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Relatos Ardientes

La cena en la que mi novia me demostró quién manda

Renata era una compañera de trabajo con la que apenas cruzaba palabra. Reservada, casi invisible en las reuniones, una de esas personas que bajan la mirada cuando alguien las elogia. Me atraía justamente por eso, por todo lo que parecía guardarse, y cuando por fin empezamos a salir descubrí algo que jamás habría adivinado: debajo de aquella timidez vivía una mujer profundamente dominante, decidida a adueñarse de mí.

En nuestro último encuentro me había esposado a la cama, me había cabalgado hasta dejarme la polla en carne viva y se había corrido dos veces sobre mi cara antes de dejarme correrme a mí. Por la forma en que sonreía mientras guardaba las llaves aquella mañana, supe que había comprado algún juguete nuevo. La idea no terminaba de entusiasmarme, pero algo dentro de mí estaba seguro de que esa noche me haría probarlo.

—Bien, te veo a la noche. ¿Paso a buscarte? —le dije por teléfono.

—No. Yo paso por ti —contestó, y enseguida me explicó que iríamos a cenar a un restaurante.

Llegó a la hora exacta. Me mandó un mensaje para avisarme que estaba afuera y, al bajar, sentí algo raro, como si los papeles se hubieran invertido y esta vez la que recogía fuera yo. No me molestó tanto como pensé. Y todo se disolvió en cuanto la vi: estaba increíblemente sexy. Le encantaban los vestidos, y esa noche llevaba uno negro, muy corto. Subí al auto y no pude despegar la vista de sus piernas, que resaltaban contra la oscuridad del habitáculo y la tela del vestido.

Ella se señaló la mejilla, indicándome sin palabras que le diera un beso. Era una locura. Por lo visto, lo de la dominación no se quedaría dentro de la habitación: llevaba un minuto a su lado y ya me estaba dando órdenes.

—¿Por qué las miras tanto? —preguntó. Yo sabía que hablaba de sus piernas.

—No lo sé. Creo que me gustan demasiado.

—¿Como un fetiche?

—Supongo que sí. Aunque prefiero tus piernas a cualquier otra cosa.

—¿Siempre fuiste así?

—No. Creo que empezó la noche en que me obligaste a besarlas.

—Jajá, ¡eres adorable! —dijo, y me pellizcó la mejilla.

—Emm… ¿gracias? —respondí con algo de sarcasmo.

—Dales un beso.

—¿Aquí?

—Aquí o en el restaurante. Tú eliges.

No lo pensé dos veces. Me giré para asegurarme de que ningún vecino estuviera mirando, aunque la calle estaba oscura, y me incliné para besarla cerca de la rodilla. Al rozar su piel tersa con los labios, algo se encendió en mí. No pude detenerme: subí poco a poco hacia los muslos, empujando el dobladillo del vestido con la frente, hasta plantar un beso largo a unos centímetros de su cadera. Alcancé a percibir el olor húmedo y caliente de su coño a través de la braga, y se me puso la polla dura al instante contra la costura del pantalón. Ella abrió apenas las piernas, dejándome ver la tela oscura que se pegaba a sus labios ya hinchados. Le di un último beso en la cara interna del muslo, con la boca abierta, casi mordiendo, y me obligué a subir la cabeza antes de arrancarle la braga con los dientes ahí mismo.

Cada vez me entregaba más a su mando, y al mismo tiempo no lograba conciliar a esta mujer con aquella chica que conocí, la que no se animaba ni a levantar la mano para opinar. Recibir órdenes de ella tenía algo de irreal.

—¿A dónde vamos? —pregunté, con la voz un poco ronca.

—A mi restaurante favorito. Hacen comida italiana.

***

Llegamos, pedimos y, mientras conversábamos, trajeron los platos. Hablamos de todo un poco hasta que se me ocurrió preguntarle algo que me daba vueltas.

—¿Por qué te gusta tanto dominar?

—Vaya cambio de tema. ¿A qué viene tu interés?

—Curiosidad.

