La vecina del cuarto me enseñó a obedecer de rodillas
Todo había empezado meses atrás, con una conversación banal en el ascensor y una mirada que duró un segundo más de lo normal. Marlena vivía justo debajo de mi apartamento, en el cuarto piso, y desde aquella tarde algo cambió en la forma en que me hablaba. No me pedía favores: me daba órdenes con una suavidad que no admitía discusión. Y yo, sin entender muy bien por qué, las cumplía todas.
Esa noche había vuelto a casa con la boca todavía caliente de su sabor. Ella me había mandado guardar algo suyo en una bolsita y conservarlo hasta el día siguiente, y cada vez que lo recordaba sentía una mezcla de vergüenza y excitación que no había experimentado con nadie. No solo cumplía un deseo que llevaba años escondiendo; descubría, en cada gesto de Marlena, hasta dónde podía llegar mi propia rendición.
Me estoy convirtiendo en algo suyo, pensé mientras me lavaba la cara. Y no quiero dejar de serlo.
El teléfono sonó cerca de la medianoche. Reconocí su número antes de mirar la pantalla.
—Baja —dijo, sin saludar—. Quiero acostarme y necesito que me prepares.
—Ahora mismo voy —respondí.
***
Toqué a su puerta con los nudillos, suave, como si el resto del edificio pudiera oírme. Cuando abrió, me dejé caer de rodillas en el umbral, las palmas contra el suelo frío. No me lo había pedido, pero supuse que le gustaría encontrarme así.
—Vaya —murmuró, recorriéndome con la mirada—. Te gusta ser mi perrito, ¿verdad? A mí me gusta mucho que lo seas. Espera aquí, no te muevas.
Volvió un minuto después con algo en las manos. Me hizo levantar la barbilla con dos dedos y me ciñó alrededor del cuello un collar de cuero al que enganchó una correa fina.
—Así está mejor, ¿no crees? —dijo, dando un tirón apenas perceptible—. Si vas a ser mi perro, tendrás que comportarte como tal cuando estés conmigo. Vamos, sígueme.
Avancé tras ella a cuatro patas, sintiendo la alfombra del pasillo bajo las rodillas. Marlena caminaba despacio, consciente de cada paso, sabiendo que yo la seguiría sin importar adónde fuera. Entramos en su dormitorio. La cama estaba cubierta con una toalla doblada y un par de cosas dispuestas sobre la mesilla, como si lo hubiera preparado todo con antelación.
Se tumbó y abrió las piernas con una naturalidad que me cortó la respiración.
—Límpiame y déjame lista para dormir —ordenó.
Obedecí en silencio. Mis manos temblaban un poco, no de asco sino de deseo contenido, de esa tensión que se acumula cuando una persona te ha enseñado a esperar su permiso para cada movimiento. Cuando terminé, ella se incorporó sobre los codos y me observó con una sonrisa torcida.
—Bien. Ahora ven aquí.
Me acerqué de rodillas hasta el borde del colchón. Me sujetó la cabeza con una mano, hundió los dedos en mi pelo y me sostuvo así un rato largo, mirándome a los ojos como quien evalúa una posesión recién adquirida.
—¿Sabes lo que más me gusta de ti? —preguntó—. Que no preguntas. Que cuando te digo algo, lo haces. La mayoría de los hombres necesitan sentir que mandan. Tú necesitas justo lo contrario, y por eso eres mío.
No supe qué responder. Tragué saliva y bajé la mirada, que era exactamente lo que ella quería ver.
***
—Quédate a pasar la noche cerca —dijo después de un rato, tendiéndome una almohada vieja—. En el suelo, junto a la cama. Quiero tenerte preparado para mañana temprano. Y el collar te lo dejas puesto; por ahora solo lo llevarás dentro de esta casa.
Me tumbé sobre la alfombra, a un palmo de su mano, que dejó colgando fuera del colchón como si yo fuera un animal al que conviene tener vigilado. Apagó la lámpara. En la oscuridad escuché su respiración volverse lenta y regular, y me sorprendí deseando que el amanecer llegara cuanto antes para volver a serle útil.
—Toma también una llave de mi casa —añadió con voz somnolienta—. Cuando te llame por la mañana, no me apetecerá levantarme a abrirte la puerta.
Apreté la llave en el puño como si fuera un trofeo. Dormí poco y mal, atento a cualquier movimiento suyo, y aun así me sentí más en paz que en mucho tiempo.
***
Apenas había luz cuando su voz me despertó.
—Levántate —dijo desde la cama—. Desnúdate del todo y ven.
Me quité la ropa con torpeza, todavía medio dormido, y me arrodillé a su lado. Ella se desperezó con calma, disfrutando de la escena, y volvió a colocarme la correa.
—Me encanta despertarme así, con mi mascota esperando órdenes —dijo—. Acompáñame al baño. Llevo toda la noche aguantando.
