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Relatos Ardientes

Mi prima me descubrió espiando y tomó el control

Cuando la luz del baño se encendió de golpe, me quedé inmóvil, como un conejo deslumbrado por los faros de un coche en mitad de la carretera. Pillado con las manos en la masa y la cabeza girando a mil revoluciones, buscando una excusa creíble que me sacara de aquel lío. No la encontré. No había ninguna.

***

Era el verano de hace dos años. Yo acababa de cumplir veintidós y no había conseguido escaquearme de pasar un par de semanas en la casa de campo de mis padres. No es que estuviera incómodo con ellos; tenemos una relación tranquila y buena. El problema era el sitio.

La casa se levanta a más de tres kilómetros del pueblo más cercano, perdida entre colinas, sin más plan que pasear por el campo o mirar el techo. Relativamente cerca había tres propiedades. Una era una masía agrícola de una familia que conocía de toda la vida pero con la que apenas cruzaba palabra. La segunda, un caserón enorme de unos extranjeros que casi nunca aparecían y en cuya piscina me colaba desde niño. La tercera era de unos tíos lejanos con siete hijos de edades parecidas a la mía.

Era gente correcta, pero se movían en círculos de dinero y no teníamos nada en común. Resulta curioso: yo con cuatro hermanos y ellos siendo siete, podríamos haber formado una pandilla de campeonato. La realidad es que nunca pasamos de un saludo. Mis hermanos ya se habían hecho mayores y, con la excusa del trabajo, no subían. Así que allí estaba yo, más solo que la una.

Mi rutina era sencilla hasta el aburrimiento. Me levantaba sin despertador, desayunaba, leía un rato, caminaba por la montaña, me colaba a refrescarme en la piscina ajena y, al caer el sol, salía a dar otra vuelta sin pensar en nada. A nivel mental era muy sano. A nivel de todo lo demás, un desierto.

Una noche, después de cenar con mis padres, salí a mi paseo de siempre. Los pasos me llevaron sin querer hacia la casa de aquellos tíos lejanos. Por allí no hay muros ni vallas que separen las fincas, como mucho una cadena en el camino para que no entren coches. Se veía el parpadeo de la televisión en una sala, pero el resto estaba a oscuras.

De repente una luz se encendió justo en el lado por el que yo pasaba. Estaba a unos diez metros, lo bastante cerca para cotillear y lo bastante lejos para sentirme a salvo. Me acerqué un poco y me agazapé detrás de un pino. Era la ventana del baño, y dentro había una de mis primas, una de las mayores cuyo nombre ni recordaba.

Se miró un segundo en el espejo y se agachó, desapareciendo de mi vista. En el silencio de la noche oí con total claridad el sonido de su pis cayendo en la taza. No veía nada, pero me lo imaginaba todo, y eso me puso a cien. Al poco se incorporó, se quitó la camiseta y la parte de arriba del bikini con un gesto cansado, y colgó las dos piezas mojadas en la reja de la ventana antes de ponerse un camisón y apagar la luz.

La escena no duró ni medio minuto, pero mi cabeza hizo el resto del trabajo. Sin pensarlo demasiado, me acerqué a la casa procurando no pisar ninguna rama, llegué hasta la reja y descolgué la braguita del bikini. Todavía guardaba el calor de su cuerpo. Me la llevé a la nariz y aspiré con fuerza: olía sobre todo a cloro, pero por debajo asomaba un rastro tibio y salado que me nubló del todo. Me la guardé en el bolsillo y volví a casa para disfrutarla con calma.

Mis padres ya dormían. Me encerré en el baño, me senté en la taza y me masturbé despacio, oliendo la tela y reconstruyendo de memoria el cuerpo de mi prima. No aguanté ni un minuto. Me sentí un crío, y aun así supe que iba a repetir.

***

Desde esa noche mis paseos cambiaron de rumbo. Cada tarde, en cuanto oscurecía, rodeaba la casa de mis tíos por detrás para ver si tenía suerte. No tuve demasiada, pero una de aquellas noches pude espiar a mi tía lejana, Marta, haciendo lo mismo que su hija. Tendría cuarenta y muchos, las formas algo vencidas por los años, pero seguía siendo una mujer de impacto. Ella no dejó nada colgado, una pena, aunque casi siempre había alguna pieza en la reja con la que entretenerme después en casa.