—Como te dije, al principio solo fantaseaba con tenerte atado. Nunca lo pensé como «dominar», pero al verte así me di cuenta de muchas cosas.

—¿De qué cosas?

—Me excita tener poder sobre ti. Que me obedezcas. Siempre me sentí frágil frente al mundo, y haberte domado, aunque sea un poco, me hace sentir más segura de mí misma.

—¿O sea que lo haces como método de superación personal?

—Jajá, no. Lo hago porque me gusta. Que además sea terapéutico es un beneficio extra.

—Ya veo. ¿Y qué sentías cuando me tenías esposado?

—Esposado y desnudo —corrigió con una sonrisa—. Con la verga parada apuntándome, mirándote suplicar con los ojos.

—Sí. ¿Qué sentías?

—Control. Que se haría exactamente lo que yo quisiera, y que si tú querías ir más rápido o más lento tendrías que ajustarte a mi ritmo. Que podía mamártela dos minutos y dejarte al borde, y después bajarme a sentarme en tu cara sin dejarte correrte hasta que a mí me diera la gana.

—¿Qué más?

—Te veía como si fueras mi mascota. Jajá. Rogando por mi atención. Con la polla goteando, pidiendo que te dejara meterla.

—Vaya. Eso suena algo cruel.

—Para nada. Es tierno.

Sentí una mezcla extraña de cosas. Algo de mí se ofendió por la comparación; otra parte, en cambio, se excitó, y la polla se me empezó a hinchar contra la cremallera.

—¿Qué tiene de tierno que me veas como una mascota?

—Que te quiero. Que deseas mi atención. Y, sobre todo, que eres mío.

Mientras terminaba la frase, sentí su pie deslizarse por mi tobillo y empezar a subir, despacio, por la pantorrilla.

—Ya veo… —murmuré.

—Sé que a ti también te gusta. No entiendo por qué te resistes tanto a entregarte del todo.

Su pie alcanzó mis muslos y avanzó hacia la entrepierna. Empecé a endurecerme.

—Supongo que es nuevo para mí. Me hace sentir muy…

—¿Vulnerable? —dijo, completando la frase.

—Sí…

—Entiendo. Entonces tendré que hacerte mío de a poco.

Su pie llegó a mi bulto y empezó a masajearlo por encima del pantalón. Recorrió toda la extensión de la polla con la planta, apretándola contra mi propio muslo, notando lo dura que estaba a través de la tela. Fue un alivio que por fin lo hiciera; lo deseaba con urgencia. El juego previo era delicioso, pero ahora necesitaba más.

—Nadie nos ve, ¿verdad? —pregunté.

—Tranquilo, el mantel cubre lo suficiente. ¿Te gusta lo que hago?

—Mucho…

—¿Me detengo?

—No, por favor.

—¿Harás lo que yo te diga?

—… —no contesté.

—Como quieras —y retiró el pie.

—¡Sí! —solté antes de que lo apartara del todo, tomándole el brazo por encima de la mesa.

—¿Sí, qué?

—Haré lo que quieras…

Volvió a masajearme, esta vez más despacio y con más presión, subiendo por toda la polla y bajando a los huevos, apretando ahí un instante antes de volver a la punta. El pantalón me estaba matando, pero la suavidad de la tela de sus medias resbalando sobre mí era exquisita.

—Sácala —ordenó.

—¿Qué cosa?

—No te hagas el tonto. La polla. Sácala. Déjala respirar, pobre. Debe estar ahogándose ahí dentro.

Me puse increíblemente nervioso. Nunca había hecho algo así. Estaba a punto de sacarme la verga en pleno restaurante, y la sola idea de que alguien llamara a la policía me helaba.

—¿Y si nos descubren? —pregunté, dejando ver mi miedo.

—No lo harán. Y si pasa, yo me encargo. ¿De acuerdo?

