Mi prima me dio órdenes en la ventana de madrugada
Me desperté mucho más tarde de lo habitual. La noche anterior, después de lo que había pasado con mi prima Carla, todavía tuve que volver a casa, recoger los bañadores que ella me había pedido y dejarlos en el jardín de su casa tal y como habíamos quedado. Y como mi cabeza no dejaba de repasar cada detalle, no me quedó otra que masturbarme una vez más mientras los olía por última vez.
Conclusión: me dormí de madrugada, con la mente hecha un nudo, y me costó horrores conciliar el sueño.
Mientras desayunaba y charlaba con mis padres, me daba cuenta de que el día iba a hacerse eterno. Lo único interesante empezaría casi a medianoche: ese segundo encuentro con ella. Para matar el tiempo decidí bajar al pueblo a pasear y tomarme un café.
El pueblo no es gran cosa, pero tiene cierto encanto rústico. No el suficiente para atraer turistas, eso sí. Hay un pequeño hostal rural que hace las veces de punto de reunión de la parroquia, y lo lleva un matrimonio mayor al que conozco desde que eran apenas una pareja de mediana edad. Siempre se alegran de que me acerque a saludar.
—Buenos días, Remedios. Buenos días, Tomás —dije, animado.
—Hombre, Marquitos, dichosos los ojos. ¿Cómo andan tus padres?
—Como siempre, Tomás: mayores y cabezotas. Por cierto, ¿cuándo vais a dejar de llamarme Marquitos? Tengo ya veintidós años —dije sonriendo.
—Serás Marcos cuando tengas mi edad —contestó Remedios, riéndose.
Esa conversación se repetía idéntica desde hacía años, y a los tres nos encantaba la escena.
—Qué malos sois conmigo —dije, sonriendo de oreja a oreja—. ¿Me puedes preparar un café con leche, por favor?
—Claro, niño, siéntate, que ahora te lo llevo.
Sin duda, ese era uno de mis momentos favoritos del verano: tomar un café a la sombra de los pinos, en la terraza, echándole un ojo al periódico. Iba pasando las páginas distraído y, por un rato, me olvidé de todo lo que había ocurrido la noche anterior. Pero el destino es caprichoso, y justo cuando estaba más absorto, una voz me sobresaltó a la espalda.
—¡Hombre, Marquitos! ¡Qué alegría verte! Sé que llevas un par de días por aquí y todavía no nos has pasado a saludar.
La voz me sonaba, pero no terminaba de ubicarla. Me giré y me encontré de frente con toda mi familia lejana: la madre delante y, un poco más allá, un puñado de primos. Y, por supuesto, Carla, que sonreía con sorna desde el fondo. No recordaba ni un solo nombre, pero por suerte me vino un flash con el de mi tía.
—Hola, Rosana, qué sorpresa. No os había visto —dije, intentando no ponerme nervioso. No lo conseguí del todo y casi me puse colorado.
—Pues mira, estábamos dando una vuelta y Carla me ha dicho: «Mamá, creo que aquel es Marcos» —explicó.
La sonrisa de mi prima se ensanchó al notar mi incomodidad.
—Qué buena memoria. Hace muchísimo que no nos vemos —dije, tratando de no parecer un idiota.
—Bueno, no te entretenemos más, que tenemos que recoger un pedido en la carnicería. Hoy toca barbacoa y se nos hace tarde. Dales recuerdos a tus padres —dijo amablemente.
—Claro, se los daré de tu parte. Se pondrán contentos —contesté, todo educación.
Mientras se alejaba, no pude evitar mirarle el trasero. La verdad es que, para la edad que debía tener, estaba muy pero que muy bien conservada. Y me sorprendí pensando si alguna de las prendas que había olido y lamido aquellos días no sería suya.
Soy un cerdo.
Por si fuera poco, cuando dejé de mirarle el culo a mi tía, me topé otra vez con la cara de Carla. Su sonrisa se había tensado, ya no era tan burlona. ¿Se habría molestado porque le mirara el trasero a su madre? Esperaba que no.
***
El momento café se había arruinado, así que recogí mis cosas, me despedí de Remedios —Tomás andaría trasteando en la cocina— y me volví para casa.
