De rodillas para ti cuando volviste del gimnasio
Era uno de esos días de julio en los que el calor se mete dentro de casa y no se va. Acababa de llegar del trabajo, casi las cuatro, con la única idea de comer algo y tumbarme un rato. El crío estaba en la piscina con sus amigos y no había que ir a buscarlo hasta la noche, así que la tarde era nuestra. O, mejor dicho, era tuya.
Apenas terminé de comer me llamaste desde el dormitorio. Te encontré vestida con las mallas deportivas, el top corto, las zapatillas, los calcetines hasta el tobillo. Todo gris, todo ajustado, todo en su sitio. Me quedé en la puerta mirándote sin disimular.
—Me voy un par de horas al gimnasio —dijiste, recogiéndote el pelo en una coleta—. Con el calor que hace, prefiero sudar allí que aquí.
—Como quieras, cariño.
Entonces metiste la mano en el cesto y me lanzaste algo. Lo cacé en el aire por instinto. Eran tus bragas, un culotte de encaje color granate, todavía tibias, ligeramente húmedas. Levanté la vista hacia ti y tú sostenías la mirada con una calma que me erizó la piel.
—Póntelas —dijiste—. Y haz los baños mientras no estoy.
Ni una pregunta. Una orden, y la certeza de que iba a obedecer.
Me desnudé delante de ti, despacio, sintiendo cómo me observabas. Dejé la ropa en la silla y me puse las bragas. La tela húmeda contra mi piel me provocó una erección inmediata, vergonzosa, imposible de esconder bajo el encaje. Tú lo viste y sonreíste. Te divertía verme así, atrapado y dispuesto a la vez.
Te acercaste, me besaste corto en la boca y me pasaste un dedo por el labio.
—Vuelvo en un buen rato. Pórtate bien.
***
En cuanto cerraste la puerta me afeité y empecé con la limpieza. Tardé casi una hora en dejar los dos baños como a ti te gustan, impecables, sin una sola marca de agua. Me senté después en el sofá con un libro, pero las palabras se me escapaban de la página. Tenía la cabeza en otro sitio y el encaje me recordaba a cada movimiento dónde la tenía.
El móvil vibró. «Mete botellines de agua en el frigo, que estén bien fríos.» No quedaba ninguno en casa. A veces eres caprichosa, pensé, con lo buena que está el agua del grifo. Pero el pensamiento duró lo que tardé en levantarme. Me puse unos pantalones cortos y una camiseta por encima de las bragas y bajé al supermercado de la esquina.
Compré una docena de botellines, sin saber cuántos querrías. En la cola de la caja me sentí extrañamente expuesto, imaginando qué pensaría la cajera si supiera lo que llevaba debajo del pantalón. La idea, en lugar de avergonzarme del todo, volvió a ponérmela dura. Subí los escalones de dos en dos y metí casi todas las botellas en el congelador para que cogieran frío rápido.
Pasaron las horas. A las dos horas y media largas llegó otro mensaje. «En quince minutos estoy. Espérame en la habitación.» Se me desbocó el corazón. Sonreía solo, sin saber muy bien por qué, aunque lo sabía perfectamente.
Saqué tres botellines del congelador, ya bien fríos, y los llevé al dormitorio. Bajé la persiana, comprobé que la ventana estaba cerrada para que no entrara el bochorno. Teníamos el ventilador de techo apagado; no iba a encenderlo a menos que tú lo pidieras. Me arrodillé en el centro de la habitación, con las botellas a un lado, y esperé.
Los minutos se hicieron largos. Uno, dos, tres. ¿Se habrá calentado ya el agua? Entonces oí la llave girar en la cerradura, una vuelta, dos. La puerta de casa, el silencio, tus pasos.
***
Entraste en el dormitorio y me encontraste donde querías encontrarme. Sonreíste. Nunca me lo habías pedido, nunca lo habíamos hablado; arrodillarme a esperarte había sido idea mía, una forma de decirte sin palabras que estaba a tu entera disposición. Y tú lo habías aceptado como quien acepta algo que le pertenece.
—Dame una —dijiste, señalando las botellas.
Te tendí la primera. Te la bebiste de un trago, sin respirar, y me pediste otra. La abriste y bebiste más despacio, mirándome por encima del plástico.
—Trae un par más. Las voy a necesitar.
Me levanté y fui a por cuatro botellines, mejor que sobrara. Estabas espléndida. En el gimnasio había aire acondicionado, pero habías hecho ejercicio de sobra y, como otras veces, seguro que habías vuelto corriendo a casa con este calor. Te lo digo siempre, que no es bueno; tú me lo discutes siempre. El sudor te resbalaba por la cara, por el cuello, por los brazos. El top y las mallas se te pegaban al cuerpo, oscurecidos por la humedad.
Me puse de pie y nos besamos. Nuestras lenguas se buscaron sin prisa. En la habitación el aire estaba espeso, caliente; no dijiste nada de encender el ventilador y yo lo agradecí en silencio, porque así seguirías sudando.
Empecé por la cara. Te besé las mejillas, las orejas, fui bajando por la línea del cuello recogiendo cada gota con los labios. Esto me gusta desde hace mucho, más de lo que sé explicar. Me excita tu sudor, su sabor salado, la manera en que cambia según de dónde venga. Olerlo, tocarlo, beberlo es una forma de estar contigo, de demostrarte que me gusta absolutamente todo de ti.
Cerraste los ojos y te dejaste hacer. Te sentaste en el borde de la cama y levantaste el brazo derecho. Hundí la cara en tu axila, la olí primero, despacio, y después la besé antes de empezar a lamer hasta dejarla limpia. Es curioso lo que pasa: el olor fuerte desaparece de tu piel y se queda en mi boca, conmigo, durante horas. Me encanta esa idea, llevarte así el resto del día.
