La fiesta del reencuentro terminó de rodillas ante ella
A Renata la conocí en el último año del colegio. Caímos en el mismo grupo casi por accidente y, con los meses, esa cercanía se volvió una amistad de las que no se planean. Hablábamos de todo, nos copiábamos en los exámenes y compartíamos auriculares en los recreos. Pero había algo en ella que yo nunca confesé.
Renata era menuda, delgada, no llegaba al metro sesenta. Pelo largo y muy negro, siempre suelto. Y sus pies. Tenía los pies flacos, huesudos, de dedos largos y juntos, esa clase de pie pálido que a mí me desarmaba sin que ella lo supiera. Nunca se pintaba las uñas. No le hacía falta.
Ese año ella venía casi siempre en chancletas. Unas hawaianas blancas, gastadas, sencillas. Yo me sentaba detrás de ella en la última fila solo para verla balancear el pie bajo el pupitre, dejando colgar la sandalia de la punta de los dedos. Si supiera lo que me hace eso. No lo sabía. O eso creía yo.
Terminó el colegio y cada uno arrancó para su lado. Universidad, trabajo, la rutina que separa a la gente sin pedir permiso. Nos escribíamos cada tanto, menos cada vez, hasta que quedaron solo los pies de Renata flotando en mi memoria como una asignatura pendiente.
***
Medio año después, una compañera del curso anunció una fiesta en su casa. Sus padres se iban el fin de semana, así que armó un grupo de WhatsApp y convocó a todos: la reunión del reencuentro. Renata escribió en el grupo, después me escribió aparte, y de golpe teníamos meses de conversaciones atrasadas.
El día de la fiesta hacía un frío seco. Me puse una camisa a cuadros porque la temática era de campo, agarré unas cervezas y una botella de vodka barato, y me colgué una campera encima. Llegué último, como siempre.
La vi desde lejos y ella corrió a abrazarme. Renata estaba distinta. Había ganado cuerpo, curvas, una seguridad nueva que se le notaba en la manera de caminar. Llevaba un vestido hasta la rodilla y unas botas finas y altas. Toda una mujer. Yo seguía siendo el mismo idiota que no sabía dónde mirar.
La fiesta avanzó como avanzan esas cosas: música mala tocada con una guitarra, cerveza tibia, humo barato, gente riéndose fuerte. Salí al patio a tomar aire y se me sumaron unos amigos. Renata vino con ellos. Nos pusimos al día a los gritos, y yo la miraba, la miraba demasiado, y ella me devolvía la mirada sin disimular.
Siempre hubo un rumor de que yo le gustaba. Yo lo descartaba por comodidad: éramos amigos, en el colegio yo salía con Carla, y a Renata la rondaba Bruno, un compañero. Todo había quedado en cumplidos a destiempo. Pero esa noche, por primera vez, tuve ganas de averiguar qué había detrás del rumor.
De a poco la gente fue entrando a la casa. Quedamos los dos solos en el patio, con la botella de vodka entre nosotros. Le di un sorbo largo y empezamos a hablar de verdad.
—Te dejaste la barba —dijo ella, mirándome de costado—. Te queda bien.
—Gracias. Y vos tenés un cuerpo de locos, con todo respeto.
—Estoy yendo al gimnasio.
—Sentadillas, deduzco.
—Algunas —se rió—. ¿Y vos? ¿Estás saliendo con alguien?
—No. Entre la facultad y el laburo no me da el cuero. Algún beso suelto en algún boliche, nada más.
Renata agarró la botella, le dio un trago y me hizo una seña para que nos corriéramos a un rincón más oscuro, lejos de la puerta. Se sentó en el borde de una jardinera de cemento y palmeó el lugar a su lado.
—Juguemos a algo —propuso—. Una pregunta o un trago. El que no quiere contestar, toma.
—Dale —acepté, sin medir en lo que me estaba metiendo.
—Empiezo yo. ¿Te cogiste a Carla?
—Sí. Estuvo bueno.
—Tu turno.
—¿Por qué cortaste con Bruno?
—Porque no quería nada serio. Solo alguien a quien cogerme y listo.
