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Relatos Ardientes

La noche que mi compañera de piso me sometió

Tenía veinticinco años cuando me mudé a aquel pueblo del interior, uno de esos sitios donde el verano lo vacía todo y el invierno lo congela. Trabajaba desde casa corrigiendo textos para una editorial, así que me daba igual vivir lejos de cualquier parte mientras el alquiler fuera barato. Y lo era. La casa tenía una habitación de más, y yo necesitaba que alguien me ayudara a pagarla. Por eso puse el anuncio. Por eso entró Nadia en mi vida.

No voy a decir el nombre del pueblo. No por mí, sino por ella. Algunas cosas es mejor que se queden donde pasaron.

Nadia tenía veintisiete años y trabajaba de camarera en el único bar que abría todo el año. Era bajita, de pelo castaño siempre recogido de cualquier manera, ojos marrones y una risa que llegaba antes que ella a las habitaciones. No era lo que la gente llamaría guapa de catálogo. Tenía la piel real, con sus marcas, y un cuerpo menudo que no presumía de nada. Pero había algo en ella, una seguridad tranquila, que hacía que costara dejar de mirarla.

Los primeros meses fueron exactamente lo que esperaba de un piso compartido. Veíamos series por la noche, nos repartíamos la nevera, ella me traía cotilleos del bar y yo le leía en voz alta las barbaridades que corregía en los manuscritos. Nada más. Una convivencia cómoda, sin tensiones, sin segundas intenciones. O eso creía yo.

Todo cambió cuando llegó agosto.

***

El pueblo se quedó desierto de un día para otro. La gente se fue a la costa, el bar cerró por vacaciones y Nadia se encontró con un mes entero por delante sin nada que hacer y sin nadie a quien ver. Yo seguía con mi rutina de correcciones, pero ella entró en una especie de letargo. Dejó de salir. Dejó de arreglarse. Pasaba los días en pijama, descalza, tirada en el sofá con el ventilador apuntándole a la cara.

Y dejó de ducharse con la regularidad de antes.

Al principio fue sutil. Un par de días sin pasar por el baño, el pelo más graso de lo normal, un olor tenue cuando se acercaba a la mesa. No parecía triste, así que no dije nada. No quería ofenderla ni meterme donde no me llamaban. Pensé que era el calor, el aburrimiento, ese abandono que da el verano cuando no tienes obligaciones.

Lo que no esperaba era mi propia reacción.

Yo nunca había sido de fetiches. Jamás me había parado a pensar en cosas así. Pero aquel olor suyo —una mezcla espesa de sudor, de piel sin lavar, de coño sin airear bajo el pijama, de algo cálido y animal que salía de su cuerpo— empezó a meterse en mi cabeza de una forma que no podía controlar. No era desagradable. Al revés. Cada vez que pasaba cerca de mí, la polla se me ponía dura contra la cremallera, una corriente que bajaba directa y sin permiso.

¿Qué demonios me está pasando?

Me lo preguntaba a todas horas. Me avergonzaba. Y aun así esperaba el momento en que se sentara a mi lado en el sofá, en que se inclinara a coger el mando, en que levantara los brazos para recogerse el pelo y me llegara ese golpe de axila sin desodorante que me hacía apretar los muslos. Cada gesto suyo se había convertido en una pequeña tortura deliciosa.

El problema era que yo disimulaba fatal. Y ella se daba cuenta.

***

Empezó a notarlo, estoy seguro. La forma en que yo cambiaba de postura, la manera en que cruzaba las piernas para esconder el bulto, el rubor que me subía a la cara cuando se acercaba demasiado. Nadia no decía nada, pero había aprendido a mirarme el regazo con una media sonrisa que lo decía todo. Una sonrisa que no era inocente. Una sonrisa de quien ha descubierto algo y está decidiendo qué hacer con ello.

Durante varios días jugamos a esa guerra silenciosa. Ella se sentaba más cerca de lo necesario. Yo fingía concentrarme en la pantalla. Ella estiraba los brazos perezosamente, dejando que la camiseta se le subiera y enseñando el nacimiento del pecho sin sujetador, sabiendo perfectamente lo que provocaba. Yo apretaba los dientes. Era como caminar sobre una cuerda floja, esperando a ver quién daba el primer paso en falso.

Lo di yo, por supuesto.

Una noche, después de cenar, nos sentamos en el sofá a ver una serie que ninguno de los dos miraba en realidad. La casa estaba en penumbra, solo iluminada por la luz azulada de la televisión. Hacía calor. Nadia tenía las piernas dobladas debajo del cuerpo y se había apoyado contra mi hombro, como tantas otras veces. Pero esa noche yo estaba al límite.

