La humillación que me convirtió en su esclavo
El olor que creí percibir cuando Renata se sentó a mi lado para atarse las zapatillas era real. No fue mi imaginación. En sus sandalias abandonadas bajo el banco era todavía más intenso, ese aroma denso que vuelve loco a cualquiera que tenga la misma obsesión que yo arrastro desde hace años. Las levanté con las dos manos, una en cada palma, y me dejé arrastrar por algo que no sabía nombrar.
La tenía adelante, jugando al vóley en la cancha del polideportivo, ajena a todo. Yo estaba atrás de la columna del fondo, en el rincón que nadie pisaba, con la espalda contra la pared fría y la respiración cada vez más corta.
Cerré los ojos e inhalé. Mi entrepierna respondió al instante, con la polla endureciéndose contra el cierre del pantalón hasta doler. Podía sentir cada latido en el glande, el pulso desbocado bombeándome sangre a la verga como si el cuerpo entero se me hubiera concentrado ahí abajo. Las ganas de tocarme eran enormes, de sacarla y meneármela hasta correrme mirando esas sandalias, pero no había manera, no ahí, no tan a la vista. Aguanté con los dientes apretados, la punta de la polla ya mojándome el calzoncillo con un hilo de líquido caliente que se me escapaba de solo respirar el olor.
Abrí los ojos de golpe para comprobar que todo seguía tranquilo, que nadie me vigilaba desde las gradas. Como parecía despejado, volví a lo mío. Pasé el borde de una sandalia por encima del pantalón, despacio, midiendo cada roce del cuero contra el bulto tenso, moviéndola arriba y abajo por el largo de la verga hasta que se me escapó un gemido bajo. Alterné entre oler y recorrer con la lengua la plantilla gastada de cada una. La saboreaba de punta a punta, el sabor a sudor rancio de sus pies, la sal impregnada en la huella de sus dedos, el hueco húmedo del talón. Chupaba como si fuera un coño mojado, la lengua entera contra el material, hundiéndola entre las marcas que le habían dejado los dedos gordos. Por curiosidad miré el número: un 39 enorme confirmaba que Renata tenía los pies grandes, y esa certeza me encendió todavía más. Ese numerito era la prueba de que la mujer que me traía loco tenía unos pies hechos para pisar la cara de un enfermo como yo.
Fue un momento delicioso y privado. Con una mano me aplasté la polla contra la pierna a través del pantalón, y con la otra me llevé la sandalia a la nariz, respirando profundo, tan profundo que el pecho me temblaba. Cada inhalación me hacía chorrear un poco más adentro del calzoncillo. Los cojones se me habían puesto tirantes, subidos, listos para vaciarse ahí mismo si no me contenía.
Sentir su olor directo de la suela, sin filtro, era un regalo que no merecía. Estaba agradecido, entregado por completo a una chica a la que apenas le importaba que yo existiera. Me imaginaba a Renata metiéndome esos dedos en la boca, dejándome mamarle uno por uno, obligándome a limpiarle el sudor con la lengua después del partido.
Si me viera ahora, pensaría que soy un demente.
Estaba a punto de terminar sin siquiera desabrocharme, podía sentirlo subir desde el fondo de los huevos, ese cosquilleo brutal que te avisa que la corrida se te viene encima sin poder frenarla. La polla me palpitaba contra la tela, el glande empapado, y bastaba con seguir apretándome dos veces más contra la sandalia para reventar dentro del calzoncillo. Había lamido tanto una de las sandalias que la plantilla brillaba de saliva. Mejor la secaba con la remera antes de que ella volviera a calzárselas y se diera cuenta.
Iba a hacerlo, pero me concedí unos segundos más de adoración, los ojos cerrados otra vez, persiguiendo ese aroma que ya empezaba a debilitarse de tanto lamer.
Fue justo entonces cuando pasó lo peor.
Con los ojos cerrados no vi la pelota que rebotó contra la pared del fondo y se detuvo a mi lado. Cuando los abrí, sobresaltado por el golpe seco, Camila —una de las amigas de Renata— ya tenía la pelota en la mano y me miraba sin entender.
