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Relatos Ardientes

Lo que esa desconocida hizo con sus pies en el cine

Hay una cosa que nunca le conté a nadie, ni a las dos mujeres con las que estuve en serio, ni a mis amigos de toda la vida. Los sábados por la tarde no voy al cine a ver una película. Voy por otra cosa. Voy a sentarme en una de las últimas filas, en la butaca del pasillo, y esperar a que aparezca la mujer correcta.

La correcta es la que se descalza en la oscuridad. La que cruza las piernas y deja que la punta de un zapato asome entre los respaldos. La que, sin saberlo o sabiéndolo perfectamente, decide usar mi cuerpo como si fuera parte del mobiliario de la sala.

Me cuesta explicarlo incluso a mí mismo. ¿Por qué me gusta tanto la sensación de ser un mueble, un reposapiés, algo que se pisa sin pedir permiso? No tengo una respuesta limpia. Solo sé que la primera vez que un tacón se apoyó por accidente en mi mano y la mujer no lo retiró, sentí algo que llevaba años buscando sin ponerle nombre.

El trampling, lo de que te pisen, y el handcrush, lo de que te aplasten la mano, son cosas que descubrí tarde y por casualidad. Y desde entonces el cine se convirtió en mi territorio de caza. Un lugar oscuro, anónimo, donde nadie mira hacia atrás y donde una desconocida puede convertirme en su alfombra durante dos horas sin que pase nada.

***

El método es siempre el mismo. Llego temprano, elijo una función poco concurrida, de esas de media tarde de un domingo, y me siento al final. Calculo dónde se sentará la gente y dejo mi mano apoyada en el reposabrazos contrario, o la deslizo discretamente entre los asientos de adelante. A veces no pasa nada en toda la película. A veces pasa todo.

La mayoría de las veces, cuando una mujer apoya sus pies en mi respaldo y siente que rozo su calzado, se incomoda. Murmura un «perdón» y retira el pie como si hubiera tocado algo caliente. Esas no me interesan, aunque agradezco el roce.

Otras se dan cuenta de que están pisando mi mano y, en lugar de quitar el pie, lo dejan ahí. Apoyan toda la suela sobre mis dedos y siguen mirando la pantalla como si nada. Esas mujeres, las que entienden el silencio y lo usan a su favor, son las que hacen que valga la pena cada domingo perdido.

Y luego están las que se enojan. Una vez una mujer notó que yo intentaba deslizar la mano bajo su zapato y, en vez de apartarse, aplastó con todas sus fuerzas. Me clavó el tacón en el dorso de la mano y mantuvo ahí el peso, castigándome, hasta que se me durmieron los dedos. Salí del cine con la mano roja y una sonrisa que no podía borrar.

***

Pero la historia que de verdad quiero contar es la de aquella tarde de invierno, en una sala casi vacía, con una desconocida que terminó haciendo conmigo exactamente lo que yo siempre había fantaseado.

Llegó cuando ya habían apagado las luces. La vi entrar como una silueta, sola, con una chaqueta larga y botas de tacón que sonaban contra el piso de la sala. Se sentó en la fila de adelante, una butaca corrida respecto a la mía, lo justo para que sus asientos quedaran al alcance de mis manos y mis hombros.

Durante los primeros minutos no hizo nada. Yo tampoco. Es un juego de paciencia, y el que se apura lo arruina. Mantuve la respiración tranquila, la vista en la pantalla, las manos quietas sobre las rodillas, esperando la primera señal.

La señal llegó cuando se quitó las botas.

Escuché el roce del cuero contra sus pantorrillas, el golpe suave de una bota cayendo de lado en el piso, y después la otra. Mi corazón se aceleró. Una mujer que se descalza en el cine es una mujer que va a estirar las piernas, y estirar las piernas, en esa geometría de butacas, solo podía significar una cosa.

Levantó los pies y los apoyó sobre el respaldo de la butaca vacía que tenía delante de ella. Pero no le bastó. Buscó una posición más cómoda, giró un poco el cuerpo, y entonces sentí el primer contacto: la planta tibia de su pie derecho aterrizando justo sobre mi hombro.

Me quedé inmóvil. No te muevas. No respires fuerte. No hagas nada que la haga reconsiderar.

Apoyó también el otro pie. Los dos descansaban ahora sobre mis hombros, uno a cada lado de mi cuello, como si yo fuera el respaldo que estaba buscando todo el tiempo. La media fina que llevaba dejaba pasar el calor de su piel. Podía sentir la forma del talón, la curva del empeine, el peso entero de sus piernas apoyado en mí.

Y no se movió.

***

Pasaron los minutos y la película siguió, pero yo había dejado de verla. Toda mi atención estaba concentrada en esos dos puntos de presión sobre mis hombros, en el modo en que ella ajustaba de a ratos los dedos de los pies, hundiéndolos un poco más, buscando acomodarse mejor sobre lo que evidentemente le resultaba un soporte cómodo.

Decidí no arriesgar nada. La tentación de girar la cara, de rozar con la mejilla la planta de su pie, era enorme. Pero un movimiento en falso y ella retiraría las piernas, se daría cuenta de la situación, y mi juego deseado terminaría antes de empezar. Así que aguanté. Me dejé usar. Me convertí en el reposapiés silencioso que ella necesitaba y que yo siempre quise ser.

