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Relatos Ardientes

La profesora de canto que despertó mi fetiche oculto

Todo empezó por culpa del trabajo. Durante meses tuve que dar charlas y presentaciones casi a diario, y mi garganta no aguantaba el ritmo. Terminaba cada jornada ronco, afónico, con la voz hecha trizas. Un médico me recomendó algo que en aquel momento me pareció absurdo: clases de canto y entonación, no para cantar, sino para aprender a proyectar la voz sin destrozarme las cuerdas. Reticente, busqué una profesora particular. Así conocí a Marisa.

Marisa era pelirroja, con el pelo corto que le rozaba la mandíbula y una cara pecosa y alargada que parecía siempre a punto de sonreír. Delgada, de movimientos pausados, tenía esa clase de presencia que llena una habitación sin necesidad de levantar la voz. Daba sus clases en un estudio pequeño de su propia casa, con un piano vertical contra la pared y dos sillas enfrentadas en el centro.

Las primeras semanas fueron estrictamente profesionales. Yo respiraba como ella me indicaba, sostenía notas que no me salían, repetía ejercicios ridículos que me hacían sentir como un niño. Pero Marisa tenía una paciencia infinita y una manera de corregirme que nunca humillaba. Poco a poco, los saludos formales del principio fueron cambiando.

Primero llegaron los abrazos al despedirnos. Luego los besos en la mejilla. Y, alguna vez, un pico casi accidental que ninguno de los dos comentaba después, como si reconocerlo en voz alta fuese a romper algo. Había una corriente entre nosotros, una tensión apenas contenida que cargaba el aire del estudio cada martes y cada jueves.

—Tienes que soltar el cuerpo —me decía, poniéndome una mano en el esternón—. La voz vive aquí, no en la garganta. Si estás tenso, te ahogas.

Y yo estaba tenso casi siempre, aunque no por las razones que ella creía.

***

Llegó mayo, y con mayo un calor pegajoso que el viejo ventilador del estudio apenas movía. Esa tarde Marisa llevaba un vestido ligero de algodón y, a mitad de la clase, hizo algo que no le había visto hacer nunca: se descalzó. Sin darle importancia, deslizó las sandalias bajo la silla y apoyó los pies descalzos en el suelo de madera.

No sé explicar lo que pasó dentro de mí. Nunca me había fijado en los pies de nadie. Jamás me había considerado un fetichista, ni siquiera sabía bien qué significaba eso. Pero los pies de Marisa tenían algo que me dejó la mente en blanco. Eran delgados, sin durezas, con los dedos perfectamente alineados y un brillo leve de sudor por el calor. Me quedé mirándolos, embobado, perdiendo por completo el hilo del ejercicio.

—¿Te has quedado dormido? —preguntó, divertida.

Levanté la vista de golpe, rojo hasta las orejas. Pero ella ya había seguido mi mirada hasta el suelo, y entendió perfectamente dónde estaba mi atención. En lugar de incomodarse, sonrió. Una sonrisa lenta, calculada, que no tenía nada de inocente.

—Vaya —dijo en voz baja—. No te tenía por uno de esos.

Yo tampoco me tenía por uno de esos.

Marisa cruzó las piernas despacio y estiró un pie hacia mí, hasta dejarlo flotando a pocos centímetros de mi rodilla.

—Si tanto te gustan —dijo—, podrías hacer algo útil con ese trance. Me duelen de estar de pie todo el día. ¿Sabes dar un masaje?

Tragué saliva. No sabía dar masajes, pero asentí como un idiota. Me incliné hacia adelante y tomé su pie entre las manos con un cuidado casi religioso, como si tuviera miedo de romperlo. Estaba caliente, ligeramente húmedo, y al tocarlo sentí un escalofrío que me recorrió la espalda entera.

—Empieza por la planta —me indicó, y por primera vez su voz de profesora sirvió para algo completamente distinto.

***

Hundí los pulgares en el arco de su pie y empecé a presionar en círculos lentos. Marisa cerró los ojos y dejó escapar un gemido suave, casi un suspiro, que me puso la piel de gallina. Subí hasta la base de los dedos, bajé hasta el talón, repetí. Ella se hundía en la silla, abandonada, dirigiéndome con monosílabos.

