La presa del gimnasio resultó ser la cazadora
—Ocho… nueve… diez… listo —resopló Hugo, soltando la barra.
Había terminado la última serie con todo su empeño, aunque no con toda su concentración. Buena parte de su atención llevaba un rato repartida hacia la chica de la elíptica, justo enfrente de las máquinas. Pelo rizado y largo, labios finos, poco más de metro sesenta, mallas ajustadas, top deportivo y unas gafas gruesas que le daban un aire a medio camino entre la chica aplicada y la secretaria caliente, según lo que su imaginación le exigiera en cada momento.
No podía resultarle más apetecible. Y, como tantas otras veces, se propuso seducirla, confiado por los músculos que acababa de marcar a base de castigarse en los aparatos.
Se acercó con paso de gallo. Ella lo vio venir y le sonrió antes de que abriera la boca.
—Hola, preciosa. ¿Es tu primer día? —soltó él.
La chica lo miró desde la altura que le daba la máquina, con una mueca apenas disimulada de fastidio. Pero entonces sus ojos bajaron un instante hacia el bulto que dibujaban las mallas de Hugo, y algo cambió. Sonrió de otra manera. Decidió seguirle el juego y bajó el ritmo hasta detenerse.
—Hola, guapo. Llevo varios meses apuntada, en realidad.
—Qué raro. Una chica como tú no se me habría escapado del radar.
—A lo mejor estabas pendiente de otras.
—Pero ninguna como tú, bombón. ¿Qué haces al salir?
—Nada del otro mundo.
—¿Y si te espero en la puerta y hacemos algo un poco fuera de lo común?
—Me encanta todo lo que se sale de lo común —contestó ella, midiendo cada palabra—. Así que te espero en la puerta, machote.
***
Hugo llevaba un par de minutos fuera cuando Nadia apareció. Se había cambiado: ahora llevaba un pantalón corto y unas sandalias planas que le dejaban al aire las piernas desde el talón hasta unos centímetros por encima de la rodilla. Con la testosterona todavía disparada por el entrenamiento, a Hugo se le marcó una erección casi inmediata, mal escondida bajo la tela. Nadia se dio cuenta, y por dentro se sintió una diosa: lo tenía donde quería, listo para lo que a ella se le antojara.
Charlaron de cosas sin importancia durante el camino. Él vivía solo, en un bajo que él mismo llamaba «el pisito de soltero», y al que le sacaba buen partido, porque presumía de contar sus conquistas por decenas. Entraron, Hugo cerró con llave, echó el pestillo y le señaló a Nadia el lugar donde solía «pasar el rato con las visitas»: un cuarto de invitados con una cama bastante amplia.
—Ponte cómoda, vuelvo enseguida.
Nadia se sentó en el borde de la cama, se quitó las sandalias y estiró las piernas hacia el suelo. La postura parecía relajada, pero estaba alerta. Sabía que el tipo tramaba algo, y no se equivocaba. Cuando Hugo volvió, traía unas cuerdas en las manos. Lo vio en los ojos de ella: los abrió un poco más, y su gesto cambió un instante.
—Tranquila, relájate y déjate llevar —dijo él, seguro de sí mismo.
Nadia se puso de pie y se acercó hasta quedar casi pegada a su cuerpo.
—Siento decepcionarte, pero no soy sumisa. Así que esas cuerdas ya puedes ir guardándolas.
—Venga, mujer. En el fondo sabes que te gusta, te estás haciendo la dura —contestó él mientras soltaba las cuerdas en el suelo y le agarraba las caderas, decidido a llevarla a su terreno.
Nadia se rio bajito.
—Eso te crees, ¿eh? —le subió las manos a los hombros y lo sujetó con firmeza. Bajó la mirada, fingiendo timidez, y comprobó una vez más el bulto que delataba a Hugo. Después volvió a clavarle los ojos—. Parece que tenemos un problema ahí abajo.
Hugo, más excitado que en mucho tiempo, se olvidó por completo de las cuerdas.
—¿Se te ocurre alguna solución? —preguntó con su mejor cara de seductor, la que tanto le había funcionado con otras.
Ella saboreó el instante. Era justo el momento que llevaba esperando desde que aquel idiota se le acercó en el gimnasio.
—Creo que tengo la solución perfecta para un chico como tú.