El estómago se me cayó al piso.
Me había encontrado con las dos sandalias de su amiga pegadas a la nariz, oliendo las plantillas como un animal. ¿Qué demonios iba a hacer?
Camila tardó dos segundos en pasar del asombro a la carcajada. Y en cuestión de instantes, toda la cancha y las gradas giraron hacia mí: murmullos, dedos señalando, risas que se contagiaban en oleadas.
—¡Miren esto! ¡Adrián está oliendo las sandalias de Renata! —Camila soltó la pelota y se dobló de la risa—. ¡Sos un asco!
Me quedé congelado, incapaz de moverme. Había por lo menos cuarenta personas y la profesora de educación física presenciando mi humillación. Compañeros de mi comisión y de la de al lado, que habían venido a jugar el amistoso de fin de cuatrimestre.
Las risas, los celulares levantados grabándome, Camila tirada en el suelo sin aire. Y yo en el centro de todo, todavía inmóvil con las sandalias de la mujer que adoraba en la cara. Estaba acabado. Llevaba apenas dos meses en esa facultad y acababa de convertirme en el chiste del año.
—¡TENÉS UN PROBLEMA! ¡SOS UN ENFERMO! —En medio del caos, Renata avanzaba hacia mí escupiendo rabia—. ¿Qué hacés con mis cosas en la nariz? ¡Imbécil!
Su voz me erizó la piel. En el poco tiempo que llevaba ahí ya la había visto gritarle a la gente, repartir crueldades a su alrededor. Pero nunca así, nunca contra mí.
Sus ojos castaños no parpadearon. Me clavaron el odio más profundo que recibí en mi vida, las mejillas encendidas de furia y de vergüenza por tener que pasar por esto delante de todos.
Sin saber qué más hacer, dejé caer las sandalias y salí corriendo de la cancha con la mochila al hombro, sin mirar a nadie, perseguido por las carcajadas.
—¡Andate de acá, apestoso! —gritó Camila.
—¡Degenerado!
—¡Cerdo!
La multitud no tuvo piedad, fue un insulto atrás del otro. Renata seguía gritando algo, pero ya no la escuchaba. Crucé el pasillo y me encerré en uno de los baños, eché el pestillo y me senté en la tapa del inodoro, en el silencio.
***
Ahí solo, traté de calcular el tamaño del desastre. Tendría que cambiarme de universidad, no había otra después de un papelón tan monumental.
Renata me iba a destrozar la próxima vez que me viera. Iba a pasarse el año entero humillándome, o peor todavía: tal vez no me dirigiría la palabra nunca más. Ignorarme por completo.
No. Eso sí que me mataría.
Me pasé la mano por el pantalón y descubrí lo más absurdo de todo. Seguía duro. Duro como un fierro, la polla trabada contra el cierre, hinchada, palpitando. Con toda esa humillación pública encima, mi cuerpo no había bajado ni un poco. Al contrario: la vergüenza me tenía más caliente todavía, como si el odio de Renata gritándome enfermo me hubiera funcionado como afrodisíaco.
Decidí terminar lo que había empezado. Total, ya estaba todo perdido, igual me iban a destrozar apenas pisara el aula. Al menos me habría descargado.
Me desabroché el pantalón de un tirón y me lo bajé hasta las rodillas junto con el calzoncillo. La polla saltó afuera, tiesa, curvada contra el ombligo, con el glande brillante de todo lo que se me había escapado durante el show con las sandalias. Me la agarré con la mano derecha, la apreté fuerte hasta que me quemó, y empecé a menearla con la muñeca rápida, la palma resbalando por el líquido que ya me chorreaba por los cojones.
Cerré los ojos y me llené la cabeza de Renata. Renata con los pies descalzos frente a mí, ordenándome que le sacara la lengua. Renata pisándome la cara con la planta sudada después del partido, restregándome los dedos por la boca, obligándome a chupar entre uno y otro. Renata escupiéndome, insultándome, llamándome enfermo mientras me apretaba las bolas con esos pies enormes talla 39.