Tiró de la correa y la seguí a gatas por el pasillo, todavía en penumbra. Esperaba que en el cuarto de baño me mandara ponerme en pie y ayudarla a asearse. No fue así. Me señaló las baldosas con un gesto.
—Túmbate ahí. Boca arriba.
El frío del suelo me recorrió la espalda. Marlena se colocó sobre mí, dominante, con las piernas abiertas y las manos en las caderas, mirándome desde arriba como una emperatriz mira a un súbdito.
—Abre bien la boca —ordenó—. No quiero que desperdicies ni una gota. Espero que te guste lo que voy a darte.
Lo que siguió me empapó la cara y la garganta, y tuve que tragar deprisa para seguirle el ritmo. Era cálido, intenso, y profundamente íntimo en su humillación: ella me usaba como quería, sin pedir disculpas, y yo lo recibía como un privilegio. Cuando terminó, se sentó en el borde de la bañera y me pidió que le acercara un cigarrillo y el encendedor.
—Quédate ahí, tumbado —dijo, encendiéndolo—. Me gusta tenerte bajo mis pies mientras fumo.
Apoyó las plantas desnudas sobre mi pecho y mi vientre, y fue marcando su peso con una lentitud deliberada. El humo subía hacia el techo en espirales perezosas. Yo no me movía, hipnotizado por la presión de sus pies sobre mi piel, por la sensación de pertenecer a alguien hasta ese punto.
—¿Te ha gustado tu desayuno? —preguntó, divertida—. Te lo he preparado con cariño.
—Sí, mucho —respondí con la voz ronca—. Me ha costado tragarlo todo, era mucho, pero he podido. Gracias de verdad.
—Puede que llegues a desayunar siempre así. ¿Te gustaría?
—Muchísimo.
Ella sonrió, dio una última calada y aplastó el cigarrillo en el lavabo.
***
—Ahora aséame —dijo, poniéndose en pie—. Y hazlo bien, que para algo te tengo.
Me arrodillé de nuevo. Le pasé primero un paño húmedo, despacio, recorriendo cada centímetro como ella me había enseñado, y después la sequé con la toalla. Marlena permanecía inmóvil, dejándose hacer, comentando de vez en cuando con una palabra seca si algo no le parecía suficiente. No había prisa en sus gestos: el tiempo, en su casa, transcurría a su ritmo y no al mío.
—Mejor —concedió al fin, examinándose en el espejo—. Vas aprendiendo. La obediencia, cuando es de verdad, se nota en los detalles.
Volvimos al dormitorio. Se sentó en el borde de la cama y me hizo arrodillar entre sus piernas otra vez, no para nada en concreto, solo para mirarme. Me acarició la mejilla con el dorso de la mano, casi con ternura, y por un instante la dominación se mezcló con algo parecido al afecto.
—No te confundas —dijo, como si me hubiera leído el pensamiento—. Esto no es romanticismo. Pero me gustas. Me gusta lo que eres cuando estás conmigo. Hay una clase de fuerza en saber rendirse del todo, y tú la tienes.
Asentí despacio. Era la primera vez que alguien ponía palabras a lo que yo había sentido toda la vida sin atreverme a nombrarlo.
***
—Bueno —dijo al cabo, estirándose—. He de prepararme, tengo cosas que hacer. Tú ya puedes irte. La llave la dejas en la entrada.
Sentí una punzada de algo que no era exactamente miedo, pero se le parecía.
—¿Ocurre algo? —pregunté—. ¿No volverá a llamarme?
—Claro que sí —respondió, quitándome el collar con cuidado y guardándolo en un cajón—. Pero no a diario. No quiero depender de nada ni de nadie, ¿lo entiendes? Te llamaré cuando me apetezca tenerte cerca, y entonces vendrás corriendo. Mientras tanto, quiero que no te olvides ni un segundo de a quién perteneces.
—No podría olvidarla ni un instante —dije—. Soy su perro.
—Así lo espero. —Se inclinó hacia mí y me sujetó la barbilla—. Abre la boca.
Obedecí. Me dejó caer un poco de su saliva entre los labios y la cerró con dos dedos, como quien sella un pacto.
—Esto es para que recuerdes mi sabor hasta la próxima vez —dijo—. Ahora vete, antes de que cambie de idea y te quede para todo el día.
Salí de su apartamento con las piernas todavía temblando y la boca llena de ella. Subí el tramo de escaleras hasta mi piso despacio, saboreando la espera que empezaba en ese mismo instante. No sabía cuándo volvería a sonar el teléfono. Sabía, eso sí, que cuando sonara, yo estaría junto a la puerta antes del tercer tono, de rodillas y dispuesto, porque Marlena me había enseñado algo que ya no podía desaprender: que mi mayor placer era, sencillamente, obedecer.