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Relatos Ardientes

Lo que mi vecina me ordenó hacer esa tarde

Aquella tarde volvía de hacer la compra, igual que cualquier otro jueves. Entré al ascensor cargado de bolsas y, al bajar la vista, lo vi: tres gotas de sangre en el suelo de aluminio, todavía brillantes. Me quedé inmóvil mirándolas, con un nudo extraño en el estómago.

La imaginación se me disparó. Pensé en un vecino herido, en una pelea, en algún accidente que no había escuchado. El ascensor subió despacio mientras yo seguía la línea de gotas con los ojos, incapaz de apartarlos.

Cuando se abrieron las puertas en mi planta, el rastro continuaba por el rellano hasta la puerta de enfrente. Allí vivía Renata, una mujer bastante mayor que yo, sola desde que tenía memoria. Me paré frente a su puerta con las bolsas pesándome en las manos, dudando si llamar.

No me atreví. Entré en mi piso, dejé la compra sobre la encimera y me serví un vaso de agua que no llegué a beber. No podía dejar de pensar en aquellas gotas que se perdían bajo su puerta. ¿Y si le había pasado algo? ¿Y si estaba sola y necesitaba ayuda?

Diez minutos después estaba de nuevo en el rellano, tocando su timbre.

Tardó en abrir. Cuando lo hizo, asomó apenas el rostro por la rendija.

—Hola, Renata. Perdona que te moleste —dije, notando que se me trababa la voz—. He visto unas gotas de sangre que llegaban hasta tu puerta y me he preocupado. ¿Va todo bien?

Abrió un poco más y bajé la mirada sin querer. Sus vaqueros tenían una mancha oscura, inconfundible, a la altura de la entrepierna. Sentí un alivio absurdo y, al mismo tiempo, una vergüenza que me subió por el cuello.

—No es nada, vecino —dijo ella, con una calma que no encajaba con la situación—. Es lo que nos pasa a las mujeres todos los meses. Cuando me encuentre mejor saldré a limpiarlo.

—No te preocupes por eso. Si quieres lo hago yo, voy a por la fregona y…

—Déjalo, por favor. Me da apuro que lo limpies tú.

—No me molesta en absoluto —insistí—. Tú no estás para agacharte.

Me miró un instante de más. Algo en sus ojos cambió, una chispa que no supe interpretar entonces.

—Está bien —cedió—. Pero pasa y usa la mía. No quiero que ensucies la tuya con esto.

***

La seguí al interior. El piso olía a tabaco y a algo floral, denso. Me señaló un armario junto a la cocina y desapareció por el pasillo.

—Voy a cambiarme mientras tanto —dijo desde la puerta de su habitación—. Estoy empapada.

Limpié el rellano y el trozo de cocina donde había goteado, escurrí la fregona y volví a entrar. La encontré sentada en el sillón, con un vestido ligero, encendiendo un cigarrillo. La llama iluminó un segundo sus dedos antes de que la primera bocanada saliera lenta de sus labios.

Me quedé clavado en el sitio. No sé si ella lo notó, pero ver a una mujer fumar siempre había sido lo que más me encendía, un fetiche que jamás había confesado a nadie. El gesto de sus labios, el humo curvándose hacia el techo, todo aquello me golpeó de golpe.

—Qué amable has sido —dijo, dando una calada—. Siéntate un momento, anda.

Me senté frente a ella. Al cruzar las piernas, el vestido se le subió lo suficiente para dejar ver el filo de su ropa interior. Aparté la vista, pero ya era tarde: la excitación crecía y temía que se notara.

—Mis reglas son muy abundantes —comentó como si nada, dejando caer ceniza en un platillo—. Y soy irregular, nunca sé cuándo me va a bajar.

Hablaba de ello con una naturalidad que me desarmaba. Mi mirada saltaba de su boca al cigarrillo, del cigarrillo a sus piernas. Tragué saliva.

—Perdona —dijo de pronto, frunciendo el ceño—. ¿Te importaría acompañarme al baño? Creo que me está bajando otra vez y no quiero dejarlo todo perdido.

—Claro —respondí, levantándome demasiado rápido.

La tomé por la cintura para ayudarla. Caminamos despacio, pero aun así un par de gotas cayeron al suelo del pasillo. La dejé apoyada en el lavabo y volví a por la fregona.

***

Me agaché frente a las gotas con el trapo en la mano, y entonces ocurrió algo que todavía no sé explicar. Sabiéndola dentro del baño, fuera de mi vista, acerqué un dedo a una de aquellas gotas. La toqué. Estaba tibia. Me la llevé primero a la nariz y después, sin pensarlo, a la boca.

El corazón me golpeaba en el pecho. Algo se despertó dentro de mí, una corriente que bajó directa hasta la entrepierna y la endureció contra la tela del pantalón. Recogí otra gota, y otra, llevándomelas a los labios como un secreto que nunca había sabido que guardaba.

—Adrián, ¿puedes venir un momento? —su voz llegó desde el baño.

Me incorporé de golpe, con el rostro ardiendo. Me acerqué a la puerta entornada.

—Me da mucha vergüenza pedírtelo —dijo—, pero ¿podrías traerme un tampón de mi bolso? Aquí se me han terminado.

Busqué en su bolso hasta encontrarlo. Mientras volvía, pensaba en cómo se lo daría sin que la situación fuera aún más incómoda de lo que ya era.

—Pasa, no me importa —dijo desde dentro—. Dámelo.