Y, sin soltarle los hombros, agarrándolo bien por la camiseta, lanzó la rodilla derecha hacia arriba a toda velocidad. El impacto fue seco, justo entre las piernas, de lleno contra los testículos, aplastándolos contra el hueso.
Hugo se dobló en el acto. Su boca formó una «O» de la que salió un grito largo y ahogado. En cuestión de segundos, las manos pasaron de las caderas de Nadia a su propia entrepierna, buscando un alivio imposible, porque la rodilla de ella seguía clavada ahí, sin retirarse, mientras el dolor no hacía más que subir.
La escena no duró más de siete segundos, que a Hugo se le hicieron eternos y a Nadia cortísimos. Ella no ocultaba su satisfacción: le sostenía la mirada mientras él terminaba de plegarse y empezaba a desplomarse. Para entonces, la rodilla había vuelto a su sitio y el pobre Hugo lograba por fin agarrarse la maltrecha hombría, cayendo de rodillas ante ella, con la cara a pocos centímetros de sus pies descalzos.
***
Nadia no perdió el tiempo regodeándose. No había olvidado en ningún momento las cuerdas que el chulito había dejado en el suelo, cuando todavía tenía las partes intactas. Las recogió con agilidad, le sujetó los brazos a Hugo, le apartó las manos de la entrepierna y se las llevó a la espalda. Un nudo rápido y firme, y lo dejó atado y a su merced.
—Vaya, vaya… al final he sido yo la que te ha amarrado, ¿eh? —se burló.
Hugo no podía contestar. El rodillazo por sorpresa sobre unos testículos relajados, sumado a la nula protección de su ropa de gimnasio, lo había metido en un estado de dolor del que solo no empeoraba porque costaba imaginar algo peor. Gemía en el suelo, entre intentos desesperados de respirar, lloriqueos y quejidos que a Nadia le hacían gracia.
—Oooh… me has… reventadoOoh… —ni siquiera lograba terminar la frase.
—Uy, parece que te he hecho bastante daño. Deja que te ayude, anda.
Lo cogió otra vez de los hombros. Estuvo tentada de meterle un segundo rodillazo, pero quería probar otras cosas. Él intentó decir algo, pero solo le salió un sonido agudo que arrancó una carcajada a Nadia.
—Deja que compruebe cómo andan tus huevecillos… Bueno, en realidad, aunque no quieras que te toque, tampoco podrías evitarlo, ¿verdad? —le guiñó un ojo.
Acto seguido llevó la mano a la entrepierna de Hugo y empezó a palpar el paquete, buscando los testículos magullados del desgraciado.
No podía creer lo fácil que había sido tener a un macho así, casi sin esfuerzo. Por fin iba a cumplir una fantasía que arrastraba desde la adolescencia: sentía una curiosidad inmensa por saber si sería capaz de reventarle los huevos a un hombre solo con las manos.
Para desgracia de Hugo, que apenas podía abrir mucho los ojos implorando piedad o cerrarlos para intentar controlar el dolor, Nadia seguía apretando y retorciendo, buscando la posición que le permitiera abarcar los dos testículos con una sola mano sin soltarlo, cerrarlos en el puño y controlar a placer cada uno de sus gestos.
En cualquier momento parecía que iba a oírse un crujido, como cuando alguien parte una rama despacio. El pobre solo podía doblarse más y más, hasta que su cara quedó justo enfrente de la de ella, que aprovechaba para enviarle besitos al aire, ponerle morritos y provocarlo con la mirada clavada en la suya. El contraste entre los dos no podía ser mayor.
El dolor era insoportable. Para no darle el gusto de oírlo gritar, Hugo trataba de echar la cadera hacia atrás por instinto, intentando alejarse de aquella garra que le rodeaba la hombría. Era inútil.
—Te tengo bien cogido por los huevos —comentó Nadia, riéndose de su intento desesperado por escapar.
Estaba tan encorvado que, si miraba hacia abajo, solo veía los pies de su invitada: el derecho cruzado sobre el izquierdo, los dedos ligeramente encogidos. Si miraba hacia arriba, veía sus pechos firmes y unos pezones marcados bajo el top. En ambas direcciones había señales claras de excitación. Comprendió que ella lo estaba disfrutando y que no iba a soltarlo hasta quedar satisfecha. Él creía haberle tendido una trampa; resultó que la trampa la había montado ella, y lo había arrastrado hasta ahí a propósito.
