Mi novio controlaba mi cuerpo con unas pastillas secretas
Me llamo Lorena y esto que voy a contar pasó cuando todavía éramos novios mi marido y yo. Él se llama Adrián, y desde el primer día tuvo una forma de mirarme que me hacía sentir que ya había decidido algo sobre mí antes incluso de tocarme. Era atento, generoso, y al mismo tiempo tenía una necesidad de control que yo, sin entenderlo del todo, deseaba alimentar.
Llevábamos un par de años juntos y la confianza entre nosotros era absoluta. Esa confianza fue justamente la que me llevó a entregarle cosas que nunca le habría dado a nadie más. A Adrián le excitaba dirigir cada detalle: cómo me vestía, cómo me sentaba, qué decía delante de sus amigos. Le gustaba probar límites, atarme las muñecas con su corbata, someterme a pequeños juegos de obediencia que terminaban dejándome temblando.
—Tú solo confía —me decía al oído, mientras ajustaba el nudo—. Yo me encargo del resto.
Y yo confiaba. Esa era la parte que ni él ni yo supimos medir a tiempo.
Por aquella época yo tomaba anticonceptivos, no por costumbre, sino porque él mismo me los administraba. Tenía un pastillero con compartimentos y cada mañana me indicaba cuántas tomar y en qué orden. Decía que esas pastillas concretas aumentaban la sensibilidad, que me dejaban las zonas erógenas a flor de piel. Y era verdad: con ellas vivía en un estado permanente de deseo, húmeda con solo pensar en él, con los pezones endurecidos al menor roce de la tela.
—Abre —me ordenaba, y yo abría la boca como una niña obediente mientras él depositaba las grageas sobre mi lengua.
Nunca le pregunté qué eran exactamente. Esa pregunta, en nuestra dinámica, habría sido casi una falta. Él decidía, yo obedecía, y en esa obediencia encontraba un placer que no sabía nombrar.
***
Todo se intensificó cuando me ofreció trabajar como su secretaria en la empresa que dirigía. Pasamos de vernos los fines de semana a compartir el día entero. La oficina tenía una puerta que él cerraba con llave a media tarde, y entonces el jefe desaparecía y volvía a ser el hombre que me poseía.
Me sentaba sobre su escritorio, me desabrochaba la blusa con una calma deliberada y me bajaba el sujetador hasta liberar mis pechos. Yo entonces tenía un cuerpo normal, pechos más bien discretos, con los pezones oscuros y muy sensibles. Le encantaba succionarlos durante largos minutos, sin prisa, mientras dos de sus dedos entraban y salían de mí marcando un ritmo que solo él gobernaba.
—No te corras hasta que yo lo diga —me advertía, y esa orden me llevaba al borde de la locura.
Aguantaba todo lo que podía, mordiéndome el labio, clavándole las uñas en el hombro, hasta que su voz me daba permiso. Solo entonces me dejaba ir, y él me penetraba con una fuerza que parecía castigo y recompensa a la vez. Lo hacíamos tres, cuatro veces al día. Yo vivía mojada, dispuesta, esperando la siguiente orden.
Fue por esas semanas cuando empecé a notar algo extraño. Manchas tenues en el interior del sujetador. Una mañana, bajo la ducha, al enjabonarme los pechos, vi salir unas gotas claras de los pezones. No era mucho, pero no era normal.
—Adrián, me sale líquido del pecho —le dije, mitad asustada, mitad curiosa.
Él no pareció sorprenderse. Apenas una sonrisa, esa que ponía cuando un plan suyo empezaba a funcionar.
—Será un efecto de las pastillas —dijo sin mirarme—. No te preocupes.
***
Llamé al médico de todos modos. Me examinó, presionó mis pezones para comprobar la secreción y me explicó que la combinación de aquellas hormonas con una estimulación tan constante podía inducir la lactancia en una mujer sin embarazo. Me aconsejó dejar las pastillas si no quería que la producción aumentara.
Esa noche se lo conté a Adrián, esperando que me dijera que parara. Hizo justo lo contrario.
—No las dejes —me dijo, tomándome la cara entre las manos—. Quiero que sigas. Quiero ver hasta dónde llega tu cuerpo cuando hace lo que yo decido.
Debí negarme. En cambio sentí un escalofrío bajarme por la espalda, esa mezcla de vértigo y entrega que solo él provocaba en mí. Asentí. Volví a abrir la boca cada mañana.
Mis pechos crecieron varias tallas en pocas semanas. Las blusas me tiraban de los botones, los sujetadores normales dejaron de servirme y tuve que comprar los de lactancia, esos con copas que se abren. Nunca me había sentido tan deseada, tan llena, tan suya. Empecé a usar vestidos escotados, aunque tenía que ponerme discos absorbentes para evitar las manchas, porque al menor descuido el líquido aparecía.