Dejé de darle vueltas y pasé a la acción. Eché un vistazo alrededor, bajé la mano bajo la mesa y, al llegar a mi entrepierna, encontré la tela suave de la media que cubría su pie. No quería distraerme, pero no pude evitar acariciárselo un momento: era el pie de esta mujer hermosa que tenía enfrente y que podía excitarme con tan poco. Ella lo deslizó hacia abajo y jugó con mis testículos, apretados por la posición; sentía perfectamente cómo los empujaba, cómo los aplastaba con la yema de los dedos por encima del pantalón, cómo los rodaba de un lado a otro como si fueran suyos.

Me bajé la bragueta sin demasiada dificultad y, entre las capas del bóxer, logré liberar la polla. Saltó hacia afuera, dura, con la punta ya brillante de líquido preseminal. Cuando por fin la tuve fuera, miré a Renata. Ella me devolvió la mirada con los labios entreabiertos, la lengua asomando apenas, claramente excitada por toda la escena. Siguió jugando, y ahora la tela sedosa rozaba directamente mi piel. La planta de su pie se deslizaba por el glande, lo envolvía, lo apretaba contra mi vientre y volvía a bajar hasta la base. Los dedos de sus pies, ágiles, atrapaban la verga entre el pulgar y el índice, y la estrujaban en pequeños tirones. Era enloquecedor. La polla me palpitaba a cada roce y una gota gruesa de líquido cayó sobre la media, dejando una mancha oscura.

—¿Se les ofrece algo más? —preguntó un mesero. Su voz me hizo dar un respingo.

—¿Tienen piñas coladas? —dijo Renata, sin alterarse en lo más mínimo, mientras el pie seguía moviéndose despacito sobre mi glande.

—Así es, señorita. ¿Le traigo una?

—Sí, por favor.

—¿Y usted, caballero?

—Estoy bien, gracias… —dije apretando los dientes, porque en ese mismo instante ella había pellizcado la punta con los dedos de los pies.

El corazón me latía como un tambor mientras ella seguía con lo suyo. Ni siquiera con el mesero al lado retiró el pie; apenas dejó de moverlo un instante. Cuando él se marchó, retomó el juego con más ganas, restregando toda la planta a lo largo de la verga, arriba y abajo, arriba y abajo, hasta que el pre-semen empapó por completo el nailon.

—Quítame la media —ordenó.

Obedecí. Miré de nuevo alrededor y volví a meter la mano bajo la mesa. Ella apoyó el pie sobre mi polla, aplastándola hacia un lado contra el muslo. Dolió un poco, no de forma insoportable. La miré: tenía una expresión feroz, mordiéndose el labio inferior. Sin dejar de presionar, esperó a que le quitara la media, que era corta y ni siquiera le cubría el tobillo. Fui bajándola con los dedos, tirando desde el talón, mientras ella hundía el pulgar del pie contra la base de mi verga hasta hacerme jadear.

—Aquí tiene, señorita. ¿Necesita algo más? —el mesero volvió con la bebida. Esta vez lo vi llegar y saqué la mano de golpe, lo que sorprendió a Renata.

—No, muchas gracias —respondió, y al mismo tiempo levantó el pie y lo dejó caer de pronto sobre mis testículos, aplastándolos con el talón a modo de castigo. El dolor me arrancó un quejido que disimulé con una tos cuando el mesero giró la cabeza. No sé si sospechó algo; en todo caso, se fue.

—¿Por qué no me avisas que venía? —dijo, empujándome con el pie sobre los huevos.

—Lo siento… —murmuré, y terminé de quitarle la media.

—Guárdala en tu bolsillo.

La metí en el bolsillo derecho. Al hacerlo, sentí su pie desnudo presionar de nuevo contra la polla: tocar su piel directa era el mayor premio de la noche, lo que había estado esperando todo este tiempo. Su piel caliente, lisa, se pegaba a mi glande empapado y lo hacía resbalar sin fricción. La tensión era tal que quería correrme ahí mismo, salpicarle todo el pie de leche bajo la mesa, pero eso habría arruinado el juego; tenía que aguantar. Mientras me aplastaba, masajeaba con la planta y después con los dedos. Mi excitación ya había dejado un charco de líquido, y eso facilitó que, con los dedos del pie, atrapara la punta y la hiciera resbalar en círculos lentos, embadurnándola. Después bajaba el talón hasta los huevos, los envolvía con la curva del arco, los hacía rodar despacio y volvía a subir. Era delicioso. Cada vez que rozaba el frenillo con el dedo gordo se me escapaba un espasmo que me obligaba a agarrarme del borde de la silla.