Te tumbaste y levantaste el otro brazo. Repetí lo mismo, oler, besar, chupar, mientras tu respiración se aceleraba. Te gustaba verme hacerlo. Te sentías poderosa, y esa era la mitad del juego.
—Sigue —murmuraste, y no era una sugerencia.
Te quité el top. Tus pechos quedaron al aire, húmedos, brillantes a la poca luz que se colaba por la persiana. Me metí en el canal entre los dos, lamí la línea de sudor que bajaba por el centro y fui rodeando cada seno, por debajo, donde la piel guardaba más calor. Subí despacio hasta la cima y me llevé un pezón a la boca. Lo succioné, jugué con la lengua hasta notarlo duro, y pasé al otro. Mientras tanto, con los dedos pellizcaba el primero y tiraba suavemente. Empezaste a soltar pequeños quejidos, y entonces paré.
Bajé hacia tu vientre, bordeando el ombligo, recogiendo cada gota que encontraba. Ahí no te gusta demasiado, te removiste enseguida y me empujaste hacia abajo con la mano. Obedecí.
***
Llegué a tus zapatillas. Las desaté y te las quité una a una. En cuanto las separé de tus pies me subió un golpe de olor, intenso, a sudor de toda la tarde. Te retiré el calcetín derecho y lo aparté. Tienes unos pies que me desarman; no sé explicarlo, pero me atraen de una manera que no entiendo del todo.
Me llevé tu pie a la cara y empecé a olerlo. Saqué la lengua y la pasé por la planta, por el empeine, me entretuve entre los dedos uno por uno, en cada espacio, en cada pliegue. Después me los metí en la boca, todos los que cupieron, y los chupé como si quisiera hacerles algo más. Me restregué tu planta por la mejilla. Mi cara entera olía a ti, y eso me bastaba.
Hice exactamente lo mismo con el otro pie. Lamí, chupé, besé, mordisqueé cada centímetro. Cuando levanté la vista, tu pecho subía y bajaba deprisa.
—Date la vuelta —dije, y por una vez fuiste tú quien obedeció.
Te giré boca abajo con suavidad. Subí hasta el cuello, lo besé, recogí el sudor nuevo que volvía a brotar, y empecé a recorrer tu columna con la lengua, despacio, vértebra a vértebra, hasta el nacimiento de las nalgas. Lo hice varias veces. Cada vez que llegaba abajo te tensabas, esperando. Te quité las bragas, empapadas, y las dejé caer al suelo.
Te abrí las nalgas con las manos y dejé que mi lengua recorriera el surco, lentamente, saboreando hasta detenerme donde tú querías que me detuviera. Subiste la cadera buscándome, empujando, exigiendo más sin decir una palabra. Estabas a mil.
—Cómemelo —pediste por fin, con la voz rota—. Por favor.
Te volví a girar. Bajé por tu vientre, por las ingles, saboreé el sudor de esa zona y recorrí los pliegues despacio, bebiendo lo que ya manaba de ti. Metí la lengua dentro, salí, busqué el clítoris y lo atrapé entre los labios mientras lo estimulaba. Cada vez estabas más al borde. Me sujetaste la cabeza con las dos manos.
—Fóllame —dijiste—. Ya.
Me incorporé. Me tiraste hacia arriba, hasta tu cara, y me besaste con lengua, mordiéndome el labio. Saqué la polla por el lateral de las bragas, que no me dejaste quitarme, y froté la punta contra ti, arriba y abajo, presionando tu clítoris.
—Métemela —susurraste contra mi oído.
Entré despacio y me quedé quieto. Elevaste las caderas, me clavaste las uñas en las nalgas y tiraste hacia ti hasta hundirme del todo. Empecé a moverme. Tus manos recorrieron mi espalda y se detuvieron en mis pezones. Jugaste con ellos, los apretaste, cada vez más fuerte, los estiraste. Una corriente me bajó desde la nuca hasta el final de la columna, esa mezcla de dolor y placer que no sé describir. Cuanto más apretabas, más fuerte bombeaba yo.
—Córrete y límpiame —jadeaste—. Córrete ya.
Empujé todo lo rápido que pude. Me apretaste los pezones hasta que ya no aguanté y me corrí, con el orgasmo recorriéndome entero, sin poder reprimir un grito ahogado de dolor y placer a partes iguales. Soltaste los pezones y los frotaste con la palma, y el escozor agudo coincidió justo con el último espasmo. Me quedé inmóvil encima de ti, respirando contra tu cuello.
—Límpiame —susurraste—. Todo.
Bajé otra vez. Empecé a chupar tus labios y la entrada, todavía temblorosa. Apretaste los músculos y dejaste salir lo que yo había dejado dentro; lo recogí ávidamente, bebí, tragué, te dejé limpia. Seguí lamiendo hasta que me apretaste la cabeza contra ti con las dos manos, muy fuerte, y te corriste con un grito largo, el cuerpo arqueado y temblando.
***
Nos quedamos quietos, jadeando, abrazados sobre las sábanas revueltas. La habitación entera olía a sexo y a sudor, a nosotros. Nos besamos despacio, sin urgencia, recuperándonos poco a poco.
Pasó un rato largo, somnoliento, en el que ninguno de los dos dijo nada. Tu mano dibujaba círculos perezosos en mi pecho.
—Anda —dijiste al final, estirándote con una media sonrisa—, ven al baño conmigo. Que todavía no he terminado contigo.