Confesión del heredero que no sabían obedecer
Entró derrotado al despacho, y yo solo quería consolarlo; no imaginé que terminaría de rodillas entre sus piernas.
Entró derrotado al despacho, y yo solo quería consolarlo; no imaginé que terminaría de rodillas entre sus piernas.
Cerraron las puertas de la torre para hablar, pero cuando sus manos se tocaron, la tensión dejó de ser política y se volvió una necesidad imposible de frenar.
Creí que solo iba a repetir una escena incómoda, pero cuando cerró la puerta del camerino y me ordenó bajarme los pantalones, supe que ya estaba perdido.
Le quemó el pantalón por reírse de él, y cuando la alcanzó, ella supo que iba a pagar su travesura con el cuerpo entero.
Cuando lo trajeron a la piscina, todavía sonreía. Dejó de hacerlo en cuanto entendió que allí mandaban ellas.
Tenía sangre ajena en las manos cuando cerró la puerta de mi cuarto y me pidió algo que ya no sonó a orden, sino a hambre.