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Relatos Ardientes

El secreto que mi vecina y yo nos pasábamos por la reja

Cuarto día de vacaciones, y me desperté de golpe, con una energía que no recordaba desde hacía meses. Salté de la cama y bajé directo a la cocina. Mientras untaba mantequilla en las tostadas, mi madre entró arrastrando las zapatillas por el suelo.

—Pero bueno, Marcos, ¿qué te pasa? ¿Te has caído de la cama? —bromeó sonriendo.

Sonreí, aunque me pareció un poco injusto. Estaba de vacaciones; por una vez tenía derecho a madrugar porque me daba la gana.

—Buenos días, mamá. Me he caído y no veas el costalazo que me he pegado —seguí la broma—. Creo que hoy voy a tener que descansar todo el día para recuperarme.

—Vaya cara de sinvergüenza tienes —se rió ella—. Oye, si no tienes nada que hacer, luego me echas una mano, ¿vale?

—Claro, mamá.

Mientras terminaba el desayuno, la observé moverse por la cocina, recogiendo platos y ordenando cosas. Hasta esa semana, mi madre siempre había sido solo eso: mi madre. Nunca la había mirado como a una mujer. Pero la noche anterior, Lucía me había pedido entre risas que le llevara unas bragas suyas, y de pronto la veía con otros ojos.

No estaba nada mal. No tenía el estilo de mi tía, que arrasaba en cualquier comida familiar, pero al fijarme me sorprendí. Llevaba un vestido holgado y corto que no marcaba gran cosa, aunque sus piernas eran finas y su cara, bonita, enmarcada por una melena oscura que desde que tengo uso de razón llevaba recogida en una coleta. Me quedé mirando su cuerpo, intentando imaginar lo que el vestido escondía. Como la tela era clara, se transparentaba un poco, y juraría que distinguí el dibujo de una braga blanca por delante. No me puedo creer que mi madre lleve tanga.

Para colmo, se le cayó un puñado de cerezas al suelo justo delante de mí. Fui a agacharme a recogerlas, pero ella se adelantó.

—No te preocupes, ya las cojo yo —dijo, doblando las rodillas.

Al inclinarse, el escote del vestido se abrió y comprobé que no llevaba sujetador, supongo que por el calor. Me quedé sin habla. Sin querer, me descubrí pensando cómo se sentirían esos pechos contra la palma de la mano, y enseguida me asusté de mí mismo.

—Mamá, voy a leer un rato —solté de golpe—. Cuando me necesites, me avisas.

—Gracias, hijo. Termino aquí y te llamo. Media hora como mucho.

Salí de la cocina inquieto y me senté en el salón con un libro que fui incapaz de leer. ¿Qué clase de hijo se queda pensando en el cuerpo de su madre? Aunque, después de lo que había estado haciendo con Lucía las últimas noches, tampoco debería extrañarme tanto haberme convertido en un guarro.

Seguía rumiando todo aquello cuando me llamó desde el fondo de la casa.

—Marcos, ven a ayudarme, por favor.

Habían decidido vaciar el cuarto trasero para convertirlo en habitación de invitados. ¿Para quién? Ni idea, pero el caso es que había que sacar todos los trastos y subirlos al altillo del garaje.

La mañana se nos fue en mil viajes entre el cuarto y el garaje. Libros, cacharros, marcos de fotos, cajas y más cajas iban saliendo de un lado para acabar en el otro. Acabamos los dos empapados en sudor, pero el trabajo era llevadero y las bromas entre mi madre y yo lo volvían hasta divertido. Por fin la habitación quedó vacía.

—Qué maravilla —dijo ella—. Muchas gracias, hijo. Sin ti habría tardado una semana.

—No digas tonterías, mamá. Habrías tardado un año.

—Anda, anda. Ya puedes marcharte, que del altillo me encargo yo.

—Ni en broma. Lo hacemos entre los dos y acabamos antes. No me quedo tranquilo si te veo subir y bajar la escalera con las cajas.

—¡Ay, qué hijo más bueno tengo! —exageró—. ¡No te merezco!

—En eso tienes razón. Considérate afortunada.

***

Nos metimos en el garaje, que parecía un campo de batalla. Descolgué la escalera de la pared, la coloqué bajo la trampilla del altillo y me aseguré de que estuviera firme; tampoco era cuestión de matar a mi madre. Cuando todo estuvo listo, ella subió y se asomó por el hueco para ir colocando las cajas mientras yo se las pasaba desde abajo.

Cogí la primera y, al acercarme a dársela, me di cuenta de mi error. Estaba justo debajo de ella. Sus piernas desaparecían bajo el vestido y, si levantaba la vista un poco más, lo vería todo. Sacudí la cabeza y decidí no mirar. Le pasé las cajas estirando los brazos para mantener la distancia y resistir la tentación.