Seguimos así, tragos y preguntas, cada una un poco más filosa que la anterior. Hasta que cayó la bomba.
—¿Es verdad que te gustan los pies? —soltó, mirándome fijo.
Abrí los ojos de golpe. Me quedé sin aire. Antes de que pudiera improvisar una salida, ella se adelantó.
—No hace falta que contestes. Tu cara lo dice todo.
—¿Cómo sabés eso? —tartamudeé.
—Había un grupo de chicas en el colegio. Carla contó que tenías ese gusto. Pero tranquilo —se acercó un poco más—, no me voy a burlar. Tu secreto está a salvo conmigo.
Tragué saliva y decidí dejar de esconderme.
—Bueno. Sí. Me gustan. Es un fetiche. No sé explicarlo, simplemente me vuelve loco.
—Lo sabía —dijo, y había algo nuevo en su voz, algo que no era ternura—. Siempre te cachaba mirando los pies de las chicas cuando andaban en ojotas. A mí me pillaste un par de veces.
—Siempre me parecieron hermosos los tuyos —admití—. Sobre todo con esas hawaianas blancas que usabas.
Ella sonrió de lado, como si acabara de descubrir un arma.
—¿Y si te digo que justo las traje? Las metí en el auto de la chica que me trajo. Estas botas me están matando los pies.
—Si necesitás una mano... —ofrecí, y me arrepentí y no me arrepentí al mismo tiempo.
***
Nos levantamos. Renata fue a buscar la llave del auto de su amiga y caminamos hasta la calle, donde estaba estacionado bajo un árbol, lejos del ruido. Antes de abrir la puerta nos pasamos la botella una vez más, y entonces ella me agarró de la camisa y me besó. Fue un beso caliente, con la lengua metida hasta el fondo, con mordida de labio incluida, de esos que te dejan sin equilibrio y con la verga dura de una.
Nos metimos en el asiento trasero. Ella revolvió un bolso, encontró las chancletas blancas y me las mostró como un trofeo. Después estiró las piernas, apoyó los pies sobre mi regazo, justo arriba del bulto que ya se marcaba en el pantalón, y me puso las hawaianas en la mano.
—Hacé los honores —ordenó.
No era una sugerencia. Era una orden, y a mí esa voz me prendió fuego. Le bajé el cierre de la primera bota despacio, con cuidado, como si desenvolviera algo frágil. Todavía con la media puesta sentí el calor de su pie descansando sobre mi bulto. Le saqué la media lentamente, tirando de la punta, y cuando el pie desnudo apareció, blanco, pequeño, con los dedos largos y juntos, se me escapó un gemido. Sin pensarlo, me llevé el pie a la nariz y respiré hondo, después saqué la lengua y le lamí el empeine de una sola pasada larga.
—Mirá vos —dijo, divertida y al mando—. Ahora también te gustan mis medias.
—No tenés idea de cuánto esperé esto —contesté contra su piel, y le chupé el dedo gordo hasta el nudillo.
Renata estiró el otro pie hacia mi boca.
—Todo tuyo. Chupámelo entero, como se te dé la gana.
Me lo metí entero. Era tan pequeño que entraba completo, con todos los dedos apretados contra el paladar. Los chupé uno por uno, los separé con la lengua, recorrí la planta de arriba a abajo, lamí cada hueco entre los dedos, mordí el talón. Era una piel suave, increíblemente suave, como si nunca hubiera pisado el suelo. Mientras tanto, ella me observaba con una calma de dueña, con la falda del vestido subida hasta medio muslo. Vi que separaba un poco las piernas y que se pasaba dos dedos por encima de la bombacha, apretándose ahí, sin sacarme los ojos de encima.
—Me encanta verte así —murmuró—. Tan obediente. Con mi pie en la boca y la pija dura como un fierro.
Me guió la mano hasta que apoyé su otro pie contra mi entrepierna y me hizo moverlo a su ritmo, no al mío. Frotaba la planta arriba y abajo sobre mi bulto, apretando con los dedos, midiendo el largo de mi verga a través de la tela. Yo seguía devorando el otro pie, ella seguía marcando el compás. Disfrutaba el control, se le notaba en la media sonrisa, en la forma de inclinar la cabeza para no perderse nada.
