Mi juguete favorito encontró novia y no lo permití
Una vez más, Bruno volvió a bloquearme de todo. Ahora sí que no lo entendía, porque en aquella noche de tres con Don Casimiro lo habíamos pasado los dos en grande, y él se fue de mi casa riéndose a carcajada limpia. No hay nada peor que un hombre que disfruta y al día siguiente finge que no pasó nada.
Me vi obligada, otra vez, a presentarme en su trabajo para averiguar qué mosca le había picado. Bruno daba clases en el gimnasio municipal del barrio, y a esa hora siempre andaba ordenando colchonetas con esa cara de niño enfadado que tan bien le quedaba.
Cuando me vio entrar por la puerta, el muy cabrón echó a correr. Pero, ¡oh, desventaja de tener las piernas tan cortas! Lo alcancé en cuatro zancadas y lo arrinconé contra las espalderas.
—¡Ahora sí, mi enanito del bosque! ¿Me puedes explicar qué demonios te pasa? Si no te he hecho nada. Con las ganas que tengo de retomar nuestros juegos y, además, se me han ocurrido un par de ideas nuevas que te van a encantar.
—¡Siempre pensando en lo mismo, gallega! ¡La concha de tu hermana!
—Bruno, Bruno, no te hagas el digno conmigo, que te conozco desnudo y suplicando.
—¡Pero eso era antes, Lola!
—¿Lola? ¿Tú llamándome por mi nombre y no «bruja»? ¿Tienes fiebre?
—¡Claro que no, boluda! ¡Es que tengo novia!
Me quedé un segundo en silencio y después estallé en carcajadas. No podía disimular la gracia que me hacía imaginar al pequeño Bruno metido en una relación de pareja, de las de verdad, con sus flores y sus aniversarios.
—Supongo que será más alta que tú. Bueno, como todo el mundo.
—Unos treinta centímetros más, sí.
—O sea, que si te subes a un taburete quedáis a la par.
—¡Es en serio, gallega! Herminia es la primera mujer que quiere algo serio conmigo en toda mi vida. Estar disponible, jugar sin compromiso, dejar que me ates a la cama un sábado entero, todo eso está muy bien. Pero siempre llega el día en que solo quieres querer y que te quieran. Yo también tengo derecho a ser feliz, a una vida normal y, quién sabe, tal vez a formar una familia algún día.
—¿Y si la metemos a ella en el juego? Un trío, tú, ella y yo.
—¡Pero qué mierda dices! Ella es una mujer decente, no una depravada como tú. Ni como yo, ya que estamos.
—Es que nunca he tenido a dos personas de tu tamaño a la vez, y me pica la curiosidad.
—¡No es bajita, es mujer hecha y derecha! Mira, gallega, búscate otros a quienes mandar. Seguro que encuentras a un par de aficionados que te aten, te azoten y luego se diviertan entre ellos mientras tú te metes ese consolador morado tuyo que parece una porra de policía. A mí déjame en paz.
Dicho esto, Bruno se fue con la música a otra parte, muy digno él, dando esos pasitos cortos y furiosos.
***
Herminia. No podían existir muchas con ese nombre, así que localizarla sería fácil. Pero todavía faltaba media hora para que Bruno terminase su jornada, así que me metí en el coche a esperarlo, con el plan de seguirlo y descubrir dónde vivía con su famosa Herminia.
Las cosas salieron más fáciles de lo que imaginaba. Bruno vivía cerca, porque se fue caminando. Como por suerte no conocía mi coche, pude rodarlo a paso de tortuga hasta verlo entrar en el portal de la calle del Olmo, número ocho. Mientras él subía, aproveché para buscar aparcamiento y encontré uno a pocos metros.
Su nombre no figuraba en ningún buzón, pero sí el de Herminia Prados Prados, segundo derecha. Me apunté la dirección y volví a casa con una sonrisa que no presagiaba nada bueno.
Pensé en llamar a Don Casimiro para entretener la tarde, pero me imaginaba que no sería muy bien recibida. Desde aquella noche de locura con Bruno no nos habíamos vuelto a ver. Su vecina de rellano me contó que un viejo amigo suyo, médico, había subido un par de veces a verlo, porque el pobre se había quedado molido. Nos pasamos de intensos los tres, y por pudor él prefirió curarse en casa antes que dar explicaciones en ningún sitio.
