Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La amiga de mi novia probó todos nuestros juguetes

Abrí la puerta y ahí estaba ella, con un brillo distinto en los ojos y la misma belleza de siempre. Piel pálida, las mejillas encendidas por el frío, ojos verdes y esa nariz fina y puntiaguda que la hacía inconfundible.

—¿No está Lucía? —preguntó.

—No, hoy le tocaba turno de tarde en la clínica —respondí.

—Vaya. Venía a devolverle un vestido que me prestó hace unos días. Toma.

Estiró el brazo para entregármelo y, al cogerlo, le rocé la mano sin querer. Llevaba la alianza puesta.

—Pasa si quieres. Te invito a un café.

Nerea solía quedarse charlando conmigo durante horas. Diría que somos amigos al mismo nivel que lo es ella con mi novia, a quien conoce desde el instituto. Aceptó y se dirigió al salón. Yo cerré la puerta y me quedé un paso por detrás. Traía un pantalón de cuero negro que le marcaba el trasero a la perfección, y caminaba con una sensualidad que he visto en pocas mujeres. La mirada se me iba sola hacia su cintura y sus piernas, hasta que se dejó caer en el sofá.

—¿Cómo estás, Nere?

—Bien, dentro de lo que cabe —dijo, mientras yo preparaba el café en la cocina abierta.

—¿Sigue la cosa parada? —pregunté, refiriéndome a la casi nula vida sexual que nos había confesado tiempo atrás.

—Todo igual. Llevamos ya dos meses prácticamente sin tocarnos. Aitor trabaja hasta tardísimo porque está en plena temporada de auditorías, y cuando llega a casa solo quiere dormir.

—Y tú caliente como una bombilla, ¿no? —solté entre risas.

—¡Cómo lo sabes! Tengo el succionador gastado de tanto usarlo. Creo que necesito juguetes nuevos.

Nerea no tiene un pelo de tonta y, además, es de lo más morbosa. A solas siempre acabamos hablando de fantasías y de cómo casi todo el mundo arrastra los mismos tabúes que les impiden disfrutar. Ella me cuenta que lleva tiempo intentando que Aitor se anime con el sexo anal, pero él no tiene paciencia: en cuanto le mete dos dedos y le molesta, se detiene. Para lo morbosa que es, yo creo que debería explorarse primero, probar con algún juguete fino hasta dilatar y poder hacerlo sin dolor y, sobre todo, con placer. Más de una vez me ha confesado su deseo de probar un trío, con otra mujer de por medio. Cada vez que lo cuenta, no puedo evitar imaginármela.

—Yo soy bastante abierto en lo sexual —le dije—. Hasta le he contado cómo me dilato con mis propios juguetes y lo que se pierde un hombre que no se atreve a explorar esa zona. Contigo hablo de sexo mejor que con cualquier amigo.

—¡Pues te compro algunos de los vuestros, listo! —dijo, riéndose.

—Te lo juro que algunos están sin estrenar. Cuando quieras te los enseño y los pruebas —seguí, en tono de broma.

—Venga, enséñamelos, ya que eres tan valiente.

Me quedé con la sonrisa congelada, pero serio por dentro. Alguna vez habíamos sacado uno de broma en una tarde de copas, con mi novia delante. Nunca a solas.

—¿Voy a por ellos?

—Ve —confirmó.

***

Aparecí en el salón con la caja donde lo guardamos todo y la dejé sobre la mesa baja. Le dije que los fuera sacando ella misma, y eso hizo. Sobre la madera fueron apareciendo: un plug de acero con un cristal en la base, un set de tres dilatadores graduados, unas bolas chinas, el succionador, un masajeador grueso, un arnés con un consolador fino para principiantes, otro realista y considerablemente más grande para avanzados, varios huevos vibradores, geles, preservativos…

La sonrisa ya no se le borraba. Se iba emocionando con cada pieza que descubría y me preguntaba cuáles usaba más, cuál era mi favorito. Le fui explicando uno por uno y, sin pensarlo, empecé a probar los vibradores sobre su antebrazo, su muñeca, el dorso de su mano.

—Creo que se me han mojado las bragas, cabrón —dijo entre risas.

En ese instante noté cómo el pantalón empezaba a apretarme.