Cuando Nadia vio que el tipo volvía a caer al suelo, giró su cuerpo casi sin esfuerzo —Hugo ya no oponía resistencia alguna— y lo empujó hacia la cama. Quedó sentado en el borde, encogiendo las piernas, doblándose para aliviar el dolor un poco y proteger lo que le quedaba. Imposible, con las manos atadas, las mallas tensas y la voluntad despiadada de su invitada.
***
Nadia se colocó delante de él, le puso la mano sobre la cabeza y se la acarició como a un perrito.
—Ay, pobrecito… parece que te he hecho un poquito de daño —le bajó la mano hasta la barbilla, buscando esa mirada acuosa y agónica. Hugo seguía haciendo esfuerzos por no gritar, aunque algún gemido se le escapaba igual.
—Jaja, qué mono. Yo también quiero sentarme.
Se acomodó detrás de su espalda y lo abrazó con piernas y brazos, enderezándole el torso para apoyarlo contra ella.
—¿Cómo estás, bebé? ¿Así estás mejor? —susurró, mientras una mano le recorría la espalda y la otra volvía a deslizarse hacia la entrepierna.
Hugo intentó resistirse apretando los muslos, pero ella metió la mano sin problema. Esta vez parecía que solo iba a masajearlo, que no había nada que temer, que la tortura había terminado.
—No quiero que se me rompa el juguete tan pronto —murmuró ella.
Mientras Hugo trataba de relajarse y dejarse llevar por el masaje, convencido de que por fin remitía el dolor, Nadia desvió su atención hacia las cuerdas de las muñecas.
—Aguantan bien, ¿no crees? —el tipo asintió con la cabeza, y al hacerlo bajó la guardia, olvidando la concentración que necesitaba para evitar males mayores.
—Bien. Vamos a comprobarlo.
Alzó el puño y lo estrelló con todas sus fuerzas contra sus huevos. Hinchados por los golpes anteriores y relajados por el falso alivio del masaje, se marcaban perfectamente bajo las mallas, apenas separados de la mano por la tela del calzoncillo, que en esas circunstancias solo servía para mantenerlos apretados y juntos. Un blanco perfecto.
El puño los deformó hacia dentro y volvió a chocar contra los nudillos de Nadia al rebotar. El dolor estalló al instante, recorrió todo el cuerpo de Hugo y le arrancó un grito desgarrador. Ella lo tenía bien sujeto con las piernas y con la otra mano, que recolocó deprisa para impedir que se moviera demasiado.
Las sacudidas quedaron controladas. Los gritos y las lágrimas, no: cada segundo era peor que el anterior.
—Vaya, sí que estaban bien atadas esas muñecas. No has podido llevarte las manos a los huevos, por lo que veo. Pero tranquilo, que mami está aquí.
A esas alturas, a Hugo no le quedaba ni una pizca de dignidad. Lloraba sin consuelo y entre sollozo y sollozo solo acertaba a balbucear:
—¡Ayuda…! ¡Ayuda, oooh…!
Aquello provocaba una enorme sonrisa en Nadia y un placer profundo en el centro mismo de su deseo. Con todos los sentidos volcados en el dolor de su entrepierna, que ya le subía al resto del cuerpo, Hugo no podía notar que en ella el efecto era el contrario: una humedad cálida que llegaba hasta su espalda de lo pegados que estaban. Nadia había tenido un orgasmo al creer que le había reventado los huevos a aquel imbécil, y sus gritos patéticos de auxilio habían disparado el clímax.
***
Terminada la experiencia, se incorporó de rodillas sobre la cama y tumbó al pobre hombre, encogido como un ovillo, que se dejó hacer sin fuerzas. Nadia le apoyó la cabeza sobre sus muslos y se la acarició con una mano.
—Oooh, jajaja… pobrecito… ea, ea, ya pasó, ya pasó, shhh…
La hombría de Hugo y lo poco que le quedaba de orgullo estaban completamente acabados, pero al menos podía descansar mientras lo que sobrevivía de sus testículos intentaba volver a su sitio. Nadia esbozaba una enorme sonrisa, recuperándose despacio de la tremenda corrida que se había llevado.
—Mi pobre hombretón… Ahora sí que espero no habértelos reventado de verdad, porque me quedaría con ganas de repetir.
Y le buscó los ojos, esos ojos que solo sabían expresar dolor y miedo a partes iguales.