Definitivamente, necesitaba sangre nueva. Don Casimiro estaba fuera de combate una buena temporada y Bruno, de quien aún guardaba la esperanza de volver a disfrutar, juraba estar enamorado como un colegial.
Así que hice lo único sensato. Saqué del cajón la grabación de aquella noche de tres, que aún no había visto, y la puse en la tele. Coloqué dos toallas sobre el sillón, preparé el lubricante y mi vibrador amarillo pollito, el más grande de toda mi colección, y me dediqué a mí misma la atención que nadie quería darme. Me corrí sin tardar demasiado, me bebí dos copas de vino y me fui a dormir. Mañana sería un día intenso.
***
A media mañana fui a casa de Herminia, aprovechando que Bruno estaría en el gimnasio. Aparqué donde el día anterior y, ni corta ni perezosa, subí hasta su piso. El portal estaba abierto, así que me bastó con llegar al segundo y llamar al timbre.
Me abrió la mujer más singular que he visto en mi vida. Tenía la frente del tamaño de una autopista, los ojos hundidos y una expresión de bondad tan sincera que casi me dio lástima lo que venía a hacer. No debía pasar de los treinta y cinco, aunque su gesto cansado le sumaba unos cuantos. Llevaba una camiseta roja con manchas de cocinar y una falda hasta los tobillos. Una santa, vamos. Normal que quisiera algo serio: para una noche y nada más, Bruno se aburriría enseguida con tanta decencia.
—¿Herminia? —pregunté con mi mejor cara de circunstancias.
—Sí, soy yo. ¿Quién es usted?
—Verá, me llamo Cristina Barrientos y vengo a hablarle de su novio.
—¿De Bruno? ¿Qué tiene usted que ver con él?
—Verá, nosotros fuimos pareja durante años. De hecho, estuvimos a punto de casarnos. Pero en un viaje a Argentina, para conocer a sus padres, descubrí quién es en realidad. Lo pillé en un hotel con dos mujeres a la vez, sacándoles dinero a cambio de no contarle nada a sus maridos.
—¿Pero qué me está contando? Pase, por favor, no quisiera que esto lo oyera ningún vecino. Llevo aquí toda la vida y nos conocemos todos.
—Claro, prefiero sentarme. Es una historia larga.
—Sí, prosiga, Cristina, se lo ruego.
—Me quedé horrorizada y tomé el primer vuelo de vuelta a España. A sus padres les dije que mi abuela había enfermado de gravedad, porque no me sentí capaz de contarles la clase de hijo que tenían. Durante mucho tiempo intenté evitarlo, pasaba temporadas fuera de casa, pero siempre acababa encontrándome. Hace unos días se presentó en mi puerta y me confesó que estaba con usted solo por interés: que así se ahorraba el alquiler, los gastos del piso y los caprichos que usted le compra. Me dijo que a quien quería era a mí. Sentí pánico. Y como no hay muchas Herminias, la busqué hasta dar con su dirección, únicamente para advertirla: su novio es un manipulador, un infiel sin remedio y un aprovechado. Siento decirle estas cosas, porque veo en sus ojos que es una buena mujer, pero por eso mismo no puedo permitir que le siga haciendo daño.
Entonces fingí el ataque de llanto más falso de mi vida y me abracé a Herminia antes de despedirme. Camino del coche iba muerta de risa, imaginando la reprimenda que le esperaba a mi enano favorito a la hora de comer.
***
Por la noche encendí el informativo, más por no quedarme en silencio que por interés, ya que Diego seguía perdido por el mundo. El presentador tomó la palabra con cara de gravedad.
—Nuevo caso al estilo Bobbitt. Una mujer de treinta y siete años le ha cortado el pene a su pareja, por motivos que aún se desconocen, y lo ha arrojado por la ventana. Un vecino tuvo que rescatarlo antes de que se lo llevara un gato y lo metió en hielo, mientras la víctima pedía ayuda a gritos. El hombre se encuentra en cuidados intensivos del hospital de la Concepción, tras una operación de urgencia. Las próximas horas serán cruciales para saber si el reimplante tiene éxito. La mujer ha sido detenida.