—Más fuerte. Ahí. No pares.

Mi cara estaba cada vez más cerca de su pie. Sin pensarlo, sin decidirlo realmente, acerqué la nariz y respiré. El olor me golpeó de lleno, intenso y cálido, y en lugar de repugnarme me embriagó de una manera que no entendía. Era como si una parte de mí que había estado dormida toda la vida acabara de despertar de golpe, hambrienta.

—Hazlo —murmuró Marisa, observándome desde arriba—. Sé que te mueres por hacerlo.

No hizo falta que dijera qué. Saqué la lengua y lamí la planta de su pie, de talón a dedos, en un movimiento largo y lento. El sabor salado se me quedó en la boca y un calor me subió desde el vientre. Marisa soltó una risa baja, victoriosa.

—Buen chico —dijo—. Sigue.

Y seguí. Perdí por completo el control. Lamí cada dedo uno a uno, me los metí en la boca, recorrí el empeine, el talón, el tobillo. Mientras tanto, con la otra mano masajeaba su otro pie para que no se sintiera abandonado. Marisa me miraba con los ojos entornados, una expresión entre el deseo y el poder, disfrutando de verme reducido a aquello.

—Mírate —susurró—. Toda la clase comportándote como un señor educado, y resulta que solo querías esto.

Tenía razón, y ese pensamiento me excitó todavía más. Estaba arrodillado en el suelo de su estudio, lamiendo los pies de mi profesora de canto como si fuera lo más natural del mundo, y nunca en mi vida me había sentido tan vivo.

***

De repente, Marisa retiró los pies y se enderezó en la silla. El cambio fue tan brusco que me dejó descolocado, con la boca todavía entreabierta.

—Se acabó la clase —anunció, recogiendo las sandalias.

La miré sin entender, frustrado, con el cuerpo gritándome que aquello no podía terminar así. Ella debió de leerlo en mi cara, porque sonrió de nuevo con esa malicia tranquila que estaba aprendiendo a temer y a desear a partes iguales.

—No pongas esa cara —dijo—. Hace demasiado calor aquí dentro. ¿Por qué no me invitas a tomar algo? Hay una terraza a la vuelta de la esquina.

Acepté antes de que terminara la frase.

***

La terraza estaba en una plaza pequeña, con mesas metálicas bajo unos toldos y suficiente gente alrededor como para que cualquier cosa que pasara allí fuera, técnicamente, en público. Nos sentamos en una mesa apartada, junto a un seto, y pedimos dos cervezas. El sol empezaba a bajar, pero el calor seguía siendo espeso.

Hablamos un rato de cosas sin importancia, pero la tensión de antes no se había ido a ninguna parte. Estaba ahí, en la forma en que ella me miraba por encima del vaso, en cómo yo no podía dejar de pensar en lo que había pasado media hora antes. Entonces, sin previo aviso, Marisa se quitó una sandalia bajo la mesa y deslizó el pie descalzo hasta mi regazo.

—¿Por dónde íbamos? —preguntó, como si nada, dando un sorbo a su cerveza.

Me quedé paralizado. La planta de su pie presionaba justo sobre mi entrepierna, que reaccionó al instante. Miré a mi alrededor, nervioso. Una pareja charlaba dos mesas más allá, un camarero entraba y salía, un grupo reía cerca de la barra. Nadie nos prestaba atención, pero el solo hecho de estar rodeados de gente hacía que todo fuera diez veces más intenso.

—Marisa, hay gente —susurré.

—Lo sé —dijo ella, sonriendo—. Por eso es divertido.

Empezó a frotar el pie despacio, arriba y abajo, sin perder el ritmo de la conversación que ya no escuchaba. Bajo el seto, escondidos por el mantel y la sombra, nadie podía ver lo que estaba haciendo. Pero yo lo sentía todo, y la mezcla de placer y de miedo a que nos descubrieran me tenía al borde de algo.

—Sácalo —ordenó en voz baja, sin dejar de sonreír a un punto cualquiera de la plaza.

—¿Aquí?

—Aquí. Y no me hagas repetirlo.

Había algo en su tono, una autoridad serena que no admitía discusión, que me hizo obedecer sin pensar. Con dedos torpes, bajo el amparo de la mesa, me desabroché y me liberé. Marisa me miró un segundo, satisfecha de mi obediencia.