Con el paso de los días fui bajando la guardia. Cada noche me apostaba un poco más cerca, hasta que llegué a quedarme a apenas dos metros de la ventana. Aquella vez la luz se encendió y apareció Carla, la menor de las hermanas, la única con la que había tenido algo de trato cuando éramos pequeños. Desde mi posición fue como mirar un televisor encendido: lo veía casi todo.

Se bajó los pantalones y se sentó. Oí su pis salpicando y empecé a tocarme por encima de la ropa. Cuando terminó, se incorporó, cogió papel y se secó con un gesto tranquilo. Tiré de toda mi imaginación y me dejé llevar. Entonces ella se detuvo y giró la cabeza muy despacio hacia la ventana.

Su mirada barrió justo la zona donde yo me escondía. Me quedé congelado, pero la oscuridad era espesa y era imposible que me viera. Estuvo unos segundos escudriñando la negrura, luego se encogió de hombros, apagó la luz y se fue. No se había puesto el pijama ni se había quitado las bragas, así que me conformé pensando en descolgar otra de las piezas de la reja.

Esperé un par de minutos. Salí de mi escondite, me acerqué a la ventana y estiré la mano hacia el bañador colgado.

***

Y entonces la luz se encendió de golpe.

Me quedé petrificado, con el corazón disparado y una excusa imposible muriéndome en la garganta. Al otro lado del cristal estaba Carla, mirándome directamente a los ojos, mientras yo sostenía un bikini ajeno a un palmo de mi cara. No había salida digna. Ninguna.

Ella se acercó a la reja sin prisa, sacó la mano entre los barrotes, me quitó el bañador de los dedos y volvió a colgarlo en su sitio con una calma que me asustó más que cualquier grito.

—Tú no eres muy listo, ¿verdad? —dijo. No había enfado en su voz, solo una constatación serena—. Nos han desaparecido cuatro partes de abajo. Una era mía, negra, y me encantaba. La que estabas oliendo es de Sofía. ¿De verdad pensabas que no nos íbamos a dar cuenta?

—Perdona, es que… —no sabía qué decir. Estaba rojo como un tomate y ya me imaginaba la cara de mis padres al enterarse de que su hijo robaba ropa interior, y encima a sus primas. De esta no me recuperaba.

—Calla y no digas tonterías —me cortó—. No se lo voy a contar a nadie. Pero vas a recoger los bañadores y los vas a dejar tirados junto a la fuente del jardín, como si se los hubiera llevado el viento o algún animal. Por ahí no pasa nunca nadie. Mañana iré yo y haré ver que los encuentro de casualidad.

—Sí, claro. Gracias, Carla. Te prometo que no vuelvo a hacerlo.

—Más te vale. Mis hermanas están asustadas pensando que hay un pervertido suelto por la finca. Yo sospechaba de ti, así que esta noche te he puesto una trampa. —Sonrió de medio lado—. Ha sido casi demasiado fácil.

—Perdona otra vez. Es que soy un idiota.

—Todos tenemos lo nuestro. No te preocupes. Tengo buen recuerdo de ti, ¿sabes? De pequeña eras el único que me hacía caso. —Su tono se suavizó un instante—. Ahora ve a buscar las bragas, guarrillo.

Di media vuelta, dispuesto a cumplir al pie de la letra. Apenas había dado dos pasos cuando me llamó de nuevo.

—Adrián, espera. Ven un segundo.

Volví cabizbajo, convencido de que me soltaría una amenaza por si se me ocurría reincidir.

—Oye —dijo, apoyando los antebrazos en la reja—. ¿Qué es exactamente lo que haces con los bikinis?

Antes muerto que responder a esa pregunta. Pero ella esperaba, paciente, y el silencio se hizo largo y espeso. Yo no pensaba abrir la boca. ¿Qué le iba a decir? ¿Que me masturbaba imaginando a sus hermanas?

—Ya me lo imagino —siguió—. Pero quiero oírlo, o mejor, quiero verlo. Espera.

Y, sin apartar la mirada de la mía, se desabrochó el pantalón. Lo dejó caer y lo apartó de una patadita. Luego enganchó los pulgares en sus braguitas, se las bajó despacio y las recogió del suelo. Las miró un segundo y me las tendió entre los barrotes.

—Hazlo con las mías. Ahora.