—Puta madre… —murmuré, aporreándomela más rápido, la mano subiendo y bajando por toda la verga.
Con la izquierda me sujetaba las bolas, apretándomelas, tirando hacia abajo como si Renata misma me las estuviera pisando. Me imaginé su voz, esa voz rabiosa: «¿Querés sentir mi pie? Listo, olor a pata. Chupá.» Sentí una arcada de placer subir por la espalda. La polla se me puso todavía más dura, los huevos se me tensaron, subidos contra el cuerpo, y supe que estaba a segundos.
—Renata, Renata, mierda… —gemí bajo, apretando los dientes para que nadie me escuchara desde el pasillo.
No me tomó ni dos minutos. Solo con recordar el olor de sus pies, con el sabor del sudor de su plantilla todavía en la lengua, se me contrajo todo el bajo vientre. La primera corrida me salió disparada contra la tapa del inodoro, un chorro grueso y caliente que me quedó colgando de la mano. Después vinieron dos más, cada una más floja, blanca y espesa, chorreando por los dedos, entre las bolas, por la cara interior del muslo. Me seguí meneando hasta la última gota, temblando entero, con la cabeza apoyada contra los azulejos, murmurando el nombre de la mujer que me acababa de humillar delante de la facultad entera. Cuando abrí los ojos tenía las manos manchadas de semen y la respiración destrozada.
Me limpié con papel higiénico, tiré todo al inodoro y tiré de la cadena. Me subí el pantalón, me acomodé como pude. La polla, encima, no bajaba del todo; el gusto por Renata era tan hondo que la tenía a media asta apenas terminaba de correrme. Me mojé la cara, respiré hondo y volví al aula antes de que regresara el resto. Me senté en mi lugar de siempre y esperé lo inevitable. No había a dónde escapar.
***
Los primeros en entrar fueron los callados de la última fila, que ni me miraron. Después llegó la manada. Bruno y sus amigos arrancaron enseguida, llamándome «olor a pata», anunciando que ese sería mi apodo de ahora en más. Aguanté chistes idiotas durante un rato que parecía no terminar, hasta que de golpe todos se callaron: Renata y sus amigas entraban al aula.
Todos querían ver qué me haría. Yo estaba aterrado, el miedo me recorría entero. Pero ese miedo se transformó pronto en algo peor: una tristeza enorme. Su mirada ni siquiera rozó mi mesa. Esperaba una cachetada, más gritos, cualquier cosa. En cambio, tal como había temido, eligió ignorarme. Negar mi existencia y dejarlo bien claro.
Por supuesto que ella sabía que yo estaba colgado de ella; casi todos lo estaban. Que me rechazara hasta el punto de no volver a mirarme me partía en dos.
La clase siguió, y por suerte era la última del día. Todavía se escuchaba revuelo, sobre todo de Camila, que cada dos minutos largaba lo del «olor a pata» y se festejaba sola. El apodo se puso de moda en tiempo récord.
Renata, mientras tanto, mantuvo la vista en el cuaderno, en el pizarrón, charlando con sus amigas, sin girar el cuello hacia mí ni una sola vez. Como si nada hubiera pasado.
El timbre sonó y respiré aliviado. Era viernes; tal vez el fin de semana servía para que la gente se olvidara un poco del tema.
***
Junté mis cosas y salí caminando hacia casa, que quedaba a unas pocas cuadras. Apenas crucé el portón, una mano me agarró del brazo, firme y fuerte, y me dio vuelta de un tirón.
—¿En serio creíste que te ibas a ir así nomás?
Era Renata.
Con el pelo castaño suelto sobre los hombros, sin la trenza del entrenamiento, estaba todavía más imponente. Me permití mirarle la cara perfecta apenas un instante antes de que los ojos se me fueran, por puro instinto, hacia sus pies.
—Ni se te ocurra. —Su mano me sujetó el mentón y me levantó la cabeza de un golpe—. No lo puedo creer. Te acabo de agarrar y todavía me querés mirar los pies. ¿Cómo te animás?
