Mi vecina me enseñó lo que significa obedecer
Hacía semanas que mi vida giraba alrededor del timbre de mi teléfono. Cada vez que sonaba, mi cuerpo entero se ponía en alerta, porque casi siempre era ella. Renata vivía justo debajo de mí, en el cuarto piso, y desde aquella primera tarde en que me pidió un favor que nada tenía de inocente, yo había dejado de pertenecerme.
Esa mañana el teléfono volvió a vibrar sobre la mesa. Lo miré durante un segundo, como si pudiera resistirme. No pude.
—Soy yo —dijo, con esa voz tranquila que no necesitaba levantar el tono para mandar—. Tengo que salir dentro de un rato. Baja antes, quiero verte de rodillas antes de irme.
—Voy enseguida —contesté.
Siempre voy enseguida.
Bajé los escalones de dos en dos, con esa mezcla de vergüenza y urgencia que ya conocía de memoria. Cuando abrió la puerta, la encontré vestida solo de cintura para arriba con una camisa blanca entreabierta. De cintura para abajo llevaba apenas unas medias y unas botas altas de cuero negro, de tacón fino, que le subían por encima de la rodilla. La luz del pasillo le marcaba el filo de la mandíbula y la curva de la sonrisa.
—Pasa y cierra —dijo—. Y túmbate en el suelo, como sabes.
Obedecí sin pensarlo. Me tendí sobre la madera fría del salón mientras ella se acercaba con una calma deliberada y colocaba una bota a cada lado de mi cabeza. Desde abajo la veía enorme, dueña de cada centímetro de aquel espacio y de cada respiración mía.
—Me gusta cómo me miras —dijo—. Como si no existiera nada más en el mundo.
—No existe nada más —respondí, y era verdad.
***
Renata se agachó hasta quedar en cuclillas sobre mí, lo justo para que yo pudiera sentir el calor de su cuerpo sin tocarlo. Llevaba días enseñándome a esperar, a no adelantarme, a no tomar nada que ella no me ofreciera primero. Era la parte más difícil de todo aquello: el deseo me golpeaba en el pecho como un animal encerrado, y ella lo sabía.
—Abre la boca —ordenó—. Y no la cierres hasta que yo te lo diga.
Hice lo que me pedía. Ella me observó un momento, complacida, y luego se incorporó para encender un cigarrillo. El humo subió lento hacia el techo mientras caminaba descalza de un lado a otro del salón, dejando que la ceniza cayera donde le venía en gana.
—¿Sabes lo que más me gusta de ti? —preguntó sin mirarme—. Que entiendes las cosas sin que tenga que explicártelas dos veces.
Volvió a mi lado y se arrodilló a horcajadas sobre mi cintura. Con dos dedos tomó la piel de mi sexo, ya endurecido, y la separó formando un pequeño hueco. Comprendí lo que pretendía un instante antes de que lo hiciera: dejó caer la ceniza tibia justo ahí, en el centro de mi excitación.
El calor me arrancó un respingo involuntario.
—Quieto —dijo, con una dulzura que era casi peor que un grito—. No me has pedido permiso para moverte.
—Perdón —murmuré entre dientes.
—Eso espero.
***
Le dio otra calada al cigarrillo y repitió el gesto. Esta vez la brasa estaba más viva, y cuando la ceniza cayó sobre mi piel y ella cerró los dedos alrededor, la quemazón fue más intensa. Aguanté. Apreté la mandíbula, clavé la mirada en sus ojos y aguanté sin emitir un solo sonido.
Algo cambió en su expresión. Una aprobación silenciosa, una sombra de respeto que valía más que cualquier caricia.
—Muy bien —dijo despacio—. Te has contenido. Me gustas mucho más cuando aprendes a soportar por mí.
—Ha sido un placer —respondí, y descubrí que lo decía en serio.
Renata se acercó el cigarrillo a los labios una vez más, aspiró hondo y dejó que el humo cayera sobre mi cuerpo como una niebla cálida. Después agachó la cabeza y, sin tocarme con las manos, dejó resbalar un hilo de saliva que me empapó la piel ardida y calmó el escozor. Aquel pequeño alivio, ofrecido por ella, me pareció el gesto más íntimo del mundo.
—¿Te imaginas qué habría pasado si no hubiera hecho eso? —dijo, apagando por fin la colilla en un cenicero a su lado—. Si hubiera querido dejarte una señal de verdad.
—Que me habrías marcado —contesté.
—Exacto. —Sonrió—. Y algún día lo haré. Quiero que lleves algo mío en el cuerpo. Algo que diga que me perteneces. ¿Te dejarías?
—Me dejaría —dije sin dudar.
—Lo sé. Por eso me gustas.
***
Se levantó y, con una lentitud calculada, se quitó la camisa hasta quedar completamente desnuda salvo por las botas. No había prisa en ningún movimiento suyo. Caminó por el salón exhibiéndose, consciente de cada uno de mis pensamientos, mientras encendía otro cigarrillo y dejaba caer la ceniza al suelo a su paso.
