tardó un segundo en contestar porque Celina estaba tragándose media polla y lo tenía al borde del espasmo.

—Ustedes… joder… ustedes mandan.

—Más claro.

Celina se retiró justo lo bastante para dejarlo hablar. Un hilo de saliva lo unía todavía a su boca.

—Ustedes mandan. Yo no.

Mariela sonrió.

—Ahora sí aprendes.

Le dio una orden a Celina con la mirada. Ella obedeció enseguida, chupando más rápido, más profundo, dejándolo duro como piedra. Mariela empezó a masajearle los huevos con suavidad calculada, sabiendo exactamente cómo acelerar la tensión. Renata le sostuvo la cabeza para que no pudiera apartarse de la mirada de Mariela mientras su cuerpo era llevado al límite por otras manos y otra boca.

—Te vas a correr cuando yo te diga —susurró Mariela—. Ni un segundo antes.

Damián respiraba a tirones. Tenía el abdomen contraído, los muslos temblando, la polla latiéndole dentro de la boca de Celina. El sudor le corría por las sienes.

—No aguanto…

—Sí aguantas.

Mariela hizo una seña y Celina se apartó. Él soltó un gemido de pura frustración, casi doloroso. La polla quedó erguida, brillante, abandonada en el aire.

—Por favor —dijo él, ya sin una gota de soberbia—. Por favor, déjenme correrme.

Renata se inclinó junto a su oído.

—Pídeselo bien a Vera. Que te oiga suplicar.

Damián cerró los ojos, vencido.

—Vera, por favor. Déjame correrme. Perdóname.

La expresión de ella cambió apenas. No era venganza lo que sentía. Era restitución.

—Haz lo que quieras con él, tía —dijo al fin.

Mariela soltó una risa satisfecha.

—Eso quería escuchar.

***

Renata fue la siguiente en tocarlo. Se colocó entre sus piernas y sustituyó a Celina con la experiencia tranquila de una mujer que no necesitaba demostrar nada. Lo agarró con firmeza y empezó a masturbarlo con las dos manos, una en la base y otra subiendo hasta la punta. Mariela volvió a susurrarle órdenes. Celina le besó el cuello, no con ternura, sino para oírlo gemir más cerca.

Lo estaban desarmando entre tres.

Damián ya no intentaba aparentar nada. Jadeaba, maldecía, pedía, se arqueaba dentro de las correas. Cada caricia se le convertía en una necesidad inmediata. Renata sabía sostenerlo justo en el borde, acelerando hasta hacerlo temblar y aflojando un segundo antes del derrame. Lo hizo una vez. Dos veces. A la tercera, él ya estaba fuera de sí.

—Me corro, me corro, me corro…

Mariela le agarró la mandíbula.

—No hasta que yo quiera.

—Por favor…

—Dilo otra vez. ¿Quién manda?

—Tú. Ustedes. Ustedes mandan.

Mariela besó apenas la comisura de su boca, un gesto perversamente íntimo en medio de la humillación.

—Entonces córrete.

Renata apretó más, rápida y constante. Celina volvió a lamer el glande mientras la mano no dejaba de subir y bajar. Damián gritó el orgasmo antes de sentirlo completo. El semen salió a sacudidas, espeso, manchándole el vientre, la mano de Renata y parte de la tapicería clara. Siguió corriéndose varios segundos, con los ojos apretados y el cuerpo retorcido, reducido a puro espasmo.

Cuando terminó, quedó jadeando, vacío y blando poco a poco.

Mariela no esperó mucho. Le pasó un dedo cubierto de semen por el abdomen y se lo enseñó.

—Mira lo fácil que eres de manejar.

Él no respondió. Tenía la vergüenza colgándole de la respiración.

Pero el castigo no había acabado.

Mariela asintió hacia la bolsa de hielo que seguía a un lado. Renata la tomó y la colocó debajo de sus testículos otra vez. El contraste después de la corrida hizo que Damián se estremeciera con un quejido agudo.

—Eso… no…

—Eso también —dijo Mariela—. Para que recuerdes que el placer y la humillación te llegaron el mismo día que te creíste con derecho sobre una mujer.

Lo soltaron de las correas al cabo de un rato. No por piedad, sino porque ya no hacía falta sujetarlo. Estaba agotado, desnudo y obediente. Se incorporó despacio, con la mirada baja, consciente de cada par de ojos encima de él.

Celina le lanzó el short a los pies.

—Vístete.

Lo hizo sin discutir.

Antes de irse, Mariela se acercó una última vez y le colocó el móvil delante de la cara. En la pantalla se veía todo: su chulería inicial, su desnudez, sus súplicas, su corrida.

—Si vuelves a acercarte a Vera, si vuelves a tocarla, si vuelves a hablar de ella, esto deja de ser privado. ¿Entendiste?

Damián asintió.

—Sí.

—No te oí.

—Sí, señora.

Mariela sonrió.

—Ahora sí. Lárgate.

Él se fue caminando torpe, sin mirar a nadie, con el orgullo hecho mierda y el cuerpo todavía recordando las manos que lo habían doblegado. Vera lo vio cruzar el jardín y desaparecer por la entrada lateral.

Solo entonces soltó el aire del todo.

Renata le sirvió una copa. Celina apagó la grabación. Mariela volvió a sentarse junto a la piscina como si nada importante hubiera alterado la tarde, aunque las cuatro sabían que sí lo había hecho.

—Gracias —dijo Vera en voz baja.

Mariela la miró con esa dureza protectora que tan bien le sentaba.

—No me des las gracias por defenderte. Acostúmbrate a exigir respeto antes de que alguien tenga que arrancárselo a otro por ti.

Vera asintió, más tranquila, más erguida.

Celina alzó la copa con una sonrisa perezosa.

—Brindo por los hombres que aprenden tarde.

—Y por las mujeres que enseñan bien —añadió Renata.

Mariela bebió un sorbo, dejó la copa en la mesa y miró el agua brillante de la piscina.

—Si vuelve a aparecer otro imbécil —dijo—, esta vez participamos las tres desde el principio.

Vera sonrió por primera vez en todo el día.

Y en aquella casa, donde las órdenes se cumplían y la memoria del castigo sabía quedarse bajo la piel, nadie dudó de que así sería.

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Comentarios(8)

NocheRoja77

Excelente!!! Me enganche desde la primera linea y no pude parar hasta el final

CuriosaBA_lect

Necesito una segunda parte ya, me quede con ganas de saber como sigue todo esto...

XimeBA

Me gusto mucho el giro que toma la historia, no me lo esperaba para nada. Muy bien logrado

Maxi_PBA

De 10. Sigan subiendo relatos asi.

LectorDeSombras

Es dificil encontrar relatos de esta categoria tan bien escritos. El planteo inicial ya atrapa, y el desarrollo no decepciona. Felicitaciones, espero mas.

SilviaBuenos

jaja el tipo no sabia en lo que se metia... justo castigo jajaja

LecturaIntensa

Me recordo a algo que lei hace tiempo pero esto esta mucho mejor logrado. Saludos desde Rosario

Valentina_33

¿Hay una primera parte o es autoconclusivo? Parece que tiene mas historia detras y me pico la curiosidad

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