Siguió un buen rato, dando sorbos ocasionales a su bebida como si no estuviera masturbándome con el pie en medio del restaurante.

—¿Te está gustando? —preguntó.

—Muchísimo.

—¿No sería gracioso que me detuviera ahora mismo y no te dejara terminar?

—Para mí no tendría gracia… —respondí.

—Jajá, lo sé. Pero para mí sí. Tal vez lo haga… —dijo, y empezó a retirar el pie despacio, arrastrando los dedos por toda la verga.

Metí la mano bajo la mesa para retenerlo, apretándomelo contra la polla.

—Sigue, por favor.

—Mmm, así me gusta. Que me ruegues. ¿Eres mío? ¿Esta verga que tengo bajo el pie me pertenece?

—Sí, es tuya.

—¡Eso quería escuchar!

***

A partir de ahí todo se volvió más intenso. Empezó a presionarme contra la pelvis, cada vez con más fuerza, alternando entre la base y la punta, paseando los dedos por toda mi extensión. Los agarraba, tiraba de la piel, la estiraba contra el vientre, la soltaba de golpe. Repetía el ciclo una y otra vez, aumentando la presión poco a poco hasta el límite. Cuando el dolor se hizo demasiado y bajé la mano para frenarla, ella empujó todavía más, hundiendo el talón sobre los huevos hasta arrancarme un gemido ahogado. Al mirarle la cara entendí cuánto la encendía tenerme así, a su merced; respiraba agitada, con las mejillas encendidas, y estoy seguro de que tenía las bragas empapadas debajo de aquel vestido. Justo cuando creí que no soportaría más, liberó la presión.

—No aguanto más —dijo, y se levantó para sentarse a mi lado.

Ya junto a mí, no esperó ni un segundo. Echó un vistazo rápido alrededor y me tomó la polla con la mano, cerrando los dedos en un puño apretado y bombeándola rápido, tan rápido que apenas podía contenerme. Sentía el roce áspero de la bragueta en la base, pero el calor de su mano volvía ese detalle insignificante. Cada bajada arrastraba la piel hasta descubrir el glande por completo, cada subida lo envolvía otra vez con un giro de muñeca que me hacía apretar los dientes. Su mano quedaba pegajosa por todo el líquido que había derramado durante la última media hora, y ese sonido húmedo, ese chapoteo pequeñito bajo la mesa, me tenía a punto de reventar.

De pronto me soltó y me sujetó de los huevos, cerrando el puño alrededor de ellos y tirando apenas hacia abajo. El dolor llegó de inmediato.

—¿Qué se siente que te tenga así? —preguntó.

—Duele un poco…

—Dijiste que eras mío. Así que puedo hacer lo que quiera contigo, ¿verdad?

—… —no dije nada.

—¿¡Verdad!? —y al repetirlo apretó con fuerza. La presión de su puño sobre los testículos me hizo encorvarme y poner mi mano sobre la suya, pidiéndole en silencio que aflojara.

—Sí, soy tuyo…

—Así me gusta —dijo, y volvió a masturbarme, esta vez inclinándose contra mi hombro y susurrándome al oído—. Me encantaría bajar de la silla ahora mismo, ponerme de rodillas debajo de la mesa y metérmela hasta la garganta. Chupártela hasta que te corras en mi boca y me tragues cada gota. Pero no puedo, así que voy a hacerte correr con la mano. Y te vas a correr fuerte, para mí.