—Carla, qué corte, no puedo… —balbuceé como un crío.

—Me he portado muy bien contigo —su voz bajó un tono y se volvió firme, sin asomo de pregunta—. Solo te pido esto. Hazlo. Ya.

No era una sugerencia. Era una orden, y mi cuerpo obedeció antes que mi cabeza. Temblando de miedo y de algo mucho más urgente, cogí las braguitas que me ofrecía. Estas sí estaban calientes; hacía apenas unos segundos las llevaba puesta. Eran de un azul oscuro, y en la entrepierna brillaba un hilo de humedad reciente que me dejó sin aire.

Levanté la vista. Ella me observaba fija, con un brillo nuevo en los ojos, mitad curiosidad, mitad otra cosa que no me atreví a nombrar. Cerré los párpados, me acerqué la tela a la nariz y aspiré hondo. Su olor entero me invadió mientras la punta de mi nariz rozaba la humedad. Abrí los ojos sin dejar de mirarla, bajé las braguitas hasta mi boca y saqué la lengua para lamer su sabor. Ella, casi por reflejo, entreabrió los labios, como si lamiera al mismo tiempo que yo.

—¿Y ahora? —susurró, la voz quebrada—. ¿Qué más harías con ellas?

Sin apartar la mirada, me desabroché y me saqué la polla. Ella no la miró ni un segundo; mantuvo los ojos clavados en los míos, como si quisiera dejarme claro quién marcaba el ritmo. Empecé a masturbarme despacio. Cuando vi que su mano bajaba hacia su entrepierna y empezaba a moverse, aceleré.

Oía el roce de mi mano y, debajo, el de la suya. No veía nada de su cintura para abajo, pero me lo imaginaba con una nitidez insoportable. Su respiración se fue cortando. La mía también. Estábamos a dos lados de una reja y, sin embargo, nunca había sentido a nadie tan cerca.

—No pares —ordenó en un hilo de voz—. Mírame.

Aguanté todo lo que pude, que no fue mucho. Cuando estaba a punto, cogí sus braguitas con la mano libre y las abrí justo donde antes había estado su cuerpo, para que cayera todo allí. Fue una descarga larga que las dejó empapadas. Al mismo tiempo la oí suspirar, un gemido bajo y contenido, y supe que ella también había llegado.

Cuando levanté la vista, tenía las mejillas encendidas y el pecho subiendo y bajando deprisa. Me sostuvo la mirada un instante más, satisfecha, como quien comprueba que un experimento ha salido exactamente como esperaba.

—Devuélvemelas —dijo, suave pero sin dejar lugar a réplica.

Muerto de vergüenza, pasé la mano con la prenda a través de los barrotes. Una gota cayó al suelo; estaban pringosas. Ella las cogió sin remilgos, las abrió con las dos manos y examinó con curiosidad lo que yo había dejado. Luego, despacio, se las acercó a la boca, cerró los ojos y lamió con fuerza. Vi cómo su lengua recogía mi corrida y la tragaba sin un solo gesto de asco. Repitió una vez más, abrió los ojos, se agachó y volvió a ponerse las braguitas como si no hubiera pasado nada.

—Nunca había probado eso en mi propia ropa —comentó, tranquila, ajustándose la cinturilla—. No está mal. Recuerda lo de los bikinis. Hazlo ahora.

Y dicho esto se giró hacia la puerta. Con el dedo ya en el interruptor, volvió la cabeza una última vez.

—Mañana a la misma hora —dijo.

Apagó la luz y oí sus pies descalzos alejándose por el pasillo. Me quedé un buen rato plantado en la oscuridad, con las piernas flojas y la certeza de que, a partir de esa noche, las reglas las ponía ella. Después fui al jardín a dejar los bañadores junto a la fuente, tal y como me había ordenado.

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Comentarios (4)

NocheVieja88

dios mio!!! quede con la boca abierta, que giro tan bueno desde el principio

PatoSur77

Por favor seguila, quede con mil preguntas dando vueltas. Una segunda parte es OBLIGATORIA jaja

Roxana_lectora

Me recordó de alguna forma a algo que me pasó... ese momento donde de repente no sabés si tenés el control o te lo quitaron. Muy bien logrado

MarcosFuego

tremendo!! me enganchó desde la primera linea y no pude parar

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