Pero después de unas cuantas me dolían los hombros y la voluntad empezó a flaquear. ¿Llevará tanga? ¿Cómo será de verdad? Al final no pude más. Le acerqué una caja y, mientras ella terminaba de acomodar la anterior, levanté la mirada. Vi sus tobillos finos, las pantorrillas marcadas, los muslos firmes y, por encima, un tanga blanco. El triángulo de tela por delante, el fino cordón perdiéndose entre las nalgas. Estaba depilada, aunque algunos vellos oscuros se le escapaban por los bordes.

—Venga, Marcos, que te duermes —me dijo, sacándome del trance—. Un par más y acabamos.

—Justo ahora que empezaba a divertirme —respondí, con un doble sentido que solo yo entendí.

Con la última caja eché otro vistazo. Estaba tan acalorada que una gota de sudor se acumuló en el borde de la tela, resbaló y bajó por la cara interna de su muslo dejando un rastro brillante. Me quedé hipnotizado, pensando a qué olería esa prenda. No podía esperar a contárselo a Lucía. Tuve un pinchazo de mala conciencia —disfrutar así con la ropa interior de mi propia madre— pero recordé que Lucía no solo me había regalado unas suyas, sino que además me había dejado ensuciar las que iba a ponerse al día siguiente. La idea me ponía a cien, y eso era lo único que me importaba.

***

Cuando terminamos, estábamos reventados y sudados, casi a la hora de comer. Nos sentamos a la sombra con un par de cervezas y charlamos de tonterías, aunque yo andaba despistado. Después de comer, mientras yo me espatarraba delante de la tele, mi madre se tumbó en el sofá a echarse la siesta.

Al rato, su respiración se relajó y se quedó profundamente dormida. Aproveché para mirarla con calma. Realmente era una mujer guapa. Poco a poco se fue moviendo hasta adoptar una postura fetal, de espaldas a mí, y con el gesto el vestido se le subió hasta dejar casi todos los muslos al aire. Un centímetro más y se le verían las bragas. Soltó un suspiro, se acomodó y la tela cedió del todo. Ahí estaba otra vez el tanga blanco, hundiéndose entre sus nalgas, con esos mismos vellos negros escapándose por los lados. Me estaba poniendo nervioso y cachondo, así que me levanté y me fui derecho a la ducha.

En casa nunca hemos sido pudorosos. Las puertas del baño no se cierran, así que no me extrañó oír a mi madre al otro lado de la cortina pidiéndome que la avisara cuando terminara. Por suerte no la descorrió, porque habría visto la erección con la que salí. Entonces se me ocurrió una pequeña maldad: al acabar, dejé el jabón fuera de la ducha, me sequé y le dije que ya podía pasar. Me fui a mi cuarto y, tal como esperaba, al poco la oí llamarme.

—Marcos, ¿me alcanzas el jabón? ¿Por qué lo has sacado?

Acudí rápido. Lo cogí de donde lo había dejado y, con un movimiento que fingí casual, descorrí un poco la cortina y asomé la cabeza.

—Perdona, mamá, ¿qué me decías? —pregunté con toda la inocencia que pude reunir.

—Que me pases el jabón —respondió con un deje de fastidio—. ¿Por qué te lo llevaste?

—Se me cayó al salir y lo dejé ahí sin pensar. Toma —dije, alargando el brazo—. Me voy a dar una vuelta, ¿vale? Vuelvo en un rato.

Me di media vuelta con la imagen grabada a fuego: el agua resbalando por su cuerpo, el vello oscuro recortado en un triángulo. ¿Mi madre se arregla así? El resto de la tarde se me hizo eterno. El cielo pasó del azul a un negro espeso mientras yo contaba los minutos. Cené deprisa, evitando mirarla a los ojos, y poco antes de las doce salí hacia mi encuentro nocturno, no sin antes pasar por el cesto de la ropa sucia. Ahí estaba el tanga blanco, debajo del vestido que había llevado todo el día. Lo guardé en el bolsillo sin mirarlo demasiado: era para Lucía.

***

Llegué a su casa pasadas las doce. La luz del pequeño aseo, ese cuarto enrejado donde nos veíamos, estaba encendida. Me acerqué sigiloso y reconocí la coronilla de Lucía. Cuando me asomé, la encontré sentada en la taza.

—Hola —susurré.

Levantó la cabeza, me reconoció y sonrió, nada avergonzada.

—Me pillas en mal momento —dijo, pícara, mientras cogía papel y se limpiaba sin dejar de mirarme—. No sé por qué, pero me da que algún día te gustaría verme de cerca.