Su olor lo llenaba todo. Me envolvía. Y sin pensarlo, casi sin darme cuenta de lo que hacía, acerqué la nariz a su pelo e inspiré. Una vez. Despacio. Dos. Más hondo. Tres.

Ella se quedó muy quieta. Luego giró la cabeza lentamente hasta que sus ojos quedaron a un palmo de los míos.

—¿Te gusta? —preguntó en voz baja.

—Eh… ¿qué? ¿El qué? —balbuceé como un idiota, atrapado, sin saber adónde mirar.

Nadia bajó la vista a mi entrepierna sin ninguna prisa. La polla se me marcaba en el pantalón corto como un mástil y ya no había manera de esconderlo.

—Vaya —dijo, y la media sonrisa se le ensanchó—. Parece que sí te gusta. Mucho.

Me puse rojo hasta las orejas. Quise decir algo, justificarme, inventar una excusa, pero no me salió nada. Me quedé mudo, expuesto, completamente a su merced. Y lo peor es que esa sensación de estar pillado, de no tener escapatoria, me ponía todavía más dura la verga.

***

Nadia se incorporó despacio. Algo había cambiado en ella. La pereza del verano había desaparecido de golpe y en su lugar había aparecido otra cosa: una determinación, un control que yo no le conocía. Ya no era la compañera de piso aburrida en pijama. Era alguien que acababa de descubrir que tenía poder sobre mí y que pensaba usarlo.

—Mírame —dijo.

La obedecí sin pensarlo. Y esa fue la primera vez que entendí lo que iba a pasar entre nosotros, lo que ella había decidido que iba a pasar. No me lo preguntó. No lo propuso. Simplemente lo afirmó con la mirada.

—Llevas días así —continuó—. Olfateándome como un perro. Poniéndote duro cada vez que me acerco. ¿Crees que no me daba cuenta de que se te empinaba con mi peste?

—Lo siento —murmuré—. No sé qué me pasa, yo nunca…

—No te he pedido que te disculpes —me cortó—. Te he preguntado si te gusta cómo huelo.

Tragué saliva.

—Sí —admití—. Me gusta.

—Más alto.

—Me gusta —repetí, y la voz me tembló.

Nadia asintió, satisfecha, como quien confirma algo que ya sabía. Se levantó del sofá y se quedó de pie frente a mí, mirándome desde arriba. Yo seguía sentado, encogido, con el corazón a mil y la polla latiéndome dentro del pantalón.

—Entonces vamos a hacer una cosa —dijo—. Esto va a funcionar a mi manera. Yo digo lo que pasa y cuándo pasa. Tú obedeces. Si en algún momento no quieres seguir, lo dices y paramos. ¿Te queda claro?

—Sí —respondí.

—Sí, ¿qué?

Dudé un instante. Y luego, con una facilidad que me sorprendió a mí mismo, contesté lo que ella quería oír.

—Sí, lo que tú digas.

La sonrisa que me dedicó entonces fue distinta a todas las anteriores. Más oscura. Más hambrienta.

***

Se acercó hasta quedar entre mis rodillas y me cogió la cara con las dos manos. Sus dedos olían a ella, a ese aroma que llevaba días volviéndome loco, y por instinto giré la cabeza para hundir la nariz en su muñeca. Nadia me dejó hacerlo unos segundos, observándome, y luego me pasó dos dedos por debajo de la nariz, muy despacio.

—Huele bien, ¿verdad? —susurró—. Toma. Chúpalos.

Me metió los dos dedos en la boca sin esperar respuesta. Sabían a piel, a sudor, a algo salado y espeso que no supe identificar y que me hizo cerrar los ojos y gemir alrededor de sus nudillos. Los movió adentro y afuera un par de veces, follándome la boca con los dedos, mirándome fijamente.

—Buen chico —murmuró—. Así me gusta.

Sacó los dedos con un ruido húmedo y se los limpió en mi mejilla. Luego se sentó a horcajadas sobre mí, sin prisa, dejando que todo su peso menudo cayera sobre mi regazo. Sentí su calor a través de la ropa fina del pijama, su coño caliente presionando justo sobre mi polla dura, y el olor se intensificó hasta hacerse casi sólido. Cerré los ojos.

—No —ordenó—. Mírame mientras lo haces.

Abrí los ojos de golpe. Ella me sostenía la mirada sin pestañear, dueña absoluta de la situación. Movió las caderas una vez, apenas un roce, restregando su entrepierna contra la mía, y yo gemí sin poder evitarlo. Notaba el bulto de sus labios a través de la tela, la humedad que empezaba a calarme el pantalón.