—Escupe —dijo.

Lo hice. Y entonces sus dos pies descalzos se cerraron en torno a mí, bajo la mesa, y empezaron a moverse.

***

Fue una de las cosas más morbosas que he vivido. Allí estábamos, en una plaza llena de gente, tomando una cerveza como dos conocidos cualesquiera, mientras sus pies me masturbaban con una destreza que me dejó sin aire. Yo intentaba mantener la cara neutra, sostener su mirada, fingir que todo era normal, pero por dentro estaba temblando.

—Ni se te ocurra hacer ruido —me advirtió en un murmullo—. Como llames la atención, me levanto y te dejo aquí solo. ¿Entendido?

—Entendido —jadeé, apretando los dientes.

Marisa aceleró el ritmo, y de vez en cuando, casi por accidente, el talón resbalaba y me golpeaba con una fuerza que dolía. La primera vez me sobresalté; la segunda entendí que no era ningún accidente. Me miraba mientras lo hacía, midiendo mi reacción, disfrutando del modo en que el dolor y el placer se mezclaban hasta confundirse en una sola cosa.

—Te gusta —afirmó. No era una pregunta.

Y lo peor es que tenía razón otra vez. Cada talonazo me arrancaba un gemido que tenía que tragarme, cada presión me acercaba más al límite. Estaba completamente a su merced, en mitad de una plaza, sometido a los caprichos de una mujer que apenas conocía y que en ese momento podía hacer conmigo lo que quisiera.

—Aguanta —ordenó—. Aguanta hasta que yo te diga.

Apreté los puños sobre los muslos, clavé las uñas en mis propias piernas, hice todo lo posible por contenerme. El sudor me corría por la frente. Una camarera pasó a centímetros de nuestra mesa y por poco no me delaté. Marisa ni siquiera pestañeó; siguió moviendo los pies, implacable, llevándome hasta un punto en el que ya no quedaba marcha atrás.

—Ahora —dijo por fin, casi sin mover los labios.

Me deshice contra sus pies con un espasmo que tuve que disfrazar de tos. Fue brutal, larguísimo, una descarga que me vació por completo y me dejó hundido en la silla, respirando como si hubiera corrido un maratón. Marisa retiró los pies despacio, los cruzó por debajo de la mesa y dio otro sorbo tranquilo a su cerveza, como si no acabara de pasar nada.

***

Permanecimos unos minutos en silencio. Yo todavía intentaba recomponerme, con el corazón desbocado y la cabeza dándome vueltas. No sabía qué decir, ni siquiera sabía quién era yo después de aquello. Marisa, en cambio, parecía absolutamente serena, dueña de la situación de principio a fin.

—Vas mejorando con la voz —comentó al cabo, con una sonrisa traviesa—. Hoy has proyectado muy bien.

Me reí sin querer, todavía aturdido. Ella terminó su cerveza, se calzó las sandalias bajo la mesa, dejó unas monedas y se levantó.

—El jueves a la misma hora —dijo, inclinándose para darme un beso lento en la comisura de los labios—. Y ponte calcetines limpios. No me gustan los desordenados.

Se marchó sin mirar atrás, dejándome solo en la terraza, con la cerveza a medias y la cabeza llena de preguntas. Acababa de descubrir algo de mí mismo que llevaba toda la vida escondido, sin sospecharlo siquiera. Y lo más inquietante no era haberlo descubierto, sino las ganas inmensas que tenía de que llegara el jueves.

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Comentarios (5)

KronosLex

Increible relato, me enganche desde la primera linea. Sigue asi!!

Claudia_33

Por favor que haya una segunda parte, quede con ganas de saber como termina todo esto entre ellos.

RodrigoMdp

Me recordo a una situacion parecida que tuve hace años, aunque yo no me anime jaja. Muy buen relato, de los mejores que lei ultimamente.

AdriLectora

Que buenisimo!! Nunca sabes lo que uno tiene guardado hasta que alguien lo despierta. Me encanto.

CamperoSur77

La tension del inicio esta muy bien lograda, se siente el nerviosismo del protagonista. Buen trabajo!

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