El día transcurrió lento, con la cabeza puesta en lo que pudiera pasar esa noche. Había tantas opciones, todas descabelladas, que notaba la garganta seca y un nudo en el estómago que no se aflojaba. Llegó la hora de cenar, intenté ser amable con mis padres y luego me quedé frente al televisor hasta que se fueron a dormir. Y eso que no eran ni las once. Cada año los veo más mayores, pensé, un poco sorprendido.
Como no tenía nada mejor que hacer, salí de casa dispuesto a lo que viniera. Los nervios me apretaban el estómago a cada paso.
Llegué al jardín de mis primos y comprobé que los bañadores ya no estaban tirados donde los había dejado. Supuse que Carla los habría recogido. Me instalé en mi punto de observación, esta vez algo más escondido: perdía visión, pero estaba seguro de que nadie podría verme.
Estaba tan tenso que, cuando se encendió la luz del baño, casi se me escapa un grito. Pero solo era uno de mis primos, que iba a mear. Terminó y la luz se apagó. Seguí esperando. Llevaba ya tres cuartos de hora cuando volvió a encenderse.
Esta vez sí era ella. Como no estaba seguro de su reacción, me quedé agazapado, mirando qué hacía. ¿Se quitaría las bragas como la noche anterior? Carla se acercó a la ventana, buscándome con la mirada, así que me asomé y solté el típico «hola».
—Joder, Marcos, qué susto —susurró—. Hoy nadie tenía prisa por irse a la cama. Aún quedan un par de hermanos viendo la tele, así que no hagas ruido.
—Ah, vale, pues… —la verdad es que no sabía ni qué decir ni por dónde empezar.
—Oye, menuda guarrada me dejaste en el jardín —dijo, fingiéndose seria—. Los bañadores estaban llenos de hormigas. Te corriste en ellos, ¿verdad? Estaban húmedos.
—Joder, qué vergüenza, perdona, no caí en eso —contesté, azorado—. Es que ayer me fui muy caliente y no pude evitarlo. No pensé en las hormigas.
—No te preocupes. Les pasé un poco de agua y listo —dijo, y bajó la voz—. La verdad es que me puse bastante guarra mientras los limpiaba. Cuando quité las hormigas, me los restregué un rato.
Menudo par estamos hechos. Yo con sus bragas, ella con mi semen. ¿Sería ese su fetiche? Se hizo un silencio incómodo. Estaba claro que los dos andábamos cortados, sin atrevernos a dar el primer paso. Hasta que Carla se lanzó.
—Te he traído una cosa —dijo—. Espero que te guste. Prohibido juzgarme, igual que yo no te juzgo a ti, ¿de acuerdo? Esto queda entre tú y yo.
—Claro, Carla. ¿Cómo se lo voy a explicar a nadie si casi ni lo entiendo yo? —respondí.
—Pues mira —dijo despacio—. Esta mañana, cuando nos hemos visto en el pueblo, me ha parecido que le mirabas el culo a mi madre.
—Joder, Carla, yo… es que… —qué bochorno—. Perdona.
—No digas tonterías. Mi madre está buenísima y lo sé. Te he traído las bragas que llevaba puestas en ese momento. ¿Te gustaría… tocarlas?
No me lo podía creer. La vergüenza me estaba matando, pero la excitación también. ¿De verdad no se iba a enfadar al verme con las bragas de su madre en las manos?
—Carla, no sé… No quisiera que te molestara.
—Que no digas tonterías. Aquí las tienes —dijo, pasando la mano por la reja con algo dentro—. Las he estado mirando y oliendo yo también. Cógelas.
Con el pulso temblando, las tomé con cuidado de su mano. Estaban tibias, aunque imaginé que sería del calor de su palma. Eran más grandes que las de Carla y de corte más alto, muy elegantes, negras con un ribete de encaje claro. Parecían de una marca italiana carísima. Las abrí y, en el centro, descubrí una mancha pálida: una línea principal y dos más cortas a los lados. Sin esfuerzo me imaginé la forma exacta del sexo de mi tía.
—Se las acaba de quitar para meterse en la cama —me explicó Carla con voz suave—. Cuando las cogí estaban un poco húmedas. Chúpalas y dime a qué saben.
