La humillación que me convirtió en su esclavo
El olor que creí percibir cuando Renata se sentó a mi lado para atarse las zapatillas era real. No fue mi imaginación. En sus sandalias abandonadas bajo el banco era todavía más intenso, ese aroma denso que vuelve loco a cualquiera que tenga la misma obsesión que yo arrastro desde hace años. Las levanté con las dos manos, una en cada palma, y me dejé arrastrar por algo que no sabía nombrar.
La tenía adelante, jugando al vóley en la cancha del polideportivo, ajena a todo. Yo estaba atrás de la columna del fondo, en el rincón que nadie pisaba, con la espalda contra la pared fría y la respiración cada vez más corta.
Cerré los ojos e inhalé. Mi entrepierna respondió al instante. Las ganas de tocarme eran enormes, pero no había manera, no ahí, no tan a la vista.
Abrí los ojos de golpe para comprobar que todo seguía tranquilo, que nadie me vigilaba desde las gradas. Como parecía despejado, volví a lo mío. Pasé el borde de una sandalia por encima del pantalón, despacio, midiendo cada roce. Alterné entre oler y recorrer con la lengua la plantilla gastada de cada una. Por curiosidad miré el número: un 39 enorme confirmaba que Renata tenía los pies grandes, y esa certeza me encendió todavía más.
Fue un momento delicioso y privado.
Sentir su olor directo de la suela, sin filtro, era un regalo que no merecía. Estaba agradecido, entregado por completo a una chica a la que apenas le importaba que yo existiera.
Si me viera ahora, pensaría que soy un demente.
Estaba a punto de terminar sin siquiera desabrocharme, podía sentirlo subir. Había lamido tanto una de las sandalias que la plantilla brillaba de saliva. Mejor la secaba con la remera antes de que ella volviera a calzárselas y se diera cuenta.
Iba a hacerlo, pero me concedí unos segundos más de adoración, los ojos cerrados otra vez, persiguiendo ese aroma que ya empezaba a debilitarse de tanto lamer.
Fue justo entonces cuando pasó lo peor.
Con los ojos cerrados no vi la pelota que rebotó contra la pared del fondo y se detuvo a mi lado. Cuando los abrí, sobresaltado por el golpe seco, Camila —una de las amigas de Renata— ya tenía la pelota en la mano y me miraba sin entender.
El estómago se me cayó al piso.
Me había encontrado con las dos sandalias de su amiga pegadas a la nariz, oliendo las plantillas como un animal. ¿Qué demonios iba a hacer?
Camila tardó dos segundos en pasar del asombro a la carcajada. Y en cuestión de instantes, toda la cancha y las gradas giraron hacia mí: murmullos, dedos señalando, risas que se contagiaban en oleadas.
—¡Miren esto! ¡Adrián está oliendo las sandalias de Renata! —Camila soltó la pelota y se dobló de la risa—. ¡Sos un asco!
Me quedé congelado, incapaz de moverme. Había por lo menos cuarenta personas y la profesora de educación física presenciando mi humillación. Compañeros de mi comisión y de la de al lado, que habían venido a jugar el amistoso de fin de cuatrimestre.
Las risas, los celulares levantados grabándome, Camila tirada en el suelo sin aire. Y yo en el centro de todo, todavía inmóvil con las sandalias de la mujer que adoraba en la cara. Estaba acabado. Llevaba apenas dos meses en esa facultad y acababa de convertirme en el chiste del año.
—¡TENÉS UN PROBLEMA! ¡SOS UN ENFERMO! —En medio del caos, Renata avanzaba hacia mí escupiendo rabia—. ¿Qué hacés con mis cosas en la nariz? ¡Imbécil!
Su voz me erizó la piel. En el poco tiempo que llevaba ahí ya la había visto gritarle a la gente, repartir crueldades a su alrededor. Pero nunca así, nunca contra mí.
Sus ojos castaños no parpadearon. Me clavaron el odio más profundo que recibí en mi vida, las mejillas encendidas de furia y de vergüenza por tener que pasar por esto delante de todos.
Sin saber qué más hacer, dejé caer las sandalias y salí corriendo de la cancha con la mochila al hombro, sin mirar a nadie, perseguido por las carcajadas.
—¡Andate de acá, apestoso! —gritó Camila.
—¡Degenerado!
—¡Cerdo!