Yo controlaba el salón de reojo, con la respiración cortada. Estaba a punto de terminar. Ella probó algo nuevo: con las yemas de los dedos rodeó la punta y dibujó círculos, resbalando en el propio líquido, apretando el frenillo con el pulgar en cada vuelta. Ya no podía más, estaba a segundos del final, cuando el mesero apareció en el peor momento posible.

—¿Necesitan algo más?

—La cuenta, por favor —dijo Renata, sin dejar de moverme la muñeca por debajo del mantel. Sentí que el orgasmo se me escapaba, y la sola idea me resultaba insoportable.

—Enseguida se la traigo.

—Tienes hasta que vuelva para correrte. Si no lo haces, esta noche no habrá nada más. Ni te la mamo, ni te la meto, ni te toco. Duermes con las bolas llenas —sentenció.

Y siguió, esta vez mucho más rápido, con el puño cerrado en torno al glande, girando en la punta. Por una ironía, ahora que lo deseaba se había vuelto más difícil. Necesitaba algo concreto para llegar, y lo sabía perfectamente, aunque me daba vergüenza admitirlo: quería un golpe ahí abajo.

Me pareció humillante pedir algo tan extraño, pese a que era evidente que ella lo disfrutaba. Pero la idea de quedarme insatisfecho, con las bolas hinchadas toda la noche, me aterró más que el pudor, así que solté:

—¿Podrías… pegarme en las bolas?

—¿Quéee?

—Si quieres…

—Es la primera vez que me lo pides. Estoy orgullosa de ti. Jajá, ¡con muchísimo gusto!

Soltó su mano un par de segundos y entonces sentí el impacto seco de su puño sobre los testículos. El dolor me subió hasta el abdomen; pedírselo, lejos de moderarla, la había animado a golpear más fuerte de lo habitual. Ella soltó una risita al ver mi mueca y volvió a agarrarme la verga, bombeándola otra vez, rapidísimo. A los pocos segundos, otro golpe. Y otro. Estaba tan excitado con esa mezcla de dolor punzante y placer que en cuestión de segundos llegué con una intensidad que no recordaba. La primera descarga me sacudió entero: sentí la leche subir por la uretra a golpes y salir a chorros gruesos que salpicaron la parte de abajo del mantel, mi propio muslo, la mano de ella. Me mordí el labio para no gemir alto mientras el orgasmo me arrancaba oleadas, una tras otra, cada una acompañada de un espasmo en el vientre. Renata seguía apretando el glande con los dedos, sacándome hasta la última gota, exprimiéndome como si quisiera vaciarme del todo. Cuando ya no quedaba nada, fue bajando la velocidad hasta dejarme exhausto, con la polla enrojecida y hipersensible palpitando en su palma. Después se limpió la mano con una servilleta como si nada, se llevó el dedo índice, todavía brillante, a la boca y lo chupó despacio, mirándome fijo.

Después se inclinó sobre mí, me giró la cara y me dio un beso tierno en los labios, seguido de un abrazo. Se quedó así, abrazada a mí, hasta que llegó el mesero con la cuenta. Debajo del mantel, la polla seguía fuera, blanda y pegajosa, y me la fui guardando disimuladamente mientras ella firmaba.

Tomé mi billetera, pero ella me detuvo.

—Tranquilo. Yo te invité —dijo, mientras sacaba su tarjeta para pagar.

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Valora este relato

Comentarios(8)

ValeriaS

Buenísimo!!! De lo mejor que leí esta semana, en serio

Nocturna_K

Por favor seguí contando, quedé con ganas de mas. El arranque es genial!!

PatricioMdp

Excelente!! Me encanta cuando el relato empieza fuera del cuarto, le da otro nivel

LeoNocturno22

increible como un momento tan simple puede definir toda una noche... se entiende todo en ese instante

MarisolDR

Que bueno!! esperando la segunda parte con ansias

CarlaDeRosario

me recordó algo que viví hace tiempo jaja, esa sensación es inconfundible. Muy bueno!

DiegoBA78

Se hizo corto!!! mas por favor

Noche_Lenta

Qué forma de arrancar un relato... cuando llegó lo de la mejilla me enganché de una. Tremendo

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