El miedo volvió, y con él un poco de lucidez. Renata era más alta que yo y tenía los brazos fuertes de tanto vóley. Si quería, me molía a golpes sin esfuerzo.
—¿No tenés nada que decirme? ¿Ni una mísera disculpa?
—Yo… —tartamudeé—. Yo… perdoname, por favor.
Frunció el ceño y, en un movimiento rapidísimo, me pateó entre las piernas.
El dolor fue brutal.
Las piernas me temblaron y, antes de que pudiera recuperarme, llegó la segunda patada, más fuerte todavía. La punta de la sandalia se me hundió en los cojones con un golpe seco, y sentí el impacto subir hasta el estómago.
—¡Ay! —Solté un quejido de agonía y caí de rodillas frente a ella, sin fuerzas.
Me llevé la mano a la entrepierna, tratando de calmar el ardor, mientras ella me agarraba del pelo y tiraba hacia arriba.
—¡Esto no es lo que te gusta, depravado! —gritó—. ¿Querías sentir mi pie? Listo. Ya lo sentiste.
En medio del dolor y la vergüenza, arrodillado en la vereda, le miré los pies de nuevo. Calzados otra vez en las sandalias, con los dedos sobresaliendo, largos, las uñas pintadas de rojo brillante. El empeine todavía sudado del partido. Y mi cuerpo, increíblemente, empezó a reaccionar. La polla, que hacía nada me había vaciado en el baño, se me estaba llenando otra vez, hinchándose contra el pantalón como si no me hubiera corrido nunca.
No me pude contener. Me incliné y le besé el empeine, apasionado, sin pensar. Le clavé los labios en la piel tibia, con la lengua asomándose para robarle el sabor a sudor, salado, delicioso. Le pasé la boca abierta por encima del dedo gordo, chupando el aire alrededor de la piel para no perderme una sola nota de ese olor que hacía media hora me había hecho reventar contra el inodoro. Ya no me quedaba nada por perder. Era mi última oportunidad; después de esto podía ignorarme para siempre, pero al menos habría probado lo que tanto deseaba.
—No lo puedo creer. —Estaba pasmada por mi audacia. Apoyó la planta sobre el bulto de mi pantalón y pisó, y se sobresaltó al notarlo duro—. ¿Qué te pasa? ¡Sos un enfermo! ¡De verdad! Vengo, te pateo, me besás el pie y encima te excitás. ¡Me das asco!
Se quedó unos segundos así, la planta apoyada sobre mi polla, sintiendo cómo me palpitaba debajo. Yo cerré los ojos y me mordí el labio para no gemir. La punta de la verga se estaba mojando de nuevo, chorreando lo que no había terminado de vaciar en el baño, y estaba a un empujón de su pie de reventar ahí, en plena vereda, delante de la mujer que me acababa de patear las bolas. Renata sonrió con desprecio al darse cuenta de lo cerca que me tenía, y presionó una vez más, moviendo el pie con crueldad calculada sobre el bulto. La verga me palpitó tres, cuatro veces, y sentí un chorro caliente escapárseme dentro del calzoncillo, empapándome, la corrida vergonzosa de un pervertido roto al primer roce de una diosa.
—Ay, no… —murmuré, humillado, la respiración cortada.
—¿Te viniste? —Renata pegó una risa incrédula, sacando el pie de golpe—. ¿Te viniste, olor a pata? ¿En la calle, con mi sandalia sobre la pija? No lo puedo creer. Sos peor de lo que pensaba.
Sacó el pie, aliviando la presión. Me miró unos segundos con desprecio mientras yo seguía de rodillas, como un perro junto a su dueña, con el calzoncillo empapado y el semen enfriándose contra el muslo.
—No te olvidaste nada en la cancha, ¿no?
—¿Qué? —La pregunta me desconcertó. ¿Qué iba a olvidarme ahí?—. Creo que no…
—¿Seguro? —Cuando vi la sonrisa torcida en su cara, supe que tenía algo guardado.
Me palpé el bolsillo y caí en la cuenta de lo que faltaba: el celular.
Levanté la vista. Renata lo tenía en la mano, encantada.
