Lo que hice con mis tenis en el último asiento del bus
Les voy a contar algo cortito, de cuando todavía estaba descubriendo este lado mío, esta debilidad rara que tengo por los tenis. No les voy a aburrir con el contexto entero ni con cómo llegué hasta ahí. Voy a ir directo al grano. O debería decir directo a los tenis.
Estaba de vacaciones en la costa, en un pueblito de playa al que íbamos cada año con el mismo grupo de siempre. Esa tarde habíamos pasado el día entero en la arena, entre el mar, las cervezas frías y los puestos de marisco a pie de playa. Cuando empezó a caer la noche, alguien rentó una de esas combis pequeñas para llevarnos de vuelta al hotel, lejos de la orilla, de regreso a la civilización.
Veníamos todos hechos polvo. Asoleados, medio ebrios, con esa pereza pegajosa que deja un día completo de sol y sal en la piel. Uno por uno se fueron quedando dormidos contra la ventana, contra el hombro del de al lado, contra cualquier cosa. Yo me había sentado en el último asiento, el de hasta atrás, sola, con una cerveza tibia todavía en la mano y los ojos muy abiertos.
Llevaba todo el día acordándome de él. De un amigo con derechos que en ese entonces me traía loca, uno de los pocos que no solo aguantaba mi fetiche sino que me lo seguía, que se metía en el juego conmigo en lugar de mirarme raro. Pensar en él me había tenido encendida desde la mañana, a fuego lento, sin que nadie lo notara.
La carretera estaba oscura. La única luz era la de la luna, que se colaba a ráfagas entre los árboles y barría el interior de la combi con destellos plateados cada par de segundos. Y en una de esas, mirándome los pies estirados en el asiento, me dije a mí misma una sola cosa.
¿Y por qué no?
***
Traía puesto muy poco. Una playera holgada, la parte de abajo del traje de baño y un pareo anudado a la cadera que se me había aflojado durante el viaje. En los pies, unas calcetas negras a media pantorrilla que me había doblado a la altura del tobillo, y encima los tenis. Mis tenis enormes.
En esa época todavía estaba experimentando, probando qué modelos me prendían más, cuáles me hacían sentir esa corriente en la nuca. Esos eran color crema, un par que me había enamorado en cuanto me los probé. Eran como un número más grande que mi talla, porque era el único que quedaba en ese color, pero la comodidad fue tanta que ni lo dudé. Me encantaban. Los sigo teniendo, aunque ya casi solo los saco para esto, para darle rienda suelta a lo mío.
Me fascina cómo se ven. Cómo hacen parecer todavía más flacas mis piernas delgadas, el contraste entre el bulto pesado del tenis y mis tobillos finos, las calcetas haciendo bolita justo ahí, en ese pliegue. De frente, ante un espejo, el conjunto entero me parece precioso. Pero lo que de verdad me pone, lo que me derrite, es cómo se ven desde donde yo los miro. Desde arriba, con las piernas estiradas, esa perspectiva exacta que solo yo tengo.
Es difícil de explicarle a alguien que no lo siente. La gente piensa que un fetiche es un capricho, algo que se elige. No es así. Es más bien un interruptor que descubrí encendido un día y que ya no supe apagar. Y los tenis grandes, pesados, casi de hombre en mis pies de niña, eran el modelo que mejor lo encendía. Cuanto más exagerados, más fuera de lugar se veían en mí, más me prendían.
Esa tarde, durante todo el día en la playa, los había tenido puestos un rato antes de cambiarme a las sandalias, y cada vez que bajaba la vista y los veía hundirse en la arena sentía esa cosquilla en el bajo vientre. Había estado coqueteando con la idea desde entonces, dándole vueltas, diciéndome que no, que estaba loca, que había demasiada gente. Y ahora, en la oscuridad de la combi, esa misma gente estaba dormida.
Y esa noche tenía todo. El juego de luz y sombra de la luna. El alcohol corriéndome tibio por dentro. El riesgo de que cualquiera despertara, de que alguno de adelante girara la cabeza y sospechara algo. El recuerdo de ese chico metido en mi cabeza. Y la vista, esa vista perfecta de mis piernas terminando en aquellos tenis ridículamente grandes.
No lo pensé mucho más. Subí una pierna al asiento, despacio, conteniendo la respiración. Tiré de las agujetas gruesas hasta aflojarlas, sin desatarlas del todo, solo lo suficiente para que el tenis quedara flojo, abierto, listo. Y empecé a acariciarme.
