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Relatos Ardientes

Mi regalo de Navidad fue mostrarles cómo la domino

Ilustración del relato erótico: Mi regalo de Navidad fue mostrarles cómo la domino

Me llamo Diego y soy el Amo de Carla, además de su marido. Nos casamos hace cuatro años, pero ya desde novios el sadomasoquismo era el centro de nuestra relación. Ninguno de los dos sabe entender el sexo de otra manera; lo que para otros es un juego ocasional, para nosotros es la forma natural de querernos.

Hasta ahora habíamos guardado el secreto con cuidado. No son pocos los compañeros del trabajo que me han comentado, medio en broma, que con el cuerpo que tiene mi mujer es raro que casi nunca enseñe escote. Yo sonrío y la excuso diciendo que es muy recatada. La verdad es otra: no quiero que nadie vea las marcas rojas que sus pechos lucen casi siempre, los trazos que le dejo cuando la castigo.

Este año, sin embargo, decidí hacerme un auto regalo de Navidad. Llevábamos tiempo hablando de dar un paso más, de compartirla con otra pareja, y cada vez que surgía la idea de un club privado terminábamos descartándola por falta de confianza. Sería distinto con alguien cercano, alguien en quien apoyarme y con quien controlar yo cada detalle. Esa fue la conclusión a la que llegué.

Los candidatos eran obvios: Tomás y Andrea, nuestros mejores amigos. Para colmo, Tomás trabaja conmigo en el taller y Andrea está en la misma empresa que Carla, aunque en otra tienda. El 24 caía en domingo, ninguno trabajaba al día siguiente, y me pareció el escenario perfecto para una cena de Nochebuena entre parejas que ninguno olvidaría.

No le dije nada a Carla. A las cinco de la tarde simplemente le ordené que se preparara para mí, como tantas veces. Medias negras con liguero, tacones altos, muñequeras y tobilleras. Después le coloqué la capucha sin visión, la mordaza de bola, el collar y la correa. Por último, el plug rematado con una cola que tanto me gusta verle.

La llevé del salón tirando de la correa, la puse a cuatro patas frente al sofá y encendí el televisor con un partido cualquiera. Empecé como siempre, con unos azotes a mano abierta en el culo y en los pechos, hasta que la piel tomó ese tono encendido que me enloquece. Le quité la mordaza y la puse a chuparme, algo que hace con devoción; tanto que a veces la castigo precisamente prohibiéndoselo durante días.

Antes de que terminara la primera parte la enderecé, manos en la nuca, los pechos bien levantados. Le trabajé los pezones despacio, estirándolos y retorciéndolos hasta dejarlos hinchados, y luego se los até con cuerda de esparto en lugar de la de algodón habitual. Era un día especial; merecía un punto más de incomodidad.

A las seis y media en punto sonó el timbre.

—No te muevas. Quédate aquí, voy a ver quién es —le dije.

Abrí la puerta con un simple albornoz encima. Andrea entró dando saltitos y me plantó dos besos.

—¡Diego, me han ascendido a encargada! —soltó de carrerilla.

Tomás, en cambio, miró mi atuendo con una ceja levantada.

—Creo que hemos llegado demasiado pronto —dijo, incómodo.

—Tranquilos, pasad y poneos cómodos —contesté, conteniendo la sonrisa.

***

En cuanto cruzaron el umbral del salón, los dos se quedaron petrificados. Carla, frente al sofá, encapuchada, con su correa y su cola, avergonzada aunque no se le viera la cara. Lo había imaginado mil veces, ese instante en que dejábamos de fingir.

Andrea corrió hacia ella e intentó quitarle la mordaza.

—Carla, cariño, ¿estás bien? —preguntó, y mi mujer asintió con la cabeza.

—No la toques —la frené—. Está exactamente donde quiere estar. Así es como disfrutamos. Llevamos años callándolo y no sabía cómo contároslo, así que pensé que lo mejor era ir directo al grano.

Tomás tenía los ojos como platos, recorriendo el cuerpo de mi sumisa. Una mirada de reojo a su entrepierna me confirmó que había sido buena idea: ya estaba excitado.

—Sentaos, anda. Voy a prepararos algo de beber para que digiráis el susto.

Volví con las copas y le hablé a Carla con voz firme:

—Endereza bien la espalda. Vas a ser nuestra mesa.

—No me lo puedo creer —murmuró Tomás—. Con lo que me cuesta a mí que Andrea me haga caso, y mira qué obediente es ella.

—Pues ya ves, cariño —rio Andrea—. De sumisa yo no tengo nada, más bien lo contrario. Diego, ¿puedo tocar?

—Claro. Faltaría más.

Andrea se acercó a los pechos de Carla con una curiosidad que no esperaba. Los sopesó, jugó con los pezones, fascinada.

—Es increíble que se mantengan así de firmes —dijo.

