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Relatos Ardientes

Los pies de mi prima cambiaron aquel verano

Me llamo Mateo y aquel verano cumplí diecinueve años. Mi prima Carolina tenía veintidós, y aunque siempre habíamos sido cercanos, nunca le había confesado lo que sentía cada vez que la veía descalza. No era ella entera lo que me desarmaba, aunque tenía un cuerpo que llamaba la atención. Era algo más específico, más íntimo, algo que durante años me esforcé por disimular.

Eran sus pies.

Tenía unos pies que parecían diseñados para volverme loco. Los dedos un poco redondeados, las uñas siempre pintadas y perfectas, la piel suave de quien nunca los maltrata. Cada vez que se quitaba las sandalias y los apoyaba en cualquier superficie, yo perdía el hilo de lo que estuviera diciendo y sentía la polla endurecerse contra el pantalón.

Pasábamos mucho tiempo juntos. Éramos de la misma edad, más o menos, y compartíamos el mismo humor, así que en las reuniones familiares siempre terminábamos en un rincón riéndonos de los demás. Pero yo guardaba ese deseo en un compartimento cerrado, sin atreverme a mirarlo de frente. Cuántas noches me había hecho una paja pensando en su empeine, en la curva de su arco, en imaginar esos dedos rozándome la verga.

***

Ese año mis padres alquilaron una casa cerca de la costa para las vacaciones. Era amplia, con jardín y una piscina que fue, en realidad, lo que decidió el asunto. Cuando le preguntaron a Carolina si quería venir con nosotros, ella aceptó al instante. Recuerdo que algo se me apretó en el pecho cuando dijo que sí.

Desde el primer día empecé a notarlos más que nunca. En casa andaba siempre descalza, y yo aprovechaba cualquier excusa para mirarla. Si se sentaba a leer con los pies sobre la mesa baja, yo encontraba una razón para quedarme en la misma habitación. Si los cruzaba bajo el cuerpo en el sofá, yo me sentaba en el ángulo exacto para verlos.

Más de una vez le ofrecí un masaje. Lo planteaba como un chiste, como algo casual entre primos que se llevan bien.

—Te los dejo nuevos —le decía—. Tengo manos de profesional.

—Ni lo sueñes —se reía ella, encogiendo los dedos—. Me da cosquillas hasta de pensarlo.

Y ahí quedaba todo. Yo me tragaba las ganas y ella seguía con lo suyo, ajena, o quizá no tanto.

***

La oportunidad llegó una tarde de calor pesado. Mis padres decidieron ir a la playa, pero Carolina prefirió quedarse en casa para aprovechar la piscina. Yo, con el corazón latiéndome de una manera que delataba mis intenciones, le pedí a mi madre quedarme también. Dije que estaba cansado del sol, que prefería el agua tranquila del jardín. Ella aceptó sin sospechar nada.

Cuando el coche se alejó por el camino de tierra, la casa quedó en un silencio espeso, interrumpido solo por el zumbido del ventilador y el ruido lejano de las cigarras.

Carolina se había tumbado en el sofá del salón con el televisor encendido, una serie que ya había visto mil veces. Llevaba un short corto que se le pegaba al culo y una camiseta vieja sin sujetador debajo —los pezones se le marcaban duros contra la tela cada vez que respiraba—, y los pies descalzos apoyados sobre el reposabrazos. Yo me senté en el otro extremo, fingiendo interés en la pantalla, aunque toda mi atención estaba en otro lugar. La polla ya me palpitaba en el pantalón.

Poco a poco, su respiración se fue haciendo más lenta. El calor y el aburrimiento la vencieron. En cuestión de veinte minutos estaba profundamente dormida, con la cabeza ladeada y la boca entreabierta.

No deberías. Es tu prima. Si se despierta, lo arruinas todo.

La voz en mi cabeza era razonable. La ignoré por completo.

***

Me deslicé hasta el otro extremo del sofá con la lentitud de quien desactiva una bomba. Sus pies quedaban a la altura de mi cara. Olían apenas a vainilla, el aroma del gel de ducha que todos usábamos en la casa, mezclado con algo cálido y propio de ella.

Tomé su pie derecho con las dos manos, despacio, sosteniéndolo como si fuera de cristal. Ella ni se inmutó. Estaba en el sueño más profundo, esa clase de siesta de verano de la que cuesta despertar.

Me lo acerqué a la cara. Cerré los ojos y apoyé los labios en el empeine, un beso suave, contenido, atento a cualquier señal de que se moviera. Nada. Solo el subir y bajar tranquilo de su respiración.

Envalentonado, bajé la boca hacia los dedos. Saqué la lengua y la pasé por el más pequeño, luego lo metí entero en la boca y lo chupé con hambre, dedo por dedo, sintiendo la suavidad de la piel y el sabor limpio. Le mordí con suavidad la yema del gordo y ella soltó un suspiro dormido que me puso la verga como una piedra. Recorrí el arco del pie con la lengua, desde los dedos hasta el talón, en una caricia lenta y babosa que llevaba años imaginando. Dejé un rastro de saliva brillante en la planta y volví a empezar por los dedos, chupándolos de a dos, mamándolos como si fueran otra cosa.