Me quedé tan cortado que no supe qué contestar, y eso ensanchó su sonrisa. Se puso de pie y se quitó el pantalón corto, quedándose solo con un top sin tirantes y unas bragas blancas.

—Oye, ¿me has traído lo que te pedí? —preguntó despacio.

—Sí, claro —decidí hacerla esperar—. Te he traído el tanga que ha llevado mi madre todo el día. Hemos estado moviendo trastos sin parar, así que están sudadas.

Sus ojos se abrieron un poco más.

—¿En serio? ¿Ha sudado mucho?

—Muchísimo —respondí, alargando la agonía—. Cuando subió por una escalera, vi cómo el sudor le bajaba por las piernas. En ese momento estaban empapadas; ahora un poco menos.

—¿Me las dejas ver, por favor? —pidió, casi tímida.

—Toda tuya —dije, sacándolas del bolsillo y pasándoselas a través de las rejas.

Las cogió con una mano mientras la otra se colaba ya bajo el elástico de sus bragas. Se acercó la tela a la nariz y aspiró hondo.

—Tío, huelen fortísimo —murmuró, agitada.

Pasó la lengua por la prenda, una y otra vez, gimiendo bajito para no despertar a nadie. Después se la apretó contra el sexo por encima de la ropa interior y empezó a frotarse con ganas. Yo ya me había sacado la polla y me masturbaba despacio, sin perder detalle. No había pasado ni un minuto cuando se corrió, mordiéndose el labio para ahogar el grito, con las piernas temblándole.

—Joder, Marcos —jadeó cuando recuperó el aliento—. Creo que nunca me había corrido así. Yo también te he traído algo.

Abrió el cajón de un armarito y sacó otras bragas.

—Son de mi prima Carla. Con estas ya habrás olido a media familia —dijo, riéndose de su propia desfachatez—. Espero que te gusten, son un poco especiales: está con la regla.

Intrigado, las cogí y las examiné. Eran de color carne, supongo que no de tipo tanga para que le resultara más cómodo. Donde solía haber más rastro, esta vez apenas había nada, pero en los bordes se distinguía un líquido seco de tono rosado. Me las llevé a la nariz: el olor a mujer era suave, distinto, con un punto metálico, como a hierro. Saqué la lengua y lo probé; tenía poca materia, pero un sabor intenso que se me quedó pegado al paladar.

Delante de mí, Lucía había vuelto a tocarse, ahora a un ritmo más pausado, observándome. Verla así, sabiendo que le excitaba lo mismo que a mí, con el sabor de su prima todavía en la lengua, me aceleró la mano hasta que me corrí, apretando las bragas contra la punta para recoger hasta la última gota. Cuando di la última sacudida, se las acerqué por la reja.

—¿Nos las cambiamos? —dije.

Ella se restregó un poco más con el tanga de mi madre y me lo pasó. Me sorprendió lo que pesaba; estaba literalmente empapado de ella. No pude evitarlo: lo apreté contra mi cara hasta sentir el aroma de su placer. Mientras tanto, ella lamía las bragas de su prima con mi semen encima, como si fuera un helado. Seguimos un buen rato así, explorando olores y sabores sin dejar de mirarnos a los ojos, sin una pizca de vergüenza por lo que hacíamos.

—Oye, Lucía —dije al fin, ya más calmado—. Tengo que contarte algo.

—¿Qué? —preguntó, con el dedo ya en el interruptor para apagar la luz.

—Mañana es mi última noche aquí. El jueves vuelvo a Valencia.

—Vaya —respondió, con un gesto triste que enseguida se transformó en una sonrisa torcida—. Entonces te voy a pedir una cosa que hace tiempo que me apetece.

Y dicho esto, apagó la luz. Vi su silueta alejándose por el pasillo. Qué cabrona es. Siempre me dejaba con más ganas que antes. Di media vuelta y emprendí el camino a casa, sabiendo que la noche siguiente no iba a pegar ojo pensando en lo que me esperaba.

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Comentarios (5)

Mika_lectora

que bueno!! me enganche desde el primer parrafo y no pude parar de leerlo

NocturnaRío

Por favor seguí escribiendo, quede con muchas ganas de saber que paso despues. La tension entre los dos es adictiva

DarkReader09

El clima que lograste crear es increible. Se siente real, no forzado. Me gusto mucho.

GordoBA99

jaja tremendo giro, no me lo esperaba para nada. Muy bueno

curiosa87

Me recordo algo que me paso con una vecina hace años... nada tan intenso pero esa idea de los secretos entre dos personas me engancho jaja. Buen relato

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