Me quedé con la copa de vino a medio camino de la boca. Hostia. Yo quería ese hombre solo para mí, y de pronto intervenía el rey Salomón con su sentencia: ni para la una, ni para la otra. Con lo mansa que parecía Herminia, y resultaba ser una psicópata de cuidado.
Busqué en internet los detalles del caso Bobbitt original, ese de los años noventa, y me enteré de que el marido, tras el implante, hasta llegó a labrarse una carrera como actor porno. Hay esperanza para todo, pensé.
Si Bruno conseguía recuperarse, iba a tener un problema serio entre manos. No sabía si Herminia lo había encarado primero, echándole en cara que una supuesta exnovia, a la que él aún acosaba, se había presentado en su casa para contárselo todo. Tal vez solo lo esperó en silencio, con un cuchillo jamonero en la mano, y procedió a la castración nada más verlo entrar, como se ha hecho toda la vida con los marranos del pueblo, aunque no precisamente por ahí.
Para entonces el caso ya estaba en boca de todos los programas de la tarde. Marisol Vega defendía que un corte así tenía que responder a algo muy grave; Aurora Beltrán replicaba que nada justificaba semejante salvajada, y que aquel pobre hombre, que además era de baja estatura, se quedaría marcado de por vida. A mí se me caían las lágrimas de la risa. Bruno convertido en protagonista de la crónica rosa, y nada menos que por su mejor argumento.
De pronto, el presentador Quique Sanz interrumpió la emisión para dar una noticia que, en sus propias palabras, era espeluznante.
—Disculpa, Aurora, pero nos llega información de última hora. Herminia Prados, a quien ya llaman la Lorena Bobbitt española, ha aparecido muerta en su celda. Todo apunta a que se ahorcó con una sábana.
Apagué la tele. Esto ya se me había ido de las manos de un modo que no había previsto. Una mujer se había quitado la vida, en parte, por culpa de mi numerito. Por primera vez en mucho tiempo, la risa se me cortó en seco.
***
Le eché valor al asunto —y nunca mejor dicho— y me acerqué al hospital a ver a Bruno. Pilar, una amiga de la infancia que trabajaba allí de enfermera, me había avisado esa misma mañana de que él ya había despertado.
Cuando llegué a la habitación estaba dormido. No pude resistirme a levantar un poco la sábana y echar un vistazo al destrozo. Se lo habían cosido con una destreza admirable; lo tenía arrugado y triste, con un parecido inquietante a la cara de un viejo muñeco de peluche. Le rocé apenas con un dedo, casi con ternura, y estuve a punto de hacer alguna travesura cuando lo noté removerse. Volví a taparlo a toda prisa y me senté en la silla como una visita modélica.
Bruno abrió los ojos con una mirada suplicante que no le había visto nunca.
—Gallega... Casi me matan, gallega.
Y rompió a llorar como un crío.
—El médico dice que, con mucha rehabilitación, podré volver a usarla.
—Shhh, tranquilo, Bruno. Ahora tienes que descansar. Lo importante es que estás vivo y que te vas a recuperar.
—Gallega... Gracias por venir. En las buenas y en las malas, a pesar de todas tus locuras, siempre apareces. Veo que te importo de verdad.
—Mira, no te voy a mentir: me importaba sobre todo lo que tenías entre las piernas. Pero como te lo han recauchutado, pues sí, de momento solo me quedas tú.
—¡Hija de la gran puta! ¡El día que esto vuelva a funcionar te vas a enterar! —dijo entre lágrimas y una sonrisa torcida—. Pero gracias, Lola. Al menos he descubierto que no estoy tan solo en esta vida.
Me dio cierta pena, lo confieso. Pero no podía permitirme sentimentalismos. El suicidio de Herminia, que por lo visto ni siquiera me había delatado, podía traerme un buen lío, y ahí estábamos los dos, mi enanito y yo, con un reimplante remendado como el del monstruo de Frankenstein. Y mi mente, traidora como siempre, ya empezaba a fantasear con la rehabilitación que pensaba imponerle en cuanto saliera de allí. Porque no cualquier mujer tiene el privilegio de mandar sobre un superviviente con más vidas que un gato.