Para entonces la polla me presionaba contra la tela del pantalón de una forma casi dolorosa, con la punta pegajosa mojando el calzoncillo. Sin soltar su pie, me bajé el short y el calzoncillo de un tirón con una mano, liberándome. La verga me salió disparada, dura, hinchada, roja en la punta.

Junté sus dos pies, sus plantas suaves y calientes, y me acomodé la polla entre ellas. Presioné para que sus dedos se cerraran contra la cara superior de mi verga y empecé a moverme, follándome sus pies con embestidas cortas. La punta asomaba y se escondía entre sus dedos, y cada vez que pasaba por el arco de una de las plantas soltaba un jadeo que tuve que morderme para no despertarla. Escupí saliva sobre la polla para deslizarme mejor y el sonido húmedo llenó el salón: el chapoteo de mi verga entre sus pies, mi respiración cortada, la serie de fondo sonando lejos.

Se me acumulaba el orgasmo en los huevos. Aceleré, apretándole más los pies contra mi polla, sintiendo cómo la corrida me subía por dentro. Estaba a punto de terminar.

Y entonces sentí que sus pies se tensaban.

***

Levanté la mirada y la encontré despierta, observándome con los ojos entreabiertos y una expresión que no supe descifrar. El pánico me cayó encima como un cubo de agua helada. Solté sus pies, me subí el short de un tirón atrapando la polla dura contra la tela, y me aparté hasta el otro extremo del sofá, con la cara ardiendo.

—Carolina, yo… perdón, no… —balbuceé.

Ella se incorporó despacio, sin dejar de mirarme. No había enojo en su cara. Había otra cosa.

—Por esto nunca te dejaba darme un masaje —dijo, con una calma que me desarmó—. Te he visto, ¿sabes? Más de una vez. Mirándome los pies como si fueran lo único en la habitación. Y te he oído por las noches, en el cuarto de al lado, haciéndote una paja. ¿Pensabas en esto?

No supe qué responder. Me quedé en silencio, con la polla latiéndome dentro del short, esperando el reproche, la amenaza de contárselo a alguien, el final de todo.

En cambio, ella estiró una pierna y apoyó el pie sobre mi muslo, muy cerca del bulto.

—Sabía que algún día ibas a hacer algo así —murmuró—. Lo que no sabía es cómo decirte que no me molestaba. Que llevo meses mojándome cada vez que me imagino tu boca ahí.

***

Me quedé inmóvil, sin entender si era real. Carolina deslizó el pie desde mi muslo hasta el bulto y presionó despacio contra mi verga, apretándola con la planta.

—Sigue —dijo—. Donde estabas. Hazlo bien esta vez, que ahora puedo decirte si me gusta.

Algo cambió en mí en ese instante. La vergüenza se transformó en una entrega total. Tomé su pie con las dos manos y volví a llevármelo a la boca, esta vez sin miedo, despacio, mirándola a los ojos mientras le chupaba los dedos uno por uno, metiéndomelos hasta el fondo de la boca.

—Así —susurró ella, recostándose hacia atrás y abriendo un poco las piernas—. Más despacio. Quiero sentir cada beso, cada lengüetazo.

Le obedecí. Recorrí su pie entero con la lengua, le besé el talón, le mordí con suavidad la base de los dedos, le lamí el arco de arriba abajo dejándolo brillante de saliva. Ella respondía con pequeños suspiros y con un movimiento cada vez más evidente de la otra mano, que se le había metido dentro del short. Oí el sonido húmedo de sus dedos trabajándose el coño mientras yo le mamaba los pies.

—Qué bien lo haces, primo —jadeó—. Me estás poniendo empapada. ¿Quieres verlo?

Asentí sin poder hablar. Ella se bajó el short y las bragas hasta las rodillas y me mostró el coño abierto, brillante, con los dedos moviéndose despacio sobre el clítoris. Se me escapó un gemido.

—Bájate el short otra vez —ordenó, y su voz había bajado un tono, más firme—. Quiero ver esa verga que se me estaba follando los pies.

Lo hice sin dudar. La polla me saltó dura, la punta violeta chorreando líquido preseminal. Ella se relamió al verla.

—Joder, no me la imaginaba tan grande —murmuró—. Menos mal que empezaste por los pies.

Juntó sus dos plantas y las apoyó contra mi verga, igual que antes, pero ahora con plena conciencia, mirándome, escupiendo un hilo largo de saliva que cayó justo sobre mi glande y resbaló entre sus dedos.

—Muévete —dijo—. Despacio. Y no termines hasta que yo te diga.

La instrucción me atravesó. Empecé a follarme sus pies otra vez, ahora despacio, saboreando cada empujón. La saliva hacía que la polla se deslizara entre sus plantas con un sonido obsceno. Ella controlaba todo: la presión, el ángulo, el momento. Con la mano libre seguía frotándose el coño y yo veía cómo se le humedecía el interior de los muslos.