Empujé la puerta. Estaba sentada en el inodoro, mirándome con una serenidad que me puso la piel de gallina. Cuando me incliné para entregarle el tampón, su mano se alzó hacia mi cara.

—Te has manchado, deja que te limpie —murmuró, rozándome el labio—. ¿Te ha gustado?

No supe qué contestar. Me quedé mudo mientras ella humedecía sus dedos en saliva y los pasaba por mi boca, despacio, limpiando los restos que me había llevado en el pasillo. La vergüenza me paralizaba, pero no me aparté.

—¿Quieres un poco más? —preguntó, ladeando la cabeza.

Seguí callado. Ella deslizó entonces los dedos entre sus piernas, los untó y los acercó a mis labios.

—Este está más caliente. Toma.

Los introdujo en mi boca y, sin entender muy bien qué me ocurría, los chupé. Una descarga me recorrió entero.

—Eso es —susurró—. Tengo mucho más para ti.

Lo decía con una autoridad tan tranquila que mis piernas obedecieron antes que mi cabeza. Me arrodillé en el suelo del baño, frente a ella, con la boca entreabierta.

—¿Está bueno? —preguntó.

—Sí —admití en un hilo de voz—. Mucho.

—Siempre soñé con encontrar a un hombre que compartiera esto conmigo —dijo, y por primera vez su voz tembló de algo parecido al deseo—. Acércate más.

***

Obedecí sin cuestionar nada. Apoyé la cara entre sus muslos y la observé desde abajo, rendido por completo. Su mano se posó en mi nuca, firme, marcando el ritmo, decidiendo por mí cada centímetro.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó.

No contesté. No hacía falta. La presión de su mano en mi cabeza era una orden, no una pregunta, y yo solo sabía obedecerla. Cuando me acercó del todo, abrí la boca porque era lo único que podía hacer.

—Bébelo —dijo—. No dejes que se desperdicie.

Lo hice. Era espeso, con un sabor intenso y metálico que mezclé con mi propia saliva para que durara. Renata me sostenía la cabeza con una mano y con la otra encendía otro cigarrillo, mirándome desde arriba con una sonrisa que lo decía todo: allí mandaba ella.

—Cuando termines, quiero que me limpies bien —ordenó.

Me separó de un tirón suave y se levantó. Me miró de arriba abajo, calibrando hasta dónde llegaría yo.

—Quítame la ropa. No quiero mancharla más.

Desde mi sitio en el suelo le fui retirando el vestido con cuidado, las manos torpes de pura excitación. Cuando quedó desnuda frente a mí, señaló las baldosas.

—Túmbate. Es la única forma de que me limpies como quiero.

Me eché de espaldas. Ella colocó una pierna a cada lado de mi cuerpo y fue doblando las rodillas hasta quedar suspendida sobre mi cara. Bajó despacio, restregándose contra mi boca, y yo recogía con la lengua todo lo que podía mientras la sentía moverse encima.

—Por favor —jadeé—, no puedo respirar.

—Lo sé —dijo, sin moverse—. Abre bien la boca.

Se alzó apenas lo justo para dejarme tomar aire. Desde abajo la veía dueña de todo, fumando con calma, dejando caer el humo sobre mi rostro mientras yo seguía bajo ella, obediente.

—Me vuelve loca verte así —murmuró—. Cuesta encontrar a alguien que disfrute tanto como yo.

Se incorporó un momento y temí que aquello hubiera terminado. No fue así.

—¿Pensabas que ya estaba? —se rió por lo bajo—. Solo he ido a por otro cigarrillo.

Se giró hacia mí, ahora de frente, para que pudiera verla mientras fumaba. El sabor en mi boca y el humo descendiendo desde sus labios eran, juntos, todo lo que mi cuerpo había deseado siempre sin atreverse a nombrarlo.

—Abre —dijo, con el cigarrillo entre los dedos.

Dejó caer la ceniza sobre mi lengua y, después, un hilo de saliva. La humillación me ardía en las mejillas y, sin embargo, nunca había estado tan duro. Ella lo notó.

—Mírate —dijo, complacida—. Harías cualquier cosa que te pidiera.

Y era verdad.

—Por ahora ya has tenido bastante —concluyó al fin, apagando el cigarrillo—. Límpiame bien y hemos terminado.

Recorrí con la lengua sus muslos y todo lo que ella me ofrecía, lamiendo hasta dejarla limpia. Cuando creí haber acabado, comprobó con un trozo de papel si era cierto.

—Increíble —dijo—. Lo has hecho todo. Levántate y ven conmigo.

***

La seguí hasta el salón. Se sentó, encendió un último cigarrillo y me observó recuperar el aliento, todavía de rodillas a sus pies.

—Vuelve cuando vuelva a bajarme —dijo, como quien fija una cita—. Ahora ponme el tampón. No pienso desperdiciar ni una sola gota que no sea para ti.

Asentí. Desde aquel jueves, cada vez que el ascensor huele a algo tibio y metálico, sé exactamente a qué puerta tengo que llamar.

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Comentarios (4)

Mati_lector

increible!! me enganchó desde la primera línea y no pude parar

NocheLibre22

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como sigue la historia

SilverLector22

Tremendo relato. Tiene algo que te mantiene leyendo sin poder soltar el celular, y eso no es fácil de lograr. Felicitaciones

Valentina_1994

jajaja me imaginé la cara bajando por el pasillo después de todo eso 😂 brillante

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