***
Era riquísimo tocarme así, a oscuras, a unos centímetros de gente que dormía sin saber nada. Me bajé la parte del traje de baño apenas lo necesario y me deslicé la mano entre las piernas, lento, jugando conmigo misma con la punta de los dedos. Estaba mojada desde antes de empezar.
Tomé la botella de cerveza y apoyé el vidrio frío contra mí. El contraste me arrancó un escalofrío que tuve que tragarme para no hacer ruido. Frío del vidrio, calor de mi propio cuerpo, y los dedos yendo y viniendo en el medio. Mordí mi labio para no soltar nada.
Mientras me tocaba no dejaba de mirarme las piernas. Iba proyectando imágenes en mi cabeza, escenas con él, cosas que habíamos hecho y cosas que todavía no, y las mezclaba con lo que tenía delante de los ojos. Mis piernas. Mis pies dentro de esos tenis enormes. Las calcetas dobladas. Todo junto, todo a la vez, hasta que dejé de distinguir la fantasía de lo que estaba pasando de verdad.
Me acariciaba los pechos por encima de la playera, la panza, el interior de los muslos, y volvía siempre al mismo punto, al clítoris, con un círculo lento que me iba subiendo por la espalda. En un momento estaba tan mojada que tuve miedo de dejar rastro en la tela del asiento. Metí una toalla doblada debajo de mí, sin dejar de moverme, y seguí.
Debí pasar media hora así. De pronto alguien se removía en su asiento y yo me quedaba congelada, con la mano quieta, el corazón golpeándome las costillas. Pasaban los segundos. Nadie volteaba. Adelante alguien se reía dormido, otro murmuraba algo, pero nadie miraba hacia atrás. Y yo volvía a empezar, más despacio todavía, alargando cada caricia, dejando que la tensión se acumulara hasta volverse insoportable.
Que no despierten. Que no despierten ahora.
***
Cuando por fin me vine, tuve que apretar los dientes y los ojos para no gemir. Fue un orgasmo largo, sordo, de esos que te recorren entera y que no puedes soltar porque hay gente respirando a un metro de ti. Me quedé temblando un momento, con la frente contra el respaldo de adelante, recuperando el aire.
Pero no había terminado. Tenía un objetivo, una de esas cosas pequeñas y muy mías que me obsesionan. Me deslicé hasta el borde del asiento y me incliné de manera que todo escurriera por mi pierna, hacia abajo, despacio. Quería que llegara hasta la calceta. Me gusta por razones que les contaré otro día, una manía que aprendí con un ex del que ya les he hablado.
No fue fácil. Me costó trabajo y un poco más de estimulación, feroz y silenciosa, para que el goteo siguiera bajando. Pero llegué. El hilo recorrió mi pierna centímetro a centímetro hasta empapar la tela negra de la calceta, justo ahí, en el tobillo doblado.
Entonces doblé las piernas hasta que mis talones casi tocaron mis nalgas, exprimí con los dedos lo poco que quedaba en la calceta y lo embarré por la suela ancha y gruesa del tenis. El último resto lo tomé también con los dedos y prácticamente barnicé la base de esos tenisotes con él, untando despacio, como quien firma algo.
Me encanta hacer eso. Porque después, en la calle, en cualquier lugar, en una fila del súper o esperando el camión, pienso en la gente que me ve pasar. Alguno pensará: «mira esa flaca rara con esos tenis enormes y ridículos». Pero ninguno, jamás, imaginaría que si esos tenis hablaran contarían mil historias. Que las suelas que pisan la banqueta guardan mis líquidos, mis noches, mis secretos. Que son, sin que nadie lo sepa, el objeto más sexual que tengo.
Esa es la parte que más me prende de todo, más incluso que el orgasmo. La idea de cargar un secreto a la vista de todos. De cruzar la recepción del hotel al día siguiente, fresca, sonriente, con los mismos tenis puestos, saludando a las mismas personas que habían dormido a un metro de mí mientras yo me deshacía en silencio. Nadie lo sabría. Nadie lo sabría nunca. Y yo lo sabría siempre.
***
Ya relajada, con el cuerpo flojo y la respiración vuelta a la normalidad, me acomodé el traje de baño, escondí la toalla y me terminé de un trago lo que quedaba de cerveza tibia. Apoyé la cabeza contra la ventana y me dejé llevar por el traqueteo de la carretera, con una sonrisa idiota que la oscuridad me tapaba.
Cerré los ojos y dormité el resto del camino, con mis piernas estiradas y mis tenis enormes brillando apenas bajo la luna, guardando el secreto por mí. Llegamos al hotel sin más novedad que contar.
Al menos, ninguna que ellos sepan.
Besitos a todos.