Seguía sin asimilar que mi propia prima me estuviera tendiendo la ropa interior de su madre y me pidiera que la lamiera. Estaba muerto de vergüenza, pero acerqué la tela a la nariz e inspiré hondo. Cerré los ojos e invoqué la imagen de esa misma mañana, de ese culo enfundado en estas bragas. Me las llevé a la boca y saqué la lengua para recorrer la entrepierna. No abrí los párpados, porque sabía que ella me observaba fijamente. Lamí varias veces, apretando la tela contra la lengua. Después decidí dejar de fingir.
—El sabor y el olor son un poco más fuertes que los tuyos —dije, ahora sí, mirándola.
Tenía los ojos vidriosos y la mano ya había bajado a su entrepierna. Me acerqué más a la ventana y vi que la tenía metida por dentro de los vaqueros, moviéndola arriba y abajo.
—¿Qué más? —me preguntó, entrecortada.
—Como son las bragas de todo el día, las marcas están más secas. Han dejado una especie de costra que sabe salada —respondí, mirando cómo se tocaba. Tenía los pezones erizados, marcándose contra la camiseta.
—Sigue —pidió en un suspiro.
—Si te parece, ahora me voy a hacer una paja y las voy a llenar —dije, bajándome los pantalones y sacando la polla, que ya soltaba líquido por la punta.
—Déjame ver cómo lo haces —murmuró con la voz quebrada.
Me aparté un poco para que pudiera verme bien y empecé a masturbarme con las bragas pegadas a la cara. Estaba tan cachondo que sabía que iba a durar nada. Bajé la prenda y apunté hacia ella. Me corrí a chorros, salpicándola entera. Oí los gemidos de Carla acelerarse al otro lado de la reja.
—Espera —me dijo—. No te limpies con ellas. Dámelas.
Se las acerqué y las cogió a través de los barrotes. Mi polla quedó tiesa y pringada. Carla se llevó la tela a la boca y lamió cada gota, recogiéndola con la lengua, tragándosela en dos o tres pasadas. Su otra mano seguía trabajando entre sus piernas, y vi cómo le temblaban los muslos cuando se corrió. Se quedó quieta unos segundos, recuperando el aliento, y luego sacó algo del bolsillo trasero.
—Estas son las bragas que se pondrá mañana mi madre —dijo, sosteniéndomelas—. Quiero que te limpies la polla con ellas, pero con cuidado, que no queden manchas. Así, si nos vemos mañana, sabrás que lleva tu leche pegada al cuerpo.
—Qué fuerte, Carla. Me estás poniendo malísimo —cogí con cautela las bragas limpias y, apretando desde la base hasta la punta, hice salir un par de gotas que dejé caer despacio en el centro de la tela. Mientras lo hacía, vi que ella seguía con una mano entre las piernas y, con la otra, se pellizcaba y estiraba los pezones. También seguía perdida de calentura.
Cuando terminé, se las devolví. Las examinó con detenimiento para asegurarse de que no se notara nada y me miró con una sonrisa felina.
—Buen trabajo —dijo.
—Se hace lo que se puede —contesté, satisfecho de haberle gustado—. Creo que mañana pasaré a saludar.
—No se te ocurra faltar —respondió sonriendo—. Y quedamos a la misma hora, ¿vale?
—Claro.
Me guiñó un ojo, se giró y apagó la luz. Cuando ya me disponía a marcharme, su voz me alcanzó desde la oscuridad.
—Espera, Marcos. Acércate —dijo. Obediente, me arrimé a la ventana—. Abre la boca.
La abrí sin preguntar para qué, y ella me metió dos dedos. Eran los de la mano con la que se había tocado. Olían intensamente a sexo de mujer. Cerré los labios y los chupé con calma, recreándome. Carla hizo un par de movimientos de meter y sacar y se marchó sin decir una palabra más.
El camino de vuelta a casa se me hizo corto, pensando en ella, en el sabor de su mano y en las bragas de su madre. Una cosa tenía clara: al día siguiente debía encontrar el modo de cruzarme con mi tía. Aunque no tenía ni idea de cómo iba a reaccionar sabiendo lo que llevaba puesto.