Casi media hora estuvo así. Treinta minutos en los que fui, para todos los efectos, un objeto al servicio de una desconocida que ni siquiera me había mirado a la cara. Treinta minutos en los que sentí algo parecido a la paz, esa rendición extraña de quien por fin está donde quiere estar.

Después, sin aviso, bajó los pies. Por el ruido entendí que se estaba calzando otra vez las botas. Se levantó y caminó hacia el pasillo, su silueta cruzando la luz de la pantalla, y desapareció por la puerta lateral.

Me quedé desconcertado. ¿Se fue? ¿Le molestó algo? ¿No vuelve? El asiento delante de mí volvió a quedar vacío y la sala, de pronto, se sintió enorme y fría.

***

Cinco minutos. Eso es lo que tardé en convencerme de que se había ido para siempre y de que mi tarde había terminado. Volví a fijar la vista en la película, intentando recuperar el hilo de una historia que nunca me había importado.

Y entonces volvió.

La vi entrar de nuevo entre las sombras, caminando despacio, y regresar a su butaca. Se sentó. Hubo unos segundos de quietud absoluta. Y después, sin la menor duda, sin tantear, sin probar, levantó las piernas y apoyó los pies otra vez. Pero esta vez no se descalzó. Esta vez dejó las botas puestas y apoyó las suelas directamente contra mi respaldo, contra mi cabeza, rozándome la nuca con el cuero frío.

Ahí entendí. Y entendí que ella también había entendido.

Ese ir y volver, ese cambiar de pie descalzo a bota puesta, no era casualidad. Había salido, se había dado cuenta de lo que estaba pasando, y había vuelto a propósito a hacerlo de nuevo, esta vez sabiendo perfectamente lo que hacía y para quién lo hacía.

La confirmación llegó enseguida. Empezó a mover los pies. No buscando comodidad, sino jugando. Un golpecito suave con la punta de la bota en mi cabeza. Pausa. Otro golpecito. Una especie de bailecito sobre mí, dándome toquecitos rítmicos, como quien tamborilea los dedos sobre una mesa.

Estaba jugando conmigo. Me había convertido en su juguete y me lo estaba diciendo de la única forma posible en la oscuridad de una sala llena de desconocidos: con los pies.

***

No sé cuánto duró esa segunda parte. Perdí completamente la noción del tiempo. Solo sé que cada golpecito de su bota contra mi cabeza me recorría entero, que cada vez que presionaba un poco más fuerte yo cerraba los ojos y me dejaba hundir en esa humillación dulce que tanto había buscado.

Llevé despacio una mano hacia atrás, hasta el costado de mi respaldo, ofreciéndole sin palabras una superficie más. Ella lo notó. Bajó un pie y apoyó la suela de la bota sobre el dorso de mi mano, presionando, midiéndome, comprobando cuánto peso aguantaba sin quejarme. No me quejé. Apreté los dientes y dejé que cargara, sintiendo el filo del tacón hundirse en mi piel, agradeciendo en silencio cada gramo de ese castigo.

Mantuvo la presión un rato largo y después aflojó. Volvió a subir los pies al respaldo, a la altura de mi cabeza, y siguió con su bailecito, más lento ahora, casi cariñoso, si es que un pie puede ser cariñoso a través de una bota.

Me sentí, esa tarde, el hombre con más suerte del mundo. Por una vez no había tenido que provocar nada, ni colocar la mano en el lugar justo, ni esperar el accidente afortunado. Por una vez una desconocida había leído mi deseo en la oscuridad y había decidido, por voluntad propia, concederlo entero.

***

La película terminó. Las luces empezaron a subir de a poco y ella bajó los pies con una naturalidad pasmosa, como si no hubiera pasado nada, como si no acabara de pasar media hora usándome de reposapiés y de juguete. Se puso de pie, se acomodó la chaqueta y se fue por el pasillo sin mirar atrás.

Nunca le vi la cara del todo. En la penumbra del final solo alcancé un perfil, un mechón de pelo oscuro, la línea de una mandíbula. Suficiente para no olvidarla. Insuficiente para reconocerla si me la cruzara mañana en la calle.

Salí del cine con el dorso de la mano marcado y una sensación que me duró días. Desde entonces vuelvo cada fin de semana a la misma sala, a la misma fila, a la butaca del pasillo. La mayoría de las tardes no pasa nada. Algunas, una suela se apoya por error y se retira con un «perdón».

Pero sigo esperando. Sigo yendo cada domingo con la esperanza de que alguna desconocida vuelva a descalzarse en la oscuridad, apoye sus pies en mis hombros y decida, una vez más, que ese fin de semana yo sea su mueble preferido.

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Comentarios (4)

LolaB_Sur

excelente!!!

ElOjo_Curioso

Dios mio que intro tan buena, me engancho de entrada. Se nota que esto lo viviste de verdad o al menos lo imaginaste muy bien.

Claudio_Mdq

La tension que lograste construir es increible. No es el relato tipico de esta categoría y eso se agradece un montón. Espero la continuacion.

LauraVdG

jajaja me recordo a una situacion parecida que viví en un cine una vez... en fin, muy bueno el relato!

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