Sin dejar de tenerme atrapado, me abrió el cierre del pantalón, metió la mano y me sacó la pija afuera de un tirón. Se le escapó un "uh" bajito cuando la vio pararse dura contra mi abdomen. Empezó a tocarme con la mano, subiendo y bajando el prepucio, mientras al mismo tiempo apoyaba la planta del otro pie contra los huevos, apretando, presionando, midiendo cuánto placer podía arrancarme. Después dejó la mano y usó los dos pies: uno sostenía la base y el otro subía y bajaba por el glande, ordeñándome con una lentitud calculada. Un hilo de líquido pre-seminal me caía por el tronco y ella lo esparcía con el pulgar del pie, resbaladizo, obsceno.
Después agarró una de las chancletas, la puso frente a mi cara y esperó.
—Besala —dijo—. Donde apoyo el pie. Justo ahí, en la plantilla.
Obedecí sin dudar. Besé desde la suela hasta la plantilla, despacio, saqué la lengua y lamí la marca oscura que le habían dejado sus pies en la goma, mientras ella aceleraba el movimiento de los pies sobre mi verga. Me pidió que le calzara las hawaianas de vuelta, y entonces encajó la pija entre la planta y la plantilla de goma, y armó una paja con las dos chancletas, un vaivén lento y firme, con la suela raspándome apenas la piel. Me estaba volviendo loco y lo sabía. Lo disfrutaba.
—Decime que mi pie es hermoso —exigió, apretando más fuerte—. Decímelo mientras te lo hago con la chancleta.
—Es hermoso —jadeé—. Es lo más hermoso que vi en mi puta vida.
—¿Qué más?
—Suave. Perfecto. Me hacés cagar con esos pies, Renata, me estás matando.
—¿Te vas a correr para mí? ¿Te vas a venir en mi chancleta como el chancho que sos?
—Sí, sí, por favor...
—Abrí la boca.
Pensé que me iba a dar otro pie. En cambio me besó con violencia, chupándome la lengua, y mientras me besaba me empujó una de sus medias dentro de la boca, hasta el fondo. Después, de golpe, frenó todo. Sacó los pies, cerró las piernas, me dejó al borde, la pija latiendo al aire, temblando, sin terminar. Un hilo espeso me chorreaba por la punta.
—Hace mucho que estamos acá —dijo, recomponiendo el vestido como si nada, sonriendo al ver cómo se me sacudía la verga sola pidiendo más—. Volvamos a la fiesta. Guardemos algo de esta calentura para después. Capaz más tarde necesite un masaje de pies. O capaz necesite algo más.
***
Volvimos como si no hubiera pasado nada, aunque media docena de miradas cómplices nos siguieron desde la puerta. Renata reapareció con dos cervezas y se sentó entre los del curso como una reina disimulada. La fiesta agonizaba; eran más de las cuatro de la mañana cuando se me acercó.
—Che, si no te molesta, ¿me llevás vos? Me gustaría volver con vos.
—Obvio. Decime el camino nomás.
Avisó a sus amigas, recuperó sus cosas del otro auto y nos fuimos. En el camino veníamos sueltos, descarados, riéndonos de lo que habíamos hecho.
—Me gustó, ¿sabés? —dijo—. Cómo me chupaste los pies. Carla se olvidó de mencionar que eras bueno con la lengua.
—A mí también me gustó. Parecía que tenías práctica en pajearme con los pies.
—Me gusta mandar un poco —confesó, y se sacó la bota, y estiró el pie descalzo hasta apoyarlo en mi boca mientras yo manejaba—. Y parece que se lleva bien con lo tuyo. Hablando de eso, ¿querés un poco más? Sacátela ya.