—Qué fácil eres —susurró, y había algo casi tierno en su crueldad—. Mírate. No has hecho nada y ya estás temblando. Se te va a correr en los calzones como a un chaval.

Tenía razón. Estaba al borde sin que ella casi me hubiera tocado la polla directamente. Me agarró las manos cuando intenté subirlas hacia su cintura y me las apartó.

—No he dicho que puedas tocarme.

Me dejó las manos a los lados, quietas, mientras ella seguía moviéndose despacio, controlando cada segundo, leyendo en mi cara exactamente cuánto aguantaba. Se agarró el bajo de la camiseta y se la subió hasta el cuello, dejando las tetas al aire. Eran pequeñas, blancas, con los pezones marrones y muy tiesos. Se cogió una con la mano y se la acercó a mi boca.

—Mama —dijo—. Sin manos.

Me lancé como un hambriento. Le chupé el pezón, se lo mordisqueé despacio, se lo dejé duro y brillante de saliva antes de pasar al otro. Nadia me guiaba con la mano en la nuca, apretándome la cara contra sus tetas, y yo notaba cómo el olor a sudor era más fuerte allí, un olor a hembra descuidada y caliente que me estaba volviendo loco.

—Levanta los brazos —me ordenó de pronto, tirándome del pelo para separarme.

Los subí sin pensar. Ella se inclinó hacia adelante y me apretó una axila contra la boca y la nariz. Yo, que siempre había creído que en estas cosas el hombre llevaba la iniciativa, descubría de pronto que lo que más me gustaba del mundo era no tener ninguna. Que ella mandara. Que yo solo tuviera que obedecer y esperar. Inspiré con toda el alma, hundido en aquella piel húmeda y sin lavar, y saqué la lengua para lamer.

—Eso es —jadeó Nadia—. Lámela entera. Bien perro.

Le pasé la lengua de arriba abajo, saboreando la sal, mientras ella seguía frotándose contra mi polla. Cuando terminó, me obligó a hacer lo mismo con la otra axila. Yo estaba en otro mundo. La polla me palpitaba dentro del pantalón, a punto de reventar, y ella lo sabía.

—Por favor —dije, sin saber siquiera qué pedía.

—Por favor, ¿qué?

—Por favor… déjame correrme.

Nadia se rió bajito, sin dejar de moverse.

—Ah, ahora ya sabes lo que quieres. Está bien.

Se bajó de mi regazo y me arrancó los pantalones cortos con los calzoncillos de un tirón. La polla me saltó hacia arriba, hinchada, mojada de líquido en la punta. Nadia se quedó mirándola un segundo, con la cabeza ladeada, como quien evalúa una compra.

—Mira cómo la tienes. Toda para mí.

Se arrodilló entre mis piernas, me cogió la verga con una mano y me la apretó por la base. Con la otra se levantó el pelo. Y entonces bajó la boca y me la tragó entera de una vez, hasta el fondo, hasta que sentí la punta chocarle contra la garganta.

—Joder —gemí—. Joder, Nadia…

Empezó a mamarme despacio, sacándola casi entera y volviéndola a hundir, mirándome desde abajo con los ojos brillantes. Su lengua se enroscaba alrededor del glande cada vez que subía, me chupaba la punta con un ruido obsceno y volvía a bajar. Me babeaba la polla y los huevos, dejaba que la saliva se le escurriera por la barbilla y usaba esa humedad para masturbarme con la mano mientras me la comía.

—Nadia, me voy a…

Ella sacó la polla de la boca con un chasquido y me apretó la base con fuerza, cortándome de golpe.

—No. Todavía no. Te corres cuando yo diga.

Me dio un momento para respirar. La polla me latía en su mano como un corazón. Cuando notó que había bajado un poco, se puso de pie, se bajó el pantalón del pijama y las bragas de un solo movimiento y se quedó desnuda de cintura para abajo delante de mí. Tenía el pubis oscuro, sin depilar, y los muslos brillantes de humedad. El olor a coño sin duchar me golpeó en la cara.

—Huele —me ordenó, subiéndose otra vez a horcajadas sobre mi regazo, esta vez piel con piel—. Toma. Huele bien lo que llevas días olfateando a escondidas.

Se levantó un poco y me acercó el coño a la cara. Yo hundí la nariz sin dudarlo, empapándome en su olor, y saqué la lengua. Estaba mojadísima. La lamí de abajo arriba, chupé sus labios hinchados, le clavé la lengua dentro. Sabía fuerte, ácido, a hembra en celo, y yo no podía parar. Ella se apretaba contra mi boca con las dos manos en mi pelo, moviendo las caderas, follándome la cara sin ninguna delicadeza.