—Más fuerte —jadeó—. Fóllame los pies como estabas haciendo cuando me dormía te ibas a correr encima de ellos, ¿verdad? Ibas a llenarme las plantas de leche.

—Sí —conseguí decir—. Iba a correrme entre tus dedos.

—Guarro —sonrió—. Sigue.

Cada vez que me notaba demasiado cerca del final, separaba apenas las plantas y me obligaba a esperar, dejando la polla al aire, latiendo, chorreando.

—Todavía no —repetía, con una sonrisa que mezclaba ternura y poder—. Aguanta. Quiero que me pidas permiso.

Me tuvo así un rato largo, jugando conmigo, apretándome la polla entre sus pies hasta el borde y soltándome justo antes, mientras ella se corría en silencio, mordiéndose el labio, con los dedos hundidos en el coño y los ojos clavados en los míos.

—Ahora —dijo por fin, apretando otra vez los pies contra mi verga—. Córrete. Encima de mis dedos. Quiero verte.

***

Cuando finalmente me dejó terminar, fue con una palabra corta y una mirada que no admitía réplica. Empujé dos, tres veces más entre sus plantas y solté toda la corrida acumulada. Los chorros de semen salieron con fuerza y le mancharon los dedos, el empeine, el arco, escurriéndose entre las plantas y goteando sobre el sofá. Fue tan intenso que tuve que apretar los dientes para no gritar. Ella observó cada segundo, satisfecha, como quien comprueba que un plan le ha salido tal como lo imaginaba, y después se llevó lentamente uno de los dedos a la boca y lamió mi corrida sin dejar de mirarme.

—Sabes bueno, primo —murmuró.

Después se incorporó, se sentó a mi lado y me pasó una mano por el pelo, suave, casi cariñosa, mientras el otro pie manchado seguía apoyado en mi muslo.

—No te imaginas cuánto tiempo llevaba esperando que te animaras —dijo en voz baja—. Tantas veces que me ofrecías el masaje y yo decía que no… era porque sabía que si te dejaba tocarme, no íbamos a parar ahí. Y no estaba lista para follarme a mi primo. Ahora sí.

La miré sin entender del todo lo que acababa de pasar entre nosotros, pero sin querer deshacerlo por nada del mundo.

—¿Y ahora? —pregunté.

Ella se encogió de hombros, con esa media sonrisa que tan bien conocía.

—Ahora ya sabemos los dos. Eso no se puede borrar. Y la próxima vez me vas a chupar otra cosa además de los pies.

***

Estuvimos un rato así, en silencio, con el televisor parpadeando ignorado al fondo. Carolina volvió a estirar las piernas y apoyó los pies sobre mi regazo, sin decir nada, dejando claro a quién pertenecían en ese momento. Me hizo lamerle mi propia corrida del empeine hasta dejárselo limpio, y yo lo hice sin protestar, tragándome el sabor salado directamente de su piel mientras ella me miraba, mordiéndose el labio.

Estábamos empezando a buscarnos otra vez, con menos prisa y más intención —ella ya tenía la mano dentro de mi short otra vez, apretándome la polla que empezaba a endurecerse de nuevo—, cuando el ruido inconfundible del coche en el camino nos heló a los dos. Mis padres volvían antes de lo previsto.

Nos separamos de un salto. Carolina recogió las sandalias y subió las escaleras con una velocidad impresionante; yo me acomodé la ropa, tapé con un cojín la mancha del sofá y fingí estar concentradísimo en la serie. Cuando mis padres entraron, nos encontraron a cada uno en una habitación distinta, como si nada.

Esa tarde no pasó nada más. No hizo falta.

Aquella noche, antes de dormir, Carolina pasó por la puerta de mi cuarto, se detuvo un segundo y apoyó el pie descalzo en el marco, mirándome con una ceja levantada. Bajó la vista un instante hacia el bulto que se me marcaba bajo la sábana y sonrió.

—Mañana mis tíos vuelven a la playa —dijo, en voz muy baja—. Y a mí me sigue molestando el sol. Traéte la lengua bien descansada.

Y se fue por el pasillo, dejándome despierto durante horas con la polla dura contra la sábana, contando las que faltaban para el día siguiente.

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Comentarios(7)

Fercho_mdq

tremendo relato, me enganche de principio a fin!!!

NocteMx

¿Hay segunda parte? porque si no la hay me voy a quejar formalmente jajaja. Me dejo con demasiadas ganas

Cris_noche

Me encanto como manejaste la tension desde el comienzo. Se nota que saben escribir, no es solo morbo sino que tiene ritmo. Muy bien logrado

SRomero_45

buenisimo!!

Dani_Bsas

Me senti muy identificado con esa sensacion de saber que no deberias pero igual te acercas. Creo que todos hemos tenido algo asi aunque no lo admitamos jajaja

RubenCordo

Que buen planteo, el verano siempre trae estas historias. Esperando mas relatos asi

Ricky_BA99

Sos el mismo autor de otros relatos de esta categoria? porque el estilo me resulta conocido. En todo caso, muy bueno

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