—Sos un tarado… Saliste corriendo y hasta te olvidaste el teléfono. Qué descuidado.
Se me heló la sangre. ¿Y si lo había revisado? Habría visto las…
Deslizó el dedo por la pantalla y abrió la galería, recorriendo en silencio las fotos que le había sacado durante esas semanas. Cientos de imágenes suyas: su espalda, su cara, sus piernas. Videos de ella jugando. La miré con el corazón en la boca, aterrado por lo que iba a hacer.
—No hace falta que diga nada, ¿verdad? Sos un pervertido de lo peor. Ya le saqué una foto a tu pantalla con todo esto, grabé un video y le mandé algunas a mis amigas. Acá ya lo sabe todo el mundo. —Notó que yo estaba en shock, completamente en la palma de su mano—. Así que mirá: si no querés que vaya a denunciarte, que le cuente a tus viejos y a toda la comisión, te conviene portarte bien y hacer todo lo que yo te diga.
—¡Lo hago! Por favor, no le muestres esto a nadie, te lo suplico. Me arruinás.
—Eso ya lo sé. —Sonrió sin disimular el placer que le daba—. Bueno, vas a empezar por hacerme el trabajo práctico de química, el que hay que entregar el lunes. Lo traés terminado y con mi nombre. Arreglátelas.
—¡De acuerdo! Lo traigo. Solo no muestres nada de eso.
Seleccionó toda la galería y la borró de un toque. Todas esas fotos por las que perdía la cabeza desaparecieron en un segundo.
—Ya no las necesitás. —Dejó caer el celular contra el piso, con la fuerza justa para que la pantalla se rajara—. Uy… casi se rompe. —Se reía.
—No pasa nada. Solo se trizó la pantalla…
—Esto es para que aprendas a no meterte conmigo. Mirá, hasta fue gracioso hablar con un idiota como vos, e incluso me gustó el cumplido sobre mi pie. Pero, para que veas lo asqueroso que sos, deberías estar agradecido de que te dé esta oportunidad en lugar de arruinarte la vida. Si cumplís las reglas y sos bien obediente, todo sigue normal.
—Sí, voy a obedecer. Te lo juro.
—Perfecto. Esperá más tareas y traé mi trabajo el lunes. Esto recién empieza.
Se agachó hasta quedar cara a cara conmigo. Creo que fue lo más cerca que estuve nunca de ella; su belleza era abrumadora. Tan hermosa y tan cruel. Podía olerle el aliento a menta y la loción tibia del cuello, y mientras tanto la polla se me volvía a mover dentro del calzoncillo empapado, respondiendo a su cara pegada a la mía como si no me hubiera vaciado ya dos veces en la última hora.
Mi entrepierna latía de deseo.
—Hasta el lunes, entonces. —Y me escupió en la cara, sin piedad, un escupitajo espeso que me bajó por toda la mejilla—. Acordate, olor a pata: para mí valés menos que un gusano. No te olvides de quién manda en esta facultad.
Sentí el gusto a saliva colgándome del mentón y no me atreví a limpiarme. Le pasé la lengua a lo que me chorreaba por la comisura, arrastrándomelo hasta la boca, tragándomelo entero delante de ella para dejarle en claro hasta dónde estaba dispuesto a llegar. Renata levantó una ceja, más asqueada que impresionada, y sacudió la cabeza.
No hace falta que aclare que, para mí, fue una gloria. Humillado y chantajeado por completo, enfermo como estaba, me sentía extrañamente realizado. Con el calzoncillo pegado a la polla por la corrida, con la saliva de mi dueña bajándome por la garganta, con los cojones todavía doliendo por las patadas, no había un lugar en el mundo donde hubiera preferido estar.
Mi dueña se levantó y se alejó, dejándome de rodillas en la vereda, con el cuerpo doliendo, su saliva resbalándome por la cara y el celular partido a mi lado. Y mientras la veía irse, con el andar seguro de quien acaba de encontrarse un juguete nuevo, supe que aquello no era un castigo. Era el primer día del resto de mi vida a sus pies.