—Ya ves, no será por falta de herramientas a tu alcance —respondí.

—¿Quieres que pruebe alguno?

—Se me hace un poco raro. Nunca habíamos llegado tan lejos.

—¿Tan lejos? Pero si no estamos haciendo nada. ¡Hablo de probar un trozo de silicona!

Asentí con la cabeza, todavía con dudas, pero algo cambió en ese momento. El tono de voz, la forma de mirarnos. El morbo nos invadió a la vez y empezamos a movernos los labios como dos auténticos guarros. Nerea cogió el consolador realista, el grande, y se lo llevó a la nariz.

—Os habréis pegado buenas fiestas con este, ¿eh?

—Unas cuantas. Se lo meto casi hasta el fondo mientras le como el coño, y se corre en menos de un minuto.

—Mmm… qué rico. Juraría que todavía huele un poco a ella.

Sacó la lengua y lamió la punta. Se lo apoyó en la mejilla y me preguntó si le quedaba bien. Le contesté que me ponía muy caliente, que se le veía una cara que levantaría a cualquiera al instante. Nerea empezó a recorrer el juguete de arriba abajo con la lengua, rodeando la cabeza muy despacio. Cerró los ojos y le dio besos suaves mientras yo la observaba sentado enfrente, cada vez más duro dentro del pantalón.

Fue subiendo el ritmo hasta que abrió los ojos y clavó el consolador en la mesa con su ventosa.

—A ver hasta dónde llegas —la provoqué.

Sin dejar de mirarme, empezó a tragárselo poco a poco, centímetro a centímetro. Se detuvo a la mitad, aguantó ahí unos segundos, lo retiró, cogió aire y volvió a intentarlo. La segunda vez llegó casi al fondo de la garganta. La boca se le llenó de saliva y volvió a sacárselo. Tercer intento: apoyó las dos manos en la mesa, dejó caer el peso del cuerpo y abrió paso. Controlaba el reflejo asombrosamente bien y se lo tragó prácticamente entero. Tenía los ojos empañados y un pequeño charco de babas se formaba bajo su barbilla. Gesticulaba con las cejas y la boca, buscaba mi aprobación, soltaba gemidos de esfuerzo y de gusto al mismo tiempo.

Por fin se lo sacó, respiró hondo y, con los labios brillantes y los ojos llorosos, me preguntó qué tal lo veía.

—Eres una zorra increíble —me salió del alma.

—Lo sé. ¿Estás empalmado?

—Me va a reventar la bragueta —admití.

Sonrió con malicia y despegó el juguete de la mesa. Se puso de pie, se soltó el cinturón y se desabrochó el botón del pantalón. Yo no creí que fuera capaz, pero allí estaba la mejor amiga de mi novia, en mi salón, decidida a probarlo del todo delante de mí.

—¿Te importa que termine lo que he empezado? —preguntó.

—Eh… no, para nada.

Se bajó el pantalón hasta los tobillos y, sin quitárselo, apartó el tanga hacia un lado. Lubricó el consolador con saliva, hizo lo mismo con su sexo y, de pie, se introdujo la punta muy despacio. Se desplazó un poco hacia la derecha para que la mesa no me tapara la vista y empezó a metérselo, sacándolo y volviéndolo a meter, hasta que, completamente lubricado, entró hasta el fondo. Con el juguete dentro y sujetándolo con una mano, me dijo:

—Pues parece que me queda bien.

Los dos nos echamos a reír. La situación era tensa, pero poco a poco la fui normalizando. Eso sí, no dejaba de mirar el reloj: a mi novia no le quedaba demasiado para salir de la clínica, y lo que estaba ocurriendo en casa no le iba a hacer ninguna gracia.

***

Nerea se sentó a horcajadas sobre una silla, de espaldas, con el consolador todavía dentro, y me pidió que eligiera el siguiente. Cogí uno muy fino, de apenas dos centímetros de diámetro, y se lo tendí para que se lo probara por detrás. Ella echó un poco de lubricante y se masajeó el esfínter con la punta, gimiendo bajito mientras se relajaba. A los pocos segundos ya tenía la cabeza dentro, pero empezó a descoordinarse: el otro juguete, metido hasta el fondo, le hacía demasiada presión. Fue entonces cuando dimos un paso más. Intervine.