***
Adrián convirtió el vaciarme en un ritual. Cuando sentía los pechos hinchados, calientes, con las venas marcadas bajo la piel tensa, le hacía una seña. Estuviéramos donde estuviéramos, él encontraba la forma de llevarme a un lugar privado.
Si cenábamos con amigos y yo empezaba a gotear, me clavaba la mirada y susurraba una sola palabra.
—Ahora.
Salíamos con cualquier excusa. En el coche, en un baño, contra una pared, me abría el vestido, sacaba mis pechos y los succionaba con un hambre que me hacía perder la cabeza. Mientras me vaciaba un pecho y luego el otro, una de sus manos buscaba entre mis piernas, apartaba la ropa interior y comprobaba lo empapada que estaba.
—Mira cómo te pone que te ordeñe —me decía, y yo solo podía gemir.
El alivio físico de soltar la leche acumulada se mezclaba con el placer de obedecerle, y casi siempre llegaba al orgasmo antes de que él me penetrara. Después se vaciaba dentro de mí, y con los mismos discos de algodón que yo guardaba en el bolso limpiaba lo que escurría entre mis muslos antes de volver a la mesa como si nada hubiera pasado.
—Buena chica —me decía al recolocarme el vestido. Esas dos palabras valían más que cualquier joya.
***
Pasaron los meses y la producción no dejaba de aumentar. Necesitaba que me vaciaran cada vez con más frecuencia, y empecé a depender de esos momentos como de una droga. El problema surgió cuando Adrián tuvo que viajar por trabajo. La primera vez que se ausentó varios días, los pechos se me pusieron tan duros que dolían, y no había nadie que me aliviara.
Me encerré en el baño a ordeñarme con las manos, sintiéndome ridícula y expuesta, con miedo de que alguien entrara y no supiera explicar nada. Fue él quien me regaló la solución a la vuelta: un sacaleches eléctrico, doble.
—Para cuando yo no esté —dijo, mientras me colocaba las copas sobre los pezones y encendía la máquina por primera vez.
La succión doble, constante, los dos pezones tirados a la vez, me arrancó un placer que no esperaba. Me corrí solo con eso, con él mirándome, dirigiendo la intensidad de la máquina como dirigía todo lo demás.
—¿Ves lo bien que te cuido? —me preguntó.
Y sí, lo veía. Pero a partir de ahí descubrí algo que me incomodaba confesar: cuando él me mamaba, por mucho que disfrutara, echaba de menos sentir los dos pechos atendidos al mismo tiempo. Él pasaba de uno al otro, pero nunca era simultáneo. La máquina me había malacostumbrado.
***
Tardé semanas en atreverme a decírselo. Cuando por fin lo hice, esperaba que se molestara. En cambio, sus ojos se encendieron con esa chispa de quien ya está tramando el siguiente paso.
—Entonces necesitamos a alguien más —dijo, como si fuera lo más natural del mundo.
Hablaba de Marcos, su amigo de toda la vida, un hombre en quien confiaba ciegamente. La idea me daba vértigo y al mismo tiempo me humedecía sin remedio. Entregarme a la decisión de Adrián incluso en eso, dejar que él eligiera quién más podía tocarme, era la cima de la sumisión que llevábamos años construyendo.
—Si tú lo decides —respondí, bajando la mirada—, yo obedezco.
La primera vez fue en nuestra casa, una tarde de domingo. Adrián me sentó en el borde de la cama, me desnudó él mismo y le indicó a Marcos exactamente cómo debía colocarse. Yo no tenía voz ni voto, y eso me excitaba hasta el límite. Cada uno se acomodó a un lado.
—Ahora —ordenó Adrián.
Sentir las dos bocas a la vez, los dos pares de labios tirando de mis pezones al mismo tiempo, fue una descarga que me recorrió de la nuca a los pies. Arqueé la espalda, gemí sin pudor, y me corrí solo con eso, con las manos de Adrián sujetándome las muñecas contra el colchón para que no pudiera moverme, recordándome en todo momento de quién era yo.
Desde entonces, cuando Adrián viajaba, ya no necesitaba el sacaleches. Marcos no solo me vaciaba los pechos: cumplía las instrucciones que mi novio le dejaba, al detalle, y me devolvía cada noche convertida en una mujer todavía más suya, porque hasta mi placer con otro hombre pasaba por la voluntad de Adrián.
Lo que sí puedo decir es que nunca volví a extrañar aquellos orgasmos brutales cuando él no estaba. Adrián lo había planeado todo desde el principio, hasta el último gramo de leche y el último temblor de mi cuerpo, y yo no podía estar más agradecida de haberle entregado las riendas.
Más adelante les contaré lo que vino después, cuando esos juegos de control nos llevaron mucho más lejos de lo que cualquiera de los dos había imaginado.