—Ahí… el clítoris… chúpame el clítoris, joder…

Le busqué el capullo con la punta de la lengua y me puse a chupárselo. Nadia gimió por primera vez, un gemido gutural, y se apretó más. La sujeté por el culo con las dos manos —ya no me lo prohibió— y le clavé los dedos en la carne mientras le comía el coño sin descanso. La sentí temblar, contraerse, morderse el labio para no gritar demasiado. Se corrió encima de mi cara empujándome contra ella hasta casi no dejarme respirar, y yo bebí todo lo que me soltó.

Cuando terminó, se dejó caer sobre mí, jadeando.

—Ahora sí —susurró—. Ahora te toca.

Se levantó lo justo, se agarró mi polla con la mano y se sentó sobre ella de una vez. Sentí cómo su coño caliente y estrecho me envolvía hasta el fondo, cómo se ceñía a mí, cómo me apretaba. Los dos gemimos a la vez.

—Quieto —me advirtió, con una mano en mi pecho—. No te muevas. Te follo yo.

Y empezó a cabalgarme. Despacio al principio, subiendo y bajando con calma, haciendo círculos con las caderas, obligándome a sentir cada centímetro. Luego más rápido, apoyándose en mis hombros, con las tetas botando delante de mi cara. Yo veía cómo su coño se tragaba mi polla y la escupía brillante, una y otra vez, y sentía que me iba a morir.

—Mírame —jadeó—. Mírame follarte.

La miré. Le miré la cara sudada, la boca abierta, los ojos entrecerrados. Le miré el cuello, las tetas que le bailaban, el vientre plano contrayéndose con cada embestida. Nadia se lamió los dedos y se los llevó al clítoris, tocándose mientras me montaba.

—Por favor —supliqué—, por favor déjame correrme, no aguanto más…

—Dime que soy tu dueña.

—Eres mi dueña.

—Otra vez.

—Eres mi dueña, joder, eres mi dueña, haz lo que quieras conmigo…

—Buen chico.

Se sentó a fondo y apretó, cerrándose alrededor de mí, y ese fue el final. Todo mi cuerpo se tensó y estallé dentro de ella, indefenso, corriéndome a chorros mientras Nadia me sujetaba la barbilla y me obligaba a mirarla a los ojos hasta el último segundo. Sentía cada latido de mi polla vaciándose en su coño, la corrida saliendo caliente y espesa, y ella no dejaba de moverse encima, sacándome hasta la última gota.

—Buen chico —repitió en voz baja, cuando por fin me dejó respirar—. Muy buen chico.

***

Nos quedamos un rato así, ella encima de mí, yo deshecho, los dos en silencio mientras la serie seguía hablando sola en la televisión. Sentía mi semen escurrirse de su coño y bajarme por los huevos, y no me importaba nada. Tenía la respiración entrecortada y la cabeza dándome vueltas, pero por dentro había una calma extraña, una rendición que nunca había sentido con nadie.

Nadia se levantó despacio, se pasó dos dedos entre las piernas para recoger la mezcla de flujo y semen que le chorreaba, y me los metió otra vez en la boca sin decir palabra. Chupé. Me tragué todo. Ella me besó en la frente, un gesto curiosamente dulce después de todo lo demás, y se apartó.

—Me voy a la ducha —anunció, estirándose—. Mañana hablamos de las reglas.

—¿Las reglas? —pregunté, todavía aturdido.

Se detuvo en la puerta del salón y me miró por encima del hombro, con esa sonrisa que ya empezaba a conocer demasiado bien.

—Las mías —dijo—. Que descanses.

Aquella noche apenas dormí. Y por la mañana, cuando bajé a la cocina y la encontré esperándome con un café en la mano y esa mirada tranquila de quien lo tiene todo bajo control, supe que el agosto más largo de mi vida acababa de empezar. Y que yo no quería que terminara.

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Comentarios(7)

DiegoMed

La tension psicologica antes de que empiece todo es lo mejor del relato. Nada forzado, muy creible. Felicitaciones.

NachoRiv

segunda parte por favor!!! me quede con ganas de saber como siguio

MarcosBsAs

Me recordo a algo que me paso hace años. Ese momento exacto donde te das cuenta que ya no hay vuelta atras... lo describiste muy bien.

Mirta_Lectora

Lo que mas valoro de este tipo de relatos es cuando estan bien construidos, sin apurarse. Este tiene eso. Se nota que hay oficio detras.

LukasR_23

increible!!! segui escribiendo

GatoNocturno_B

jajaja y despues como quedo la convivencia? eso daria para toda una segunda parte

Vale_cba

Me encanto como arranca, construyendo la tension de a poco. Se agradece que no vaya directo al grano.

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