—Todavía pueden lucir mejor —contesté—. ¿Te apetece verlo?

—Lo siento, Carla, eres mi mejor amiga, pero si tu marido me ofrece algo mejor, no puedo negarme.

—Ahora mismo soy su Amo, no su marido —la corregí.

Arrodillé a mi esclava y le coloqué una goma elástica alrededor de cada pecho. Tiraba y soltaba, y cada chasquido dejaba una marca limpia justo donde yo quería: por encima, por debajo, en los costados. Carla aguantaba cada pellizco con un temblor sordo. Cuando levanté la vista, Tomás y Andrea ya se acariciaban sin disimulo.

—Pobrecita —dijo Andrea al terminar—. ¿Te importa si la alivio un poco?

—Adelante. Se lo ha ganado.

—A ver, levántate, inclínate. Quiero probar estos pezones.

Esa faceta de Andrea me resultaba completamente nueva. Se prendió a los pechos de Carla con una destreza que delataba experiencia, amasándolos mientras Tomás observaba el cuadro de las dos mujeres sin pestañear.

—Tranquilo, Tomás, no te aceleres —le dije—. Ahora haré que ella te relaje, estás demasiado al límite.

—Ni te imaginas —respondió—. No recuerdo haber estado tan caliente en mi vida.

—Vamos —ordené a Carla—. Deja que nuestro invitado disfrute de tus pechos y ocúpate de él con las manos, como sabes.

***

Carla se arrodilló frente a Tomás y, mientras él le sobaba el pecho aún húmedo, lo atendió con un masaje pausado. Quise estirar el momento, así que propuse algo nuevo.

—Andrea, ponte cómoda. Quítate la ropa. Nunca la he visto trabajándose a una mujer, ¿te apetece estrenarla?

—Mmm, por supuesto. Aunque espero que tenga buena lengua. Pregúntale a Tomás lo exigente que soy.

—Con la boca se le da de maravilla. Haré que te dé el mismo placer.

Andrea se quitó el vestido y quedó en ropa interior. Tenía un cuerpo bonito, proporcionado, aunque nada que ver con el de mi esclava. Senté a Andrea junto a Tomás, le retiré la última prenda y tiré de la correa de Carla.

—Hoy vas a probar algo nuevo. Como es tu primera vez, te dejaré alternar entre ella y él, atenta a mis órdenes. Cualquier fallo y la vara visita tu culo. ¿Entendido?

Le quité la mordaza y la coloqué frente a Andrea.

—Saca la lengua y empieza a lamer.

Al principio Carla no ponía demasiado empeño, más perdida que torpe. A los pocos minutos Andrea protestó.

—Diego, está claro que no tiene costumbre. Lo hace fatal.

Bajé la vara sobre las nalgas de mi esclava.

—Vamos, demuéstrame que sabes hacerlo mejor.

—A ver —insistió Andrea, transformada—. Lame con ganas, como si llevaras días sin comer. No me importa que sea tu primera vez, mejora la actitud.

Aquella mujer me sorprendía a cada minuto. Tenía un talento natural para mandar. Tiré de la correa de nuevo y llevé a Carla hasta Tomás.

—Chupa un poco, a ver si así te animas.

Tomás recuperó la firmeza al instante, pero yo debía gobernar el ritmo de todos: no podía permitir que terminara antes de tiempo. Mi objetivo seguía siendo otro.

—Suficiente. Vuelve con Andrea, y esta vez hazlo bien.

Para asegurarme, le prendí los pezones con dos pinzas y colgué una pesa pequeña.

—Cada vez que tenga que corregirte, sumo otra. Quinientos gramos es tu límite, ya lo sabes.

—Cuélgale otra —pidió Andrea—. Ha mejorado algo, pero le falta.

La sujeté del pelo para marcarle el compás, alternándola entre uno y otra. Cada queja de Andrea era una pesa más; cada elogio, un respiro. Poco a poco, entre el dolor y la presión, Carla encontró el ritmo, y los gemidos de Andrea dejaron de ser fingidos.

—Así, justo así —jadeó Andrea—. Ahora sí lo has entendido.

***

El timbre volvió a sonar.

—¿Esperas a más gente? —preguntó Tomás.

—No. Quieta —le ordené a Carla—. Traen la cena.

Mientras pagaba en la puerta, oí a Andrea hablarle por lo bajo a su marido.

—Esto es justo lo que le faltaba a lo nuestro. Me pone muchísimo. Haz lo que sea para repetir.

Liberé los pechos de mi esclava, que ya empezaban a tomar un tono violáceo, y se los sacudí para devolverles la circulación.

—Ahora a cuatro patas sobre la mesa de centro. Vamos a cenar.