Yo seguía tendido, sintiendo cómo el deseo me consumía sin permitirme hacer nada al respecto. Esa era exactamente la forma en que ella quería tenerme: encendido y obediente, a la espera.
—¿Sabes una cosa que no soporto? —dijo de pronto.
—Dime.
—Que el suelo de mi casa esté sucio.
Bajé la mirada hacia las pequeñas manchas grises de ceniza que ella misma iba dejando regadas por la madera. Por un segundo pensé en ofrecerme a buscar la escoba, pero algo en su tono me detuvo. La conocía lo suficiente como para saber que no era eso lo que esperaba de mí.
—¿No se te ocurre otra manera de limpiarlo? —preguntó, ladeando la cabeza.
Comprendí. Me puse a cuatro patas sobre el suelo frío y, conteniendo la vergüenza, fui recogiendo con la lengua la ceniza que ella iba esparciendo. Renata caminaba despacio delante de mí, dejando caer más restos a propósito, obligándome a seguirla por todo el salón como si no existiera otra forma de moverme.
—Así me gusta más —dijo, satisfecha—. Me habrías decepcionado si hubieras buscado la escoba. Tú ya no limpias como los demás.
***
Cuando estuve junto a sus botas, la cercanía de su cuerpo desnudo volvió a encenderme por completo. Ella se dio cuenta, por supuesto. Siempre se daba cuenta. Dejó caer la colilla del último cigarrillo al suelo, escupió sobre ella un par de veces y me miró, esperando.
—Termina con eso —ordenó—. Y luego ven al baño. Quiero enseñarte una cosa.
Atrapé la colilla apagada y húmeda con los labios, recogí los últimos restos del suelo y me incorporé para seguirla. Caminé detrás de ella por el pasillo, todavía a medio camino entre el bochorno y la entrega absoluta.
La encontré de pie en el baño, con una bota apoyada en el borde de la bañera y el cuerpo arqueado en una pose que parecía estudiada para volverme loco.
—Acércate —dijo—. Y demuéstrame cuánto has aprendido.
Me arrodillé frente a ella, sintiendo el frío de las baldosas en las rodillas y el aroma intenso de su excitación llenándome la cabeza. Llevaba toda la tarde provocándome, y ahora me ofrecía por fin lo que tanto había estado esperando.
—No tengas prisa —susurró, hundiendo los dedos en mi pelo—. Hazlo despacio. Quiero recordar cómo me miras mientras lo haces.
Obedecí. Acerqué la boca a su sexo y la complací con la lengua, despacio, sintiendo cómo su respiración se aceleraba por encima de mí. Sus dedos me sujetaban la cabeza, marcándome el ritmo, recordándome a cada segundo quién mandaba allí. Cuando un gemido escapó por fin de sus labios, supe que había hecho bien.
—Más —ordenó en un hilo de voz—. No pares hasta que te lo diga.
No paré. Me entregué a la tarea con la única ambición de arrancarle otro sonido, otro temblor, otra señal de que estaba complacida conmigo. El placer de ella se había convertido, sin que yo me diera cuenta de cuándo, en la medida de mi propio placer.
***
Cuando terminó, se apartó con la respiración entrecortada y me observó desde arriba, todavía apoyada en la bañera. Tenía las mejillas encendidas y la mirada brillante, pero la voz le salió tan firme como siempre.
—Lo has hecho muy bien —dijo—. Mejor que la última vez.
—Gracias —respondí, y me sorprendió lo mucho que aquellas dos palabras suyas significaban para mí.
Renata se recompuso con calma, bajó la bota del borde de la bañera y me hizo seguirla de vuelta al salón. Se dejó caer en el sofá, cruzó las piernas enfundadas en las botas y encendió otro cigarrillo, mirándome con esa expresión entre dueña y cómplice que tan bien se le daba.
—Ahora vístete y vuelve a tu casa —dijo—. Pero no apagues el teléfono.
—No lo apago nunca —admití.
—Lo sé. —Sonrió, soltando el humo hacia el techo—. Quizás más tarde, antes de acostarme, te llame otra vez. Tengo la sensación de que la noche va a hacerse larga.
Me vestí despacio, bajo su mirada, y caminé hacia la puerta sabiendo que volvería a bajar en cuanto sonara aquel timbre. Lo supe con una certeza que no me daba miedo, sino una extraña paz. Antes de salir, ella me detuvo con una última frase, dicha casi en un murmullo.
—Esto no ha hecho más que empezar, ¿sabes? —dijo—. Aún tengo mucho que enseñarte.
Cerré la puerta a mi espalda y subí los escalones de uno en uno, con el corazón golpeándome el pecho y la certeza de que, a partir de ahora, mi tiempo y mi deseo le pertenecían por completo a la mujer del cuarto piso.