Chupé el costado de su pie pequeño sin sacar los ojos del asfalto, apretando la mandíbula alrededor del arco. Con la otra mano me abrí el pantalón, me bajé el calzoncillo hasta los muslos y dejé la pija al aire, apuntando al techo. Entonces los dos pies vinieron juntos y empezaron de nuevo, esta vez con más hambre. Renata escupió sobre mi glande, un escupitajo bien gordo, y usó los pies para untarme toda la verga con su saliva, para que la piel se deslizara mejor. Los dedos de un pie me pinzaron el prepucio, los del otro me acariciaron los huevos. La adrenalina me recorrió entero. Yo trataba de no salirme del carril mientras ella me ordeñaba con una calma de asesina.
—No te vengas todavía —me avisó, mirándome de reojo—. Si te venís acá te dejo tirado.
Llegamos cerca de su casa y frené bajo un árbol. Antes de que apagara el motor ya nos estábamos besando, y de un salto ella se pasó adelante y se acomodó encima de mí, a horcajadas sobre el asiento del conductor. Empujé el asiento hacia atrás todo lo que dio, le subí el vestido hasta la cintura y le corrí la bombacha a un costado con dos dedos. Estaba empapada, la concha caliente y abierta, los labios hinchados de tanto aguantarse. La dejé bajar despacio y cuando la punta de mi pija entró en ella los dos gemimos a la vez. Bajó de a poco, sintiéndome centímetro a centímetro, hasta que le quedó todo adentro y se apoyó con los muslos temblando contra los míos.
—Ahí, así —jadeó contra mi cuello—. Toda la verga adentro.
Me clavó las uñas en el cuello mientras empezaba a moverse, arriba y abajo, apretándome con las paredes de la concha, moliéndome contra ella. La agarré del culo con las dos manos, sentí lo firme que se le había puesto de tanto gimnasio, y la ayudé a marcar el ritmo. Los pechos le rebotaban debajo del vestido, y le bajé el escote de un tirón para chuparle las tetas, para morderle los pezones duros mientras ella se me clavaba entera.
Sin perder el control ni un segundo, estiró el brazo hacia el asiento del acompañante y volvió a agarrar la chancleta. Me mostró la plantilla, la puso frente a mi boca y yo, ya entrenado, empecé a lamer.
—Limpiala toda —ordenó, moviéndose más fuerte sobre mí, empalándose con rabia—. Sacale toda la tierra con la lengua. Chupala como me chupaste los pies.
Esas palabras me terminaron de encender. Le pasé la lengua por toda la plantilla mientras ella se sacudía encima, la concha apretándome tan fuerte que sentía cada latido. Empujé desde abajo con todo lo que tenía, la levanté con las manos y la volví a bajar clavándomela hasta la base, y ella marcó el ritmo hasta el final, mordiéndose el labio, dejando escapar unos gritos ahogados que empañaron los vidrios.
—Me vengo, me vengo —gimió—, vení conmigo, vení adentro.
Sentí cómo se le contraía todo por dentro, cómo la concha me apretaba en oleadas, y me vine yo también, disparándole chorro tras chorro bien adentro, sin poder parar, mientras ella se dejaba caer contra mi pecho jadeando. Le chorreó un hilo blanco entre las piernas cuando se levantó apenas. Se dejó caer en el asiento de al lado, abrimos las ventanillas por el calor, y le hice un masaje en los pies como forma de agradecerle, salpicado de besos suaves y de alguna lamida traviesa entre los dedos.
***
Después de esa noche, Renata y yo volvimos a vernos seguido. Ella quería aprender más sobre fetichismo de pies y sobre eso de mandar, de dominar, y yo era el alumno más feliz del mundo. Con el tiempo se volvió una experta: sabía exactamente cuándo apretar los pies alrededor de mi verga, cuándo frenarme al borde de la corrida, cuándo dejarme rogar con la boca llena de sus dedos.
La rutina, como siempre, terminó apretando. Renata conoció a un chico, algo serio empezó a armarse, y antes de despedirnos nos dimos un último encuentro. Me regaló sus hawaianas blancas y un par de medias. No tenía olor en los pies, nunca lo tuvo, pero a mí me gustaba pasarme esas chancletas por la cara y recordar la noche en que dejó de ser mi amiga del colegio para convertirse en la dueña de mi secreto. Quizá esa despedida termine siendo otro relato.