Dejé a mis amigos en el sofá y me senté enfrente, en un puf. Bajo el cuerpo de Carla, las copas de vino; sobre su espalda, las pizzas y el resto de la comida. Esa era nuestra cena de Nochebuena. Andrea llenó su copa, hundió en ella un pecho de mi esclava y lo chupó para saborear el vino impregnado; Tomás imitó el gesto sin soltar después la mano de encima.

—Así que llevas años siendo su Amo —dijo Tomás— y yo creyéndola una mojigata. Qué calladito te lo tenías, pillo.

—Pues sí, pero ya no hay secretos. Y ahora vosotros también jugáis. Si todo va bien, podemos vernos de vez en cuando y disfrutarla juntos. Tengo ideas.

Andrea sonrió, satisfecha, y luego soltó algo que no esperaba.

—Por cierto, con el ascenso me trasladan a tu tienda, Carla. Ve preparándote para recibir mis órdenes.

—Vaya, con eso no contaba —reconocí—. Pero me viene de perlas que la controles también en el trabajo. Hasta ahora lo único que podía hacer era mandarla con un cinturón de castidad sus días de más celo.

—¿Castidad? —Andrea abrió mucho los ojos.

—Lleva sesenta y cinco días sin correrse. Solo lo hace cuando yo se lo permito, y casi nunca antes de tres meses. Si esta noche se porta, mañana le regalaré un orgasmo.

—Joder, qué cabrón —rio Tomás—. Con razón está empapada.

—Una esclava se mantiene mejor así, como una perra en celo. Más dócil, más complaciente, siempre esperando una recompensa.

***

—¿Te importa si la pruebo? —preguntó Tomás—. No aguanto más.

—Adelante.

Se colocó detrás de ella y la penetró de una embestida, sin reparar en la comida que aún descansaba sobre su espalda. Carla empezó a jadear, por fin recibía algo de placer, pero Andrea, atentísima, volvió a prenderle los pezones y le colgó trescientos gramos que se balanceaban con cada golpe.

—No quiero que disfrutes mientras te folla mi marido —le dijo al oído.

Andrea se quitó por fin el sujetador y le metió un pecho en la boca.

—Chupa con ganas. Me encanta sentir las dos cosas a la vez.

Me puse detrás de Andrea, le sostuve los pechos y se los fui restregando por la cara a mi esclava sin dejarla prenderse a ninguno.

—Busca, busca, tienes que atraparlo —le decía, y cuando lo lograba se lo retiraba enseguida.

El juego encendió a Andrea como una mecha.

—Diego, ¿no tendrás un juguete? —pidió entre jadeos—. Quiero follármela mientras le frotáis las pollas por la cara.

Le pasé un consolador grande y empezamos a turnarnos, golpeándole los labios, intentando que nos atendiera a los dos a la vez sin conseguirlo, mientras Andrea la penetraba con una soltura que incluía mover el plug que aún llevaba puesto.

—Qué buen juguete eres —le soltó Andrea—. Y prepárate, perra, que en la tienda vas a recibir muchas órdenes mías.

Dejó de penetrarla y le azotó el culo, y cuanto más rojo lo ponía, más se frotaba ella, observándonos a Tomás y a mí.

—Así pienso castigarte cada vez que te portes mal en el trabajo. Llegarás a casa con el culo ardiendo y no podrás esconderle a tu Amo lo que has hecho.

***

—Vamos a la cama —propuse—. Necesitamos sitio.

Subí a mi esclava al colchón y la puse a chupar de nuevo hasta dejarlos a los dos bien firmes.

—Tomás, túmbate. Tú entras por delante mientras yo la tomo por detrás. Llevo demasiado tiempo queriendo esto. Andrea, haz lo que quieras.

—Levanta la cabeza —le ordenó Andrea a Carla, sentándose sobre su cara—. A mí ya sabes cómo atenderme.

Tomás le estrujaba los pechos a placer, dependiendo de mis embestidas para encontrar el suyo, y Andrea se mecía encima disfrutando de una lengua que por fin había aprendido. Aguantamos menos de lo que habría querido, lo admito, pero los tres caímos en cadena. Yo fui el primero, y mis jadeos arrastraron a los demás hasta que terminamos casi a la vez.

Nos quedamos tirados en la cama, recuperando el aliento, cuando me acordé de que Carla seguía con la capucha puesta, sin haber visto en toda la noche nuestras caras. Se la retiré despacio.

—¿Qué tal, mi amor? ¿Te ha gustado mi regalo de Navidad?

—Sí, Amo. Muchas gracias —susurró—. Espero que tú también.

Y nos fundimos en un beso largo, mientras Tomás y Andrea, abrazados a nuestro lado, ya planeaban en voz baja la próxima vez.

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Comentarios (3)

rfito

tremendo relato!!! me dejó sin palabras

SandraMontoya

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber cómo reaccionaron los invitados. Me tuvo pegada a la pantalla hasta el final!!!

Tere_mdp

no lo ví venir jajaja, qué final mas inesperado

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