La multitud no tuvo piedad, fue un insulto atrás del otro. Renata seguía gritando algo, pero ya no la escuchaba. Crucé el pasillo y me encerré en uno de los baños, eché el pestillo y me senté en la tapa del inodoro, en el silencio.
***
Ahí solo, traté de calcular el tamaño del desastre. Tendría que cambiarme de universidad, no había otra después de un papelón tan monumental.
Renata me iba a destrozar la próxima vez que me viera. Iba a pasarse el año entero humillándome, o peor todavía: tal vez no me dirigiría la palabra nunca más. Ignorarme por completo.
No. Eso sí que me mataría.
Me pasé la mano por el pantalón y descubrí lo más absurdo de todo. Seguía duro. Con toda esa humillación pública encima, mi cuerpo no había bajado ni un poco.
Decidí terminar lo que había empezado. Total, ya estaba todo perdido, igual me iban a destrozar apenas pisara el aula. Al menos me habría descargado.
No me tomó ni dos minutos. Solo con recordar el olor de los pies de Renata, me corrí en el inodoro y tiré de la cadena.
Me mojé la cara, respiré hondo y volví al aula antes de que regresara el resto. Me senté en mi lugar de siempre y esperé lo inevitable. No había a dónde escapar.
***
Los primeros en entrar fueron los callados de la última fila, que ni me miraron. Después llegó la manada. Bruno y sus amigos arrancaron enseguida, llamándome «olor a pata», anunciando que ese sería mi apodo de ahora en más. Aguanté chistes idiotas durante un rato que parecía no terminar, hasta que de golpe todos se callaron: Renata y sus amigas entraban al aula.
Todos querían ver qué me haría. Yo estaba aterrado, el miedo me recorría entero. Pero ese miedo se transformó pronto en algo peor: una tristeza enorme. Su mirada ni siquiera rozó mi mesa. Esperaba una cachetada, más gritos, cualquier cosa. En cambio, tal como había temido, eligió ignorarme. Negar mi existencia y dejarlo bien claro.
Por supuesto que ella sabía que yo estaba colgado de ella; casi todos lo estaban. Que me rechazara hasta el punto de no volver a mirarme me partía en dos.
La clase siguió, y por suerte era la última del día. Todavía se escuchaba revuelo, sobre todo de Camila, que cada dos minutos largaba lo del «olor a pata» y se festejaba sola. El apodo se puso de moda en tiempo récord.
Renata, mientras tanto, mantuvo la vista en el cuaderno, en el pizarrón, charlando con sus amigas, sin girar el cuello hacia mí ni una sola vez. Como si nada hubiera pasado.
El timbre sonó y respiré aliviado. Era viernes; tal vez el fin de semana servía para que la gente se olvidara un poco del tema.
***
Junté mis cosas y salí caminando hacia casa, que quedaba a unas pocas cuadras. Apenas crucé el portón, una mano me agarró del brazo, firme y fuerte, y me dio vuelta de un tirón.
—¿En serio creíste que te ibas a ir así nomás?
Era Renata.
Con el pelo castaño suelto sobre los hombros, sin la trenza del entrenamiento, estaba todavía más imponente. Me permití mirarle la cara perfecta apenas un instante antes de que los ojos se me fueran, por puro instinto, hacia sus pies.
—Ni se te ocurra. —Su mano me sujetó el mentón y me levantó la cabeza de un golpe—. No lo puedo creer. Te acabo de agarrar y todavía me querés mirar los pies. ¿Cómo te animás?
El miedo volvió, y con él un poco de lucidez. Renata era más alta que yo y tenía los brazos fuertes de tanto vóley. Si quería, me molía a golpes sin esfuerzo.
—¿No tenés nada que decirme? ¿Ni una mísera disculpa?
—Yo… —tartamudeé—. Yo… perdoname, por favor.
Frunció el ceño y, en un movimiento rapidísimo, me pateó entre las piernas.
El dolor fue brutal.
Las piernas me temblaron y, antes de que pudiera recuperarme, llegó la segunda patada, más fuerte todavía.
—¡Ay! —Solté un quejido de agonía y caí de rodillas frente a ella, sin fuerzas.
Me llevé la mano a la entrepierna, tratando de calmar el ardor, mientras ella me agarraba del pelo y tiraba hacia arriba.
—¡Esto no es lo que te gusta, depravado! —gritó—. ¿Querías sentir mi pie? Listo. Ya lo sentiste.