Le pedí que se relajara y soltara el dilatador pequeño. Ella se agarró al respaldo y se dejó caer despacio hasta quedar bien sentada, llena por delante. Yo cogí el juguete fino, con un dedo masajeé su entrada y con la otra mano apenas ejercí presión, hasta que su propia relajación hizo el trabajo y entró muy lentamente.

—Ojalá Aitor tuviera esta paciencia —murmuró.

—Ojalá yo tuviera siempre esta paciencia —respondí, riendo, nervioso.

Seguí trabajando con cuidado hasta que el segundo juguete estuvo dentro. Entonces empecé a acariciarle las nalgas con las yemas de los dedos y me incliné para darle un beso en la espalda. Ella suspiró y comenzó a balancearse hacia delante y hacia atrás, moviendo el consolador y rozando el clítoris contra el borde del asiento. Su respiración se volvió más profunda; los dos juguetes entraban y salían de sus dos agujeros al mismo tiempo, regalándome el mejor espectáculo que había visto nunca. Me acerqué a su oído y le pregunté en un susurro si se iba a correr.

—¡Sí! —respondió entre gemidos.

Y aceleró el ritmo.

—Muy bien —le dije, justo antes de darle un beso cerca de la oreja.

Aquello la hizo rodearme la cabeza con el brazo y mantenerla pegada a su hombro. Tras diez o doce balanceos furiosos que llegaron a desplazar la silla, empezó a temblar, me apretó con fuerza y se desplomó sobre el respaldo. Acababa de correrse con dos juguetes de su amiga y la ayuda del novio de esa misma amiga.

—Tu primera penetración doble —dije.

—Y mi primer anal… uf, me tiemblan hasta las piernas —respondió.

Yo tenía un hormigueo incómodo recorriéndome el cuerpo entero, sobre todo la entrepierna, los muslos y el bajo vientre. Conozco esa sensación: es pura calentura acumulada por todo lo que acababa de presenciar. Le pregunté si quería levantarse y la ayudé a ponerse de pie. Al incorporarse, los dos juguetes se quedaron pegados a la silla y se desprendieron de su cuerpo con un sonoro «plop». Se ofreció a limpiarlos, pero le dije que no se preocupara: según mis cálculos, a mi novia le quedaban poco más de quince minutos para aparecer, y prefería que se marchara. Nerea se vistió, me dio un beso en la mejilla, un abrazo, y se despidió tan cariñosa como siempre, sin añadir una palabra.

***

Hasta ahí, técnicamente, yo no había tenido ni un beso ni una penetración con ella. Pero le había masajeado el esfínter, y el dedo me olía a su intimidad. Eso me vuelve loco. Me acerqué a los juguetes y los vi brillantes de flujo y lubricante. Olían a gloria. Estuve unos minutos con ellos en las manos hasta que no aguanté más y acabé lamiéndolos enteros, los dos a la vez, con los ojos cerrados, pensando en ese culo recién estrenado. Allí mismo, en el salón, me saqué la polla y me masturbé hasta que, a los pocos minutos, lo solté todo sobre la mesa. Estoy seguro de que Nerea me habría echado una mano encantada, pero no me habría sentido cómodo, y esperé como pude a que se fuera.

Seguimos como si nada, y no volvimos a sacar el tema… hasta hace un par de días. Aprovechando que nos quedamos a solas, se acercó y me dijo:

—Tengo dudas sobre qué juguetes comprarme. A ver si me echas una mano.

—Encantado —respondí, sabiendo que había un cien por cien de probabilidades de volver a tener ese cuerpo dilatándose a centímetros de mi cara.

Y que, quizá, esta segunda vez no fuera capaz de quedarme tan quieto. O que fuera ella misma la que no me dejase.

Ver todos los relatos de BDSM

Valora este relato

Comentarios (4)

Tormenta88

Buenisimo!!! me enganchó desde el primer párrafo, no pude dejar de leer

NorbertoWA

Por favor que haya una segunda parte, quedé con ganas de saber cómo termina todo jaja

CuriosaLectora

Me recordó a una situacion parecida que viví hace años. Esas tensiones que nadie nombra pero todos sienten... increible como lo describiste

DiegoSalta88

tremendo, de los mejores relatos que lei esta semana sin dudas

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.