En medio del dolor y la vergüenza, arrodillado en la vereda, le miré los pies de nuevo. Calzados otra vez en las sandalias, y mi cuerpo, increíblemente, empezó a reaccionar.
No me pude contener. Me incliné y le besé el empeine, apasionado, sin pensar. Ya no me quedaba nada por perder. Era mi última oportunidad; después de esto podía ignorarme para siempre, pero al menos habría probado lo que tanto deseaba.
—No lo puedo creer. —Estaba pasmada por mi audacia. Apoyó la planta sobre el bulto de mi pantalón y pisó, y se sobresaltó al notarlo duro—. ¿Qué te pasa? ¡Sos un enfermo! ¡De verdad! Vengo, te pateo, me besás el pie y encima te excitás. ¡Me das asco!
Sacó el pie, aliviando la presión. Me miró unos segundos con desprecio mientras yo seguía de rodillas, como un perro junto a su dueña.
—No te olvidaste nada en la cancha, ¿no?
—¿Qué? —La pregunta me desconcertó. ¿Qué iba a olvidarme ahí?—. Creo que no…
—¿Seguro? —Cuando vi la sonrisa torcida en su cara, supe que tenía algo guardado.
Me palpé el bolsillo y caí en la cuenta de lo que faltaba: el celular.
Levanté la vista. Renata lo tenía en la mano, encantada.
—Sos un tarado… Saliste corriendo y hasta te olvidaste el teléfono. Qué descuidado.
Se me heló la sangre. ¿Y si lo había revisado? Habría visto las…
Deslizó el dedo por la pantalla y abrió la galería, recorriendo en silencio las fotos que le había sacado durante esas semanas. Cientos de imágenes suyas: su espalda, su cara, sus piernas. Videos de ella jugando. La miré con el corazón en la boca, aterrado por lo que iba a hacer.
—No hace falta que diga nada, ¿verdad? Sos un pervertido de lo peor. Ya le saqué una foto a tu pantalla con todo esto, grabé un video y le mandé algunas a mis amigas. Acá ya lo sabe todo el mundo. —Notó que yo estaba en shock, completamente en la palma de su mano—. Así que mirá: si no querés que vaya a denunciarte, que le cuente a tus viejos y a toda la comisión, te conviene portarte bien y hacer todo lo que yo te diga.
—¡Lo hago! Por favor, no le muestres esto a nadie, te lo suplico. Me arruinás.
—Eso ya lo sé. —Sonrió sin disimular el placer que le daba—. Bueno, vas a empezar por hacerme el trabajo práctico de química, el que hay que entregar el lunes. Lo traés terminado y con mi nombre. Arreglátelas.
—¡De acuerdo! Lo traigo. Solo no muestres nada de eso.
Seleccionó toda la galería y la borró de un toque. Todas esas fotos por las que perdía la cabeza desaparecieron en un segundo.
—Ya no las necesitás. —Dejó caer el celular contra el piso, con la fuerza justa para que la pantalla se rajara—. Uy… casi se rompe. —Se reía.
—No pasa nada. Solo se trizó la pantalla…
—Esto es para que aprendas a no meterte conmigo. Mirá, hasta fue gracioso hablar con un idiota como vos, e incluso me gustó el cumplido sobre mi pie. Pero, para que veas lo asqueroso que sos, deberías estar agradecido de que te dé esta oportunidad en lugar de arruinarte la vida. Si cumplís las reglas y sos bien obediente, todo sigue normal.
—Sí, voy a obedecer. Te lo juro.
—Perfecto. Esperá más tareas y traé mi trabajo el lunes. Esto recién empieza.
Se agachó hasta quedar cara a cara conmigo. Creo que fue lo más cerca que estuve nunca de ella; su belleza era abrumadora. Tan hermosa y tan cruel.
Mi entrepierna latía de deseo.
—Hasta el lunes, entonces. —Y me escupió en la cara, sin piedad, un escupitajo espeso que me bajó por toda la mejilla—. Acordate, olor a pata: para mí valés menos que un gusano. No te olvides de quién manda en esta facultad.
No hace falta que aclare que, para mí, fue una gloria. Humillado y chantajeado por completo, enfermo como estaba, me sentía extrañamente realizado.
Mi dueña se levantó y se alejó, dejándome de rodillas en la vereda, con el cuerpo doliendo, su saliva resbalándome por la cara y el celular partido a mi lado. Y mientras la veía irse, supe que aquello no era un castigo. Era el primer día del resto de mi vida a sus pies.